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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2009. Educación infantil![]() Rousseau no fue lo que podría decirse un padre modélico, pues envió a sus cinco hijos a un orfanato. Más tarde, avergonzado de su proceder, se defendió alegando una serie de motivos deslavazados: no tenía suficiente dinero para alimentar a las criaturas, no tenía la certeza de que su compañera, la lavandera Thérèse Levasseur, no se hubiera quedado embarazada de otros hombres, también tenía dudas de que Thérèse fuera capaz de criar a sus hijos. Además, fue preferible apartar a su descendencia de la enervante influencia burguesa y permitirles el placer de la disciplina de una institución pública. Por último, ¿cómo hubiera podido escribir con tranquilidad en una casa llena de ruidosos niños? Si uno quiere convertirse en padre de la pedagogía moderna no puede rebajarse a las minucias intelectuales que exige la educación de los propios hijos.
Los hijos de Rousseau fueron declarados expósitos y crecieron anónimamente. Fue imposible localizarlos más tarde, cuando su progenitor se quejó de que nunca podría sentir la bendita dicha de abrazarlos con su tierno corazón paternal. Nadie podía acusarle –alegó Rousseau- de haber sido un hombre sin corazón ni un padre desnaturalizado. Al fin y al cabo, culmina sus autoconfesiones con la idea de que: a él también le hubiera gustado educarse en un orfanato.
Rousseau nos enseñó que los niños son distintos que los adultos. Antes de Rousseau se estimaba que la infancia era un estado de imperfección humana. Por el contrario, Rousseau consideraba la niñez como una fase larga e importante del desarrollo, que conduce gradualmente a la madurez a través de una serie de etapas. El autor de “Emilio” puso de manifiesto que los niños tienen necesidades diferentes de las de los adultos y que piensan y perciben de otra manera. Rousseau afirmó que los niños han de aprender de la experiencia y no de reglas dogmáticas que no pueden comprender. No se les debe exigir algo que a su edad no son capaces de hacer. Los niños deben desarrollarse como las plantas, a las que se deja crecer y hacerse fuertes antes de podarlas.
Rousseau ilustró su concepto pedagógico describiendo un niño tipo al que llamó Emilio. Su pedagogía se basaba en la hipótesis fundamental de que el hombre es bueno por naturaleza y de que es la sociedad la que le corrompe. Los niños poseen una perfección natural sin adulterar. Por esta razón, Emilio debe ser educado para conservar en lo posible esa excelencia natural de la infancia mientras le preparan para vivir en sociedad.
Emilio pasará los primeros doce años de su vida alejado de la sociedad, viviendo en el campo con la única compañía de su educador. No contará con ninguna ayuda para aprender a andar. Los golpes que pueda darse al caer no le perjudican, sino que le sirven para saber cómo levantarse. Su educación consiste básicamente en que su maestro se abstenga de intervenir en su desarrollo evitando cualquier injerencia decisiva.
Emilio vivirá hasta los doce años con la única compañía de su educador, que le dirige sin que el niño sea consciente de ello. El preceptor siempre mantiene el control de la situación. En todo este tiempo a su aprendiz no le enseñará ni a leer ni a escribir. Antes de formar su intelecto es necesario fortalece su cuerpo y despertar sus sentidos. Una vez que aprende a leer, la única lectura que se le permitirá es “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe, porque en ella encontrará la descripción de una vida autárquica en la naturaleza. La propuesta no deja de ser irónica, pues esta obra constituye el ejemplo clásico de cómo la sociedad burguesa explota la naturaleza todo lo posible para proclamar al fin la victoria de la civilización.
Entre los doce y los quince años hay que alimentar gradualmente el intelecto de Emilio, pero el alumno no se formará sólo con libros, sino también con excursiones al aire libre. Debe observar a la naturaleza y plantearse interrogantes que ha de resolver por sí mismo, ha de aprender a tener un pensamiento autónomo. A los quince años es posible confrontarlo con las cuestiones religiosas y morales, también conocerá al otro sexo y se le preparará para la vida matrimonial.
Hay que destacar que para Rousseau la educación infantil significa educación de los varones. Para él, formar a las mujeres no tiene sentido, puesto que, en su opinión, aunque son capaces de pensar, nunca lograrán comprender complejos nexos causales: las mujeres son como eternos niños. Su destino es el matrimonio y la maternidad. Las mujeres son esencialmente ingenuas, débiles, recatadas y, en cualquier caso, no les corresponde llevar una vida independiente. Sirven de entretenimiento al hombre y dependen de él. Destino, azar y libre albedríoEntre científicos, filósofos y gente común hay una tajante división de opiniones acerca de si el futuro está o no completamente determinado por el pasado. Los deterministas creen que el estado total del universo en un momento dado cualquiera determina completamente el estado total del universo en cualquier momento futuro. Ésta era, por ejemplo, la convicción de Einstein. Entre los más grandes de los muchos filósofos que abrazaron la causa determinista estuvo Benedicto de Spinoza, y Einstein se consideraba a sí mismo spinozista. Fue ésta una de las razones por las que Einstein nunca aceptó como definitiva la teoría cuántica, pues en la teoría cuántica el azar interviene de manera fundamental en la determinación de los acontecimientos de microcosmos. Como el propio Einstein manifestó en cierta ocasión: “No creo que Dios juegue a los dados con el universo”.
Los indeterministas juzgan que el futuro del universo está sólo parcialmente determinado por su estado actual. Los indeterministas no creen necesariamente en el libre albedrío, y pueden no creer tampoco que el papel que desempeñe el azar a nivel subatómico sea la causa que impida la completa determinación del futuro. Por otra parte, pueden tal vez creer que los seres vivos, y muy especialmente los humanos, tienen “albedrío”, una voluntad libre que les otorga capacidad para modificar perceptiblemente el futuro de manera que ni siquiera un ser sobrehumano capaz de conocer todo acerca del estado actual del universo podría predecir. Charles Peirce y William James fueron dos eminentes filósofos norteamericanos, paladines de la causa indeterminista.
Estas profundas cuestiones filosóficas están, en última instancia, íntimamente ligadas a la naturaleza del tiempo, e igualmente, a lo que se entiende al decir que un suceso es causa de otro. Nadie duda de que aplicando técnicas matemáticas a nuestras mediciones del universo podamos predecir con exactitud casi perfecta: el momento en que se producirá el próximo eclipse solar, por ejemplo. Y nadie niega que otros sucesos, tales como el resultado del próximo lanzamiento de un dado, o el tiempo que hará la semana que viene, sin impredecibles en la práctica, precisamente a causa de que los factores que los determinan son demasiado complejos.
La gran cuestión estriba en elucidar si las leyes básicas del universo son completamente determinísticas o no, o si la novedad genuina está originada por el puro azar en el nivel microcósmico, o por los seres vivos del nivel macroscópico, o tal vez por ambos. Estas cuestiones fueron ya debatidas por los antiguos griegos; científicos, filósofos y gentes de a pie han estado desde entonces debatiéndolas sin cesar. Contra el bloqueo![]() El bloqueo se produce porque el censor actúa antes incluso de que el escritor escriba. Deja mudo a tu censor interno, no sufras, escribe. Escribe lo que sea, ya seleccionarás más tarde, ya corregirás después, ya cambiarás luego.
Sobre todo, escribe, cuenta lo que se te ocurra, lanza palabras al papel, déjate llevar por ese impulso que te guía. No te reprimas por miedo al error o al abismo blanco de una hoja de papel. Escribe ideas descabelladas, pensamientos absurdos, locuras irrealizables. Lánzate sin temor.
Cuando hayas acabado de escribir, llama al censor y fíate de su buen criterio, él sabrá separar el polvo de la paja y te dirá si tu escrito puede convertirse en literatura. Borrar![]() Escribir es borrar, tachar y montar. Para cualquier escritor es fundamental aprender a borrar. No se borra por pereza, por valorar en exceso el esfuerzo que se ha hecho o porque borrar significa sentarse ante el papel y reescribir o deshacer lo escrito. Es uno de los principales peligros que acechan al escritor, la pereza. La autocomplacencia casi siempre es consecuencia de la pereza. |
Mis pies en el lodo, mi cabeza en las estrellas
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