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Cierzo

Cosas de la memoria

Cosas de la memoria Tengo una memoria rara, puedo recordar en qué página de un libro que he leído hay escrita determinada frase y soy incapaz de recordar el nombre de la persona que acaban de presentarme. Recuerdo la fórmula de la teoría de la relatividad y no sé cómo se llama la calle paralela a la mía. He pensado que tenía mala memoria para los nombres hasta que he leído un artículo científico sobre el asunto que me ha dejado más tranquila.

Resulta que lo que yo interpretaba como un fallo patológico de mi memoria, no es otra cosa que falta de interés y motivación. Para recordar algo tenemos que entenderlo y, además, nos tiene que interesar, si no, no es que olvidemos las cosas, es que nunca las hemos grabado en nuestra memoria y por eso es imposible que las recordemos. Si algo nos aburre o es tan complicado que no lo entendemos, dejamos de prestar atención, nos entra por un oído y nos sale por el otro. A mí, los nombres no me interesan, no les presto atención, son un dato que no tengo en cuenta a no ser que me resulte absolutamente imprescindible para algo, porque sí recuerdo la lista de nombres que integran la dinastía de los Austria, necesité esta información para superar un examen de Historia o recuerdo el nombre de la persona a la que debo remitir un artículo para que me lo publique en su revista, pues me supone unos ingresos extra. Deduzco pues que los nombres que “olvido” corresponden a personas que no han despertado mi interés o que no es preciso que conserve en la memoria.

El caso es que el olvido de los nombres resulta embarazoso en determinadas situaciones, incluso acarrea problemas, sobre todo si se trata de personas con las que hemos de relacionarnos por motivos profesionales. Yo sé lo violento que es encontrarte por la calle con una persona que te llama por tu nombre y a la que tú no puedes corresponder porque desconoces el suyo. Tener que preguntarle a una amiga cómo está su pareja, en vez de interesarte por Pedro o Juan. Llamar por teléfono y pedirle a una secretaria que te pase con su jefe porque el señor Rodríguez no figura en tu agenda memorística. Reconozco que prefiero el recurso de aludir al cargo, al parentesco o a lo que sea antes que pasar por el trago de preguntarle a alguien que ya conozco cómo se llama. Es una forma de evitar que me consideren despistada, desmemoriada o, lo que es peor, maleducada.

Menos mal que en el artículo venía una salida airosa para estas situaciones en las que tienes el bochorno asegurado: Perdona, tu nombre es Luis ¿no? Con esta muletilla quedas mejor que diciendo: ¿Cómo te llamas? El otro entiende que es imposible recordar el nombre de todas las personas que hemos conocido a lo largo de nuestra vida y no le causamos una pésima impresión.
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