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Bibliotecas

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Desde que apareció la imprenta, existieron bibliotecas privadas en las que, con el permiso de sus dueños, se podían consultar los libros. Luego se crearon las bibliotecas públicas, como la de Mazarino en París o la Ambrosiana en Milán. También las Reales, como las de París, Lisboa o Madrid, éstas finalmente se convirtieron en bibliotecas Nacionales. O las fundadas por los poderes públicos, como la Biblioteca del Congreso en Washington o el British Museum. Todas estaban destinadas a satisfacer las demandas de un público con una cultura superior.

Poco a poco, aumentó el número de personas que sabían leer, pero no disponían de capacidad económica para adquirir libros, para atender a estas nuevas necesidades surgieron las bibliotecas públicas o populares. Lo curioso es que no fueron demandadas por los potenciales lectores, sino que fueron los educadores quienes, deseosos de evitar la incongruencia de que los gobiernos estuvieran interesados en que las personas aprendieran a leer, pero no se ocuparan de facilitarles material de lectura, promovieron asociaciones para la compra de libros.

La creación de bibliotecas populares se produjo casi de manera simultánea en Inglaterra y Estados Unidos a mediados del siglo XIX, sin embargo, los motivos fueron distintos. En Inglaterra las razones fueron morales, un grupo de filántropos pretendía evitar mediante la lectura el embrutecimiento de la clase humilde, que tras las muchas horas de intenso trabajo se dirigía a las tabernas para mitigar las penalidades con el alcohol. En Estados Unidos, se buscaba la mejora de la formación profesional y política, para que los empleados tuvieran una mayor capacidad para trabajar con eficiencia y los votantes se forjaran un criterio propio y ejercieran sus derechos con independencia. En ambos países, los gobiernos se limitaron a dar carta blanca a las autoridades locales que desearan crear bibliotecas.

En la zona mediterránea, en países como Portugal, Francia o España, las bibliotecas creadas por los gobiernos obedecían a otros planteamientos. Se trataba de preservar el patrimonio histórico, artístico y bibliográfico disperso en los monasterios y reunían libros antiguos escritos en latín y que, en su mayoría, abordaban temas teológicos, por lo que no interesaban a la mayoría de personas. Aunque las bibliotecas fueran denominadas populares, dada la escasez de recursos económicos y bibliográficos no captaron la atención de los lectores.

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