A buenas horas

La carta fue leída durante la presentación de un volumen que contiene las actas del simposio internacional celebrado en el Vaticano del 29 al 31 de octubre de 1998 sobre la Inquisición, organizado por la Comisión Histórico-Teológica del comité del Año Jubilar. En el acto intervino el profesor Agostino Borromeo, encargado de la edición, que declaró: "Las actas del simposio revelan que a pesar de lo que se dice entre los no especialistas, el recurso a la tortura y la condena a la pena de muerte no fueron tan frecuentes como se ha creído durante tanto tiempo".
Resulta que las hogueras, los tormentos, los autos de fe... Todo ha sido exagerado por las malas lenguas. Pero eran los inquisidores, el Santo Oficio, quien realizaba los registros donde figuran los acusados, los juicios, las sentencias y los reos. Los escritos existen, no se trata de conjeturas. Está documentado, en tiempos de los Reyes Católicos, el gran inquisidor Manrique, arzobispo de Sevilla, logró mediante la tortura que abjurasen 20.000 herejes y más de mil fueron condenados al fuego y quemados. Estos fueron los logros de un solo inquisidor, pero tres siglos de Santo Oficio en Europa y América dieron de sí para todo tipo de aberraciones cometidas en el nombre de Dios. Gente humilde, enemigos políticos, personas denunciadas por celos o por cualquier ofensa, revolucionarios, científicos..., incluso se levantaron procesos a animales considerados como delincuentes, todos acabaron redimidos por el fuego. Prelados ambiciosos, autoritarios, fanáticos, corruptos y vesánicos; hombres de leyes que en ocasiones mezclaban la fe y los negocios, católicos sinceros que se limitaban a realizar su trabajo sin cargos de conciencia y buscadores de fortuna que se aprovecharon de los beneficios eclesiásticos para medrar, desempeñaron con celo su sagrada misión. Expropiaciones, secuestro y confiscación de bienes, multas en concepto de penitencia, conmutaciones de penas a cambio de dinero, inversiones y préstamos, la Inquisición dependía de sus propias actividades para financiarse, de ahí su necesidad de encontrar más víctimas.
Con más de siglo y medio de retraso, la Iglesia pide perdón por su forma de combatir la herejía. Demasiado tarde para las víctimas.
Auto de fe del 30 de junio de 1680
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