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Una boda sin mendigos

Una boda sin mendigos Ahora que viene la Boda, la Boda con mayúscula, hay que tener la capital como un jaspe. El equipo de Ruiz Gallardón se ha vestido el delantal, se puso la cofia, cogió la fregona y está dispuesto a dejar las calles del recorrido de la realeza como los chorros del oro. Donde hay un edificio en malas condiciones, lo taparán con motivos artísticos: le ponen un antifaz a la miseria. Las obras se paralizan, porque los albañiles son guarros. ¿Y los baches? Bueno, los baches del recorrido de la pareja serán cosa del pasado: ya no queda alquitrán en veinte kilómetros a la redonda, de tantos baches como están tapando.

Y de pronto, una pregunta: ¿qué hacemos con los mendigos? ¡Ay, los mendigos, harapientos, vagabundos, los sin techo! En Madrid forman parte del mobiliario urbano. Por el día, cada semáforo tiene uno, que te pide o te vende o te limpia el parabrisas. Cada esquina es para ellos un puesto de trabajo, que tienen en propiedad, acreditada en un registro invisible, y allí piden ayuda, atención al concepto, que la limosna es palabra degradante y decadente, propia de culto católico o de pobres de solemnidad, y entre vagabundos también hay clases.

Y por la noche, ¡también es mala suerte! Por lo visto, donde hay mayor concentración de vagabundos es el entorno de la Catedral de La Almudena y del Palacio de Oriente. Catedrales y palacios siempre han tenido gran atracción para el mendigo. En el caso de Madrid, supongo que se acercan a dormir a las puertas del Palacio Real por si un día estalla la revolución y quieren ser los primeros en entrar. Pero la revolución se retrasa, las revoluciones ya no son lo que eran, los republicanos nos declaramos juancarlistas, y en lugar de los fusiles vienen los tules y claveles de la Boda.

Ayer he leído que los echan. Los destierran. Los mandan a otros puentes y portales. Es decir: les aplican una ley de incompatibilidades. Los vagabundos son incompatibles con todo lo que va a pasar por allí: príncipes y princesas, señoras encopetadas, banqueros y señoritos, ministros y especuladores, treinta jefes de estado, personajes de sangre pintada de azul. Gente muy importante, que saben que hay mendigos porque los han visto detrás de los cristales tintados de su blindado.

Consigna de la autoridad: ¡que quiten esa basura! Y se irán, con su casa de cartón y sus colchones a cuestas, en busca de otros lugares. Es que quedan muy mal, muy feos, entre tanto chaqué y tanta pamela. Desentonan. No son propios de los cuentos de hadas. Quizá huelan mal. Y tienen un peligro añadido: se les puede ocurrir vender a las comitivas un ejemplar de La Farola. Y ahí vendrá la tragedia: ninguno de los ilustres invitados tendrá dinero suelto.

Artículo de Fernando Ónega publicado en el diario La voz de Galicia 14/05/04
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