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Cierzo

Horror en el hipermercado

Estoy esperando a que la cajera termine de pasar por el escáner los artículos que he comprado y la veo detrás de mí. Lo primero que atrae mi atención es su prominente barriga, fláccida, con estrías y celulitis y en la que destaca una acentuada línea alba de reciente paridora que va desde el ombligo al inicio del pubis. Lleva un pantalón negro con la cinturilla tan baja que casi puede vérsele el monte de Venus. Asciendo la mirada de forma discreta y llena de curiosidad, por debajo de un brevísimo top de tirantes de un color rosa fosforito asoman los aros de un sujetador desgastado por el uso. Mueve un brazo y bajo la axila aparece un matojo de pelambrera negra que hiede. Casi no me atrevo a mirarle la cara, aunque reconozco que me puede el interés por conocer su rostro, un rostro acorde con el conjunto. La tez pálida, profundas ojeras manchadas con los restos del rimel negro que olvidó retirarse anoche. El cabello reseco como el esparto, teñido de color azabache y despeinado. El aspecto de esta chica es absolutamente desastroso.

Sí, ya sé que cada cual es libre de ir por la vida vestido como mejor le parezca, pero no hay que olvidar que la apariencia es nuestra tarjeta de visita, habla por nosotros y nos describe ante los demás. Recojo mis bolsas con la compra y una mano delgada, con las uñas mordidas y trazas de un esmalte morado, deposita una bandeja de lomo de cerdo sobre la cinta de la caja. La cajera del hipermercado me mira y las dos nos entendemos: ¡Vaya pinta!
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