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Cierzo

Si los perros hablaran

Unos pasos por delante de mí, camina una señora arrastrando a un cachorro de perro. El animalito encuentra tirada una bolsa de patatas fritas y se apresura a meter el hocico dentro para comerse los restos. ¿Qué te he dicho yo, eh? ¿Qué te he dicho? ¿No te he repetido mil veces que no se come nada del suelo? ¿Por qué lo has hecho? Grita la mujer enfadada. El animal pone un gesto de extrañeza en sus ojos y se relame. La señora se queda aguardando una respuesta que, obviamente, no se produce.

 

Supongo que no es el único caso, que hay más personas que hablan con sus perros, que mantienen con ellos unas “conversaciones” de tú a tú, porque consideran que el animal posee un nivel de inteligencia que le permite entender las palabras. Es más, hay estudios, recientemente publicados, sobre un perro excepcional que “entiende” el significado de las palabras de manera que entre varias cosas esparcidas en una habitación, al decirle al perro “muñeca” o “hueso” el animal coge una cosa u otra. ¿Entiende el perro, conscientemente, el significado abstracto de muñeca y hueso? Pues no. Ningún perro, por más listo que nos parezca, entiende nada de los conceptos abstractos que vehiculizan las palabras. ¿Por qué? Porque el cerebro del perro carece de la corteza cerebral capaz de abstraer conceptos y de decodificar su significado. ¿Cómo explicar entonces el comportamiento “inteligente” de estos animales y su enorme capacidad de comunicación con los humanos? Simplemente, a través del lenguaje emocional, que es el más primitivo y eficaz mecanismo de comunicación que existe. El perro tiene una enorme capacidad para captar significados por el tono emocional de las palabras, no por la abstracción que se hace de las cosas.

 

Y es que la emoción es un lenguaje, un lenguaje rico en matices. El lenguaje emocional es aquél que se realiza mediante sonidos, olores, movimientos y gestos, ha servido para la supervivencia de las especies durante cientos de millones de años. Precisamente, el perro, en su larga y estrecha relación con los humanos, ha debido alcanzar con ese lenguaje emocional equivalencias de significados con muchos de los significados de las palabras. Ahí reside la inteligencia del perro. Su cerebro, a través del oído y del olfato, detecta intensidades y matices del mundo que nos rodea con mucha más perfección que el cerebro humano. Un perro puede captar un rango de sonidos, frecuencia, que llega hasta los 50.000 Hz. Mientras que el del hombre sólo alcanza los 20.000 Hz. La capacidad olfativa del perro, comparada con la humana, es también enorme. Un perro posee una mucosa olfativa que se extiende más allá de los 70 cm2 y contiene más de 120 millones de receptores olfativos, en tanto que el hombre sólo abarca una superficie de 5 cm2 con unos 10 millones de receptores.

 

Con estas habilidades, muy superiores a las del hombre, el perro no llega a tener una percepción abstracta del mundo y carece de una autoconsciencia que le permita, por ejemplo, reconocerse ante un espejo. Si usted tiene un perro, convénzase, ese animal más agudo que el hambre sólo capta el tono emocional de sus palabras. Tampoco se haga ilusiones, el perro no vigila la casa de usted, sino el territorio en el que él vive. Pero del concepto de territorialidad hablaremos otro día.

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