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Cierzo

Arte moderno

“He querido establecer el derecho de atreverme a todo”, dijo Gauguin. La modernidad surge con la idea de autonomía y su fervor por la libertad. Éste es al marco de la radical innovación que vive la creatividad artística en el siglo XIX, donde culmina el procedo del culto por lo nuevo y original iniciado en el Renacimiento. Así, lo que da sentido a la actividad de artistas como Kandinsky, Warhol o Beuys es la reafirmación obsesiva de libertad como máximo valor artístico.

La pretensión de querer explicar el arte moderno roza la imprudencia, pues son tantas las vanguardias, en su diversidad, que la valoración global es casi imposible. La selva vanguardística poco tiene que ver con la identidad estética de los grandes estilos clásicos. La primera libertad del artista moderno es su desdén por la realidad como modelo y por la técnica de los maestros. Todo está ya pintado y escrito. “He leído todos los libros. Tengo más recuerdos que si tuviera mil años. ¡Ya no hay más que decir!”, exclamó Verlaine. La realidad es tan poderosa y aplastante que es preciso devaluarla. “Se trata de desacreditar la realidad”, escribió Salvador Dalí.

Hasta el siglo XX, la creación artística transformaba la realidad. La belleza era el resplandor de unas formas que manifestaban la acción de la libertad del artista sobre el mundo. Si el arte se fundamentaba en la realidad, la realidad se convertía un mero pretexto para la aparición de la forma desvinculada. Esta desvinculación de la realidad tiene que ver con su percepción negativa y problemática, propia de nuestros tiempos. “Cuanto más horripilante es el mundo, el arte se hace más abstracto”, manifestó Paul Klee.

El anhelo de libertad absoluta conduce también a la divinización del artista. La naturaleza era tradicionalmente interpretada como obra de Dios, la muerte de Dios arrastraba a la naturaleza. La historia del arte puede interpretarse como la evolución del artista imitador al artista dios, creador absoluto. La libertad es el aspecto más sugestivo del arte moderno, pero no está exenta de cierta problemática. En nombre de la libertad se rechaza el pasado y la técnica. El artista no debe ser coartado por ninguna educación y sustituye las técnicas clásicas por su propia técnica, unipersonal y privada. Un artista plástico puede realizar cualquier ingeniosidad con su obra, así surge el dripping, el empaquetage, el assemblage, el collage, el decollage, el gratage, el fumage.... Puesto que la libertad subjetiva es el único valor, ella decide qué es arte.

“Todo lo que escupe un artista es arte”, esta frase lapidaria de Schwiter lo dice todo sobre el arte moderno. No hay diferencia entre la Gioconda y una botella de Coca-Cola. El artista convierte en arte cualquier cosa que firma. Hay que hacer lo nunca visto, aquello que de puro absurdo y anómalo cause asombro. Por este camino llegamos al arte povera y al art minimal, que es insignificante en los dos sentidos del término: no tiene significación ni sustancia.

Si el artista no dota de significado a su obra para no coaccionar al espectador, si le deja frente a un producto informe que ha de interpretar a su manera, está dando a la ambigüedad una categoría estética. La noción de “obra abierta” hace que el espectador otorgue o no el carácter de arte. Y es que la finalidad del arte contemporáneo no es crear belleza, sino libertad.
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