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Cierzo

Es la vida

Es el atardecer de una calurosa tarde de verano. Un grupo de cebras pasta tranquilo en la sabana antes de que caiga la noche. El río fluye azul y un trecho más allá y algunos animales se acercan a beber después de haber olisqueado el aire y dirigido una mirada a la basta llanura, hasta donde se pierde la línea parda del horizonte.

Seis leonas se mueven sinuosas por la planicie. Es el ciclo del hambre y de la comida que nunca termina. La naturaleza dicta sus leyes y el código de cada ser afirma en el silencio de su instinto que las cosas son como son y el inútil intentar cambiarlas. Cada uno vive su tiempo y cumple las reglas. Lo importante es que la vida continúe, siempre distinta y siempre la misma.

Algunos pájaros picotean el suelo junto a las cebras. Todo parece tranquilo, cada cual está atento a lo suyo. De improviso la calma se rompe cortada por un latigazo intempestivo. Los pájaros alzan el vuelo presurosos, aunque lo que sucede nada tiene que ver con ellos. El grupo corre. Las leonas corren. Los demás callan y observan.

Un trecho de carrera. Las rayas negras se mueven vigorosas, estampadas sobre lomos y grupas que brillan empapados por el sudor del esfuerzo. Se huele el peligro. El aire huele a muerte.

Del grupo al galope se descuelga el más joven o el más débil, el que está más enfermo o cansado. Salió huyendo al mismo tiempo que los demás, pero la distancia que los aleja es cada vez mayor. Nadie mira atrás, están absortos en su propia lucha, saben que no se puede hacer nada, corren para sí, aunque formen un grupo. Son las normas.

El rezagado respira con dificultad, las fuerzas le abandonan, mientras corre lucha contra la tentación de dejarse atrapar. La frontera de la vida le parece lejana e inaccesible. Sigue corriendo, cada célula le obliga, pero casi no se sostiene. Una pata se le quiebra en un mal paso. Ahora sabe que no hay esfuerzos que valgan. El grupo está ya lejos, muy lejos y a salvo. Sabe que jamás se reunirá con ellos. Trota con su pata renqueante. Esta solo.

La leona se lanza a su cuello. Una dentellada certera fulmina a la cebra, es una hembra joven, una madre reciente. Sus ojos fijos e inmóviles ven todavía el espanto. Otras leonas llegan con sus garras fuertes y los colmillos como navajas. Aquí se acaba el verano recién iniciado. Aquí terminan todos los veranos. Es la ley de la vida, se dice mientras cae resignada y exhausta.

Una cría aguardará ansiosa el regreso de la madre que no vuelve. Los cachorros felinos se relamen ante el festín que se anuncia. La muerte. La vida y su fragilidad.
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