Basura

Se pueden señalar, de entrada, algunos malentendidos que sirven de excusa para complacerse en un género que sólo merece el nombre de lo desechable. El primero es el interés económico o el de la audiencia. Es cierto que los programas carroñeros atraen a los telespectadores y disparan los índices de audiencia. Pero ¿alguien ha oído alguna vez un elogio encendido y entusiasta de la escoria televisiva? Sería lógico si es tan defendible. No obstante, lo unánime es la crítica. Porque las audiencias millonarias sólo son reflejo de una contradicción inherente a la naturaleza humana que no siempre ve lo que quiere ver ni compra lo que desea comprar. Vemos y compramos lo que nos ofrecen y, si la variedad fuera mayor, las preferencias sin duda cambiarían. Dejemos, pues, la explicación de las audiencias y detengámonos en otra: el entretenimiento. La televisión es sobre todo entretenimiento. Lo es, entre otras cosas, porque se ve, no se mira: se ve pasivamente, sin esfuerzo. De acuerdo. Pero el entretenimiento también es cultura. No es cultura de élite, en efecto, pero transmite un lenguaje, unos modos de comportarse, unos símbolos, una forma de relacionarse con los demás. También el entretenimiento contribuye a conocer el mundo, a construir escalas de valores o a acabar con ellas.
Recabar audiencias, entretener y ganar dinero son objetivos honorables, pero no todo vale para conseguirlo. Minimizar la influencia socializadora y culturalizante de la cultura basura es cerrar los ojos a una realidad indiscutible. La de que algo hace aunque no sepamos decir qué es ni cómo moldeará las costumbres de las generaciones que ya la contemplan como algo habitual. La cultura basura es la más democrática que haya existido nunca. Incluso los más desfavorecidos acceden a ella fácilmente y la prefieren a otras cosas previsiblemente más necesarias. Nos hemos autoprohibido la censura y cualquier intervención en las libertades, salvo en aquellos casos en que se trate de impedir un daño a otros. No sé si la cultura basura es nociva. Es imposible determinarlo porque no se pueden predecir ni calibrar los riesgos o los daños probables de un producto cultural que daña al espíritu o a la mente, pero no al cuerpo. Es más, la cultura basura, en principio, es para adultos que debieran saber cuidarse y protegerse a sí mismos. No es, pues, el argumento de la protección el que aquí ha de servirnos, sino más bien el de la dignidad y el buen gusto. Habría que rechazar la cultura basura por amor propio. No son valores éticos, sino estéticos los que han de llevar a denigrarla.
El cultivo del buen gusto requiere educación, que a su vez significa una cierta contención y sofisticación de las costumbres. Es una noción muy simple de libertad la que la identifica con el destape de intimidades o la complacencia en las transgresiones artísticas más chocarreras. Como decía con acierto Vicente Verdú recientemente, algo tendrá que sustituir a la educación jerarquizada, reglada y tradicional, que establecía límites entre lo aceptable y lo inaceptable, una educación que hemos querido sustituir sin encontrar nada a cambio. La democracia significa más libertad, pero una libertad organizada, con ciertas fronteras, con ojos críticos.
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