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Cierzo

Reinventando el pasado

Entre la LOGSE, esa política educativa que crea analfabetos sin espíritu crítico, y la España de las autonomías, esas 17 comunidades, “históricas de toda la vida”, que se reinventan la historia y nos arrebatan la memoria, nos estamos convirtiendo en víctimas de nosotros mismos, de nuestras limitaciones y de nuestra estrecha visión del mundo.

La identidad nacional se diluye en un contexto confuso donde cada comunidad retoca su pasado a conveniencia. Sin el menor sentido del ridículo se siembra cizaña, se aviva el ingenio, se dinamita el pasado. Todo vale con tal de quedar los primeros y de ser los mejores: suprimir los hechos que no interesa recordar, inventar cuentos de hadas en los que nosotros somos siempre los buenos y los otros el enemigo...

Jugando al juego de la estupidez, se dan casos anecdóticos, que sólo pueden acogerse con una sonrisa en los labios, porque para hacer bilis siempre hay tiempo. Por ejemplo, los actuales libros de historia catalanes ganan el concurso de manipulación, ignorancia y mala fe a la hora de reconstruir la Historia, pues hacen ver que Aragón nunca existió y se sacan de la manga un imperio catalán que, por alguna inexplicable razón, hasta ahora no era conocido por los historiadores.

Por suerte, existen anales, crónicas y archivos con documentos para demostrar lo evidente, que en el siglo once Aragón fue un reino que abarcaba Valencia, Mallorca, Barcelona, Sicilia, Cerdeña, Nápoles, Atenas, Neopatria, el Rosellón y la Cerdaña, que las famosas barras, no eran símbolo de un territorio, sino de una familia o casa reinante, así lo recoge Bernard Desclot en su crónica de 1285: “No pienso que galera o bajel o barco alguno intente navegar por el mar sin salvoconducto del rey de Aragón, sino que tampoco creo que pez alguno pueda surcar las aguas marinas si no lleva en su cola un escudo con la enseña del rey de Aragón”, que la casa reinante de Aragón absorbió a la de Barcelona mediante el matrimonio de la infanta aragonesa Petronila y el conde Ramón Berenguer, que dicho conde de Barcelona, por conveniencia y propio deseo, extinguió su casa en 1150 para ser príncipe, junto a su esposa reina, que el hijo de ambos, Alfonso II, fue el primer monarca de la corona aragonesa, que Jaime I fue rey de Aragón, que Aragón terminó formando la actual España en 1469, gracias a la boda entre Fernando II de Aragón y de Isabel, reina de Castilla...

Aragón, el viejo, relegado y casi olvidado, existe. Y hay que recordarles a los catalanes que hubo un tiempo en que la corona aragonesa construyó el imperio más vasto del Occidente medieval, que bajo este nombre y con sus barras, Aragón, Valencia y Cataluña compartieron la historia, el comercio, las guerras, que mezclaron sus sangres, sus lenguas, que sus fueros eran la manifestación de sus libertades.

La Historia, la que se escribe con mayúscula, no puede servir a otro interés que no sea el de reflejar verazmente unos hechos que acontecieron, estos hechos pueden gustar o no, pero son los que son. Romper la historia de los pueblos es quebrar su memoria, su espina dorsal, y manipularla, utilizarla como arma de una etnia o de una lengua, es negarnos a nosotros mismos, borrar nuestras huellas en el tiempo.
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