Acaban las fiestas

Me revientan las reuniones de compromiso con gente que te ignora el resto del año. La lotería, que esquilma el bolsillo de los pobres ilusos y enriquece las arcas de Hacienda. Los banquetes pantagruélicos en los que se come más de lo necesario y se bebe más de lo conveniente. Las sobremesas hablando, como no, de fútbol o de política; bebiendo cafés, licores y cava caliente; comiendo turrones y polvorones; aguantando la progresión creciente de embriaguez de los que no entienden la fiesta sin borrachera. La decoración navideña con sus brillantes luces, papanoeles, abetos. Los regalos superfluos. Los machacones villancicos retumbando mientras recorres el supermercado. El consumo desaforado. La hipocresía generalizada. Las buenas intenciones para el año próximo que siempre se quedan en nada.
Y me duele el alma al pensar en esos desheredados de la fortuna que no tienen pavo ni lubina ni un chusco de pan duro que llevarse a la boca, esas pobres víctimas de guerras sin sentido que viven en lo destruido, esas mujeres quemadas con vitriolo por sus amos-maridos, esos niños que crecen en la calle condenados a la ley del asfalto... mientras nosotros miramos a otro lado y callamos ese ¡basta ya! que todos debiéramos gritar. Será que soy una idealista.
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