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La modernidad

La modernidad

La modernidad supone una quiebra total con lo existente. Constituye la negación de la tradición y el intento de reformar todos los valores. A partir de las últimas décadas del siglo XIX y hasta comienzos de la Primera Guerra Mundial, la cultura occidental se ve sacudida por profundos cambios tecnológicos y culturales, de manera que se abre un abismo entre lo que pertenece al pasado y lo que es moderno.

En muy poco tiempo es posible hablar por teléfono con otra persona que se encuentra a gran distancia y se pueden telegrafiar noticias muy rápidamente a cientos de kilómetros. La bicicleta y el automóvil permiten recorrer distancias en una pequeña fracción del tiempo que antes se necesitaba para hacerlo a pie o a caballo. Por fin, se ha logrado conquistar el aire y se atraviesa el océano Atlántico en el inmenso aeróstato "Zeppelin" o en aviones tambaleantes. El descubrimiento de los rayos X permite observar el interior de las personas sin tener que causarles ni un leve rasguño. Uno va al cine y ve, en paralelo a su propia vida, otra realidad de imágenes que se suceden. Uno sube al ascensor de un rascacielos estadounidense y asciende cientos de metros en vertical. Las nuevas tecnologías reducen las distancias y hacen que la vida sea más rápida. Mientras en el día a día se constata empíricamente que el espacio y el tiempo ya no significan lo mismo que una vez significaron, la teoría de la relatividad de Einstein ratifica que ambas dimensiones no son constantes fijas, sino que dependen de la posición del observador.

Al mismo tiempo se transforman las relaciones entre las personas: hombres y mujeres, padres e hijos y extraños y conocidos. Las mujeres abandonan la familia y se lanzan a la calle para manifestarse por la reivindicación de sus derechos. Sus hijas ejercen una profesión. En las avenidas de las grandes ciudades europeas ha dejado de ser posible reconocer a qué clase social pertenece un hombre por la mera observación de su indumentaria. La imagen de la calle resulta desconcertante por la enorme cantidad de trajes negros, de confección industrial, que esconden la identidad de sus portadores. En los medios de transporte modernos como el tranvía o el autobús, personas totalmente desconocidas se apretujan en un sitio muy reducido. Los usuarios de los medios de transporte públicos aprenden a compartir un espacio y a mirar a impenetrables extraños sin hablar. Los transeúntes de las metrópolis viven la experiencia de la modernidad por excelencia: la soledad y el aislamiento entre la masa. Experimentan el anonimato.

Pero, por otro lado, es posible, al menos en los círculos de los artistas e intelectuales más abiertos, hablar libremente con extraños acerca de temas íntimos, los mismos que sólo veinte años antes hubiera resultado imposible expresar.

La modernidad es la conciencia de vivir un tiempo de desorientación, fragmentación y caos. Ya no hay puntos fijos en los que apoyarse. El mundo parece haberse atomizado en infinitos momentos fugaces. Dado que en el exterior no hay ningún sostén, el individuo desacoplado de su entorno se repliega en sí mismo. El marginado solitario y desarraigado que vaga por la ciudad sin una meta concreta se convertirá en la figura central de la literatura moderna. La experiencia de la vida moderna enseña al hombre que debe construirse su propia seguridad. En esta situación, no queda lejos el abismo que se abre hacia el vacío de sentido. Uno puede desesperarse o simplemente afirmar que nada tiene sentido. Su expresión más extrema es la sistematización del sinsentido en las acciones de los dadaístas como Kurt Schwitters o Tristan Tzara, que escandalizaban a su confundido público con poesías sonoras ininteligibles. La misma profunda desconfianza hacia la existencia de sentido originó el arte del francés Marcel Duchamp cuando proclamaba que ciertos objetos de uso cotidiano, como un portabotellas, constituían obras de arte.

En la modernidad desaparecen todas las leyes de sujeción universal. Se desvanece la posibilidad de adoptar una posición con validez general. Ya no hay una realidad, sino diversas perspectivas. Sólo existen muchas percepciones de imposible coordinación que proceden de innumerables individuos aislados. La realidad es una cuestión de puntos de vista y, para poder percibirla adecuadamente, es necesario ser capaz de modificar el enfoque y los contextos. Por esa razón, los pintores destrozan la perspectiva central con el cubismo, y los artistas descubren el collage, creando nuevas uniones con objetos muy diferentes: papel de periódico, madera y color. Por el mismo motivo, la narración de las novelas se deshace en un permanente cambio de perspectiva, de acuerdo con los flujos de la conciencia de los personajes.

La modernidad supone el descubrimiento de la complejidad del mundo. En algún momento entre 1900 y 1915, en la conciencia del mundo occidental cala la idea de que el mundo ya no tiene un orden que se pueda comprender en su totalidad. Virginia Woolf fijó una fecha más concreta, anunció que en 1910 había cambiado el carácter humano, con esta fecha aludía a la exposición de los postimpresionistas en Londres, en la que colgaban, entre otros, cuadros de Van Gogh y Cézanne. Estas imágenes, totalmente insólitas para el público que asistió a la exposición, eran la prueba de que con la experiencia de lo moderno cambiaba la percepción.

 

*Cuadro: The lake at Annecy de Cézanne

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