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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2008. Biblia![]() El nombre de la Biblia proviene del griego Biblia, “libros”, plural de biblio, “libro”, que a su vez deriva del nombre de la ciudad fenicia Byblos de la que procedía el material sobre el que se escribía en la antigüedad. Se trataba de un papiro (origen de la palabra papel), realizado a partir de la planta de caña del mismo nombre. Las primeras versiones del Antiguo Testamento se escribieron en papiros que se conservaban en rollos. Desde el siglo IV hasta la Edad Media se utilizó el pergamino, fabricado con pieles de animales, que se conservaba mejor.
Ningún otro libro ha influido tanto en la cultura e historia de Europa como la Biblia. Los conocimientos que transmite la Biblia conforman el mayor sustrato común del mundo occidental, aunque también hayan servido para provocar enfrentamientos durante siglos sobre los temas compartidos: judíos contra cristianos, la Iglesia Oriental contra la Occidental, católicos contra protestantes. La Biblia ha sido utilizada para justificar algunos de los derroteros más funestos del mundo, pero también ha sido la inspiración de los logros más grandiosos en el campo artístico y literario.
La Biblia es el libro más difundido del mundo. Con la introducción de la imprenta por Johannes Gutemberg en el siglo XV (la primera impresión fue una Biblia), se convirtió en el primer artículo de consumo masivo de Europa. Como parte del equipaje de los misioneros ascendió a la categoría de gran éxito de exportación. Hoy la Biblia está traducida a cerca de dos mil idiomas y se imprimen más de treinta millones de ejemplares nuevos cada año. Si se sumaran todas las Biblias que alguna vez se imprimieron se superaría rápidamente la cantidad de los mil millones de ejemplares. La columna![]() Han quedado en una cafetería para verse. No son una pareja de enamorados, pero se quieren, se quieren con ese afecto que une a dos almas tocadas por la fatalidad, que han visitado idénticos infiernos. Ella llega primero, le busca y no le encuentra. Él entra, la busca y no la encuentra. Transcurren lentos los minutos. Ambos se preguntan: ¿sabrá que es aquí donde hemos quedado?, ¿le habrá surgido un imprevisto? Miran el reloj. El tiempo avanza. El otro no llega. Una hora ya. Qué raro, ¿no? Si conocieran el número de sus respectivos móviles podrían llamarse, pero ninguno de los dos ha caído en la cuenta de dárselo al otro. ¿Qué hago ahora? ¿Vendrá? Quizás no pueda. Los dos se levantan para marcharse. Han perdido la esperanza de encontrarse. Entonces, él la ve a ella. Entonces, ella repara en él. Una hora aguardando separados, solo porque una maldita columna se interpuso entre ambos. Ciudades![]() Toda ciudad, por pequeña que sea, se asemeja a una cebolla: incontables pieles superpuestas, a veces blanquecinas, otras oscuras pero generalmente traslúcidas o transparentes, ocultando un corazón que en sí no es nada, ni existe; unas capas más gruesas y bastas, en la periferia, en contacto con la húmeda y alimenticia tierra; otras finas, delicadas y refugiadas en su centro; ácida y dulzona al mismo tiempo, destinada a la más prosaica ensalada o al guiso más refinado. Según la habilidad del chef.
Toda ciudad encierra en su seno múltiples universos, sólo es preciso encontrarlos. Y nada hay más agradable que pasear una y mil veces por ella, por provinciana que sea, retorciendo el callejero, a distintas horas del día y en fechas diferentes, con cualquier motivo lúdico o guiado por el ocioso azar. Su gente, sus espacios, sus asuntos también se aglutinan y se confunden. Sólo hay que prestar atención. Y en ocasiones es bueno dejarse orientar y aprender de la sabiduría y las huellas de los que nos preceden. |
Mis pies en el lodo, mi cabeza en las estrellas
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