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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2004. Dear Oscar -Prólogo- ¡Corazón! Aquí estamos los tristes y solos; escúchame: ¿por qué reí? ¡Oh dolor mortal!Dear Oscar: He venido hasta tu tumba en el Père-Lachaise para contemplar tu alma convertida en esta esfinge de piedra que te sirve de guardián. No puedo imaginarte polvo blanco, dormido en la oscura caverna de la muerte, porque tú eres Wilde: el mismo, sólo por sí mismo, eternamente, uno y único. En este siglo de sueño te has perdido tantas cosas. Pocas buenas. Dos guerras mundiales, varias revoluciones, la degradación absoluta de los valores estéticos y artísticos, la llegada a Marte, la clonación de seres vivos, el gay power. Sí, has oído bien. La historia ha hecho de ti un precursor de la causa homosexual. ¿Te ríes? Pura ironía, cierto. Si tus enemigos levantaran la cabeza... No te quejes, tuviste los mayores éxitos que un artista puede desear... Y las peores calamidades que un hombre puede resistir. Lo sé, conozco tu vida, y también sé que no te limitaste a existir. Si hubiera encontrado en el estanco tus Abdullah Imperial Preference, te habría traído una cajetilla, aunque tal vez prefieras el perfume de la rosa, una golondrina, como la del cuento. ¿El cigarrillo? No me sorprende, hace tanto que no aspiras su aroma. ¿Sobre ti? Entiendo tu curiosidad. Te diré que tus hijos vivieron una larga existencia en Europa, sin tener que sufrir por los pecados de su padre, que uno de tus nietos prepara una biografía que te hará justicia, que eres el autor más traducido después de Shakespeare, que tus obras perviven gracias a la magia de tus palabras. Tu luz no se apaga. ¿Eterno? Sí, eres eterno, dear. Tus hijos, tus amigos y todo aquel que haya comprendido que ha de hacerse perfecto a sí mismo, te ha hecho eterno. Conseguiste lo que pretendías, causar una gran sensación. ¿Yo? Intento escribir siguiendo tus consejos, me olvido del público, procuro decir bien lo que digo, y tengo en cuenta que la literatura no se lee. Claro que te admiro, por eso estoy aquí. De niña leí tus cuentos y me cautivaron porque eran distintos a los demás, a esos tan cursis que escribieron los Grimm, Andersen o Perrault. No me preguntes qué, pero había en ellos algo especial trascendiendo más allá de las palabras: tu innegable talento para seducir. Te has ido ganando mi aprecio obra tras obra hasta llegar a De profundis, donde te superas a ti mismo para ser sublime. Empieza a llover y la humedad me empapa y penetra la piedra de tu mausoleo. Huele a flores, a tierra, a incienso que se enreda en los recuerdos. Sí, me marcho ya. A mí también me ha agradado conversar contigo. Aunque confieso que los cementerios me dan grima, hay algo inquietante en ellos: la muerte y sus triunfos ganados a la vida. ¿Escribirte? Desde luego. Te escribiré y seguiremos caminando bajo las estrellas. Hasta siempre, dear. Charles W. Sweeney Charles W. Sweeney, el piloto estadounidense que el 9 de agosto de 1945 lanzó una bomba atómica sobre Nagasaki, murió el pasado día 15. Llegó al grado de brigadier general en la Fuerza Aérea de los EEUU y defendió siempre los bombardeos nucleares sobre Japón durante la Segunda Guerra Mundial.La “Fat Man”, nombre de la bomba, mató a más de 70.000 personas y produjo secuelas irreversibles en los supervivientes, dichas secuelas se han trasmitido a través de las sucesivas generaciones hasta nuestros días. Charles W. Sweeney, descanse en paz, si puede. Revolucionarios y revolucionesQuizás mi criterio personal al respecto sea algo atípico, pero considero que, históricamente, todos los acontecimientos revolucionarios que se han producido tenían un destinatario exterior. Iban dirigidos a los “otros”: la nobleza, los burgueses, los capitalistas, los conservadores o, simplemente, a quienes, según la idea del revolucionario de turno, podían oponerse a sus deseos o frustrar sus proyectos. Ya sabemos los resultados que ha conseguido esta manera de exteriorizar la revolución. Millones y millones de muertos en nombre de loables ideas de igualdad, fraternidad, libertad y justicia, para llegar a un modelo de sociedad donde tan deseables abstracciones son más valiosas por lícitas que por presentes. Todo sistema de convivencia, por muy justo y razonable que pueda parecer, está condenado a fracasar si el mensaje que transmite no es asumible por la generalidad de las personas, y para que eso sea posible, sus postulados han de ser armonizables con la naturaleza humana. “Los sistemas no cambian a las personas, son las personas las que pueden cambiar los sistemas”. Por eso yo defiendo y practico “mi” revolución interior, una revolución que no va contra nadie, ni intenta cambiar a nadie, excepto a mí misma. Los revolucionarios clásicos pretendían transformar el mundo y este objetivo les parecía tan importante que los llevó a violentar la voluntad y la vida de las personas que se oponían a sus propósitos. La revolución interior propone justo lo contrario: respetar la vida y las ideas ajenas, y limitar los enfrentamientos que cada uno pueda tener con sus particulares contradicciones internas. Mi idea de la revolución es la de luchar por mi felicidad personal sin agredir al prójimo, yo soy arte y parte, objeto y sujeto de mi propio perfeccionamiento como persona. Por eso en vez de malgastar esfuerzos en intentar cambiar a los demás, reservo mi energía para invertirla en mi perfeccionamiento personal. Como conclusión, añadiré una cita de Boris Vian: “Lo que me interesa no es la felicidad de todos los hombres, sino la de cada hombre”. Enferma de tus ojosesos ojos del adiós que imploran, lloran y señalan una soledad que no se puede calmar. La megalomanía de AznarAndaba nuestro ex presidente Aznar por tierras mexicanas, haciendo promoción de su libro escrito por un amanuense, cuando conoció la noticia: en España nos habíamos enterado de que pagó dos millones de dólares de nuestro dinero para comprarse la medalla de oro del Congreso de los EEUU. “No tengo nada que negar ni que afirmar”. “Simplemente digo que algunas afirmaciones que se hacen al respecto me merecen desprecio”, declaró al respecto. Desprecio produce también su altivez y prepotencia, esa chulería patológica que no le abandona, su desfachatez y egolatría. Cualquiera que tenga un mínimo de vergüenza se sonrojaría al ser sorprendido comprando honores inmerecidos con dinero ajeno, pero él no. Él es un megalómano. Su gobierno contrató a un “lobby” de Washington por el sistema de “imperiosa urgencia” (sin contratación pública optando entre al menos tres empresas) para que se encargara de las gestiones pertinentes destinadas a adjudicarse un reconocimiento internacional. No solo eso, pidió que se modificara la factura original en la que se describen los servicios prestados por los abogados. En la segunda y definitiva desaparece el encabezado del título que era “medalla de oro del Congreso” y se cambia por “asuntos varios del Congreso”, también se rectifica la mención al discurso del “presidente Aznar” por del “presidente del Gobierno de España”. Este documento se guarda en la Secretaría de Asuntos Exteriores. No es necesario acusar a Aznar, el simple relato de sus actuaciones basta. La casa química La organización ecologista Greenpace ha elaborado una lista cuyo objetivo es proporcionar a los consumidores información sobre las sustancias peligrosas que pueden estar presentes en productos de consumo que habitualmente tenemos en nuestros hogares: perfumes, pinturas, detergentes, limpiahogares, zapatillas de deporte, artículos infantiles.... Algunos de estos productos nocivos pueden contaminar nuestras casas y pasar al cuerpo humano. Conoce los productos contaminantes La elección en amor En una conferencia reciente me ha ocurrido insinuar, entre otras, dos ideas, de las cuales la segunda va articulada en la primera. Ésta suena así: el fondo decisivo de nuestra individualidad no está tejido con nuestras opiniones y experiencias de la vida; no consiste en nuestro temperamento, sino en algo más sutil, más etéreo y previo a todo esto. Somos, antes que otra cosa, un sistema nato de preferencias y desdenes. Más o menos coincidentes con el del prójimo, cada cual lleva dentro el suyo, armado y pronto a dispararnos en pro o en contra, como una batería de simpatías y repulsiones. El corazón, máquina de preferir y desdeñar, es el soporte de nuestra personalidad. Antes de que conozcamos lo que nos rodea, vamos lanzados por él en una u otra dirección, hacia unos u otros valores. Somos, merced a esto, muy perspicaces para las cosas en que están realizados los valores que preferimos, y ciegos para aquellas en que residen otros valores iguales o superiores, pero extraños a nuestra sensibilidad.A esta idea, sustentada hoy con vigorosas razones por todo un grupo de filósofos, agrego una segunda, que no he visto hasta ahora apuntada. Se comprende que en nuestra convivencia con el prójimo nada nos interesa tanto como averiguar su paisaje de valores, su sistema de preferir, que es raíz última de su persona y cimiento de su carácter. Asimismo, el historiador que quiera entender una época necesita, ante todo, fijar la tabla de valores dominantes en los hombres de aquel tiempo. De otro modo, los hechos y dichos de aquella edad que los documentos le notifican serán letra muerta, enigma y charada, como lo son los actos y palabras de nuestro prójimo mientras no hemos penetrado más allá de ellos y hemos entrevisto a que valores en su secreto fondo sirven. Ese fondo, ese núcleo del corazón, es, en efecto, secreto: lo es en buena parte para nosotros mismos, que lo llevamos dentro; mejor dicho, que somos llevados por él. Actúa en la penumbra subterránea, en los sótanos de la personalidad, y nos es tan difícil percibirlo como nos es difícil ver el palmo de tierra sobre que pisan nuestros pies. Tampoco la pupila se puede contemplar a sí misma. Pero, además, una buena porción de nuestra vida consiste en la mejor intencionada comedia que a nosotros mismos nos hacemos. Fingimos modos de ser que no son el nuestro; y los fingimos sinceramente, no para engañar a los demás, sino para maquillarnos ante nuestra propia mirada. El tipo de humanidad que en el otro ser preferimos, dibuja el perfil de nuestro corazón. Es el amor un ímpetu que emerge de lo más subterráneo de nuestra persona, y al llegar al haz visible de la vida arrastra, en aluvión, algas y conchas del abismo interior. Un buen naturalista, filiando estos materiales, puede reconstruir el fondo pelágico del que han sido arrancados. Se querrá oponer a esto la presunta experiencia de que a menudo una mujer que consideramos de egregio carácter fija su entusiasmo en un hombre torpe y vulgar. Pero yo sospecho que los que así juzgan padecen casi siempre una ilusión óptica: hablan un poco desde lejos y el amor es un cendal de finísima trama, que sólo se ve bien desde muy cerca. En muchos casos, el tal entusiasmo es solo aparente: en realidad no existe. El amor auténtico y el falso se comportan -vistos desde lejos- con ademanes semejantes. Pero supongamos un caso en que el entusiasmo sea efectivo: ¿qué debemos pensar? Una de dos: o que el hombre no es tan menospreciable como creemos, o que la mujer no era, efectivamente, de tan selecta condición como imaginábamos. En conversaciones y en cursos universitarios (con ocasión de determinar qué es lo que llamamos carácter) he expuesto reiteradamente este pensamiento y he podido observar que provoca con cierto automatismo un primer movimiento de protesta y resistencia. Como en sí misma la idea no contiene ingrediente alguno irritante o ácido, ¿por qué, en tesis general, no había de halagarnos que nuestros amores sean la manifestación de nuestro ser recóndito? Esa automática resistencia equivale a una comprobación de su verdad. El individuo se siente cogido de sorpresa y en descubierto por una brecha que no había resguardado. Siempre nos enoja que alguien nos juzgue por aquella faceta de nuestra persona que presentamos al descuido. Nos toman desprevenidos y esto nos irrita. Quisiéramos ser juzgados previo aviso y por las actitudes que dependen de nuestra voluntad, a fin de poder componerlas como ante el fotógrafo. (Terror de la “instantánea”). Pero claro es que, desde el punto de vista del investigador del corazón humano, lo interesante es entrar en el prójimo por donde menos presuma y sorprenderlo in fraganti. Si la voluntad del hombre pudiese suplantar por completo su espontaneidad, no habría para qué bucear en los fondos arcanos de su persona. Pero la voluntad solo puede suspender algunos momentos el vigor de lo espontáneo. A lo largo de toda una vida, la intervención del albedrío contra el carácter es prácticamente nula. Nuestro ser tolera cierta dosis de falsificación por medio de la voluntad dentro de esa medida, mejor que de falsificación es lícito hablar de que nos completamos y perfeccionamos. Es el golpe de pulgar que el espíritu -inteligencia y voluntad- da a nuestro barro primigenio. Sea mantenida en todo honor esta divina intervención de la potencia espiritual. Mas para ello es preciso moderar ilusiones y no creer que este influjo maravilloso puede pasar de aquella dosis. Más allá de ella empieza la efectiva falsificación. Un hombre que toda su vida marcha en contra de su nativa inclinación es que nativamente está inclinado a la falsedad. Hay quien es sinceramente hipócrita o naturalmente afectado. Cuanto más va penetrando la actual Psicología en el mecanismo del ser humano, más evidente aparece que el oficio de la voluntad y, en general, el del espíritu, no es creador, sino meramente corrector. La voluntad no mueve, sino que suspende éste o el otro ímpetu prevoluntario que asciende vegetativamente de nuestro subsuelo anímico. Su intervención es, pues, negativa. Si a veces parece lo contrario, es por la razón siguiente; constantemente acaece que en el intrincamiento de nuestras inclinaciones, apetitos, deseos, uno de ellos actúa como un freno sobre otro. La voluntad, al suspender ese refrenamiento, permite a la inclinación antes trabada que fluya y se estire plenamente. Entonces, parece que nuestro querer tiene un poder activo, cuando, en rigor, lo único que ha hecho es levantar las esclusas que contenían aquel ímpetu preexistente. El sumo error, desde el Renacimiento hasta nuestros días, fue creer -con Descartes- que vivimos de nuestra conciencia, de aquella breve porción de nuestro ser que vemos claramente y en que nuestra voluntad opera. Decir que el hombre es racional y libre me parece una expresión muy próxima a ser falsa. Porque, en efecto, poseemos razón y libertad; pero ambas potencias forman solo una tenue película que envuelve el volumen de nuestro ser, cuyo interior ni es racional ni es libre. Las ideas mismas de que la razón se compone nos llegan hechas y listas de un fondo oscuro, enorme, que está situado debajo de nuestra conciencia. Parejamente, los deseos se presentan en el escenario de nuestra mente clara como actores que vienen ya vestidos y recitando su papel de entre los misteriosos y tenebrosos bastidores. Y como sería falso decir que un teatro es la pieza que se representa en su iluminado escenario, me parece por lo menos inexacto decir que el hombre vive de su conciencia, de su espíritu. La verdad es que, salvo esa somera intervención de nuestra voluntad, vivimos de una vida irracional que desemboca en la conciencia, oriunda de la cuenca latente, del fondo invisible que en rigor somos. Por eso el psicólogo tiene que transformarse en buzo y sumergirse bajo la superficie de las palabras, de los actos, de los pensamientos del prójimo, que son mero escenario. Lo importante está detrás de todo eso. Al espectador le basta con ver a Hamlet, que arrastra su neurastenia por el jardín ficticio. El psicólogo le espera cuando sale por el foro y quiere conocer, en la penumbra de telones y cordajes, quién es el actor que hace de Hamlet. Es natural, pues, que busque los escotillones y rendijas por donde deslizarse a lo profundo de la persona. Uno de estos escotillones es el amor. Vanamente la dama que pretende ser tenida por exquisita se esfuerza en engañamos. Hemos visto que amaba a Fulano, Fulano es torpe, indelicado, sólo atento a la perfección de su corbata y al lustre de su Rolls. Contra esta idea de que en la elección amorosa revelamos nuestro más auténtico fondo caben innumerables objeciones. Es posible que entre ellas existan algunas suficientes para dar al traste con la verosimilitud del aserto. Sin embargo, las que de hecho suelen salir al paso me parecen inoperantes, poco rigurosas, improvisadas por un juicio sin cautela. Se olvida que la Psicología del erotismo sólo puede proceder microscópicamente. Cuanto más íntimo sea el tema psicológico de que se trate, mayor será la influencia del detalle. Ahora bien: el menester amoroso es uno de los más íntimos. Probablemente, no hay más que otra cosa más íntima que el amor: la que pudiera llamarse sentimiento metafísico, o sea, la impresión radical última, básica, que tenemos del universo. Sirve ésta de fondo y soporte al resto de nuestras actividades, cualesquiera que ellas sean. Nadie vive sin ella aunque no todos la tienen dentro de sí subrayada con la misma claridad. Contiene nuestra actitud primaria y decisiva ante la realidad total, el sabor que el mundo y la vida tienen para nosotros. El resto de nuestros sentires, pensares, quereres, se mueve ya sobre esa actitud primaria y va montado en ella, coloreado por ella. Precisamente, el cariz de nuestros amores es uno de los síntomas más próximos de esa primigenia sensación. Por medio de él nos es dado sospechar a qué o en qué tiene puesta su vida el prójimo y esto es lo que interesa más averiguar: no anécdotas de su existencia, sino la carta a que juega su vida. Todos nos damos alguna cuenta de que en zonas de nuestro ser, más profundas que aquellas donde la voluntad actúa, está ya decidido a qué tipo de vida quedamos adscritos. Vano es el ir y venir de experiencias y razonamientos, nuestro corazón, con terquedad de astro, se siente adscrito a una órbita previa y girará por su propia gravitación hacia el arte o la ambición política o el placer sexual o el dinero. Muchas veces la existencia aparente del individuo va al redropelo de su destino íntimo, dando ocasión a sorprendentes disfraces: el hombre de negocios que oculta a un sensual, o el escritor que es en verdad sólo un ambicioso de poder político. Extracto de Estudios sobre el amor, Ortega y Gasset Comisión 11-MNo creo que nadie que conozca cómo se las gastan los políticos españoles esperase algo de la comisión que investiga el atentado del 11-M. Las comparecencias han puesto de manifiesto la triste realidad que muchos intuíamos: los partidos políticos no tienen la menor intención de esclarecer los hechos y la comisión es un circo. No sabremos si nos engañaron los unos, los otros o ambos, pero al menos podremos constatar una vez más en qué manos estamos. Lejos de aclarar los hechos se añaden más elementos de confusión aun cuadro ya de por sí surrealista. Los atentados, que primero fueron cosa de ETA, luego de Al-Qaeda, más tarde de un grupo radical islamista de marroquíes que contaron con el apoyo de una trama de confidentes asturianos con conexiones en el exterior, puede resultar un poco de todo, pues aunque en un primer momento Arnaldo Otegui aseguró públicamente que ETA no era la autora, luego dijo, según se ha sabido mediante un pinchazo telefónico, que fue la banda terrorista vasca y que había que echarle la culpa a los moros. El Gobierno no dice ni pío al respecto porque este dato, que figura en un documento desclasificado del 18 de marzo, avala la tesis del PP. Yo he llegado a las siguientes conclusiones: Los políticos pretenden tomarnos el pelo sin que se note demasiado, salvar el poco honor que les queda y pasar página cuanto antes, la verdad les importa un pito. De las declaraciones de sus miembros se deduce que el Centro Nacional de Inteligencia y los servicios secretos, encargados de velar por la seguridad de todos los españoles, se parecen a la T.I.A. de Mortadelo y Filemón. Nos hallamos indefensos frente al terrorismo, venga de donde venga. Los 192 muertos, los cientos de heridos y mutilados, sus familias y los ciudadanos hemos sido utilizados por el poder. Yo nunca seré santaDurante los años de su pontificado, el Papa Juan Pablo II ha canonizado a 280 personas y beatificado a otras 805. No estoy nada puesta en el tema, pero por lo que he leído sobre el asunto, se puede subir a los altares por los más diversos motivos. Un comité Vaticano valora los méritos de cada candidato a la santidad y dictamina quién merece figurar en el santoral. Puntúa ser miembro de la única y auténtica Iglesia Católica, creer fervientemente en ella, en sus dogmas, en sus incongruencias y absurdos, haber pasado infinitas penalidades asumidas con valor y resignación cristiana, haber realizado algún milagro, haberse comunicado directamente con Dios o con su Santa Madre y dedicar la vida a difundir sus mensajes, fundar una secta y engrosar las arcas del Vaticano con el dinero de los adeptos... Repaso algunas vidas ejemplares de santos y me encuentro con la beata Anna Schäfer, a ella se encomiendan quienes han sufrido un accidente de tráfico, pues se le atribuye haber salvado la vida a un joven motorista accidentado mediante sus rezos. El joven se salvó de este accidente, pero se mató en el siguiente que tuvo. Santa Catalina de Génova disfrutaba comiéndose la suciedad y los piojos que había en las ropas de los pobres que cuidaba. Santa Maria Magdalena de Pazzi empezó padeciendo crisis de histeria y acabó siendo masoquista. Su lema era: "No morir, sino sufrir". "Ni morir ni curar, sino vivir para sufrir". Se revolcaba en astillas, se clavaba clavos, se atormentaba con herramientas de hierro, se hacía rociar con cera caliente, se tiraba al suelo para que el resto de la congregación la pisara, le gustaba que la azotasen... Santa Margarita María Alacoque, fundadora de la Orden del Sagrado Corazón, bebía el agua que resultaba de lavar la ropa sucia, comía pan con moho, frutas podridas y una vez lamió con su lengua los excrementos de un paciente con diarrea. Si hay que hacer tales méritos para llegar al cielo, lo tengo clarísimo, yo nunca seré santa. Discriminación necesariaLos varones se quejan. Alegan que la Ley Integral contra la Violencia de Género no les contempla y que cualquier hombre que sufra agresión o malos tratos está desprotegido. Su argumento no es cierto, el Código Penal sigue amparando a todas las personas que sufran amenazas, coacciones, trato vejatorio... El carácter específico de la ley se establece porque el problema también es específico y las cifras así lo demuestran. Un 92,2% de los fallecimientos por violencia doméstica son mujeres asesinadas por sus parejas o ex compañeros sentimentales. En los últimos tres años este tipo de violencia se ha incrementado en un 60%. Opino que estos porcentajes bien merecen que se haga una discriminación positiva a favor de mujer. Mi etiqueta Sus ojos me examinan y luego baja la vista sin que encuentre la prueba que está buscando. Ni un gesto raro, ni una sola evidencia, nada le demuestra mi tara. Noto que se atrinchera tras el prejuicio, que le molesta, que no sabe reaccionar. No puedo modificar su respuesta instintiva, esta primera impresión. El diálogo se le hace imposible porque ya no me ve como amigo y esta decisión es inapelable, así el círculo se cierra y el contacto resulta imposible.Una palabra es suficiente para calificar mi estigma y este nombre me perseguirá siempre: homosexual. Una definición que a mí me deja indiferente por ser demasiado vasta y poco comprensible. Una palabra que supone una cadena a la que se liga toda una existencia, una prisión donde se encierra al individuo. Yo desaparezco bajo la etiqueta de homosexual, como otros desaparecen bajo el epígrafe de calvo, oligofrénico, viejo o negro, estas reducciones provocan miradas que hieren la personalidad y abren llagas secretas. El ser humano es de una complejidad asombrosa, ¿podemos reducirlo a rubio, simpático, gordo...? Estas calificaciones ¿nos ayudan a descubrir el misterio que se oculta tras cada individuo? Yo pienso que es un peligro. No se pueden impedir los juicios, pero hay que evitar el daño engendrado por unas consideraciones precipitadas y obligarnos a mirar al otro con generosidad. Detrás de las palabras se oculta un ser, una personalidad única, rica, que el peso de los prejuicios acaba recubriendo de una capa endemoniadamente categórica. La silla de ruedas, el perro lazarillo, es lo que salta a la vista, pero ¿vemos tras el bastón blanco a la persona? ¿Queremos verla? Las reflexiones sobre la normalidad me apasionan hasta la obsesión, me atormentan, me lastiman. Al principio lo hubiera hecho todo por se normal y observaba a los “individuos normales” para conocerlos mejor. ¿Qué es un hombre? Descartes lo define como un ser estrambótico, Rabelais celebra su risa, Brillant-Savarin destaca su capacidad para destilar frutos y extraer licores como característica para demostrar que se es un hombre. Beaumarchais sugiere que beber sin sed y hacer el amor en cualquier momento nos diferencia del resto de los animales. Valéry escribe que aquél que sabe hacer un nudo pertenece a la raza humana. Estas tentativas de definición tienen simplemente el mérito de poner en evidencia, no sin humor, la dificultad de definir al ser humano. Una definición, por demasiado simplista, resulta peligrosa. Determina abusivamente lo que es normal o no y engendra una marginación, una exclusión incluso. Toda reducción que circunscribe al hombre negando la unicidad del individuo confunde el accidente con la sustancia. Este tipo de engaño encubre unas formas a menudo insidiosas. Un día un hombre me dijo que se sentía orgulloso de ser homosexual, yo no me siento orgulloso de mi condición, pero sí hay algo que me llena de orgullo: soy un hombre con unos derechos y unos deberes iguales a los de los demás, comparto sus mismos sufrimientos, las mismas alegrías... Este orgullo nos une a todos, al cojo, al judío, al zurdo, al inmigrante sin papeles. Tanto ellos como yo, somos hombres. Mis ojos húmedos miran al suelo, esquivo su rostro para no hacer más grande su vergüenza y para no ver la incomprensión y la repugnancia que lleva asociadas. Han caído las máscaras. Creía que no era necesario protegerse delante de un amigo, refugiarse dentro de una armadura. Un amigo no condena, pero él acaba de demostrarme que no era mi amigo. Preguntas curiosas ¿Porqué los kamikazes llevan casco?¿Porqué venden tabaco en las gasolineras si está prohibido fumar? Adan y Eva, ¿tenían ombligo? Si los Seven Eleven están abiertos 24 horas al día, 365 días al año, entonces ¿por qué las puertas tienen cerrojo? Si nada se pega al teflón, ¿cómo lo adhieren a la sartén? Si Superman es tan listo, entonces ¿por qué lleva los calzoncillos por fuera? Cuando te haces una foto al lado de Mickey Mouse, el hombre de dentro del disfraz, ¿está sonriendo? ¿Porqué bragas es plural y sujetador es singular? ¿Porqué en los anuncios de raquetas de tenis aparece gente jugando al tenis, en los anuncios de coches puedes ver coches, y, sin embargo, en los anuncios de preservativos no ves más que gente jugando al tenis o coches parados? ¿Por qué no hacen los aviones con el mismo material que usan para hacer la caja negra? ¿Porqué cuando llueve levantamos los hombros? ¿Acaso nos mojamos menos? ¿Porqué cuando conduces buscando un sitio para aparcar bajas el volumen de la radio? ¿Acaso vas a ver mejor? El otro día oí que las esponjas crecen en el mar. ¿Hasta donde llegaría el agua si no fuese por ellas? Si estamos compuestos por un 80% de agua, ¿cómo podemos ahogarnos? Se dice que sólo diez personas en todo el mundo entendían a Einstein. Si nadie me entiende a mí, ¿soy un genio? Si los vegetarianos comen vegetales, ¿qué comen los humanitarios? Si cárcel y prisión son sinónimos, ¿por qué no lo son carcelero y prisionero? Si una palabra estuviese mal escrita en el diccionario, ¿cómo lo sabríamos? ¿Porqué en los Estados Unidos te hace falta el carnet de conducir para comprar alcohol si está prohibido beber y conducir? ¿Los caballos tienen sobacos? Cuando un coche está circulando, ¿el aire de dentro de las ruedas está girando? El otro día compré agua en polvo. Pero ¿cómo la preparo? Si le pidiesen identificación al rey, ¿podría presentar una moneda de euro? Si los banqueros pueden contar, ¿por qué en los bancos hay ocho ventanillas y sólo cuatro cajeros? ¿De qué color es un camaleón mirándose en un espejo? En caso de guerra nuclear, ¿los pulsos electromagnéticos de las bombas termonucleares podrían dañar mis videocasetes? ¿Qué pasaría si un hermano siamés fuese declarado culpable de un asesinato y condenado a muerte en la silla eléctrica? Si fueses a disparar a un mimo, ¿te haría falta silenciador? ¿Porqué las bailarinas andan siempre de puntillas? ¿No sería más fácil contratar bailarinas más altas? A una nave espacial que está viajando a la velocidad de la luz, ¿le funcionan los faros? Un esquizofrénico paranoico ¿tiene miedo de estar persiguiéndose? Recibido por correo spam |
Mis pies en el lodo, mi cabeza en las estrellas
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