|
Se muestran los artículos pertenecientes al tema Filosofando. En defensa de la Filosofía![]() Para cualquier sistema educativo democrático, como viene señalando la UNESCO desde 1953, resulta básico dedicar un espacio suficiente a la reflexión sobre los contenidos aprendidos en el conjunto de las asignaturas, de modo que los futuros ciudadanos dispongan de la posibilidad de articular racionalmente esa peculiar cultura que les demandará su vida intelectual y laboral (política). Resulta por tanto necesario para un programa de universalización y conocimiento, que defienda la mejora y la calidad de la Educación, la existencia imprescindible de asignaturas en donde los estudiantes adquieran herramientas teóricas y contenidos específicamente filosóficos, asegurando así su adecuado desarrollo intelectual mediante la configuración, articulación y aplicación de los saberes científicos. Distintos sectores de la Sociedad quisiéramos transmitir nuestra preocupación ante la posibilidad de que uno de los pilares de nuestra tradición cultural se vea mermado por las distintas reformas educativas. La aplicación de la LOE va a afectar, en general, a la posibilidad de una enseñanza integral y de calidad al devaluarse los contenidos más teóricos de la educación, como son los científicos y los filosóficos. Esto es debido a una orientación hacia la proliferación nada armoniosa de asignaturas optativas en el currículo. Arrastrada por esta inercia, esta reforma afectará a las asignaturas propiamente Filosóficas, alterando tanto los contenidos como la asignación de horas para su desarrollo. Frente a las actuales 2 horas semanales de las que dispone la asignatura de Ética, su sustituta, la Educación Ético-Cívica, sólo dispondrá en la Comunidad de Madrid de 1 hora. A la Filosofía y Ciudadanía, que vendrá a reemplazar a la Filosofía de 1º de Bachillerato, sólo le corresponden (a falta de la publicación del Decreto autonómico que establezca el currículo de Bachillerato en la Comunidad de Madrid) 2 horas semanales. Y la Historia de la Filosofía de 2º de Bachillerato se encuentra en la misma situación. Esto significa que las asignaturas obligatorias vinculadas a la Filosofía podrían ver reducida su carga horaria en una proporción importante, además de ver recortado su contenido más propiamente filosófico. No obstante, a la espera de que la Comunidad de Madrid cumpla con su compromiso educativo, en el momento de la determinación del 35 % del currículo que le compete, requerimos que apueste por una enseñanza de calidad, de manera tal que mantenga las horas necesarias para el desarrollo de los contenidos específicamente filosóficos. Expuesto lo anterior, solicitamos de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid (a la que corresponde el establecimiento definitivo del currículo del Bachillerato en esta comunidad autónoma) lo siguiente: a) Que la asignatura de Ética de 4º E.S.O. vuelva a contar con sus dos horas semanales de clase. La situación de la Educación Ético-Cívica, con sólo una hora semanal de clase, hará casi imposible un tratamiento de los problemas que no consista en un adoctrinamiento ideológico. Esto, con independencia de cualquier posible característica interna de la asignatura, se debe sencillamente al poco tiempo del que dispondrá: con una hora a la semana será materialmente imposible intentar articular reflexivamente en clase las distintas Teorías Éticas y su fundamentación filosófica. b) Que la asignatura de Filosofía y Ciudadanía conserve las tres horas semanales de que dispone la Filosofía actual: Los contenidos mínimos establecidos en el currículo de Bachillerato requieren un tiempo suficiente para dotar a los alumnos de las herramientas conceptuales mínimas para articular la reflexión teórica exigida. La permanencia en el currículo de un bloque destinado a la introducción general a la filosofía, junto a los bloques específicos de filosofía política, hace que sea indispensable contar con esta tercera hora en 1º de Bachillerato. c) Que la asignatura de Historia de la Filosofía cuente con cuatro horas semanales de clase: De entre todas las asignaturas de las que los alumnos tienen que examinarse en la P.A.U., Historia de la Filosofía se encuentra en una situación desfavorable, pues dispone únicamente de 3 horas semanales para su desarrollo frente a las 4 horas de las que dispone el resto. Frente a este clamoroso agravio comparativo se hace necesario disponer de 4 horas semanales para su desarrollo. Solicitamos, en definitiva, el apoyo de todos: de los profesores, que saben de la importancia de un exigente nivel de contenidos, de alumnos, madres y padres, de las Administraciones Públicas y de todo ciudadano conocedor de los requerimientos de una cultura democrática. Pues no reclamamos sino los medios y la organización necesarios para la formación científica y teórica de los ciudadanos cultos que nuestra sociedad reclama.
Para firmar el manifiesto rellene el formulario adjunto en la página: Filosofia.net Babel![]() En vez de considerar que la humanidad está llamada a formar un cuerpo místico que la esperanza kantiana buscaba a través de la razón, la conciencia moderna acepta sólo una especie de Babel donde todos hablan y nadie escucha. Casi todo es común (exteriormente, técnicamente) sin que nadie tenga, de hecho, nada en común (interiormente, humanamente). Unos admiran hasta el éxtasis aquello que otros consideran la peor barbaridad. Se ha constituido un tribalismo cultural donde coexisten diferentes cabilas, como las diferentes especies de un zoo. Pero este relativismo generalizado tiene una consecuencia inmediata. Porque, si bien nada nos parece más acogedor que esta diversidad, nada produce una segregación más implacable. Aunque no sea una auténtica comunidad, esta Babel es la que nos hace de sociedad. Es preciso, pues, distribuir los papeles, los cargos, las dignidades, los privilegios. Cada uno en su papel, el nuevo tribalismo se lanza con una inflexible lógica de pertenencia o de exclusión. Y la famosa tolerancia, tan proclamada y celebrada, se convierte enseguida en la intolerancia más cínica, más tenaz y más fanática. ¿Qué esperábamos? Cuando se ha repudiado toda razón, recusado toda regla, excluido todo criterio, toda norma, todo principio, ¿cómo podría imponerse el valor o el mérito? Ni la justicia ni el derecho pueden ser razones allí donde la razón ha sido anulada. Y como no podemos determinarnos hacia ningún juicio, sólo nos es posible movernos por pulsiones, inclinaciones, presiones o afinidades. De forma natural, el amiguismo sustituye al derecho y la concurrencia de clanes, la concurrencia de méritos. Podemos comprender entonces que la república no sea más que un nombre. Donde no nos convoca ni la voluntad general, ni las requisiciones universales de la razón, ni la necesidad de verdad que nos impone la evidencia, ni las exigencias de ninguna esperanza común, la sociedad queda reducida a la contigüidad de tribus y sectas. Nadie tiene más poder ni más derechos que los que le proporciona la fuerza de su grupo. Luego es preciso que nos sometamos a él para que nos resulte útil. Cada uno mira sólo por su propio interés, pero como reconocemos que la utilidad y la eficacia son las justificaciones indiscutibles de cualquier acción, se llega a un modus vivendi, a una coexistencia llena de suspicacias, a una solidaridad desconfiada, a una complicidad antagónica, a esta insociable sociabilidad mediante la cual esperamos sacar partido de los demás y no ceder un ápice si no es a cambio de algo. Imaginar que la vida de cada persona no pueda justificarse más que por su transfusión en la universal, que el servicio del estado ha de ser entendido como un sacerdocio y el sacerdocio como un sacrificio, este sueño de la razón parece hoy tan quimérico y obsoleto como la metafísica que lo inspiró. Ateo![]() La palabra "ateísmo" data de 1532; "ateo" existe desde el siglo II de nuestra era entre los cristianos que denuncian y estigmatizan a los atheos, aquellos que no creen en su dios resucitado al tercer día. De aquí a concluir que estos individuos con criterio, que no se dejan embaucar con historias para niños y no veneran a ningún Dios, sólo hay un paso, que se da enseguida. De manera que los paganos (los que rinden culto a los dioses del campo -lo confirma la etimología- pasan por ser unos negadores de los dioses y, por tanto, de Dios. El jesuita Garrasse convirtió a Lutero en un ateo, y Ronsard hizo lo mismo con los hugonotes... La palabra equivale a un insulto absoluto: el ateo es inmoral, el personaje inmundo que se convierte en culpable de querer saber más o de estudiar los libros una vez le ha caído encima el epíteto. No basta con una palabra para impedirle actuar. Funciona como el engranaje de una máquina de guerra que se lanza contra aquellos que no evolucionan en la línea de la más pura ortodoxia católica, apostólica y romana. Ateo y hereje son, finalmente, una misma cosa. Y esto incluye a un montón de gente. Epicuro tuvo que hacer frente bien pronto a acusaciones de ateísmo, pero lo cierto es que ni él ni los epicúreos niegan la existencia de los dioses. Formados de materia sutil, éstos son numerosos y ocupan mundos intermedios, impasibles, despreocupados del destino de los hombres y de la marcha del universo, verdaderas encarnaciones de la ataraxia, ideas de razón filosófica; modelos susceptibles de generar sabiduría por imitación, los dioses del filósofo y de sus discípulos existen con todos los puntos y comas, además, en un número considerable. Pero no como los de la polis griega, que convidan, por medio de sus sacerdotes, a doblegarse a las exigencias comunitarias y sociales. Ésta es su única culpa: la naturaleza antisocial. Así pues, la historiografía del ateísmo, escasa, lenta y más bien mala, comete un error cuando lo data en los primeros tiempos de la humanidad. Las cristalizaciones sociales apelan a la trascendencia: el orden, la jerarquía (etimológicamente, el poder de lo sagrado). La política y la polis funcionan con mayor facilidad cuanto más apelan al poder vengativo de los dioses, representados presuntamente en la Tierra por los dominadores que, muy oportunamente, disponen del mando. Los dioses (o Dios) embarcados en una empresa de justificación del poder, pasan por ser los interlocutores preferidos de los jefes de la tribu, de los reyes y príncipes. Estas figuras terrenales pretenden hacer creer que su poder les viene directamente de los dioses, que ellos le confirmarían mediante unas señales descodificadas, obviamente, por la casta de los sacerdotes, también interesada en los beneficios del ejercicio de una fuerza supuestamente legal. A partir de aquí, el ateísmo se convierte en un arma útil para llevar a éste o a aquél, a poco que se resista o proteste, a la prisión, a la mazmorra o, incluso, al patíbulo. El ateísmo no comienza con aquellos que la historiografía oficial condena e identifica como tales. El nombre de Sócrates no puede figurar con una justificación en la historia del ateísmo. Ni el de Epicuro y los suyos. Ni tampoco el de Protágoras, que se contenta con afirmar en "Sobre los dioses" que él, respecto a este tema, no puede llegar a ninguna conclusión, ni de la existencia ni de la inexistencia. Algo que, como mucho, define un agnosticismo, una indeterminación, un escepticismo, si se quiere, pero de ninguna manera el ateísmo, ya que éste supone una clara afirmación de la inexistencia de los dioses. El dios de los filósofos entra a menudo en conflicto con el de Abraham, Jesús y Mahoma. Para comenzar, porque el primero procede de la inteligencia, de la razón, de la deducción, del razonamiento, y después porque el segundo comporta un dogma, la revelación, la obediencia (a causa de la colusión entre los poderes espiritual y temporal). El Dios de Abraham define sobre todo el de Constantino, después el de los papas o de los príncipes guerreros muy poco cristianos. No tiene nada que ver con las elucubraciones extravagantes compuestas con causas incausadas, con los primeros motores inmóviles, con ideas innatas, con armonías preestablecidas y otras pruebas cosmológicas, ontológicas o psicoteológicas. Con frecuencia, cualquier veleidad filosófica de pensar en Dios sin ceñirse al modelo político dominante se convierte en ateísmo. Así, cuando la Iglesia corta la lengua al sacerdote Jules-César Vanini, lo cuelga y después lo envía a la hoguera en Toulouse, el 19 de febrero de 1619, asesina al autor de una obra que lleva por título "Amphithéâtre de l'éternelle Providence divino-magique, christiano-physique et non moins astrologico-catholique, contre les philosophes, les athées, les épicuriens, les péripatéticiens et les stoïciens" (1915). Pasando por alto que el título no es muy adecuado, es una equivocación, si atendemos a su longitud, hay que entender que este pensamiento oximórico no recusa la providencia, el cristianismo, el catolicismo, sino que, en cambio, rechaza claramente el ateísmo, el epicureismo y otras escuelas filosóficas paganas. Pues bien, la suma de todo esto no da como resultado un ateo -motivo por el que se le condena a muerte-, sino más probablemente un tipo de panteísmo ecléctico. Algo que de todas maneras es herético porque es heterodoxo. Spinoza, otro panteísta, también fue condenado por ateísmo, es decir, por falta al la ortodoxia judía. El 27 de julio de 1656, los "parnassim" con su "mahamad" -las autoridades judías de Ámsterdam- leen en hebreo ante el arca de la sinagoga, el Houtgracht, un texto de una violencia escalofriante: se le imputan herejías horribles, actos monstruosos, opiniones peligrosas, mala conducta, es decir, motivos suficientes para pronunciar un "herem" que nunca se ha anulado. La comunidad gusta de palabras de una brutalidad extrema: excluido, expulsado, execrado, maldito de día y de noche, mientras duerme y mientras vela, al entrar y salir de su casa... Los hombres de Dios apelan a la cólera de su ficción y a su maldición que se desencadena sin límites ni de espacio ni de tiempo. Para completar el cuadro, los "parnassim" quieren que el nombre de Spinoza sea borrado de la faz del planeta por siempre. No lo han conseguido. La lista de los pobres desgraciados ajusticiados bajo la acusación de ateísmo en la historia y que eran sacerdotes, creyentes, practicantes, sinceramente convencidos de la existencia de un Dios único, católicos, apostólicos y romanos; la de los testigos del Dios de Abraham o de Alá pasados, también ellos, por las armas en una cantidad increíble por no haber profesado su fe dentro de las normas y las reglas; la de los anónimos que no llegaron a ser rebeldes u opositores a los poderes que invocaban el monoteísmo, ni refractarios; todos estos hechos macabros son testimonio: ateo, antes que definir a quien niega a Dios, sirve para perseguir y condenar el pensamiento del individuo que se ha deshecho, aunque sea de manera mínima, de la autoridad y la tutela social en materia de pensamiento y reflexión. ¿Quién es ateo? Es el hombre libre ante Dios, hasta para negar su existencia. El arte de la razónLos grandes artistas son aquellos que combinan soledad y universalidad, subjetividad y objetividad, espontaneidad y disciplina, y quizá sea éste el verdadero milagro del arte, que lo distingue tanto de la técnica como de la ciencia. En todas las civilizaciones que han utilizado el arco, las flechas tienden a adaptarse a él, midiendo dos tercios de su longitud. Esta importante convergencia técnica, sin embargo, no dice nada de la humanidad, sino sólo de su inteligencia, y menos todavía de los individuos que la forman: solamente se debe al mundo y sus leyes. Es invención, no creación, y poco importa el sujeto que la inventa. Nadie duda de que, sin los hermanos Lumière, habríamos tenido igualmente el cine. Pero sin Gorard jamás habríamos tenido Al final de la escapada ni Pierrot el loco. Sin Gutemberg, tarde o temprano, habríamos tenido imprenta. Sin Villon ni un solo verso de la Balada de los ahorcados. Los inventores nos hacen ganar tiempo. Los artistas nos lo hacen perder, y lo salvan. Lo mismo cabe decir de las ciencias. Supongamos que Newton o Einstein hubieran muerto al nacer. La historia de las ciencias, ciertamente, hubiera sido otra, pero más en lo que se refiere a su ritmo que en su mismo contenido, más en lo que se refiere a sus anécdotas que en su misma orientación. Ni la gravitación universal ni la equivalencia de masa y energía se hubieran perdido: alguien, en algún momento, las hubiera descubierto, y por eso, en efecto, hablamos de descubrimientos y no de creaciones. Pero si Shakespeare no hubiera existido, si Miguel Ángel o Cézanne no hubieran existido, jamás habríamos tenido ninguna de sus obras ni nada que pudiera reemplazarlas. En tal caso, no sólo habrían cambiado el ritmo, los personajes o el transcurso anecdótico de la historia del arte, sino también su contenido más esencial e incluso, en parte, su misma orientación. Eliminemos de la historia de la música a Bach, Haydn y Beethoven: ¿quién puede saber qué hubiera sido de la música sin ellos? ¿Qué habría hecho Mozart sin Haydn, Schubert sin Beethoven o todos ellos sin Bach? Son los genios quienes hacen avanzar al arte, quienes lo constituyen, y son tan insustituibles post facto como imprevisibles de antemano. Cabría decir lo mismo de la filosofía. Sin Platón, sin Descartes, sin Kant, sin Nietzsche, la filosofía habría sido, y seguiría siéndolo, esencialmente distinta de lo que es actualmente. Esto bastaría para probar que no es una ciencia. Pero, ¿es acaso un arte? Estamos ante una cuestión de definición. No obstante, lo es en la medida en que no existiría, o sería completamente distinta, sin cierto número de genios singulares, es decir, al igual que en el arte, originales y ejemplares: son ellos quienes nos sirven de criterio o regla, como diría Kant, para juzgar acerca de lo que una obra filosófica puede o no ofrecernos. Éste es el arte de la razón, si queremos decirlo así, para el que la verdad posible sería una belleza suficiente. BellezaLa palabra belleza es un término ambiguo cuando se utiliza en su sentido lato, pues engloba las formas más diversas de sensibilidad. Cada cultura define los sentimientos que conforman un juicio estético y que no están desligados de los valores morales. Los valores austeros de la estética zen se contraponen con el abigarramiento del Barroco. La belleza de lo humilde, lo imperfecto, lo incompleto, el vacío y la belleza de una exagerada monumentalidad, una acumulación de formas y de excesos son formas de interpretar la vida. Los seres humanos estamos hechos para la belleza, por eso nunca nos cansamos de admirar una rosa, de contemplar la Piedad de Miguel Ángel o de escuchar La flauta mágica de Mozart. La llamada de la belleza no es una urgencia fisiológica, ni tiene valor biológico de supervivencia, pero es inequívoca y constante y guarda una estrecha relación con la aspiración humana a la plenitud. Stendhal dijo: "La belleza es una promesa de felicidad". Platón decía que el alma humana, a través del amor a la belleza, se eleva desde sus carencias e imperfecciones hasta la plenitud de la verdad y del bien: por eso la belleza y el amor serán los primeros temas de la filosofía. Esto es posible, de entrada, porque el sentir humano es un sentir estético. La estética es la reflexión sobre la capacidad humana de sentir la belleza, que en su origen es siempre percibida por los sentidos, es "la teoría de la sensibilidad", según Baumgarten. Su estudio se aborda desde diferentes ángulos porque la belleza presenta varias caras. Encontramos la belleza en lo natural: en un paisaje; en lo artificial: un edificio; en el cuerpo humano, incluso encontramos bellas ciertas actuaciones humanas: el perdón, la solidaridad... La belleza no parece responder a ninguna necesidad concreta. Los hombres primitivos modelaron cuencos de arcilla para contener alimentos y bebida, lo que ignoramos es por qué adornaron sus vasijas con cenefas, esta decoración no sirve para nada, no cumple una finalidad práctica ni biológica, por eso mismo nos descubre que los hombres no sólo buscan satisfacer sus necesidades, también intentan que las cosas sean hermosas. Definir la belleza es posible, aunque siempre tiene un resultado insatisfactorio. Se ha dicho que la belleza radica en la armonía y la simetría, o que se trata de un sentimiento subjetivo, que es el resplandor del bien. Son manifestaciones de la indefinición del concepto. No todos coincidimos en considerar bellas las mismas cosas, más bien llamamos bello a lo que sentimos que debería ser considerado así por todo el mundo. Si el concepto sirve para identificar y explicar una realidad determinada, afirmar que lo bello carece de concepto significa que no existe un criterio seguro para identificar y evaluar la belleza. Podemos identificar conceptualmente un cielo estrellado o una catedral gótica, pero no tenemos una regla o modelo que nos permita establecer si el cielo y la catedral son hermosos, ni en qué medida, ni por qué lo son. En ambos casos admiramos la belleza. Por esta razón la estética se desarrolla en dos grandes ámbitos de estudio: la naturaleza y el arte. Para comprender la naturaleza![]() Para Leopardi, la imaginación y la sensibilidad son las facultades necesarias para poder comprender, interpretar y conocer la poética de la naturaleza. La razón fría, matemática, analítica puede observar la naturaleza, puede calcularla, medirla, pero nunca podrá conocerla, ya que la naturaleza se muestra a través de unas relaciones que la razón no puede considerar, ni tan solo percibir. Quien percibe las relaciones descubre las armonías ocultas que se manifiestan en el todo, en la unidad de la naturaleza. Leopardi afirma en Zibaldone: "Cualquiera que examina la naturaleza de las cosas con la pura razón, sin ayudarse de la imaginación y del sentimiento, bien podrá hacer lo que dice el vocablo analizar, que es determinar y descomponer la naturaleza, pero no la podrá recomponer, nunca podrá sacar una gran y general consecuencia de sus observaciones y análisis, ni conseguir de sus observaciones un gran resultado. La ciencia de la naturaleza no es otra cosa que una ciencia de las relaciones. Todos los progresos de nuestro espíritu consisten en descubrir las relaciones y las armonías más escondidas, es manifiesto que quien ignora una parte, una cualidad, un aspecto de la naturaleza en relación con el todo, ignora una infinidad de relaciones". Zibaldone, 4 de octubre de 1821 Sensibilidad![]() "El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría", es un aforismo de William Blake, que tal vez recoge la sabiduría de Diderot. Porque Diderot fue un hombre de excesos más que de reglas, de entusiasmo más que de juicio y de pasiones más que de razonamientos. Creyó más en lo que sentía que en lo que pensaba y si alguna vez se sintió orgulloso de algo fue de su sensibilidad y no de su capacidad reflexiva. Diderot buscó las reglas del corazón recurriendo a la ciencia experimental y a la psicología, a la anatomía, a la cirugía y a las ciencias naturales. Aunque estas ciencias positivas solo le satisficieron momentáneamente, pues no llegaron a aportarle la explicación que buscaba sobre qué es y por qué sucede esa extraña exaltación que le hace ver lo que otros no ven y sentir lo que otros no han sentido nunca. ¿Qué es la sensibilidad? ¿Por qué me emociono ante una brava tormenta, leyendo a Séneca o contemplando una manifestación de ternura? ¿Es una cuestión química o anatómica? ¿De la imaginación? ¿O es una debilidad del espíritu? "La sensibilidad, según la única acepción que hasta ahora se ha venido dando al término, es, a mi juicio, esa disposición era de la debilidad de los órganos, consecuencia de la movilidad del diafragma, de la vivacidad de la imaginación, de la delicadeza de los nervios, que inclina a compadecer, a estremecerse, a admirar, a temer, a turbarse, a llorar, a desvanecerse, a socorrer, a huir, a gritar, a perder la razón, a exagerar, a despreciar, a desdeñar, a no tener idea precisa de lo verdadero, lo bueno y lo hermoso, a ser injusto, a ser demente. Multiplicad las almas sensibles y multiplicaréis por igual proporción las buenas y las malas acciones de todo género, los elogios y las censuras excesivos". [1] La sensibilidad y la pasión son el fundamento de las artes y de la moral, son las que dan significado a nuestra existencia, a la vida y a la acción; nada se puede realizar sin ellas, pues sin ellas nada tiene sentido. El escepticismo de Diderot le ha obligado a "demostrar" científicamente el origen de su propia pasión y de su excesiva sensibilidad. Y partiendo de la materia como principio de la naturaleza ha justificado la razón del sentimiento, del entusiasmo, de la pasión, y es precisamente este materialismo el que le permite asumir sin reticencia su propio idealismo.
[1] Fragmento de Paradoxe sur le comédien. Contempla el rebaño![]() En uno de sus ensayos, "El uso y abuso de la Historia", Nietzsche expone una reflexión simple pero devastadora: "Contempla el rebaño que ante ti se apacienta. No sabe lo que es ayer ni lo que es hoy; corre de aquí para allá, come, descansa y vuelve a correr, y así desde la mañana hasta la noche, un día y otro, ligado inmediatamente a sus placeres y dolores, clavado al momento presente, sin demostrar ni melancolía ni aburrimiento. El hombre contempla con tristeza semejante espectáculo, porque se considera superior a la bestia, y, sin embargo, envidia su felicidad". Contemplando cómo el hombre se afana de manera compulsiva en abarcarlo todo, sin cuestionarse si en verdad es útil lo que hace, si tiene algún sentido esta actividad que lo vuelve tan infeliz, uno se pregunta si la verdadera inteligencia no radicará precisamente en disfrutar el presente sin analizar un entorno cuya comprensión se nos escapa. Anécdota![]() Durante la fiesta de celebración de su noventa aniversario, una dama inglesa que se sentaba junto a Bertrand Russell, uno de los ateos más famosos del mundo, le preguntó: -¿Qué hará, Bertie, si resulta que está usted equivocado? Quiero decir si..., bueno, cuando llegue el momento, se encuentra con Él. ¿Qué le dirá usted? Y Russell, imaginando ese posible diálogo, apuntó con un dedo hacia arriba y respondió: -Pues bien, le diría: "Nos has dado unas pruebas insuficientes, Señor". Doctrina sobre el infierno![]() La creencia de un infierno futuro para los malvados de esta vida se generaliza en el siglo III. Pero el mundo infernal creado por la imaginación popular se muestra como un todo confuso, cuya única característica segura es el sufrimiento. El espíritu fecundo de los fieles inventó una multitud de suplicios sin preocuparse por dotarlo de una coherencia. Este infierno, mundo arbitrario, fuera de las leyes naturales, poblado por los más extravagantes fantasmas, viene a ser una especie de exutorio para las capas más bajas de la sociedad, siempre humilladas, que pueden desahogarse libremente contra los malvados. Es una pesadilla en la que lo horrible no encuentra límite alguno y ejerce la función capital e incluso necesaria de ser válvula de escape para los fieles sometidos a exigencias morales muy estrictas. En los periodos de renovación moral, el infierno redobla su crueldad. En los primeros siglos de la Iglesia y en la época de la Contrarreforma del siglo XVII, por ejemplo, la pastoral del miedo explica en parte este endurecimiento: cuanto más rigurosa es la moral, más disuasorias han de ser las sanciones previstas. Paralelamente, cuanto más rigurosa es la moral, mayor es la frustración de los fieles. El infierno expresa en forma de suplicios simbólicos la agresividad y la sexualidad reprimidas de la comunidad de creyentes. Así se explican los infiernos que pintó Jerónimo Bosch en el siglo XV. Las necesidades del clero corren parejas con las de los fieles: el clero, para imponer sus exigencias morales recurre a esas imágenes terroríficas que satisfacen de forma simbólica los deseos reprimidos de los fieles. El gran éxito del infierno se debe en gran parte a esta doble necesidad; las atroces torturas hallan muy poca oposición porque, en definitiva, sirven para los intereses complementarios de unos y otros. La complicidad inconsciente entre el clero y los fieles en la perpetración de esas atrocidades es tanto más fácil cuanto que esos suplicios tienen lugar en la imaginación. Los verdugos son demonios, encarnación del mal, y el infierno es algo permitido por Dios, bien supremo. Cuánta ignorancia![]() ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Qué hacemos en este mundo?... Aunque nos parezcan preguntas trascendentales, son las más insignificantes. La grandeza de nuestra ignorancia se manifiesta cuando nos preguntamos qué es la realidad. ¿Existen diferencias entre lo que percibimos como realidad y el mundo real? ¡Hay tantas cosas que hemos asumido como verdaderas y que en realidad son falsas! ¡Hay tantas cosas falsas que pasan por verdaderas! El campo del saber es infinito. La materia, que parece tan limitada, está compuesta por millones y millones de átomos. Cuando manifestamos: "esto está tan claro como el agua", estamos revelando que lo ignoramos todo sobre la complejidad del agua y sobre nosotros mismos, que en buena parte estamos hechos de agua. Si el principio de toda sabiduría, según el oráculo de Delfos, es el conocimiento de uno mismo, estamos arreglados. Y, si es verdad que nos conocemos, ¿cómo se explica que caigamos siempre en los mismos errores? Admitámoslo, no sabemos nada de nada, y no es por culpa del cerebro, como alguien podría pensar. Al contrario. Nuestro cerebro trabaja día y noche, procesa 400.000 millones de bits de información por segundo. ¿Alguien es capaz de imaginárselo? Asimismo, y posiblemente es una suerte, sólo somos conscientes de unos dos mil bits, los indispensables para ir tirando, mantener una conversación con el vecino sobre el tiempo o el fútbol y poco más. Sabemos muy pocas cosas y algunas de estas pocas cosas las olvidamos fácilmente. Así se explica nuestra pretensión de saberlo todo. La ignorancia es atrevida, ya lo dijo Gracián. Queremos demostrar que somos sabios y ni siquiera sabemos discernir que la sabiduría consiste en reconocer que "no sé nada", como dijo Sócrates, pero ¿lo dijo de verdad? Vivimos en un mundo del cual sólo se conoce la punta del iceberg. El resto es oscuridad y misterio, por eso buscamos la luz de la trascendencia. El remedio, entonces, resulta peor que la enfermedad. Porque si además de ser ignorantes nos ponemos trascendentes, no hay quien nos aguante. Chuang Tse![]() Chuang Tse es, junto con Lao Tse, el máximo representante del taoísmo. Su autor Chuang Chou (369-286 a. C.) es un narrador nato que transmite un mensaje de libertad e inconformismo. Su lenguaje se halla salpicado de anáforas, hipérboles, paralelismos, antítesis, paradojas, humor e incluso un discurso retórico de la incongruencia. Chuang Tse se inspiraba en un basto tesoro de mitos, leyendas e historia sin registrar de la antigua China para tejer en forma de parábolas y debates la visión de un escéptico y místico, en un mundo de constantes y peligrosas elecciones morales. Cualquier traducción siempre implica una elección: literalidad o libertad. En el caso Chuang Tse hay que tener en cuenta que está escrito, no sólo por un filósofo, sino también por un poeta, de manera que el trasvase a cualquier lengua del original supone un difícil reto, es por esto que nos encontramos con versiones muy distintas de la misma obra: traducciones fieles, "flexibles" e incluso disparatadas, por tener escaso significado para un lector occidental. Pese a todas las dificultades lingüísticas que han debido salvarse y al paso de los siglos, Chuang Tse sigue transmitiéndonos la infinita sabiduría, gracia y sutileza de un pensador que siempre resulta estimulante. "La inmovilidad cura la enfermedad. Las friegas hacen que los ancianos se sientan mejor. Serenar el corazón y la mente puede poner fin a la agitación. Pero aunque así sea, sólo las personas enfermas y cansadas necesitan estos remedios. Cualquier persona que se encuentre a gusto consigo misma no querrá ni siquiera oír hablar de ellos. Un espíritu no necesita preguntar qué medios utiliza el sabio para hacer que la gente vaya por buen camino. Un sabio no necesita preguntar a ninguna ilustre autoridad cómo hace temblar d emiedo a los demás. Una ilustre autoridad no necesita preguntar a ningún miembro de la aristocracia cómo hace para imponer sus órdenes sobre los demás. Un ‘caballero' no se preocupa de preguntar a los demás cómo le va la vida". "Hui Tzu dijo a Chuang Tse: _Tus palabras no tienen ninguna utilidad. Chuang Tse replicó: _Sólo cuando aprecias aquello que no tiene utilidad puedes empezar a hablar acerca de aquello que sí la tiene. La tierra es amplia y vasta, pero todo el espacio que una persona necesita es un lugar en el que apoyar los dos pies. Pero si extrajeras toda la tierra que hay a su alrededor, excepto la que hay bajo sus pies, hasta llegar a los Manantiales Amarillos, la parte útil que has dejado ya no serviría de nada, ¿no es cierto? _Sí, así es _asintió Hui Tzu. _Esto demuestra _concluyó Chuang Tse_ que acabo de aclarar la necesidad de lo que no tiene utilidad". Los poderes del conocimientoLos poderes del conocimiento están hoy más extendidos que el mismo conocimiento. Así, podemos tratar sobre la vida, aunque no esté todavía más que en estado de promesa, pero no sabemos qué es la vida, si un malicioso misterio o un gracioso don de las estrellas que antiguamente, según la última teoría de moda, habrían sembrado la tierra; podemos disputarle un ser a la muerte, pero no sabemos qué es la muerte, algo que únicamente somos capaces de comprobar y por procedimientos que, por otra parte, han cambiado mucho en el transcurso de los tiempos: se dice que antaño se mordía el dedo gordo del pie del presunto fallecido para asegurarse de su definitiva indiferencia ante los dolores de este mundo, práctica que, parece, ha valido a los empleados de pompas fúnebres, a los enterradores, el apelativo de "muerde-muertos"; más tarde la gente se atenía al testimonio de un espejo encargado de recoger el vaho de un eventual soplo de vida; luego se confió en la parada del corazón, prueba aleatoria sin los modernos instrumentos de control, y, por último, de un tiempo a esta parte, el sistema válido para certificar el deceso es el del encefalograma plano, aunque no se sabría precisar en qué momento exacto se ha roto el principio de unidad que operaba la cohesión de la persona; sabemos convertir la materia en energía, con riesgo de transformar, si llega el caso, doscientos mil seres humanos en luz y calor, pero no sabemos qué es la materia; nuestros descubrimientos no van acompañados de un "modo de empleo", y la distancia entre lo que nuestro saber nos permite hacer y lo que nos permite comprender aumenta todos los días: el hombre, para nosotros, sigue siendo un misterio, desde su principio, que parece depender de la magia, hasta su fin, que tiene siempre un cierto aire de anomalía. En estas condiciones, la ética nueva, que apenas tiene base sobre la que asentar un juicio, no puede enunciar principios, sino sólo emitir recomendaciones. A fin de cuentas, todo depende para ella, de las conciencias individuales y de la idea que cada una de ellas se haga de la condición humana. Ver![]() "Si se mira una cosa 999 veces, se está completamente a salvo; si se mira por milésima vez, se corre el espantoso peligro de verla por primera vez", asegura Chesterton. Ver, por tanto, sólo puede ser un acto liminar, prístino. Sólo cuando se ve por vez primera, la realidad aparece en su verdadera disformidad. Tan solo logramos ver la primera vez que miramos. Las demás veces nos contentamos con percibir la realidad automáticamente. Por tanto, para ver de nuevo es necesario restablecer las cosas a su dimensión primera, a su dimensión sagrada. El espejo escarba en el reverso atroz de lo real, en lo que constituye nuestra propia condición de hombres deshabitados, huecos, desposeídos del paraíso, huérfanos de nuestra propia memoria. Nos muestra la realidad percibida en ese instante perplejo de despertar en el que, por un momento, sin el amparo de nuestras convicciones, nos vemos como en realidad somos. Despojada de sus certezas, de sus asideros lógicos, la conciencia, desorientada y aterrada, tantea en las tinieblas en busca de ese interruptor que le devolverá, con la magia de un simple gesto, a nuestro propio ser cotidiano. Ese momento de absoluta perplejidad se ha prolongado hasta perpetuarse en ese espejo, que es la suma de nuestros desorientados despertares, para demostrarnos en el desolador reflejo el monstruo que somos. Miguel Servet![]() Miguel Servet es el nombre con que se conoce al humanista, médico y teólogo aragonés Miguel Serveto Conesa, nacido en Villanueva de Sijena (Huesca) en 1511. Su familia era de ascendencia noble, según él mismo declaró durante el proceso de Ginebra, y aunque se sabe poco de su infancia podemos deducir, por su preparación intelectual, que recibió instrucción en teología, filosofía, medicina y astrología y que dominaba el latín, el griego y el hebreo. La mayoría de biógrafos afirman que a los trece años Miguel se trasladó a Zaragoza para ampliar conocimientos y que también cursó estudios en la universidad de Barcelona, aquí conoció a Joan Quintana, un franciscano de origen mallorquín, doctor por la universidad de París y cuya imagen de humanista sedujo a Servet. En 1528, su padre le envía a Tolosa de Llenguadoc, célebre en su tiempo por una reputada facultad de Derecho y por la piedad de sus habitantes, convencido de que su hijo conseguiría el doctorado en leyes. Como secretario de Quintana, que había ascendido al influyente cargo de confesor de Carlos V, Miguel Servet viaja a Italia, donde se impregna del clima humanístico que se respira allí y mantiene fructíferas relaciones intelectuales con eruditos y personalidades del Renacimiento durante su estancia, que coincide con el tiempo que duró el trámite de coronación de Carlos V en Bolonia, primero como rey de Lombardía y al día siguiente como emperador. Sobre los ostentosos fastos de la coronación, Servet escribió. "He visto, con mis propios ojos, llevar al Papa sobre las espaldas de los príncipes, con toda la pompa, haciéndose adorar a lo largo de las calles por el pueblo arrodillado. Todos los que habían conseguido besar sus pies o sus sandalias se consideraban más afortunados que los otros y proclamaban que habían obtenido numerosas indulgencias, gracias a las cuales se les reducirían años de sufrimientos infernales. ¡Oh, la más vil de las bestias!" Concluidos los actos de coronación en Italia, Carlos V pasa por Suiza camino de Alemania y Servet le acompaña formando parte de la comitiva. En esta época su cultura, su inteligencia y su personalidad, junto con sus abundantes conocimientos teológicos, hacen surgir en su mente una reforma sui generis, que discrepa tanto de católicos como de protestantes: la base doctrinal tendría que fundamentarse en una interpretación directa de la Biblia, arraigada en sus textos primitivos. El 25 de octubre de 1530, Miguel Servet se hospeda en casa de Johannes Oecolampadius, reformador alemán activo en Basilea, con él inicia una serie de polémicas discusiones sobre las bases que constituyen su doctrina. Enseguida, los teólogos suizos manifestaron sus temores ante la presencia de Servet y la expansión de sus ideas por la ciudad. "Negáis que haya una sola persona en dos naturalezas. Si negáis que el Hijo es eterno, negáis también que el Padre sea necesariamente eterno", había manifestado el aragonés. Estas teorías sobre la Trinidad fueron calificadas como terribles blasfemias por el reformador de Zurich, Huldrych Zwingli, que amenazó con denunciarlo. Ya en Estrasburgo, Servet madura la idea de publicar su primera obra: De Trinitatis erroribus Libri septem, per Michaelem Servato alias Reves ab Aragonia Hispanum, Anno MDXXXI. En aquel momento su seguridad personal todavía no se halla en peligro, pero es consciente de los riesgos que corre propagando su criterio sobre un asunto tan controvertido como el misterio de la Santísima Trinidad, que había provocado grandes debates en la Iglesia durante tres siglos. El libro sobre la Trinidad se difundió por toda Europa, incluso llegó a manos del arzobispo de Zaragoza y del mismo Erasmo, que no lo juzgó con benevolencia precisamente. A partir de aquí, el ambiente se fue enrareciendo. Un comité de teólogos condenó el libro y ordenó que fuera quemado en España junto con la efigie del autor. La obra se prohibió y Servet empezó a temer por su vida. Perseguido en Suiza y Alemania, Miguel Servet huye a París, donde conoce a Calvino, la relación entre ambos se inició con tirantez debido a las discrepancias en sus puntos de vista doctrinales. También la Inquisición francesa requirió a Servet por haberse apartado de la ortodoxia y en un decreto, datado el 17 de junio de 1532, en el que se solicita la captura de cuarenta fugitivos, el nombre de Miguel Servet encabeza la lista, dato que hace sospechar que se le atribuye un lugar prominente en las actividades de los perseguidos y mayor responsabilidad que a los demás. De París va a Lyon, importantísimo centro cultural de la época, donde conoce a destacados humanistas, y unos años más tarde regresa de nuevo a París. El derecho había cedido el paso a la teología, su vocación, y la medicina era su profesión. Se matriculó en la facultad de París el 25 de marzo de 1537 y escribió Razón universal de los jarabes, un extenso texto de medicina, también se dedicó al estudio de cadáveres mediante la práctica de la disección e impartió clases de matemáticas, astrología, astronomía y geografía, llegando a pronosticar la aparición de guerras y pestes y determinando un eclipse de Marte por la Luna, que ocurrió realmente en día 13 de febrero de 1538. Como la astrología judiciaria estaba castigada con pena de muerte en la hoguera, las autoridades académicas intervinieron para impedir que continuara con sus clases, a lo que Servet replicó escribiendo un folleto titulado Apología en defensa de la astrología. Luego se trasladó secretamente a Charlieu y abrió allí una consulta para ejercer de médico pasando inadvertido, algo que consiguió durante tres años. Volvió a Lyon en 1540 y publicó Declaraciones de Jesucristo, hijo de Dios con el seudónimo de Villanovanus, asimismo publica De Santis Pagnini, ex postremis doctorum y Cum glossis, una traducción al castellano de la Summa theologica de santo Tomás y algunos tratados de gramática, traducidos del latín al castellano. En 1541 Miguel Servet se traslada a Viena del Delfinato y vive dedicado al cuidado de sus pacientes, perfeccionando sus conocimientos clínicos y estudiando sus temas religiosos preferidos. En esta etapa redacta Materia médica de Discórides, Syroporum y Christianismi restitutio. Esta última obra llegó a manos de Calvino y provocó su denuncia en De scandalis. La denuncia incluía el nuevo nombre: Villanovanus, la nacionalidad y la profesión de Servet. La Inquisición no tardó en interrogarle y registrar su domicilio, pero no halló ningún libro herético y Servet fue puesto en libertad. El inquisidor Mathieu Ory, encargado del caso, no se dio por vencido y siguió buscando pruebas que condenasen a Servet, encontró cartas confidenciales, un ejemplar de Restitutio y unas cuantas notas, suficiente para decretar prisión incomunicada. Pese a la fuerte vigilancia, Servet logra fugarse de su encierro y Ory acumula cargos: herejía escandalosa y dogmatización, elaboración de nuevas doctrinas y libros que las tratan, sedición, cisma, perturbación de la unión y tranquilidad pública, rebelión, desobediencia y evasión con fractura de las prisiones reales, multa de 1.000 libras de Turena y confiscación de sus bienes. En cuanto sea capturado, se le condena a ser quemado vivo en la plaza de la Charneve hasta que su cuerpo se convierta en cenizas. Entre tanto, la sentencia se ejecuta en efigie, juntamente con la quema de sus libros. La condena definitiva tiene lugar en Ginebra, ciudad a la que escapó Servet tras su fuga. Permanecía oculto en una abadía cisterciense hasta que su identidad fue descubierta por unos frailes que avisaron a Calvino. Servet fue capturado el día 13 de de agosto de 1553 y se inició su proceso. El juicio fue largo, pues se presentaron treinta cargos, varios de índole teológica, que finalmente Servet no consiguió impugnar. El 26 de octubre el Consejo que le juzga acuerda que Servet sea quemado con sus libros al día siguiente. De la figura de Servet cabe destacar su clasicismo y su fidelidad a las Sagradas Escrituras, prescindiendo de las novedades, especialmente las referidas al dogma de la Trinidad, derivadas del concilio de Nicea. Cree que Cristo era hijo de Dios eterno, pero no que sea el hijo eterno de Dios. Su trascendencia no debe ceñirse únicamente a su doctrina teológica, Servet describió la circulación menor de la sangre e incluyó su descubrimiento en un libro de teología, no de medicina, por considerar que el alma residía en la sangre. Imaginación![]() La imaginación es más frágil que los sentidos, pero más fuerte que la razón: es la preciosa llave que libera al sujeto empírico de la cárcel de sus percepciones. Los sentidos nunca nos han llevado más lejos de nuestra propia persona, sólo la imaginación nos permite hacernos una idea de lo que es una realidad distinta. Dificultades del conocimiento"Menón. _Me puedes decir, Sócrates: ¿es enseñable la virtud?, ¿o no es enseñable, sino que sólo se alcanza con la práctica?, ¿o ni se alcanza con la práctica ni puede aprenderse, sino que se da en los hombres naturalmente o de algún otro modo?" Menón, Platón La posición de Sócrates ante estos dilemas consiste fundamentalmente en descartar la posibilidad tanto de enseñar como de desarrollar la virtud mediante un voluntarioso proceso de ensayos y adiestramiento progresivo. En claro paralelismo con el argumento de la hermeticidad, argumenta Sócrates que los hombres virtuosos no están "en condiciones de hacer a los demás como ellos, pues no [son] tal como [son] por obra del conocimiento", expresión con la que da a entender la incapacidad de los cultivadores de la virtud para expresar clara y sistemáticamente el saber en que se funda la dignidad que les concedemos. Así, Sócrates sentencia que: "aquello de lo que no hay discípulos ni maestros no es enseñable". Por estas razones, Sócrates plantea la idea de que el conocimiento de la virtud debe estar basado en lo más íntimo del ser humano, algo que le es consustancial y no accidentalmente dado. Los pormenores de su creencia aparecen perfectamente sintetizados en el siguiente fragmento: "El alma, pues, siendo inmortal y habiendo nacido muchas veces, y visto efectivamente todas las cosas, tanto las de aquí como las del Hades, no hay nada que no haya aprendido; de modo que no hay de qué asombrarse si es posible que recuerde, no sólo la virtud, sino el resto de las cosas que, por cierto, antes también conocía. Estando, pues, la naturaleza toda emparentada consigo misma, y habiendo el alma aprendido todo, nada impide que quien recuerde una sola cosa -eso que los hombres llaman aprender-, encuentre él mismo todas las demás, si es valeroso e infatigable en la búsqueda. Pues, en efecto, el buscar y el aprender no son otra cosa, en suma, que una reminiscencia". Todo lo cual encuentra una precisa y sintética conclusión en la sentencia siguiente: "Estoy afirmando que no hay enseñanza, sino reminiscencia". A vuelaplumabuscarme y no encontrarme inocente y humana perversa y humana ¿Quién soy? he abrevado en una lata de filosofía la poesía me ha secado el espíritu llegué a un callejón sin salida con la lucidez de un tarado en este mundo de degradación el rey consumo lo es todo y a falta de un dios no hay más paraíso que el de la química. Una Iglesia anclada en el pasadoEl Papa Benedicto XVI, que durante los años de pontificado de su antecesor fue responsable de la Congregación de la Doctrina de la Fe -antigua Inquisición-, ha mantenido hasta ahora una actitud muy cerrada, absolutamente conservadora y de espaladas a las propuestas renovadoras del Concilio Vaticano II. Pienso que para un cristiano lo más importante es el mensaje de Jesús. La Iglesia católica, según manifiestan sus jerarcas, es la única que se mantiene fiel a este mensaje de Dios y lo transmite, por eso no entiendo que vaya contra las leyes que rigen la sociedad civil, ésas que eliminan las diferencias entre heterosexuales y homosexuales. Si la Iglesia permaneciera fiel al espíritu cristiano, llevaría a la práctica el primer mandamiento de Dios: apreciaría a todas las personas por igual y alentaría a los estados a eliminar las diferencias que separan a los ciudadanos. ¿Por qué censura los matrimonios homosexuales si hacen felices a los interesados y no perjudican a los demás? En su reciente viaje a Brasil, el Papa ha condenado el uso del preservativo para prevenir el SIDA. El cristianismo no acepta el suicidio y ¿no es un suicidio arriesgarse a contraer una infección mortal? El ideal de amor cristiano es el que surge entre un hombre y una mujer y santifica la Iglesia mediante el matrimonio indisoluble, esto incluye una fidelidad de por vida. Todos sabemos que la realidad se aparta del ideal, que hay relaciones que no pueden mantenerse y se rompen, que la sexualidad no siempre va encaminada hacia la procreación... ¿Es realista la expectativa de una continencia absoluta y el mantenimiento de la virginidad hasta el matrimonio? A mí me parece que no. Si Dios nos creó como seres sexuados dotados de deseo, ¿por qué la Iglesia impone límites a nuestra naturaleza? Tampoco tuvo mucho tacto su Santidad al declarar que "el anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas ni fue una imposición de una cultura extraña". ¿Qué fue entonces la evangelización? La Iglesia católica pierde adeptos, se aleja del mensaje de Cristo y de la sociedad. Benedicto XVI pide "la entrega total a Dios" alegando que "la Iglesia permanecerá intacta hasta el fin de los tiempos". ¿No se da cuenta de que el mundo actual y el de hace 2.000 años no tienen nada que ver? Seguramente no: la evolución es "irracional". Creer lo que creoCreer es una opción, una apuesta, un consuelo o lo que usted quiera, lo único que no puede ser es una creencia. Y la fe, lo que mueve mi creencia, es siempre un acto de fe, un movimiento de la voluntad, antes de que la creamos. Lo que creo, como adulto, es algo que decido y acepto antes de que me pase. Así decía Unamuno: "Creer es querer creer". Además de no poder creer, yo no quiero creer en el Dios bueno, ubicuo y omnipotente en el que fui educada. Aquí mis motivos son personales y racionales. El cristianismo no me parece lógico, la Biblia está plagada de contradicciones. Expondré sólo una como muestra: Antes de nacer, yo no tuve ocasión de pecar y, sin embargo, nada más llegar a este mundo mi alma se manchó con el pecado original, el que cometieron Adán y Eva hace millones de años. El bautismo elimina el pecado original, no obstante, sigo padeciendo sus consecuencias: he de trabajar, padezco enfermedades, moriré... Si Dios es justo ¿cómo puede castigarme por algo que no he hecho? Si Dios es omnipotente, ¿por qué no me salva de las angustias de la vida estando bautizada? ¿Es propio de un Dios misericordioso permitir que un virus mute cada vez que descubrimos un antibiótico para combatirlo? ¿Un Dios bueno permite dos Guerras Mundiales o las catástrofes naturales? El cristianismo es una religión pensada para explicar el mal y justificar el dolor humano: sufrimos por causa del error de nuestros primeros padres y sufrimos para ser redimidos en la vida eterna. Dios se halla permanentemente ocupado en que se mantenga su ecuación constante por los siglos de los siglos. Nosotros logramos que la vida se alargue y Él nos regala el Alzheimer, la demencia senil y la incontinencia urinaria. Si alguien conoce alguna explicación plausible, una hipótesis verosímil de las maquinaciones divinas, que, por favor, me la cuente. Sidereus NunciusSidereus Nuncius (1610), de Galileo Galilei, es una obra relevante que anuncia una serie de descubrimientos más extraños y significativos que cualquier otra cosa que se hubiera hecho con anterioridad. Al leerla hoy, podemos experimentar, como es lógico, el impacto que causó en su tiempo tan extraordinario mensaje, así como la pasión que arde bajo el estilo sobrio y frío de Galileo: "Grandes en verdad son las cosas que en este breve tratado propongo a la vista y contemplación de los estudiosos de la naturaleza. Grandes, digo, sea por su excelencia intrínseca, sea por su novedad, jamás oída en todos los tiempos, sea, en fin, por el instrumento mediante el cual esas mismas cosas se han hecho accesibles a nuestros sentidos. Sin duda es importante aumentar el gran número de las estrellas fijas que la humanidad ha podido contemplar hasta ahora mediante su visión natural, poniendo ante los ojos otras innumerables que nunca antes se habían visto y que sobrepasan a las viejas [estrellas] ya conocidas en un número más de diez veces superior. Es de lo más hermoso y agradable a la vista contemplar el cuerpo de la Luna, que se halla a una distancia de nosotros de casi sesenta semidiámetros terrestres, tan cerca como si se hallase a una distancia de sólo dos y media de tales medidas. Cualquiera puede averiguar, con la certeza que suministra la experiencia de los sentidos, que la Luna no está dotada en absoluto de una superficie lisa y pulida, sino que la suya es irregular y rugosa y, como ocurre con la propia faz de la Tierra, está por doquier recubierta por enormes prominencias, profundas hendiduras y sinuosidades. Por otra parte, no es en absoluto algo de poca monta haber zanjado las disputas a cerca de la Galaxia o Vía Láctea, poniendo su esencia de manifiesto ante los sentidos, así como ante el entendimiento. Además de todo esto, será muy interesante y hermoso mostrar directamente la sustancia de aquellas estrellas que todos los astrónomos han denominado hasta ahora nebulosas, demostrando que es muy diversa de lo que hasta ahora se ha creído. Mas lo que supera con mucho todo lo que se haya podido imaginar, y que es lo que me ha movido principalmente a presentarlo a todos los astrónomos y filósofos, es nuestro descubrimiento de cuatro astros errantes que nadie antes de nosotros conoció u observó, los cuales, a semejanza de Venus y Mercurio en torno al Sol, poseen sus propios períodos en torno a cierto astro principal que forma parte de los conocidos, ora precediéndole, ora siguiéndole sin alejarse nunca de él más allá de determinados límites. Tales cosas hallé y observé no hace mucho mediante los ‘perspicilli' inventados por mí, iluminado previamente por la gracia divina". Montañas en la Luna, nuevos planetas en el cielo, novedosas estrellas fijas en número incalculable, cosas que ningún ojo humano había visto antes y que ninguna mente humana había concebido. Y no sólo eso, además de estos hechos nuevos, sorprendentes y totalmente inesperados e imprevistos, estaba también la descripción de un invento asombroso: el primer instrumento científico, el "perspicillum", que hizo posibles todos esos descubrimientos y le permitió a Galileo trascender las limitaciones impuestas por la Naturaleza, o por Dios, a los sentidos y al conocimiento humano. No es extraño, pues, que en un principio, el "Mensaje de los Astros" se recibiera con recelo e incredulidad y que desempeñase una parte fundamental en todo el desarrollo siguiente de la ciencia astronómica, la cual, a partir de entonces, quedó tan íntimamente ligada a la de los instrumentos que cada uno de los progresos en una de ellas implicó e indujo un progreso en la otra. Se podría decir que no sólo la astronomía, sino también la ciencia como tal, inició con el invento de Galileo una nueva fase de su desarrollo. Sentencia contra Giordano Bruno"El verdadero error de los jueces fue no haber visto que, muerto Bruno, su filosofía estaría más viva que nunca". Vinzenzo Spampanato.
Por lo que visto y considerado el proceso formado contra ti y las confesiones de tus errores y herejías con pertinacia y obstinación, aunque tú niegues que lo sean, y todo lo que se tenía que ver y considerar: propuesta primero tu causa en nuestra congregación general, celebrada ante la Santidad de Nuestro Señor el día XX de enero pasado, y votada y resuelta, hemos llegado a la siguiente sentencia. Invocado pues el nombre de nuestro Señor Jesucristo y de su gloriosa Madre siempre virgen María, en la causa y causas anteriores al presente que vierten en este Santo Oficio entre el reverendo Giulio Monterenzi, doctor en leyes, procurador fiscal de dicho Santo Oficio, por una parte, y, por otra parte, tú Girdano Bruno mencionado, encontrado reo inquirido, procesado, culpable, impenitente, obstinado y pertinaz; por esta definitiva sentencia nuestra, de consejo y parecer de los reverendos padres maestros en sacra teología y doctores en una y en otra ley, nuestros consultores, proferimos en estos escritos, decimos y pronunciamos, sentenciamos y declaramos, a ti fray Giordano Bruno, que eres hereje impenitente pertinaz y obstinado, y que por eso has incurrido en todas las censuras eclesiásticas y penas de los Cánones sagrados, leyes y constituciones tanto particulares como generales, que a tales herejes confesos, impenitentes, pertinaces y obstinados se imponen; y como tal te degradamos verbalmente y declaramos que debes ser degradado, así como ordenamos y mandamos que seas degradado de todos los órdenes eclesiásticos mayores y menores en los cuales te habías constituido, según la orden de los Cánones sagrados; y debes ser arrojado, como te arrojamos, de nuestro foro eclesiástico y de nuestra santa e inmaculada Iglesia, de cuya misericordia has sido indigno; y ser entregado a la Corte secular, así como te entregamos a la corte de vos monseñor Gobernador de Roma aquí presente, para punirte con las debidas penas, rogándole por ello que eficazmente quiera mitigar el rigor de las leyes sobre la pena de tu persona, que sea sin peligro de muerte o mutilación de miembro. Además condenamos, reprobamos y prohibimos todos los libros mencionados anteriormente y los otros libros escritos, como heréticos, erróneos porque contienen muchas herejías y errores, ordenando que todos los que han llegado a manos del Santo Oficio, o podrán llegar en el futuro, que sean destruidos públicamente y quemados en la plaza de san Pedro, ante las escaleras, y como tales sean considerados en el Índice de los libros prohibidos, como ordenamos que así se haga. Así decimos, pronunciamos, sentenciamos, declaramos, ordenamos y mandamos, arrojamos y entregamos y rogamos con este y con otro mejor modo y forma que de razón podemos y debemos. Así lo declaramos los Cardenales generales Inquisidores suscritos: Card. Ludovico Madruzzo Card. Giulio Antonio di Santa Severina Card. Pietro Deza Card. Domenico Pinelli Card. Fra Giordano (Bernerio) d'Ascoli Card. Ludovico Sasso Card. Camilo Borghese Card. Pompeo Arrigoni Card. Roberto Bellarmino
Roma, 8 de enero de 1600
Justicia de un hereje quemado vivo.
Jueves, día 16 del corriente (febrero de 1600) A las 2 de la noche fue comunicado a la Compañía que por la mañana se debía hacer justicia a un impenitente; y por eso a las 6 horas de la mañana, reunidos los frailes confortantes y el capellán de Santa Úrsula, y dirigiéndose a la cárcel de Torre de Nona, entraron en nuestra capilla y después de rezar, nos entregaron al suscrito condenado a muerte, es decir: Giordano del quondam Giovanno Bruni, fraile apóstata de Nola di Regno, hereje impenitente. El cual fue exhortado con toda caridad por nuestros hermanos, y mandados llamar dos padres de Santo Domingo, dos jesuitas, uno de la Chiesa Nuova y uno de san Jerónimo, quienes con mucho afecto y doctrina le mostraron su error, estuvo hasta el fin en su maldita obstinación, dando vueltas con su intelecto y su cerebro con mil errores y vanidades. Y tanto perseveró en su obstinación, que fue conducido por los ministros de justicia a Campo di Fiori, y allí se le desnudó y fue atado a un palo y quemado vivo, acompañado siempre por nuestra compañía que cantaba letanías, y los confortantes lo atendían hasta el último momento para que abandonara su obstinación, con la que al final acabó su miserable e infeliz vida.
* Fragmento de la copia de la sentencia emitida contra fray Giordano de Nola, entregada al Ilustrísimo Gobernador de Roma. Todo está escrito en los genesLa revolución que supuso el darwinismo, con sus innovadoras teorías sobre la selección natural, la supervivencia del más fuerte, la evolución de las especies, etcétera, fue sustituida por el marxismo y el freudismo. Mientras los darwinistas defendían a capa y espada que los genes determinan el destino de las personas, Marx aseguraba que era la clase social la que determinaba el destino del ser humano y Freud achacaba al drama edípico vivido en la familia el destino del individuo. La controversia entre los fundamentalistas que atribuían a los genes o a elementos externos el destino del individuo, hicieron temblar los fundamentos sobre los que se sustentaban todas las creencias acerca de la naturaleza humana. ¿El mono evoluciona por sus propios medios hasta ser un hombre o el control social nos condiciona como si fuéramos piezas de una precisa obra de ingeniería? En los años cincuenta se impusieron las teorías de la dominación de clases y de la pulsión sexual, treinta años después tales teorías eran ya reliquias del pasado, supercherías, había nacido la neurociencia. Ahora el destino del hombre está regido por la genética: la tendencia al alcoholismo, a la obesidad, a la ludopatía, a la poligamia, al asesinato, a determinados tipos de cáncer, a la felicidad o al pesimismo... Todo se halla escrito en los genes, hasta que alguien demuestre lo contrario. La interpretación de los sueñosLa interpretación de los sueños, de Sigmund Freud, se publicó en 1899, pero el editor, con cierta astucia, le puso la fecha de 1900 para remarcar que la obra representaba un auténtico cambio de época. Y no era una simple pretensión. Pasados los años, el efecto de la obra de Freud fue comparado con el de la de Copérnico o Darwin. Si el primero estableció que la Tierra no es el centro del universo y el segundo que el homo sapiens no es el rey de la creación, Freud demostró que nadie es dueño absoluto de sí mismo. En La interpretación de los sueños, el autor dice que los sueños son una especie de ventana abierta al inconsciente del individuo, ya que representan los deseos insatisfechos, los impulsos reprimidos, la libido mal canalizada en la vida conciente. Pero se trata de una expresión indirecta, metafórica, que hay que descifrar. Las llaves de este código, las buscó Freud entre sus pacientes de histeria y en él mismo. Encontró que muchas histéricas fantaseaban con experiencias sexuales de su infancia, con frecuencia incestuosas, con personas adultas. Esto lo relacionó con sus propios sentimientos de tristeza, rencor y hostilidad cuando murió su padre. A partir de aquí, y evocando la tragedia de Sófocles, formuló el complejo de Edipo. Según esta teoría, el niño se siente atraído sexualmente por la madre y ve en su padre a un gran rival, por eso se siente culpable y tiene miedo de ser castigado. En el caso de las niñas, la envidia del pene masculino las lleva a querer al padre y a rechazar a la madre. El escándalo estaba servido. Para buena parte de la sociedad europea y americana del cambio de siglo, estas ideas eran aberrantes, máxime porque, según el psiquiatra austriaco, el complejo de Edipo o la envidia del pene eran normales, no enfermizos. CosmovisionesCuando en la modernidad, la religión entró definitivamente en coma, aparecieron en su lugar toda una serie de cosmovisiones. Eran modelos explicativos del mundo en su totalidad que, en un principio, estuvieron fabricados fundamentalmente en los talleres de filosofía; pero con el tiempo las distintas ciencias particulares también produjeron grandes esquemas teóricos con pretensiones explicativas totalizadoras. Estas cosmovisiones fueron designadas con términos acabados en "ismo", como liberalismo, marxismo, darwinismo, vitalismo, etcétera. Detrás de ellos estaban las denominadas escuelas, que eran algo así como comunidades intelectuales, clubes de opinión, círculos con determinados idearios, conventículos de correligionarios y células ideológicas. El concepto "teoría" se impuso como el mínimo denominador común de esta mezcolanza de filosofía, ideología y ciencia. Hoy, el panorama teórico es un mercado de opiniones de rumbo variable. En él reina la misma diosa que en otros mercados: la moda. La moda de la continua innovación que se aparta de lo que hay: por lo tanto, el que sale antes tiene ventaja, está al día, va con su tiempo, pasa a todos los demás y le divierte ver cómo tratan de alcanzarlo. Así pues, hay teorías in y teorías out. Existe un vértigo de etiquetas e imitación de artículos de marca, competencia desleal y ofertas económicas, nostalgias, oleadas de reciclaje, liquidaciones y saldos, hay booms y depresiones, épocas de quiebra y de bonanza. Para orientarse, es necesario tener visión de conjunto: hay que conocer las empresas y su seriedad en el sector teórico, la cotización de las acciones, los precios, los márgenes de beneficio, los proveedores y el gusto del público. Y sobre todo hay que tener buen olfato para las nuevas tendencias teóricas. Leonardo Da Vinci![]() Empezando en Florencia, en la casa de Braccio Martelli, el 22 de marzo de 1508, todo esto forma una recopilación sin orden de muchas hojas sueltas, a la espera de clasificarlas según la materia que tratan. Creo que, antes de llegar a fin, repetiré muchas veces las mismas cosas. Si ello ocurre, no me critiques, lector. Las cosas son en gran número y la memoria no puede retenerlas todas. Yo no quisiera escribir lo que ya he dicho; pero para no incurrir en ese error, releyéndose todo lo pasado, lo que ocuparía mucho tiempo, pues escribo a largos intervalos y fragmento por fragmento. Que no me lea quien no sea matemático, porque yo lo soy siempre en mis principios. Leonardo da Vinci
Así se expresa el que fuera gran exegeta de la naturaleza, científico en la vida y en el arte. De su inquieto cerebro brotaron máximas, descripciones, fábulas y profecías que resquebrajaron los esquemas de las mentes bienpensantes de su época. No era fácil encajar lo que luego corroboraría Darwin: que el hombre y el mono pertenecen a la misma especie o imaginar que un día las cartas volarían por el mundo del uno al otro confín en cuestión de segundos. Leonardo se fijó en cada nimio detalle que la vida y la naturaleza le ofrecían y su curiosidad se alió con su intelecto para desentrañar esos enigmas que siempre solventan los científicos minuciosos. Antes de él, pocos se habían atrevido a pensar por su cuenta. - En la descripción del hombre deben comprenderse los animales de la especie, tales como el mono, el babuino y muchos otros similares. - Yo he encontrado en la constitución del cuerpo humano, como en la de los otros animales, la más obtusa y grosera inventiva. Compuesto sin ingenio, de instrumentos en parte inapropiados para recibir el vigor de los sentidos. - El hombre posee gran razonamiento, pero en su mayor parte vano y falso; los animales lo tienen menor, pero útil y verídico, y más vale una pequeña certeza que un gran engaño. - La sabiduría es hija de la experiencia. - La adquisición de cualquier conocimiento es siempre útil al intelecto, que sabrá descartar lo malo y conservar lo bueno. - La práctica debe siempre ser edificada sobre la buena teoría. - Entre la pintura y la escultura no encuentro más que esta diferencia: que el escultor ejecuta sus obras con mayor fatiga de cuerpo que el pintor y el pintor ejecuta las suyas con mayor fatiga de mente. - ¡Pobre discípulo el que no deja atrás a su maestro! - Escucha, pues, con paciencia la opinión de otros jueces y examina y piensa con empeño si tu censor tiene o no tiene razón para censurarte. Si encuentras que la tiene, corrígete. En caso contrario, haz como si no lo hubieras oído, o demuéstrale con argumentos -si es hombre digno de tu estima- el porqué de su engaño. - Dice el poeta que su ciencia es invención y medida, que forman simplemente el cuerpo de la poesía: invención de materia y medida en los versos, que él adorna después con todas las galas de otras ciencias. - Si describes, ¡oh, poeta!, una sangrienta batalla en medio de una oscura y tenebrosa atmósfera, que ensombrecen el mundo de terribles y mortíferas máquinas y la espesa polvareda que levantan en su fuga, enloquecida por el temor y la muerte, los míseros combatientes; el pintor te supera también en este caso, porque tu pluma habrá consumido todo su poder antes de que termines la descripción de lo que el pintor, con su ciencia, habrá logrado representar inmediatamente. - Contra los ríos salidos de madre no existe defensa humana posible. - Los mariscos son animales cuyo esqueleto es exterior. - La Tierra es una estrella. Gracias a la esfera acuosa que la envuelve en gran parte, resplandece en el Universo como un simulacro de Sol y a la manera de todas las demás estrellas de cuyo conjunto forma parte. - Ninguna investigación humana puede llamarse verdadera ciencia si no pasa por la demostración matemática. - El Hombre es víctima de una soberana demencia que lo hace sufrir siempre, en la esperanza de no sufrir más; y la vida se le escapa mientras espera gozar de los bienes que ha adquirido al precio de grandes esfuerzos. Sobre Freud![]() La manadaNadie sobrevive en soledad; sólo se sobrevive en manada, en rebaño o en grupo. La especie humana avanza siempre en formación; forma una cruz, una estrella o una esvástica, según las necesidades del momento y de los gustos de la corriente dominante. Vivimos los unos de los otros y sobrevivimos únicamente en simbiosis. Nos odiamos mutuamente, conspiramos los unos contra los otros, derramamos sangre ajena, enseñamos los dientes, mordemos, gruñimos, ladramos, cacareamos o silbamos, pero permanecemos unidos, pues es la única manera de sobrevivir. La supervivencia es lo más importante. En nombre de la supervivencia rebajamos los estándares morales, mentimos, mutamos, nos disfrazamos. Somos por naturaleza delatores y siervos. Nos gusta pronunciar grandes palabras y nos preocupan grandes cuestiones, la cultura, el arte y la literatura. Nuestra actividad intelectual se reduce a juzgar; éste es basura, a ése lo destruimos, a aquél lo eliminamos. Los débiles se multiplican y son aceptados en nuestras filas para aparentar que somos más fuertes. Somos codiciosos; jamás estamos satisfechos. A veces sacamos nuestro armamento pesado para luchar unos contra otros; vamos a la guerra para salvar nuestras insignificantes diferencias y cavamos trincheras y fosas comunes. Cada cual destruye según sus capacidades, pero en nombre de la manada. Cuando un visitante viene a contemplarnos al zoológico, nos mira y se queda clavado en el suelo. Luego se emociona al ver la manada de seres vivos, de ratones perdidos, y abandona la sala con una sonrisa amarga en los labios. Prohibida la inteligenciaDios prohíbe a la primera pareja probar el fruto del árbol del conocimiento. Es evidente que nos hallamos en el campo de la metáfora. Hacen falta los padres de la Iglesia para sexualizar la historia, ya que el texto es bien claro: comer de este fruto hace abrir los ojos y permite distinguir el bien del mal; por tanto, permite ser semejante a Dios. Un versículo habla de un árbol “deseable para adquirir la inteligencia” (III, 6). Hacer caso omiso del dictado de Dios es preferir el saber a la obediencia, querer conocer en lugar de someterse. Dicho de otra manera, optar por la filosofía contra la religión. ¿Qué significa esta prohibición de la inteligencia? En este jardín magnífico se puede hacer cualquier cosa menos volverse inteligente (árbol del conocimiento) ni inmortal (árbol de la vida). Así pues, qué destino reserva Dios a los hombres: ¿la imbecilidad y la mortalidad? Hay que imaginar un Dios perverso para hacer un regalo semejante a sus criaturas. Entonces, damos las gracias a Eva por haber optado por la inteligencia pagando el precio de la muerte cuando Adán aún no había entendido lo que estaba en juego para continuar en aquel mundo paradisíaco: la eterna felicidad de imbécil feliz. ¿Qué descubren estos dos desgraciados una vez Eva ha mordido el fruto sublime? La realidad. La realidad y más: la desnudez, su parte natural, pero también, a partir de la reciente adquisición del saber, su parte cultural, como mínimo sus potencialidades por medio de la confección de un taparrabos hecho con hojas de higuera (y no de parra). Y todavía más: la dureza de la vida diaria, el trágico destino que nos aguarda a todos, la brutalidad de la diferencia sexual, el abismo que separa al hombre de la mujer, la imposibilidad de evitar el trabajo penoso, la maternidad dolorosa y el imperio de la muerte. Una vez emancipados, y para evitar el añadido de la trasgresión que permite acceder a la vida eterna (porque el árbol de la vida se encuentra junto al del conocimiento), el Dios uno, verdaderamente bueno, dulce, amoroso, generoso, expulsa a Adán y Eva del paraíso. Y así hasta ahora. Lección numero uno: si se rechaza la ilusión de la fe, el consuelo de Dios y las fábulas de la religión, si se prefiere saber y optar por el conocimiento y la inteligencia, entonces la realidad se nos aparece tal como es: trágica. Pero vale más una verdad que desespera enseguida y permite no perder por completo la vida colocándola bajo el signo de la muerte que no una historia que, de momento, consuela, es cierto, pero que ignora el único bien verdadero que tenemos: la vida aquí y ahora. MediocridadTodo es mediocre en los seres humanos. Sus fuerzas son muy limitadas y sus sentidos sólo captan una parcela mínima de la realidad. Son incapaces de percibir tanto la presencia de los espíritus como el continuo deterioro de su propio organismo. Son seres bastante imperfectos, pero a su vez protegidos por su misma imperfección. Gracias a su vista deficiente, gracias a su incapacidad para detectar muchas impurezas que contienen sus alimentos y muchos móviles egoístas que esconden sus afectos, pueden realmente comer y amar, dotados de mejor vista, morirían muy pronto de inanición o de soledad. Todo en ellos tiene un sello de medianía. Su vida no se caracteriza por el gozo ni tampoco por el dolor, sino más bien por la atonía. La atonía es el excipiente masivo donde se diluyen algunos placeres y algunos sufrimientos, propios de fechas muy señaladas. Viven siempre esperando lo mejor y temiendo lo peor, pero sólo les ocurren cosas moderadamente buenas o malas. Por cada carta de amor o cada aviso de Hacienda encuentran en el buzón treinta folletos de las ofertas de El Corte Inglés. De su vida moral hay que decir otro tanto, que se mueve dentro de una banda muy estrecha, muy lejos del sumo bien y del mal absoluto. Desde luego, ni son enteramente culpables ni son inocentes por completo, sino todo lo contrario. Es lógico sentir hacia ellos más admiración que desprecio y más piedad que admiración. En resumen: los hombres me parecen, más que inocentes, inexpertos, y más que culpables, insolventes. Por otra parte, todos desean ser perdonados, pero no a costa de que les digan que sus pecados son insignificantes. En el nombre de DiosEl gran rabino de Jerusalén fustiga al terrorista palestino cargado de explosivos en una calle de Jaffa, pero no dice nada sobre el asesinato de los habitantes de un barrio de Cisjordania destruidos por unos misiles de Tsahal; el papa carga contra la píldora anticonceptiva, a la que hace responsable del genocidio más grande de todos los tiempos, pero defiende activamente la masacre de centenares de miles de tutsis por parte de hutus católicos de Ruanda; las más altas instancias del Islam mundial denuncian los crímenes del colonialismo, de la humillación y de la explotación que el mundo occidental les hace padecer, pero festejan una Jihad planetaria llevada a cabo bajo los auspicios de Al Qaeda. Fascinaciones por la muerte de los extranjeros, los descreídos y los infieles, por otro lado, las tres religiones monoteístas consideran al ateo como el enemigo común. Las indignaciones monoteístas son selectivas: el espíritu corporativo funciona a pleno rendimiento. Los judíos disponen de su Alianza, los cristianos de su Iglesia y los musulmanes de su Umma. Estas tres escapan a la ley y disfrutan de una extraterritorialidad ontológica y metafísica. Entre miembros de una misma comunidad, todo se defiende y se justifica. Un judío, Ariel Sharon, puede hacer exterminar a un palestino, el poco defendible Cheick Hiacine, y no ofende a Yahvé, porque el asesinato se efectúa en su nombre. Un cristiano, Pío XII, tiene derecho a justificar a un genocida que masacra judíos, (Eichmann puede huir de Europa gracias al Vaticano), y no hace enfadar a su Señor, porque el genocidio venga el deicidio atribuido al pueblo judío. Un musulmán, el mulah Omar, puede hacer arrestar a unas mujeres acusadas de adulterio, esto complace a Alá porque el patíbulo se construye en su nombre. Detrás de todas estas abominaciones, unos versículos de la Torá, unos pasajes de los Evangelios, unas suras del Corán que legitiman, justifican y bendicen. Desde el momento en que la religión tiene efectos públicos y políticos, aumenta considerablemente su poder de causar daños. Cuando alguien se fundamenta en un pasaje concreto elegido en alguno de los tres libros para explicar la legitimidad y la justificación del crimen perpetrado, el delito se convierte en inatacable. ¿Alguien puede ir contra la palabra revelada, las sentencias de Dios, la llamada divina? Porque Dios no habla (sólo al pueblo judío y a algunos iluminados a los que a veces envía un mensajero, por ejemplo una virgen), sino que los clérigos le hacen hablar. Cuándo un hombre de Iglesia se expresa, cuando cita los pasajes de su libro, oponerse equivale a decirle no a Dios en persona. ¿Quién dispone de la suficiente fuerza moral y de convicción para rechazar la palabra de Dios? Toda teocracia hace imposible la democracia. Mejor dicho, una brizna de teocracia impide la existencia misma de la democracia. Y llegó Freud“Conócete a ti mismo” (Nosce te ipsum). Esta inscripción, elegida por los siete sabios para figurar en el frontispicio del templo de Delfos, es clásica en el pensamiento griego. Los pensadores de todos los tiempos han reflexionado sobre ella siguiendo el ejemplo de Sócrates y Platón y atribuyéndole diversos matices. La sabiduría de Occidente comienza, en su vertiente filosófica, con este pensamiento e intenta apartarse de adivinanzas y supersticiones. Parece que el origen del adagio se remonta a escritos antiguos de Heraclio, Esquilo, Herodoto y Píndaro; y surge como una invitación a reconocerse mortal y no dios. También se dio en otras culturas antiguas: Israel, los Veda y Avesta, Confucio, Lao-Tsé, los Tirthankara, Buda, Homero, Eurípides, Sófocles, Platón y Aristóteles. Sócrates lo eleva a un nivel filosófico como un examen moral de uno mismo ante Dios. Platón lo orienta hacia la verdadera sabiduría en un fantástico sistema de pensamiento. Erasmo dirá que es el inicio del filosofar en cuanto lleva a la consciencia humilde de “saber que no sabe nada”. Los Padres de la Iglesia lo toman y lo encuentran en los escritos bíblicos (Cant 1,8. “Si tú no te conoces, seguirás el camino del rebaño”; Dt 15,9 “Estate atento a ti mismo”). San Agustín hace célebre el aforismo elevándolo también a Dios, diciendo que el fin de la vida es “conocerte y conocerme”. El hombre se conoce cuando va al fondo de sí mismo y ahí encuentra la imagen de Dios. La búsqueda filosófica no surge de preguntarse ¿quién es Dios? sino ¿quién es el hombre? De lo más próximo a lo más elevado y profundo. La Ilustración, con todo su entusiasmo, fue un paréntesis con malas consecuencias, como detecta el postmodernismo, que refuerza la tesis de Bruno Forte cuando dice: “Entre el triunfo de la identidad y la apología de la diferencia, resuelta en el dominio omnicomprensivo de la nada, entre el tiempo de la ideología y del nihilismo, la causa del hombre exige que se busque un camino distinto entre los tiempos, capaz de escaparse tanto de la seducción alienante del pensamiento solar, como del hechizo trágico de la victoria final sobre las tinieblas”. En tiempos más cercanos, Scheler y Heidegger destacan que nunca hemos sabido tantas cosas sobre el hombre y nunca hemos sabido menos del hombre. Es lógico que así suceda cuando se prescinde de la Revelación por una parte, y por otra de los conocimientos de la filosofía perenne. El hombre supera infinitamente al hombre, decía Pascal, refiriéndose a ese algo tan superior a la materia que le forma. Además está la riqueza de los sentimientos. Mucho perjuicio hizo al progreso del pensar la rotura del nominalismo en el siglo XIV, aún no superada. De una parte se perdió la metafísica y se separó de la filosofía, que se convirtió en un galimatías lógico. Blaise Pascal dice acertadamente: “¡Qué quimera el hombre! ¡Qué novedad, qué monstruo, qué caos, qué contradicción, qué prodigio! Juez de todas las cosas y gusano infecto, depositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y error, gloria y desecho del universo”. En los últimos tiempos, tres son los pensadores que por su gran influencia han aportado claves revolucionarias en el conocimiento del hombre: Marx, Nietzsche y Freud. Los tres prescinden de Dios, y los tres apoyan su visión en algún aspecto negativo del ser humano. Karl Marx dice que la clave de toda la realidad es la economía. La alineación económica explica lo demás. Nietzsche es más complejo, pero también tiene una clave, y es la voluntad de poder del hombre. Sigmund Freud hace lo mismo con la libido sexual, y con ella pretende explicarlo todo. Al estudiar al hombre desde una nueva perspectiva: su persona y su personalidad, el psicoanálisis es a la filosofía lo que la piedra filosofal a los alquimistas. Freud encontró el camino para llegar al inconsciente, a lo más recóndito, oscuro y desconocido del ser humano. Siglos y siglos de incertidumbre iban a disiparse mediante un estudio positivista, pero cuando las investigaciones tropezaron con el inconsciente, todo se volvió confuso, puesto que el inconsciente es algo realmente inconsciente. “No tenemos objeto, no tenemos nada”, dijo Jung. “Lo único que podemos hacer son inferencias, ya que no podemos ver nada, y en tales condiciones tenemos que elaborar un modelo de esa posible estructura del inconsciente”. La luz de la vela que iluminaba las tinieblas de la ignorancia se apagó de repente cuando se vio que el yo está en constante evolución y que, por tanto, nunca puede ser completamente conocido. Así regresamos de nuevo al mandala, al arquetipo más viejo, al símbolo del cuadrado en el círculo o el círculo en el cuadrado que expresa el esquema del mundo desde la Prehistoria. La ciencia desacralizadaEn un principio, y sobre todo a partir de la Ilustración, la razón y la ciencia se perfilan como poderosos medios de progreso que liberan a la humanidad del sistema de creencias sobrenaturales en el que había estado sumida en el Antiguo Régimen. Para empezar, Nietzsche critica a la ciencia que eleve sus principios al mismo grado de verdad absoluta que la religión, ese objetivo de verdad incuestionable. En la primera mitad del siglo XIX, Saint-Simon y Comte ejemplifican bien esa tendencia que no hace sino colocar a la ciencia en el lugar que ocupaba antes la religión. Tanto es así que Comte escribirá una obra titulada “Catecismo positivista” que pretende divulgar la idea de una nueva religión, una especie de catolicismo sin cristianismo que copia la organización de la iglesia católica y establece una clase de sacerdotes que serán los sabios positivos, un Papa y un calendario especial con festividades propias donde la ciencia y su sistema de leyes y verdades vienen a sustituir al dogma de fe; un sistema donde la “razón positiva se caracteriza por la determinación científica de las relaciones entre los individuos y el medio que los rodea”. Porque Comte pensaba que la humanidad había dejado atrás el periodo medieval: teológico, y tras superar un paréntesis revolucionario: metafísico, entraba por fin en una etapa positiva, basada en el individuo y la razón. Para Nietzsche esa tendencia significa situar la verdad en un plano elevado al que sólo llegarán los iniciados, igual que antes con el cristianismo, y además desprestigiar el mundo de la realidad cotidiana, el plano de los sentidos, del error, al no poder evitar compararse con el mundo verdadero de las ideas. Entonces ocurre que los científicos no son tanto hombres libres, podríamos decir también liberados, al estar atados en ese trabajo de tipo ascético que nunca acaba de aproximarse al mundo de la verdad. El hombre seguiría siendo empequeñecido por la ciencia ya que, en definitiva, lo mismo da que esa insignificancia se la recuerde su sometimiento a una voluntad divina que a una ley científica. Si un rayo cae a nuestro lado, en parte da lo mismo que pensemos que lo manda Dios o que lo causa una ley atmosférica. Por tanto, lo que se critica es la alienación, la enajenación que produce en el hombre en entronización de la verdad; porque, por decirlo en palabras de Stirner, si uno se pregunta continuamente lo que dirá su Dios, lo que dirá su sentido moral, su conciencia, su sentido del deber, o lo que las gentes van a pensar, entonces, “no escuchan ya ni poco ni mucho lo que Él mismo hubiera podido decir y decidir”. En resumen, puede decirse que lo que desagrada a Nietzsche es la debilidad de refugiarse en el ideal de verdad, aunque sea científica, para no aceptar con valor el carácter de inseguridad y de incertidumbre que tiene la vida. El psicoanálisisEl psicoanálisis fue concebido como un movimiento cuasi religioso basado en una teoría psicológica y equipado con una psicoterapia. Esto, en sí mismo, es perfectamente legítimo. Mis críticas se dirigen contra los errores y las limitaciones inherentes al camino que siguió. En primer lugar, padeció el mismo defecto que pretendía curar: la represión. El segundo defecto fue su carácter autoritario y fanático, que impidió el desarrollo fructífero de la teoría del hombre y condujo al establecimiento de una burocracia atrincherada. “El movimiento” pretendía la reforma de la humanidad, pero ese descubrimiento se atoró en un camino fatal. Fue aplicado a un pequeño sector de la realidad: el de los impulsos de la libido del hombre y su represión, y poco o nada en absoluto a la más amplia realidad de la existencia humana y a los fenómenos sociales y políticos. Los freudianos creen que han encontrado la solución de la vida en la fórmula de la represión de la libido. Bilis negra, enfermedad de los intelectuales“¿Por qué será que quienes han destacado en filosofía y en otras artes son individuos melancólicos, afligidos por la enfermedad de la bilis negra?” Problemas, Aristóteles. El arte de la razónLos grandes artistas son aquellos que combinan soledad y universalidad, subjetividad y objetividad, espontaneidad y disciplina, y quizá sea éste el verdadero milagro del arte, que lo distingue tanto de la técnica como de la ciencia. En todas las civilizaciones que han utilizado el arco, las flechas tienden a adaptarse a él, midiendo dos tercios de su longitud. Esta importante convergencia técnica, sin embargo, no dice nada de la humanidad, sino sólo de su inteligencia, y menos todavía de los individuos que la forman: solamente se debe al mundo y sus leyes. Es invención, no creación, y poco importa el sujeto que la inventa. Nadie duda de que, sin los hermanos Lumière, habríamos tenido igualmente el cine. Pero sin Gorard jamás habríamos tenido Al final de la escapada ni Pierrot el loco. Sin Gutemberg, tarde o temprano, habríamos tenido imprenta. Sin Villon ni un solo verso de la Balada de los ahorcados. Los inventores nos hacen ganar tiempo. Los artistas nos lo hacen perder, y lo salvan. Lo mismo cabe decir de las ciencias. Supongamos que Newton o Einstein hubieran muerto al nacer. La historia de las ciencias, ciertamente, hubiera sido otra, pero más en lo que se refiere a su ritmo que en su mismo contenido, más en lo que se refiere a sus anécdotas que en su misma orientación. Ni la gravitación universal ni la equivalencia de masa y energía se hubieran perdido: alguien, en algún momento, las hubiera descubierto, y por eso, en efecto, hablamos de desc |