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Sancho Panza

Sancho Panza

De "El Quijote" me gusta Sancho Panza. Alonso Quijano no podía caminar solo por esos mundos de Dios y en su segunda salida le acompaña Sancho Panza, "un labrador vecino suyo, hombre de bien -si es que este título se puede dar al que es pobre-, pero de muy poca sal en la mollera".

Sancho Panza no será siempre así, a lo largo de la novela evolucionará, no sólo porque el autor irá perfilando y matizando al personaje, sino porque se va contagiando de la locura de su amo. Sancho decide acompañar a don Quijote en calidad de escudero, aunque no sabe muy bien qué significa, y sobre todo, engatusado por la promesa de unas ganancias y botines que don Quijote obtendría en sus aventuras. A partir del capítulo 7 aparece en la obra la pareja inmortal y con ella sus diálogos constantes, divertidos y suculentos, los cuales nos permitirán conocer a los dos personajes y evidenciar el contraste entre el sueño caballeresco y la realidad tangible, la locura idealizadora y la sensatez elemental, la ingenuidad y la tozudez no exenta de picardía. Incluso las dos figuras se contrastan, una, alta y seca encima de un caballo viejo, la otra, pequeña y regordeta sobre un asno paticorto.

Bibliotecas romanas

Bibliotecas romanas

A finales de la República, el hábito de la lectura estaba muy extendido en Roma y en las ciudades del Imperio, pues había numerosos maestros, el aprendizaje no era complicado y las exigencias de la vida cotidiana, así como las tareas administrativas, requerían conocimientos de lectura y escritura.

César, al conocer la famosa Biblioteca de Alejandría, quiso construir una semejante en Roma, aunque no vio cumplido su deseo. Fue Augusto el impulsor de dos grandes bibliotecas públicas, una ubicada en el Campo de Marte y otra en el Palatino. Ambas estaban porticadas y contaban con dos secciones dedicadas a los libros griegos y romanos respectivamente, la decoración incluía bustos de los autores. También cabe destacar la Biblioteca Ulpia, una de las más famosas de la Antigüedad, mandada construir por Trajano en su foro.

En las bibliotecas de la antigua Roma los libros se colocaban en estanterías denominadas plutei; pegmata si los estantes se hallaban fijados a la pared. Los espacios que formaban los elementos verticales y horizontales eran llamados foruli y nidi, nidos. Cuando el códice sustituyó al volumen, se generalizó el uso del armaria, armario.

Los patricios y los romanos ricos solían disponer de su propia biblioteca, tanto en sus casas de la ciudad como en sus residencias campestres. Vitrubio recomendaba destinar como biblioteca una sala orientada hacia el este, que, además de biblioteca, servía para recibir a los amigos.

 

Imagen: Ulpian Library

De qué sirve escribir

De qué sirve escribir

El escritor es alguien que se dedica a poner todo su afán en hacer aquello que no sabe hacer y cuando culmina una obra, que en principio no sabía en qué consistiría, lo que ha aprendido no le sirve para la obra siguiente. Cuando comienza la segunda obra ha de olvidar la primera y volver a meterse de nuevo en un laberinto de dificultades que tiene que esquivar a partir de una página en blanco, ha escrito Ramón Nieto. Piensa que el oficio de escritor es un trabajo inútil.

Gabriel García Márquez también considera que escribir no sirve de nada, por eso precisamente le sorprende que haya tantos autores que no pueden dejar de escribir: ¿Qué clase de misterio es éste? ¿Qué hace que el simple deseo de explicar historias se convierta en una pasión, que un ser humano esté dispuesto a morir por ella, morir de hambre, frío o lo que sea, mientras pueda hacer una cosa que no se puede tocar, que en definitiva, si nos fijamos bien, no sirve para nada?

A mi juicio estas opiniones, y otras semejantes, como la de Sartre, que se quejaba de que la literatura nunca haya podido salvar a un niño, están equivocadas: contemplan la literatura desde una perspectiva estética. Pero la literatura está hecha de palabras y la palabra es demasiado importante para no servir de nada. Para bien o para mal, la palabra tiene el poder de cambiar cosas, de torcer el rumbo de la historia, de alterar el pensamiento, de modificar conceptos...

La Biblia es uno de los libros más influyentes de la humanidad. Las 95 tesis de Martin Lutero dividieron a la cristiandad. Commentariolus, de Copérnico, transformó el concepto del universo conocido. El Manifiesto comunista revolucionó el siglo XX, también las obras de Darwin, Freud, Einstein y tantos otros han dejado su huella.

¿Cómo se puede afirmar que escribir no sirve para nada?

No fue olvido sino recuerdo

No fue olvido sino recuerdo

Luis Cernuda es el poeta que espera llegar a ser el poeta que sabe que es. Desde los primeros poemas sabe qué poesía ha de hacer y a que tradición poética debe adscribirse para alcanzar su ideal poético, pero todo parece serle hostil y la tradición poética española es la primera dificultad con que se encuentra. Según Cernuda, la tradición poética española, con la excepción de San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Gustavo Adolfo Domínguez o Miguel de Unamuno, es una tradición que mantiene muchos rasgos de su origen popular; no es una poesía áulica, sino una poesía sostenida por un ideal vernáculo que eterniza un tipo de composición genuina de claro ascendiente rural. El Romancero es, todavía en 1930, un paradigma, un modelo que hay que seguir, con el que Luis Cernuda no se identifica: "¿Qué no dirá el atrevido que insinuara el menor reparo acerca del más insignificante fragmento poético del Romancero tradicional?" Él persigue aquellas construcciones de la imaginación que, soberbias, se enfrentan a la realidad y pretenden transformarla, busca dar forma sensible a la idea, al deseo.

No es propicio el medio para desarrollar tal aspiración, ni la tradición poética, ni las composiciones de sus contemporáneos, ni el realismo, del cual se siente tan ufana la literatura española. Tampoco el gusto de la España de su época le es propicio al poeta, un gusto que se afirma en el ingenio barroco y en la ingenuidad de la canción popular. Para Cernuda, la esencia de la poesía entra en contradicción con lo que el pueblo y la tradición exigen y representan: "La tradición exige como condición previa para acercarse a ella la singularidad; lo cual es incompatible con lo colectivo". Su condición de poeta le impone la perentoria realización de su misión espiritual y no puede atender otros principios que los que hacen posible esta misión. No puede complacer ni halagar las necesidades y exigencias del pueblo, ni sus gustos: "No hay que rebajar el arte a la condición actual de las clases inferiores, sino levantar el nivel cultural de éstas, para que algunos, entre todos aquellos que las forman, puedan acercarse al arte si así lo desean".

A Cernuda no le interesa la literatura española, el populismo de su expresión y el anacronismo de muchas de sus formas poéticas, que despiertan en él las más duras invectivas: "¿Qué me importa a mí toda esta estúpida, inhumana, podrida literatura española?" Luis Cernuda se aleja de la realidad objetiva imperante y se adentra en la subjetividad para crear otra realidad pura e ideal, su poesía no puede ser ni descriptiva ni realista, sino que debe ser forzosamente filosófica y reflexiva, pues su misión no es glosar el mundo como es, sino especular cómo podrirá haber sido en el pasado o cómo sería si nos aplicamos en su reconstrucción.La reflexión crítica, el rigor moral y el gusto por la especulación, hacen de Luis Cernuda el primer poeta moderno de la literatura española. Desde sus primeras obras se aprecian sus ansias por construir una idea hecha de realidades intuidas e independientes de la realidad empírica, imaginada como objetiva, perfecta y armónica. Las imágenes que evoca no se elaboran desde la experiencia de la realidad, están fabricadas desde la experiencia del oscuro deseo. Pero Cernuda sabe que la realidad vencerá finalmente y eso le hace superar todas las dificultades para llegar a ser el poeta que desea ser, esta lucha le volvió más exigente, perfeccionó su poesía e hizo más desolada la quimera.

DONDE HABITE EL OLVIDO

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo solo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allá donde termine ese afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

 

Los Borbones en pelota

Los Borbones en pelota

El libro Los Borbones en pelota, firmado bajo el seudónimo: SEM por Gustavo Adolfo Bécquer, pintor de algunas acuarelas y de todos los textos que las acompañaban, y su hermano Valeriano, autor de la mayor parte de las pinturas, recopila en dos volúmenes 89 imágenes satíricas realizadas durante los años 1.868 y 1869. Dicha obra se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid.

Los autores cargan ingenio, sin pudor ni medias tintas, contra la reina Isabel II de España y su decadente Corte. Los personajes principales de la farsa: "Paquita natillas", alias del rey consorte Francisco de Asís; el confesor de la reina, el padre Claret; el presidente del consejo de ministros, González Bravo; sor Patrocinio; Carlos Marfori, amante de la reina y otros personajes son representados en actitudes explícitamente sexuales que conseguirían que se rasgara las vestiduras más de un monárquico. La reina fornicando en escenas orgiásticas, incluso con un burro en las caballerizas. El rey en pleno acto masturbatorio y luciendo una abundante cornamenta. Luis González Bravo y el emperador Napoleón III ensartados por la retaguardia...

Los Borbones en pelota tiene la peculiaridad de presentarnos una cara ignota de Gustavo Adolfo Bécquer. El mito del romanticismo no solo sabe deleitarnos con sus Rimas o con sus Leyendas, en esta obra casi desconocida, realizada en pleno delirio liberal, se aleja de lo políticamente correcto para hacer una dura crítica del agitado ambiente político del momento.

Más imágenes en: Insurgente

Hamlet

Hamlet

La tragedia aparece siempre pintada de negro. ¿Qué es el color negro puro? Es el límite, el término del color, la mezcla de todos los colores y la ausencia de color, el franqueamiento del límite, el hundimiento en el más allá. El color negro, que representa la expresión terrenal de la ausencia de color, del tránsito de todos los colores en su fusión al otro lado del límite, un agujero en el más allá en el que la fusión de todos los colores de la vida humana da como resultado la ausencia de color terrenal, su negación es la tragedia. La tragedia que se articula en torno a un enigma, en torno al abismo de la noche. Es, por así decirlo, la tragedia exterior, tras la cual se oculta una tragedia interior; una tragedia sin máscaras, tras la que se presiente una tragedia de almas.

Así veo siempre a Hamlet: negro. En el cotidiano círculo cerrado del tiempo, en la infinita cadena de horas claras y oscuras, hay una hora, la más confusa y la más inquieta, el límite imperceptible entre la noche y el día. Nada es tan misterioso y oscuro, tan enigmático e incomprensible, como ese extraño paso de la noche al día. Ha llegado la mañana, pero es de noche; el día aún se halla sumergido en la negrura, parece flotar en ella. En esta hora, el tiempo se torna movedizo y recuerda un tremedal que amenaza con hundirse. El inseguro manto del tiempo parece deshilacharse. En esta hora en que todo se muestra vacilante, confuso e inestable, no existen sombras en el sentido habitual de la palabra: imágenes oscuras proyectadas sobre la tierra, sin embargo, percibimos las cosas como si fueran sombras; todo posee su lado nocturno. Es la hora de la melancolía y la mística; la hora en que se desgarra el manto del tiempo; la hora en que se descubre el abismo nocturno, sobre el que se eleva el mundo de día.

Así es la hora que vive el alma que lee o contempla la tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca. En esa hora se halla sumido el lector o el espectador, pues la tragedia misma está marcada por ella, se asemeja a ella: ambas poseen la misma alma. Cuando el alma vive momentos de elevado lirismo, la tragedia puede quedar grabada de forma indeleble, puede herir el corazón de una vez para siempre con el dolor, hasta entonces ignorado, de su encanto.

Insólita y distinta de cualquier otra tragedia. Hamlet carece de lo que podría parecer más necesario y fundamental: la acción dramática. Una tragedia sin acción, sin la lucha del héroe. Hamlet ha llegado al fondo del abismo trágico. La tragedia se deriva de los fundamentos mismos de la existencia humana, es inherente a nuestras vidas, crece de las raíces de nuestros días. Hamlet es la esencia misma de la tragedia. Se desarrolla en el límite de dos mundos y bordea el aquí y el más allá. Su realidad es distinta y atemporal. El dolor que descubre es un velo tenue y trémulo, tejido de dolor y pasión, de angustia y sufrimiento, es un enigma. Unos hilos tenebrosos mueven la acción y atan los pensamientos, mientras que una luz mística y desconocida ilumina el escenario con el color negro.

Shaw

Shaw

El próximo jueves 26 de julio se cumplen 151 años del nacimiento de George Bernard Shaw en Dublín. Vegetariano, excéntrico, socialista, crítico, burlón, reformista, satírico, feminista, uno de los dramaturgos con más éxito del siglo XX y el mejor escritor de comedias de su época. Es, además, el único Premio Nobel de Literatura que también ha recibido un Oscar, por My fair lady, la película que adaptaba su obra Pygmalion.

A los 20 años, se trasladó a Londres y probó suerte como autor de novelas sin ningún éxito. Tampoco empezó con buen pie en el teatro: su primera obra teatral se representó sólo dos veces y la segunda fue censurada. Empezó a vivir de la escritura gracias a las críticas teatrales y musicales. En 1894 obtuvo su primer triunfo con Arms and the man, desde ese momento su éxito es imparable y su producción frenética: hasta la Primera Guerra Mundial estuvo escribiendo nueve obras cada año.

Recibir premios no era muy de su agrado, así cuando la Academia sueca le galardonó, Shaw comentó que posiblemente se le premiara por no haber publicado nada durante ese año y al concedérsele el Oscar manifestó: "Es como si le diesen un premio al rey de Inglaterra por ser rey. Me parece insultante este honor".

Escribir

Comienza el ritual. Te sientas en la silla y colocas las manos sobre las teclas. Como un pianista ávido por desgranar compases, tú vacías tus pensamientos de palabras. Escribes. Escribes en la soledad de tu guarida, con el bullicio de un bar como fondo, entre teléfonos que suenan y compañeros que entran y salen. Escribes porque no sabes hacer nada mejor en esta vida, porque escribir es lo mejor de vivir. Escribes por escribir. Escribes sin escribir. Escribes para seguir vivo. Escribes por no morir. Escribes, escribes, escribes.

La imaginación es un tirano poderoso, maravilloso. Te somete y te espolea. Te muestra caminos verdes y te abandona en los desolados páramos de arenas movedizas. Escribes, reescribes, repasas y corriges. Arañas minutos de aquí y de allá y mientras tu cuerpo se ocupa de realizar escrupulosamente tus obligaciones diarias, la mente escribe: discurre frases, ordena ideas, juega con las palabras hasta darles el sentido adecuado, se lanza a la captura de ese sinónimo escurridizo... Puedes preparar la cena o asistir a una reunión laboral, pero tú sigues escribiendo, nada desvía a la mente de su cometido.

Llegas a una encrucijada y no sabes por dónde tirar. Vuelves atrás por aquella ruta que hace sólo unos segundos conducía directa al punto de destino. Te desalientas. Has perdido las referencias, te has perdido en el bosque de las palabras y decides prender una hoguera con ese montón de papeles que has acumulado. Te duele desprenderte de esos renglones porque están escritos con la tinta de tu sangre, pero necesitas su luz, y vuelves a comenzar una versión y otra y otra, porque adivinas que de aquella morralla saldrá algo, tal vez el libro que deseas escribir.

Al ritmo frenético del día siguen las noches preñadas de dragones que te devoran. Intentas dormir y, sin embargo, escribes. Escribes capítulos enteros en el vacío. Mientras todos duermen, tú te dedicas a escribir, y ni el susurro del amante que te dice muy suave: descansa, puede detener el ritmo de los pensamientos.

La batalla es dura e indispensable, porque sabes, y quizás sea la única certeza, que estás vivo porque escribes y que la muerte llegará cuando dejes de escribir.

Sedente solitario

Sedente solitario

La figura de Edgar Allan Poe es un daguerrotipo, aquel antiguo procedimiento fotográfico que fijaba la imagen con vapores de mercurio y que nunca quedaba nítida del todo. Poe, su vida, su obra y su leyenda, ejercen sobre el público una fascinación cautivadora. Nadie queda indiferente después de leer "El entierro prematuro", La verdad sobre el caso del señor Valdemar" o "El cuervo" porque una inquietud, difícil de explicar, agita la imaginación del lector. Las obras de Poe alteran la sensibilidad, su parte más instintiva e inconsciente, y nos dejan prendidos en los límites de lo desconocido.

Edgar Allan Poe cultivó la poesía, la ficción y la teoría crítica sin llegar a producir ninguna obra maestra. Sus poemas son una cantinela cadenciosa que despierta sentimientos primitivos y en ellos prevalece un sentido musical de la poesía, por eso Poe prefiere la palabra que mejor suena a la que tiene un sentido más adecuado en el poema y, a veces, cae en la incongruencia o en la extravagancia. En sus novelas de terror se mantiene fiel a la tradición que rige el romanticismo anglosajón y en ellas caben todos sus tópicos. En los cuentos no describe lugares, sino la angustia que representa verlos; el lugar no es un espacio, es una sensación. El lector se adentra en la dimensión psicológica de la narración, a caballo entre el mundo sobrenatural y la realidad objetiva, y participa del estado de ánimo de los personajes gracias a la capacidad analítica y a la sutil intuición de Poe.

¿Qué tiene Allan Poe para provocar tanta conmoción? El perfil trágico del autor, el drama de artista romántico, tiene una fuerte ligazón con el hombre que fue. Hijo de actores, su padre alcohólico abandonó a la familia cuando Edgar tenía un par de años y su madre moriría cuando aún no había cumplido los cuatro. Fue separado de sus dos hermanos y adoptado por una estricta familia presbiteriana que le dio su apellido: Allan. El joven Edgar es poco hablador y reservado, se recluye en sí mismo para huir del miedo que le produce el mundo y empieza a beber y a jugar. Cuando sus deudas ascienden a 2.500 dólares, su padre se niega a seguir manteniéndolo y Poe se marcha a Boston con un nombre falso. Se enrola como soldado en la artillería federal, luego entra en la Academia Militar de West Point, de donde es expulsado, publica tres libros de poemas, gana un premio concedido por el periódico local: Baltimore Saturday Visitor, con su narración "Manuscrito hallado en una botella", dirige la revista literaria Southern Literary Messenger, se casa con su prima y enviuda un mes más tarde. Está dispuesto a rehacer su vida, pero cae en una depresión que le lleva de tugurio en tugurio consumiendo opio y bebiendo desmesuradamente, hasta que muere a causa de un delirium tremens.

Gracias a Baudelaire, Mallarmé y Valéry se recuerda hoy su obra. Ellos, como tantos otros, quedaron subyugados por la exaltada imaginación de Poe. Tal vez sea esta imaginación desbordada la que nos cautiva y hace que la obra de Poe no se afirme por lo que es, sino por lo que nosotros proyectamos en ella.

Edgar Allan Poe Museum

Machado y Soria

El 4 de mayo de 1907, hace ya cien años, Antonio Machado llegaba a Soria para encargarse de la cátedra de francés del Instituto de Enseñanza Media. Nacía así el binomio indisoluble entre el poeta andaluz y la ciudad castellana. Cinco años bastaron para hacer de Machado el poeta por excelencia de las tierras sorianas. De ellas marchó poco después de enterrar a su querida Leonor, el gran amor de su vida.

Machado es el primer paisajista lírico de Castilla. Soria se ilumina en la fotografía de sus versos: amplios campos, tierra yerma sin horizonte, aguas de un río que se ensancha, la imperceptible y tardía llegada de la primavera... Con un estilo claro, sencillo y comprometido, Machado abre nuestros sentidos a la belleza de los campos castellanos y nos enseña a admirar la sobriedad y dureza de estos paisajes.

¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, oscuros encinares,

ariscos pedregales, calvas sierras,

caminos blancos y álamos del río,

tardes de Soria, mística y guerrera,

hoy siento por vosotros, en el fondo

del corazón, tristeza,

tristeza que es amor! ¡Campos de Soria

donde parece que las rocas sueñan,

conmigo vais! ¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas!...

Fragmento: Campos de Soria

Antonio Machado en Soria

Tintín

Tintín

El 22 de mayo próximo se cumplirán cien años del nacimiento en Bruselas (Bélgica) de Georges Prosper Remi, el creador de un personaje de cómic que ha trascendido esta condición para convertirse en un icono universal. Fue en 1926 cuando Georges Remi pasó a ser Hergé, al invertir sus iniciales: G y R, lo hizo para firmar Les aventures de Totor C. P. des Hannetons, un cómic que se publicó en la revista Le Boy-Scout.  Remi se había interesado por el dibujo y las historietas y tenía una novia, Marie-Louise, a la que llamaban “Milou”. El año 1925, Georges Remi comienza a trabajar en el diario belga “Le Vingtième Siègle”, en el departamento de suscripciones, y un año después nacen Hergé y su carrera de dibujante de cómics. Tras cumplir el servicio militar, durante el cual continúa publicando las aventuras de Totor, Remi asume nuevas funciones en el diario Le Vingtième Siègle: hace fotos, diseña y se encarga de los suplementos artísticos, literarios y femeninos del periódico. En uno de estos suplementos dedicado a los jóvenes, Herré comenzará a publicar el 10 de enero de 1929 las aventuras de Tintín. Había nacido un mito. Un mito avalado por veintitrés títulos y 140 millones de libros, traducidos a más de 45 idiomas, vendidos en todo el mundo.

Antón Pávlovich Chéjov

Antón Pávlovich Chéjov

Estoy temblando por dentro, como aquella vez que contemplé una página de Les flueurs du mâle manuscrita y percibí entre las irregulares líneas y las tachaduras, el alma de Baudelaire. Ahora tengo ante mis ojos un informe médico escrito por Chéjov. Veo su pluma y esa escritura menuda, las líneas perfectamente simétricas y la ligereza del trazado me hacen evocar a un Chéjov desconocido. El maestro del relato corto, el autor de El tío Vania y La isla de Sajalín me parece tan distinto.

La curiosidad despierta me incita a indagar y leo parte de su correspondencia para conocer al hombre que estudió Medicina en la Universidad de Moscú, pero que fue, ante todo, escritor. Voy de sorpresa en sorpresa al descubrir lo mucho que tenemos en común. "Leer detalles de mi propia vida y, aún más, escribir para la imprenta sobre ese particular, constituye para mí un auténtico martirio". Para mí también es un suplicio escribir mi currículo cuando no puedo rechazar la petición de un editor.

Tras su viaje a la isla de Sajalín, a donde había ido para documentar su libro, escribió: "Lamento no ser un sentimental, de otro modo diría que deberíamos ir en peregrinación a lugares como Sajalín, como los turcos van a La Meca. [...] De los libros que he leído y estoy leyendo se desprende que hemos hecho que millones de hombres se pudran en prisión; hemos dejado que se pudran sin razón alguna, sin criterio, de un modo bárbaro; les hemos obligado a recorrer miles de verstas en medio del frío, encadenados; les hemos contagiado la sífilis, los hemos corrompido, hemos multiplicado la delincuencia, y toda la culpa se la echamos a los carceleros borrachos de nariz roja. En la actualidad toda Europa culta sabe que la culpa no es de los carceleros, sino de cada uno de nosotros; no obstante, nada de eso nos importa ni nos interesa". ¿No es lo mismo que podemos decir hoy de Guantánamo, Afganistán, Iraq...?

Que un ateo escriba: "Dios mío, no permitas que juzgue o hable de lo que no conozco y comprendo", da idea de cuánto le importaba qué escribir y cómo hacerlo. "Lo he visto todo; no obstante, ahora no se trata de lo que he visto, sino de cómo lo he visto". "Cuanto más breves sean tus relatos, más a menudo los publicarán. Pero lo esencial es esto: ten los ojos bien abiertos, vigila y suda, reescribe cinco veces el mismo relato, acórtalo, etc". "Lo único que necesito es tener el talento necesario para distinguir las opiniones importantes de las que no lo son, saber presentar a los personajes y hablar con sus propias palabras". "Las personas que escriben, y los artistas en particular, deben reconocer que en este mundo no hay modo de entender nada, como en su momento lo reconocieron Sócrates y Voltaire. La gente cree saberlo y comprenderlo todo; y cuanto más tonta es, más vasto parece su horizonte. Pero si el artista, al que la gente cree, tuviera el valor de afirmar que no comprende nada de lo que ve, demostraría un gran conocimiento y daría un gran paso en el campo del pensamiento". "El artista, por su parte, sólo debe juzgar lo que comprende; su campo es limitado, como el de cualquier otro especialista: es algo que repito y sobre lo que insisto siempre. Sólo quien no ha escrito nunca y no se ha ocupado nunca de las imágenes puede decir que en su esfera no hay problemas, sólo respuestas".

"Tengo en la cabeza un ejército de gente que quiere salir y espera una orden. Todo lo que he escrito hasta ahora me parece torpe en comparación con lo que querría escribir y escribiría con entusiasmo". "Una descripción debe ser ante todo pintoresca, a fin de que el lector, leyendo y cerrando los ojos, pueda representarse de una vez el paisaje descrito". "Lo mejor de todo es no describir el estado anímico de los personajes; hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones". "Puede llorar o gemir con un cuento, puede sufrir con su personajes, pero considero que debe hacerlo de modo que el lector no se dé cuenta. Cuanto mayor sea su objetividad, más fuerte será la impresión". "No pulir, no limar demasiado; hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es la hermana del talento".

Me he limitado a transcribir las frases de Chéjov que yo suscribo, extraídas para mi uso personal, pero pueden resultarle de utilidad a cualquiera que escriba o aspire a hacerlo. Alguien que ha firmado casi 500 cuentos tiene aval suficiente para que sus principios estéticos sean tomados en cuenta. También, una cosa me ha llevado a otra, he leído el relato que de la muerte del autor hace su esposa: la actriz Olga Knipper. La pareja se encontraba en Badenweiller, una localidad de la Selva Negra. Chéjov llevaba años enfermo de tisis y una noche pidió que llamaran a un médico: "Llegó el doctor Schwörer, pronunció un comentario afectuoso y abrazó a Antón Pávlovich, que se incorporó con insólita seguridad, se sentó y dijo con voz fuerte y clara: 'Me muero'. El médico lo calmó, cogió una jeringuilla, le puso una inyección de alcanfor y ordenó que le dieran champán. Antón Pávlovich tomó la copa llena, miró a su alrededor, me dirigió una sonrisa y dijo: 'Hacía mucho tiempo que no bebía champán'. Apuró la copa hasta el fondo y se volvió hacia la izquierda; apenas tuve tiempo de acercarme, de inclinarme sobre el lecho y de llamarle: ya no respiraba, se había quedado dormido como un niño..." Era el 2 de julio de 1904, Chéjov tenía cuarenta y cuatro años. El escritor no se hacía ilusiones respecto a su inmortalidad literaria, pensaba que, siete años después de su muerte, sería olvidado. Pero ya han transcurrido más de cien y todavía le recordamos y le admiramos. Hoy no se concibe el cuento contemporáneo sin compartir su gusto por la precisión.

 

Goethe

Goethe

Goethe es demasiado amplio para comprenderlo cabalmente, demasiado seguro de sí mismo, incluso arrogante, para quererlo. Frívolo para unos, adusto para otros. Mil caras. Mil máscaras. Las de cualquier artista. Pero Goethe suscita grandes pasiones y grandes fobias, adhesiones y desdén. No es el tipo de escritor que despierta una simpatía íntima con el lector. No es la emoción y el sentimiento lo que hace retornar a sus páginas; Goethe no proporciona libros de cabecera, quizá sí: Las desventuras del joven Werther, pero esta obra la escribió el joven J. W. Goethe, burgués perteneciente a una familia de juristas, en la que latía el ideario reformista. Su rebeldía cautivó a toda una generación. Y aquel joven Goethe murió con su héroe, del mismo pistoletazo. Luego vendría la política, las plantas, los colores, la teoría de las artes, la escenografía, Italia, Schiller, las tertulias... Su obsesión eterna por la belleza, su siempre vivo deseo de acción.

A través de sus escritos, Goethe se revela como un individuo prodigioso, alguien que en su evolución personal refleja los más profundos cambios experimentados por el espíritu europeo en los noventa y dos años que le tocó vivir (1749-1832). Sentimentalismo, cinismo, fatalismo, confiada entrega al destino, apasionamiento, rigidez, mesura... Todas estas facetas se desarrollan mientras Europa pasa de la Revolución a la guerra y de ésta a la Restauración, y un lugar que quería llamarse Alemania siente todas estas conmociones sin abandonar su papel de espectador. Una sólida formación durante su infancia y unas circunstancias personales favorables dieron como fruto a un individuo que vivió mil vidas sin dejar de vivir la suya, algo que siempre genera la envidia de quienes están obligados a inventarse una existencia diferente de la propia.

Merece la pena leer a Goethe, sólo por la dicha de contagiarse de su plenitud.

 

Anotaciones en el diario de J. W. Goethe sobre una obra de Rembrandt (1831)

 

En el grabado "El buen samaritano", se ve en la parte de delante un caballo casi de perfil; un paje lo mantiene junto a la valla. Detrás del caballo, un criado coge en hombros al herido para llevarlo a la casa a la que conduce una escalera comunicada con un balcón. Detrás del umbral se ve al buen samaritano elegantemente vestido, que ya le ha dado algún dinero al posadero y le ha encomendado encarecidamente el cuidado del pobre herido. En el extremo izquierdo, se ve a un joven, con su sombrero adornado por una pluma, que mira asomado a una ventana. A la derecha, sobre un pavimento regular, se ve una fuente de la que una mujer recoge agua.

Esta lámina es una de las más bellas de la obra de Rembrandt; me parece que ha sido grabada con el más extremo cuidado y, a pesar de todo este cuidado, el punzón ha sido usado con desenvoltura.

El viejo bajo el dintel de la puerta ha traído hacia sí la atención del excelente Longhi cuando dice: "No puedo dejar de mencionar la lámina del samaritano, donde Rembrandt ha pintado al buen viejo bajo el dintel de su puerta en una postura que es propia del que tiembla habitualmente, de tal manera que por asociación de los recuerdos parece temblar. Esto no pudo lograrlo, por medio de su arte, ningún otro pintor ni antes, ni después de él".

Continuemos el comentario sobre esta importante lámina.

Es llamativo que el herido, en lugar de ampararse en el criado que intenta llevárselo de allí, se vuelve penosamente, con las manos arrugadas y la cabeza erguida y parece pedir misericordia al joven del sombrero con la pluma que mira por la ventana más bien con actitud fría y poco interesada que preocupado. Con esta torsión, aquél es doblemente oneroso para el que lo apoya en sus hombros, se ve en la cara de éste que la carga le resulta muy pesada. Por nuestra parte estamos convencidos de que él ha reconocido, asomado a la ventana, al jefe de la partida de bandidos que hace poco le ha robado, y que en ese momento se apodera de él el temor de que está siendo conducido a una guarida de bandidos y que el samaritano está también compinchado para perjudicarle. En fin, se encuentra en un estado desesperado de debilidad e indefensión.

Si contemplamos ahora los rostros de las personas aquí representadas, no se ve la fisonomía del samaritano y sólo un poco del perfil del paje que sostiene el caballo. El criado, agobiado por la carga corporal, muestra una cara de fastidio y esfuerzo y una boca cerrada, el viejo herido muestra la expresión más perfecta de indefensión. Totalmente magnífica, bonancible y digna de confianza es la fisonomía del viejo, en contraste con nuestro jefe de bandidos de la esquina, que expresa unas intenciones ocultas pero decididas.

 

Meterme rayas

Meterme rayas

Aprendí a leer a los cuatro años, es de las cosas que le agradezco a mi madre, que me enseñase a descifrar esos signos negros al pie de la imagen de un cuento troquelado.

Fui precoz, supongo. A los siete años leía a Palacio Valdés, a los ocho topé con Shakespeare, a los diez con Maquiavelo. Recuerdo la cara del bibliotecario cuando le pedí "El Príncipe". No es un cuento de hadas, me dijo estupefacto. Ya lo sé, le respondí contrariada. ¿Cómo podía dudar de mí? Sabía lo que quería. Leí y leí. Todo cuanto caía ante mis ojos era devorado con fruición. Por malo que fuera el libro, siempre le encontraba algo bueno, siquiera una raya. Y me metí rayas a mansalva, tres, cuatro libros a la semana, leídos simultáneamente, pues mi cerebro hiperactivo es incapaz de concentrarse en un solo argumento y necesita de constante estímulo. A los catorce años descifraba a Descartes, a Ortega. "El discurso" fue un reto, me costó pillarle el qué, seguirle el hilo, pero lo conseguí. Conseguí entender a un hombre que, a fuerza de dudar de todo, se inventa una mentira en la que creer, una pobre victoria resumida en el cogito.

Con el tiempo me hice crítica, bastaban un par de rayas para saber si habría algo de mi interés en las siguientes. Me gustasen o no, me las metía todas. Hasta el diminuto punto final. No llevo la cuenta exacta, pero son ya más de cuatro mil los libros, con todas sus rayas, que me he metido. Y sigo. Sigo leyendo. Sigo buscando. Nada me sacia. Soy adicta a la tinta, a las palabras. Mi mente simbólica se deleita con el sufrimiento del poeta. Mi mente racional halla el gozo en un razonamiento lógico. Mi mente dispersa habita mundos remotos y diversos. Todo se mezcla en mi cabeza perfectamente organizada.

Hay libros vivos, escritos con sangre y lágrimas, para ellos he construido un altar y me rescatan de la realidad siempre que lo necesito. Sus rayas me las inyecto en vena, se mezclan con mis leucocitos y me estimulan las neuronas del alma. Su aliento me conmueve y su sabiduría me hace comprender que me hallo en la vagina del mundo, a punto de ver la luz que irradia el universo.

Gilda

Gilda

La ves y es imposible olvidarla. Ella se mueve como jamás nadie se ha movido sobre un escenario. Su voz sensual y sugerente es lo de menos: derrite al público con su mirada, su roja melena seduce, su sonrisa hechiza y sus caderas enardecen al más pintado. Actúa en un casino de Buenos Aires. Entre su repertorio: "Amado mío", para calentar motores, y "Put the blame on mame" para quedarse por siempre en nuestra retina. Canta sólo para él, Johnny Farell, es el afortunado destinatario del veneno de su amor, pero la disfrutamos todos.

Avanza por el escenario con ese contoneo de caderas sinuoso que abre la falda de su vestido para mostrarnos la pierna de una bailarina consumada. Sus intensos labios rojos ansían un beso y ella sabe cómo lograrlo, le basta con quitarse un guante para quemar en las llamas de su erotismo al público que la contempla arrebatado. Su espléndida belleza hace el resto, ella es la "Diosa del amor", capaz de embelesar con una simple insinuación más que ningún otro mito erótico.

"Hago lo que quiero, cuando quiero y con quien quiero" y "si fuera un rancho, me llamaría Tierra de Nadie". Una provocación que escandalizaba en 1946 y que hoy es una declaración de principios para cualquier mujer. Nunca conseguía cerrar las cremalleras, pero Rita (Gilda) Hayworth ha logrado pasar a la historia del cine vestida de negro satén y lanzándonos una mirada excitante que obliga a creer en los sueños.

La modernidad

La modernidad

La modernidad supone una quiebra total con lo existente. Constituye la negación de la tradición y el intento de reformar todos los valores. A partir de las últimas décadas del siglo XIX y hasta comienzos de la Primera Guerra Mundial, la cultura occidental se ve sacudida por profundos cambios tecnológicos y culturales, de manera que se abre un abismo entre lo que pertenece al pasado y lo que es moderno.

En muy poco tiempo es posible hablar por teléfono con otra persona que se encuentra a gran distancia y se pueden telegrafiar noticias muy rápidamente a cientos de kilómetros. La bicicleta y el automóvil permiten recorrer distancias en una pequeña fracción del tiempo que antes se necesitaba para hacerlo a pie o a caballo. Por fin, se ha logrado conquistar el aire y se atraviesa el océano Atlántico en el inmenso aeróstato "Zeppelin" o en aviones tambaleantes. El descubrimiento de los rayos X permite observar el interior de las personas sin tener que causarles ni un leve rasguño. Uno va al cine y ve, en paralelo a su propia vida, otra realidad de imágenes que se suceden. Uno sube al ascensor de un rascacielos estadounidense y asciende cientos de metros en vertical. Las nuevas tecnologías reducen las distancias y hacen que la vida sea más rápida. Mientras en el día a día se constata empíricamente que el espacio y el tiempo ya no significan lo mismo que una vez significaron, la teoría de la relatividad de Einstein ratifica que ambas dimensiones no son constantes fijas, sino que dependen de la posición del observador.

Al mismo tiempo se transforman las relaciones entre las personas: hombres y mujeres, padres e hijos y extraños y conocidos. Las mujeres abandonan la familia y se lanzan a la calle para manifestarse por la reivindicación de sus derechos. Sus hijas ejercen una profesión. En las avenidas de las grandes ciudades europeas ha dejado de ser posible reconocer a qué clase social pertenece un hombre por la mera observación de su indumentaria. La imagen de la calle resulta desconcertante por la enorme cantidad de trajes negros, de confección industrial, que esconden la identidad de sus portadores. En los medios de transporte modernos como el tranvía o el autobús, personas totalmente desconocidas se apretujan en un sitio muy reducido. Los usuarios de los medios de transporte públicos aprenden a compartir un espacio y a mirar a impenetrables extraños sin hablar. Los transeúntes de las metrópolis viven la experiencia de la modernidad por excelencia: la soledad y el aislamiento entre la masa. Experimentan el anonimato.

Pero, por otro lado, es posible, al menos en los círculos de los artistas e intelectuales más abiertos, hablar libremente con extraños acerca de temas íntimos, los mismos que sólo veinte años antes hubiera resultado imposible expresar.

La modernidad es la conciencia de vivir un tiempo de desorientación, fragmentación y caos. Ya no hay puntos fijos en los que apoyarse. El mundo parece haberse atomizado en infinitos momentos fugaces. Dado que en el exterior no hay ningún sostén, el individuo desacoplado de su entorno se repliega en sí mismo. El marginado solitario y desarraigado que vaga por la ciudad sin una meta concreta se convertirá en la figura central de la literatura moderna. La experiencia de la vida moderna enseña al hombre que debe construirse su propia seguridad. En esta situación, no queda lejos el abismo que se abre hacia el vacío de sentido. Uno puede desesperarse o simplemente afirmar que nada tiene sentido. Su expresión más extrema es la sistematización del sinsentido en las acciones de los dadaístas como Kurt Schwitters o Tristan Tzara, que escandalizaban a su confundido público con poesías sonoras ininteligibles. La misma profunda desconfianza hacia la existencia de sentido originó el arte del francés Marcel Duchamp cuando proclamaba que ciertos objetos de uso cotidiano, como un portabotellas, constituían obras de arte.

En la modernidad desaparecen todas las leyes de sujeción universal. Se desvanece la posibilidad de adoptar una posición con validez general. Ya no hay una realidad, sino diversas perspectivas. Sólo existen muchas percepciones de imposible coordinación que proceden de innumerables individuos aislados. La realidad es una cuestión de puntos de vista y, para poder percibirla adecuadamente, es necesario ser capaz de modificar el enfoque y los contextos. Por esa razón, los pintores destrozan la perspectiva central con el cubismo, y los artistas descubren el collage, creando nuevas uniones con objetos muy diferentes: papel de periódico, madera y color. Por el mismo motivo, la narración de las novelas se deshace en un permanente cambio de perspectiva, de acuerdo con los flujos de la conciencia de los personajes.

La modernidad supone el descubrimiento de la complejidad del mundo. En algún momento entre 1900 y 1915, en la conciencia del mundo occidental cala la idea de que el mundo ya no tiene un orden que se pueda comprender en su totalidad. Virginia Woolf fijó una fecha más concreta, anunció que en 1910 había cambiado el carácter humano, con esta fecha aludía a la exposición de los postimpresionistas en Londres, en la que colgaban, entre otros, cuadros de Van Gogh y Cézanne. Estas imágenes, totalmente insólitas para el público que asistió a la exposición, eran la prueba de que con la experiencia de lo moderno cambiaba la percepción.

 

*Cuadro: The lake at Annecy de Cézanne

Mein Kampf

Mein Kampf

En su calidad de autobiografía política, Mein Kampf ofrece una visión imprescindible de los orígenes de Hitler y de las influencias que, en el transcurso de su formación, modelaron su concepción del mundo. Adolf Hitler nació en la pequeña localidad de Braunanu del Inn, situada en la frontera de Austria con Babiera, el 20 de abril de 1889. En sus años de adolescente, transcurridos en parte en la ciudad de Linz, recibió la influencia de la ideología pangermanista del político extremista Georg von Schönerer, el nacionalista alemán más destacado de Austria, que era partidario de la unión de los estados en un gran Reich. Schönerer odiaba con toda su alma a los checos y a otras nacionalidades vecinas, a la Iglesia católica romana y, de modo muy especial, a los judíos. Como reconoce con franqueza el propio Hitler en Mein Kampf, recibió una poderosa influencia del antisemitismo racista de Schönerer que le llevó a asumir los postulados radicales del político sobre de un antisemitismo étnico intransigente, basado en la sangre y en la raza, aprendió a identificarse con el culto germánico al führer (líder) y adoptó el saludo alemán de Schönerer: ¡Heil!

Otro importante modelo a imitar para el joven Hitler fue el alcalde de Viena, Kart Lueger, un popular líder del Partido Socialcristiano que había accedido al poder gracias al uso hábil y demagógico que hizo del antisemitismo. En su propaganda, Lueger fusionaba el prejuicio católico contra los "asesinos de Cristo" con los resentimientos anticapitalistas más modernos de una clase media baja en declive y enfrentada a la crisis económica.

La otra gran influencia sobre la visión de Hitler acerca de los judíos la constituyó el compositor nacionalista alemán Richard Wagner, cuyas óperas conocía de memoria. La intensidad de la identificación emocional de Hitler con Wagner, cuyas diatribas contra el papel corruptor de los judíos en la música y el arte conocía sin duda alguna, le confirió una gran importancia especial a ese nexo: los pasajes de Mein Kampf que aseguran que "el judío" jamás ha producido ninguna clase de arte creativo por sus propios medios y describen su actividad cultural "parasitaria" en un lenguaje que bien podría estar plagiado de textos del compositor. Para Wagner, los judíos representaban la "conciencia maligna de nuestra civilización moderna".

Hay otro aspecto que no puede pasarse por alto y es la realidad que Hitler contemplaba en las calles de Viena. Según relata en su obra, aquella "aparición en caftán negro y con bucles de pelo negro" le hizo reflexionar acerca de la condición de extranjero del judío: "Comenzaba a ver judíos, y cuantos más veía, más distintos aparecían a mis ojos del resto de la humanidad".

Mein Kampf es un texto impregnado de obsesiones sobre la "pureza racial" y también del principio, característico del darwinismo social, de la lucha implacable de toda nación por su propia conservación. En una profecía apocalíptica, del estilo de las que invocaría con frecuencia a partir de 1939 siempre que se refería a "la solución final" de la "cuestión judía", Hitler escribió: "Si, con la ayuda del credo marxista, el judío logra la victoria sobre los demás pueblos del mundo, su corona será la corona fúnebre de la humanidad... Por eso hoy creo que estoy actuando de acuerdo con el deseo del Creador todopoderoso: al defenderme del judío, estoy realizando la obra del Señor". Para Hitler, la "guerra contra los judíos" era un asunto existencial de vida o muerte, una cuestión de "todo o nada" en la cual se hallaba en juego el futuro de la civilización. Había también otros temas afines que, de modo retrospectivo, parecen prefigurar el Holocausto, por ejemplo, la afirmación en Mein Kampf de que, durante la Primera Guerra Mundial, debería haberse gaseado entre 12.000 y 15.000 judíos ("hebros corruptores") con lo cual "el sacrificio de millones de hombres en el frente no habría sido en vano".

 

* El libro, Mein Kampf (Mi lucha), fue escrito por Hitler durante su estancia de nueve meses en la cárcel de Landsberg, en 1924. Esta obra se convirtió en la Biblia del movimiento nazi y en un texto fundamental del antisemitismo.

 

La literatura te elige

La literatura te elige.

Las historias te llaman,

te susurran o te gritan que quieren ser contadas,

se cuelan en tu cerebro y se te enganchan al alma.

"Tienes que hablar por mí", te exige el personaje.

Sólo puedes ceder a sus conminaciones,

es la única manera de liberarse de ese secuestro,

y pagas el rescate escribiendo.

Cada historia tiene un latido propio,

requiere un lenguaje distintivo,

un ritmo adecuado.

Lo difícil es sumergirse en esa vida ajena sin que se haga propia,

mirar sin prejuicios y sin dejar de ser uno mismo.

Este equilibro no se llama objetividad, la objetividad es un estupidez, un imposible.

Hay que vivir la otra vida intentando no perder la tuya,

si te conviertes en el personaje, nadie desde fuera logrará comprender,

si no lo haces, será imposible contar su historia.

Sí, es un oficio de locos este de escribir.

Por eso la literatura es un arte, el arte de mantenerse cuerdo, el de sobrevivir a las putadas que conlleva la profesión, el de saber vomitar la tinta que te ha envenenado las entrañas, el de mantener la nariz fuera del miasma para seguir respirando.

Luego toca pedir perdón al lector por los pecados cometidos, por la inexactitud de las palabras, por las limitaciones de nuestra condición humana. Ésta es la prueba de fuego, la que distingue al escritor del que escribe.

 

Tras el bombardeo alemán

Tras el bombardeo alemán

Holland House Library, London 1940

"Allí donde queman libros, acaban quemando hombres", Heinrich Heine.

Voces globalizadas

En el mercado literario global hay de todo y para todos los gustos: literatura reivindicativa, gay, judía o rusa.

En el mercado literario global todo vale y todo tiene su público. Pudiera parecer que la expresión individual que debería suponérsele a cualquier texto literario artístico está en auge y que la literatura se ha enriquecido por las múltiples aportaciones individuales, que las técnicas literarias son más fértiles y variadas y las percepciones ofrecidas son únicas, sin embargo, ha ocurrido lo contrario. Las voces individuales son cada vez más raras. Cada voz, cada texto, se inserta en el nicho del mercado correspondiente al momento, se adapta a la palabra moda, a los códigos del mercado. Para ser escuchado, el escritor modula su voz, consciente o inconscientemente, según las exigencias del mercado o de sus posibles lectores. Aunque jamás se le pase por la cabeza, aunque lo niegue, esta traducción al lenguaje del mercado se produce al margen de su control: en el propio mercado, en la recepción de los textos, en la lectura, etc. Así el derecho a la autenticidad del “otro” rebota en el escritor y en su texto como un bumerán. 

En su intento por escapar de una trampa, el escritor se ha metido en otra. Hoy está más vestido que nunca de etiquetas de identidad, las cuales determinan su lugar en el mercado y la comprensión que pueda haber entre él y sus lectores. Admitamos que las identidades facilitan la comunicación en el mercado, pero también rebajan terriblemente el significado del texto, lo empobrecen, cuando no lo distorsionan. El texto literario se lee cada vez más en clave: masculina o femenina, racial, nacional, cultural, sexual o política. Su valor es disminuido por un mercado que vende libros como cualquier otro producto, únicamente sobre las bases de unas categorías.  

El escritor contemporáneo con aspiraciones de alta literatura queda confundido ante la ausencia de un sistema de valores, y al lector se le hace cada vez más difícil orientarse ante esta misma ausencia. El escritor “serio” vive una especie de vida clandestina, oculta sus elevados intereses y sus gustos literarios por temor a ser acusado de elitismo. Porque ocurre que los promotores de la cultura de masas, numéricamente superiores, los ciberapasionados, los optimistas de la cultura y los antielitistas se abalanzan sobre cualquier “muermo literario” de esos que tienen en su escritorio un retrato de Wilde.