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Baudelaire crítico

Baudelaire crítico

Los espíritus de dos seres que se aman se comunican forzosamente, Baudelaire

 

Para la literatura, Charles Baudelaire es poeta, sin embargo, y aunque toda su obra rezume poesía, Baudelaire es también un excelente crítico.

Baudelaire es un crítico moderno, capaz de combinar hábilmente su percepción de una obra, su opinión sobre ella y una visión sincera que anime al público a conocerla. Reivindica el acercamiento al hombre, al artista o al escritor como individuos y propone ceder a la magia creativa para disfrutar de un cuadro, de una novela, de un poema... Baudelaire habla de los espíritus invisibles al ojo humano que rodean al poeta y cuya presencia capta el crítico. Defiende el arte puro, verdadero, porque es el único que no cansa, que no satura, que no mata la curiosidad, sino que la despierta. Incluso lo horrible, lo apestoso, también puede ser bello: es que lo horrible, artísticamente expresado, se convierte en belleza. Todos los artistas que admira, todas las obras admirables, son calificadas como sublimes: Balzac, Gautier, Madame Bovary... y es el receptor, quien contempla un cuadro o lee un libro con los ojos del alma, el único capaz de hacer sublime una obra al revestirla de grandeza.

Notas tomadas al azar y provocadas por la lectura de un libro, prólogos, consejos a los amigos, artículos, escritos estéticos, ideas para una posible obra, todo compone un cuerpo literario que retrata al Baudelaire hombre y al artista.

 

PENSAMIENTO DE DIARIO

A medida que el hombre avanza en la vida y va viendo las cosas desde lo alto, aquello que el mundo ha convenido en denominar belleza empieza a perder importancia, así como la voluptuosidad y demás pamplinas. Ante miradas desencantadas pero clarividentes, todas las estaciones tienen su valor, y el invierno no es la peor ni la más mágica. A partir de ese momento, la belleza no será más que la promesa de la felicidad, decía Stendhal, si recuerdo bien. La belleza será la forma que garantiza mayor bondad, mayor fidelidad al juramento, mayor lealtad en el cumplimiento de lo convenido, mayor delicadeza en las relaciones con los demás. La fealdad será crueldad, avaricia, estupidez, mentira. La mayoría de los jóvenes ignoran estas cosas y cuando se enteran es a costa suya. Algunos entre nosotros ya lo saben hoy; pero lo que aprenden sólo les vale a ellos. ¿Cómo explicar a un joven alocado que la irresistible simpatía que siento por las mujeres de cierta edad, esos seres que han sufrido tanto por culpa de sus amantes, sus maridos, sus hijos, y también por sus propias faltas, carece de toda connotación sexual?

Si la idea de Virtud y Amor universal no está implícita en todos nuestros placeres, todos nuestros placeres se convertirán en torturas y remordimientos.

26 de agosto de 1851

 

Pensamiento de diario, publicado en facsímil por Paul Fuchs en el suplemento literario del periódico Figaro del 7 de febrero de 1925.

*Fotografía: Gaspar Félix Tournachon, Nadar (1820-1910)

Por qué escribo

Por qué escribo

El escritor ¿nace o se hace? ¿Es un artista? ¿Es un bohemio? ¿Es un masoquista? ¿Los libros se escriben a mano o a máquina? Pero antes que nada: ¿por qué escribir?

En un proceso como éste, de gran complejidad humana, cabe una enorme diversidad de experiencias y los autores han dado a esta pregunta respuestas muy variadas, como: "porque constituye mi única posibilidad de existencia interior" (F. Kafka), "escribo para sobrevivir" (Unamuno), "para saber por qué escribo" (A. Moravia), "para investigar la ambigüedad" (A. Burgess), "para ordenar el caos" (A. Gala), "para vivir otras vidas" (R. Chacel), "para olvidar la realidad" (C. Martín Gaite), "para no hacer cosas peores" (M. Vargas Llosa), "para ganar dinero" (K. Follett)...

De entre todas las anteriores, yo me adhiero a la de Rosa Chacel, aunque, con un matiz, pues para mí es más importante el por que el para, el impulso que me mueve que la meta que alcanzo, ya que, básicamente, escribo por necesidad, porque no puedo evitarlo. Y la consecuencia de que escribir sea una necesidad vital es que se crea con la pasión, con las vísceras, y no sólo con la inteligencia y con la técnica lingüística. Se busca la emoción, transmitirla al lector, más que la admiración. Aunque también me mueve la recompensa de ser leída, para qué engañar a nadie.

No tengo nada que objetarle a aquél que escribe por dinero, motivo legítimo donde los haya, ni a quien esgrima cualquier otro argumento, pero cuando se escribe para algo, la literatura es un medio y cuando se hace por algo, es un fin en sí misma. Por eso sé que mientras viva escribiré, me es indispensable. No me importa si publico, si gano premios literarios, si me reconocen por ello o no. No pretendo nada de la literatura, sólo hacerla. ¿Pero de dónde surge la necesidad de escribir? ¿Por qué alguien deviene escritor? La Psicología me ha enseñado que este tipo de escritura, la nacida de las entrañas del autor, es una excelente terapia, ya lo dijo Hemigway: "Mi psicoanalista es mi máquina de escribir", y es que escribir puede librarle a uno de muchas tensiones, que se descargan en el papel. Escribir es desnudarse, exhibirse, aunque sea bajo una máscara que puede ser más reveladora incluso que el propio rostro. Si bien, además de mostrarse, el autor se descubre a sí mismo escribiendo, viaja a su mundo interior, nunca del todo investigado, y redescubre aspectos de su vida que yacían enterrados en el subconsciente.

Un escritor se hace al mismo tiempo que hace, y crecer en todos los sentidos, además de en el creativo, es otra de las motivaciones que tengo a la hora de escribir, pero ¿por qué de entre todas las artes creativas o incluso de la ciencia uno elige la escritura? Supongo que el gusto por la literatura se larva ya desde la infancia y que el ambiente en el que nos desarrollamos resulta decisivo. Yo tuve la fortuna de nacer en un hogar donde había libros y de aprender a leer a temprana edad, me gustaba aislarme en cualquier rincón y disfrutar de un rato de lectura, lejos del suelo y de los otros, en el reino de la fantasía. El Buscón, El Lazarillo, Palacio Valdés y Cervantes estaban en un estante, al alcance de mi mano, y ellos me acompañaron en mi niñez.

Junto a la ventaja ambiental, considero decisivos ciertos aspectos negativos que viví durante aquella etapa de mi vida, aspectos que me obligaron a esquivar el mundo real y guarecerme en otro menos inhóspito. Hoy, como adulta, comprendo que la lectura fue un refugio, una salvación, además de una forma de evadirme de la realidad que me circundaba. Imagino que mi caso no es único, que somos muchos los que hemos llegado a la pluma a través de la lectura, y que los escritores somos gente un tanto insegura, por eso, en lugar de hacer, escribimos.

La literatura me ha hecho a mí, a contribuido a moldearme, y ahora que yo intento hacer literatura, a la par que creo, me enriquezco con nuevas experiencias, vivo otras vidas, me identifico con ellas, soy como una esponja absorbiendo cuanto me rodea, reúno los elementos con los que después iré trabajando, capto los detalles de mi entorno, interpreto el mundo, porque, además de exhibicionista, un escritor es voyeur.

Según mi experiencia, al margen del acto racional de escribir, existe la inspiración, ese hálito que percibimos dentro de nosotros y que no sabemos muy bien de dónde surge ni por qué. De repente, una idea cobra vida en nuestra mente con inusitada energía, se impone por sí misma, ajena a nuestra voluntad, nos obsesiona, y sabemos que sólo nos libraremos de ella desarrollándola. ¿Elige un autor el tema de su obra o bien el tema le elige a él? La inspiración puede brotar de cualquier parte, nos la proporciona una persona que pasa a nuestro lado, una lectura, un hecho, un paisaje, nuestro propio yo. Todo puede servir.

Progresivamente, el material inicial va creciendo, ya que unos datos me llevan a otros, y porque la imaginación, estimulada por los descubrimientos, no deja de funcionar, de sugerir, de inventar. Con todos los ingredientes recopilados elaboro un argumento. Al principio trazo el plan de la obra, aunque este proyecto inicial permanezca abierto a sucesivas modificaciones, que en ocasiones van surgiendo sobre la marcha, porque juzgo que estructurar demasiado la historia es encorsetarla con un rigor artificioso que resta espontaneidad al relato y mata su frescura.

A veces la trama topa con caminos inesperados, que nunca hay que dejar de explorar, y el curso de los acontecimientos cambia; o un personaje se rebela al destino que le he impuesto, quizás ello se deba a que ha cobrado vida propia, como aseguran algunos autores, no seré yo quien afirme que mis personajes viven, pero sí que su rebeldía, lejos de sorprenderme, me hace pensar que algo de personalidad he logrado infundir en ellos.

Resumiendo, planifico, pero no demasiado, ni para vivir ni para escribir sirve de nada el exceso de cálculo, más bien conviene, como sugiere Nietzsche, andar un poco desprevenido. En cambio, cuido mucho la verosimilitud, la psicología de los personajes, la estructura, procuro lograr la armonía entre los diversos elementos, mezclar los episodios, no obviar los datos significativos. Me guío por la intuición y la experiencia, sin preocuparme por si mi obra es vendible o no, ni por si se atiene a la moda del momento o a cualquier otra circunstancia ajena a mi brújula interior.

Por descontado que corrijo, y mucho, soy una perfeccionista acérrima. Pulo mi prosa para eliminar deficiencias, pero sin ninguna mortificación estilística. Si algún pasaje requiere lirismo, trato de dárselo, pero mi meta no es una frase memorable, sino un relato expresivo en su conjunto. Una historia no es sólo lo que cuentas, sino, sobre todo, cómo lo cuentas.

Asumo que soy culpable de mis propios textos y a pesar de pertenecer a esa desdichada grey de quienes viven el oficio de escritor como una especie de obsesión, me compensa con creces la emoción de escribir y de crear, y que, de tanto en tanto, alguien me diga que se ha emocionado leyendo algo mío. Y es que cuando uno se confiesa enamorado de la Literatura, ya lo ha dicho todo.

Escribir es sufrir

"A menudo me pregunto por qué escribo. No es sólo para hacer obras bonitas o relatos entretenidos. Es una actividad que parece necesito para sobrevivir. Me siento fatal cuando no lo hago. No es que escribir me produzca un gran placer, pero si no lo hago es mucho peor". Paul Auster.

"Para mí, escribir es menospreciarme; pero no puedo dejar de escribir. Escribir es como la droga que me repugna y que tomo, el vicio que menosprecio y en que vivo [...]. Escribir, sí, es perderse, pero todos se pierden, porque todo es pérdida. Pero yo me pierdo sin alegría, no como el río en la desembocadura para la cual nació desconocido, sino como el lago que se forma en la playa por la marea alta, el agua del cual nunca más vuelve al mar". Pessoa.

"¿Por qué escribo? Es mi lado masoquista, supongo". Soyinka.

"Amo mi trabajo con un amor frenético y perverso, como ama el asceta el cilicio que le desgarra el vientre". Flaubert.

"Cada mañana olvido qué escribí la víspera... a veces, cuando veo qué pasa en el mundo, me digo: ¿por qué escribir? Pero vale más trabajar, trabajar. Trabajar y ayudar a quien lo merece. Trabajar incluso si a veces se dice que es un esfuerzo inútil. Trabajar como una forma de protesta". García Lorca.

"Escribo por asco. Por asco de mí mismo y del mundo que hemos llegado a construir". Álvaro Mutis.

"Hace falta ser neurótico para dedicarse a esta barbaridad". Monterroso.

"En el mejor de los casos, la literatura es una actividad tonta. Es un poco ridículo escribir un cuadro de la vida. Y exagerando la broma: te tienes que retirar de la vida durante un tiempo para pintar este cuadro. Y tercero, tienes que distorsionar la propia manera de vivir a fin de despertar, de alguna manera, la normalidad de otras vidas. Así has reconocido todo este absurdo, lo que emerge quizá sea el más pálido de los reflejos [...]. Y la estupidez más grande de todas radica en el hecho de hacer todo eso". Steinbeck.

"A continuación os doy un ejemplo del vacío que tengo. Hace años que no leo ninguna obra literaria. Tengo la cabeza llena de piedras y porquerías y cerillas rotas y montones de vidrios recogidos por todas partes. La tarea que me impongo cuando escribo un libro desde dieciocho puntos de vista diferentes y con otros tantos estilos aparentemente desconocidos [...] bastarían para desequilibrar la mente de cualquiera". James Joyce.

"Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible liberarse, ya que nada lo sustituye. Y es una salvación". Clarice Lispector.

"Noto cómo una mano inflexible se me va llevando la vida cuando no escribo". Frank Kafka.

El libro

El libro

El libro entra en nuestras vidas de pequeños y lo hace casi como un elemento de tortura, hay que memorizar, realizar resúmenes y análisis gramaticales de su contenido.

El sistema educativo contribuye a hacer odiar la lectura en lugar de fomentar en el niño el deseo de leer, de entretenerse, de adquirir conocimiento.

Leer es un placer cuando uno escoge libremente los argumentos y el momento adecuado para entregarse a la lectura. Es un derecho leer los libros que uno decide, sin que prevalezca en la elección el criterio pedagógico o el comercial.

La inteligencia y la fantasía de un niño se desperdician en parte porque en la escuela se aprende a leer, pero no se fomenta la capacidad de pensar, de imaginar, de entender. El libro enseña estructuras lingüísticas, leyes físicas, datos científicos y aporta pocas satisfacciones emocionales, por eso no es de extrañar que una vez abandonada la etapa de formación académica, no se vuelva a tocar un libro.

El libro debería ser un juguete, un estímulo para sentir y vivir emociones, una herramienta para desarrollar la fantasía. Si se consigue que un niño se apasione por la lectura desde sus primeros años, nunca dejará de leer.

Camus

Camus

En 1957, Albert Camus era galardonado con el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose así en el premiado más joven después de Kipling. Camus aprovechó la decisión de la Academia sueca para iluminar al mundo con un discurso que es una formidable lección de ética y con él provocó una conmoción. Hoy, cincuenta años después, el discurso que pronunció en Estocolmo se ha convertido en el paradigma del compromiso del escritor con su tiempo.

La misión del escritor, discurso pronunciado por Albert Camus en la recepción de Premio Nobel de Literatura

Al recibir la distinción con que vuestra libre academia ha querido honrarme, mi gratitud es tanto más profunda cuanto que mido hasta qué punto esa recompensa excede mis méritos personales.

Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que él es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer vuestra decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre casi joven todavía rico sólo de dudas, con una obra apenas en desarrollo, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin cierta especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, en plena luz? ¿Con qué estado de ánimo podría recibir ese honor al tiempo que, en tantas partes, otros escritores, algunos entre los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natral conoce incesantes desdichas?

Sinceramente he sentido esa inquietud y ese malestar. Para recobrar mi inquietud y este malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme a tono con un destino harto generoso. Y como me era imposible igualarme a él con el sólo apoyo de mis méritos, no ha llegado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitidme que, aunque sólo sea en prueba de reconocimiento y amistad, os diga, con la sencillez que me sea posible, cuál es esa idea.

Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de toda otra cosa. Por el contrario, si él me es necesario, es porque no me separa de nadie y que me permite vivir, tal como soy, al nivel de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues al artista a no aislarse; muchas veces he elegido su destino más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia sino confesando su semejanza con todos.

El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo a los demás; equidistantes entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar, y sin han de tomar un partido en este mundo, este sólo puede ser el de una sociedad en la que según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.

Por lo mismo, el papel del escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición, no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si lo consintiera. Pero el silencio de un prisionero desconocido, basta para sacar al escritor de su soledad, cada vez, al menos, que logra, en medio de los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trata de recogerlo y reemplazarlo para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.

Ninguno de nosotros es lo bastante grande para semejante vocación. Pero en todas las circunstancias de su vida, oscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre de poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificara a condición de que acepte, en la medida de lo posible, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad y el servicio de la libertad. Y pues su vocación es agrupar el mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira y a la servidumbre que, donde reinan, hacen proliferar las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia a la opresión.

Durante más de veinte años de una historia demencial, perdido sin recurso, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, esencialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres -nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años a tiempo de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, y que para poder completar su educación se vieron enfrentados luego a la guerra de España, la segunda guerra mundial, el universo de los campos de concentración, la Europa de la tortura y las prisiones -se ven obligados a orientar sus hijos y sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta que llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación, han reivindicado el derecho y el deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad. Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrías hacerlo, pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden destruirlo todo, no saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión, esa generación ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de sus amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores arriesgan establecer para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la alianza. No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero lo cierto es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y que, llegado al momento, sabe morir sin odio por ella.

Es esta generación la que debe ser saludada y alentada donde quiera que se halla y, sobre todo, donde se sacrifica. En ella, seguro de vuestra segura aprobación, quisiera yo declinar hoy el honor que acabáis de hacerme.

Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y la belleza; consagrado, en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.

¿Quién, después de esos, podrá esperar que el presente soluciones ya hechas y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse predicador de virtud? En cuanto a mí, necesito decir una vez más que no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad y esperanza de volverlos a vivir.

Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos límites, a mis deudas y también a mi fe difícil, me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabáis de hacerme. Más libre también para deciros que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando en el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Sólo me resta daros las gracias, desde el fondo de mi corazón, y haceros públicamente, en prenda de personal gratitud, la misma y vieja promesa de felicidad que cada verdadero artista se hace a sí mismo, silenciosamente, todos los días. 

 

*La misión del escritor, fuente: Temakel

Leer libros

Leer libros

Por 165, 95 € podemos adquirir Levo Book Holder, un atril para libros que permite leer tumbado en un sillón o en la cama, sin necesidad de sujetar el libro con las manos.

Siempre me ha gustado el contacto con los libros: tocarlos, olerlos, sentirlos... Habrá quien me entienda perfectamente y habrá quien piense que es una soplapollez. No sé quién, pero alguien dijo que el acto de leer es uno de los más egoístas y radicalmente personales e intransferibles que existen. La relación que se establece con el libro es única y cada uno se la plantea de manera diferente. Juan Ramón Jiménez, un tipo peculiar, antes de coger un libro se lavaba las manos tres o cuatro veces, la última vez usaba siempre colonia. Azorín leía cómodamente arrellanado en un sillón de orejas, de espaldas a la ventana, junto a una mesa camilla con brasero y con una manta cubriéndole las piernas.

Yo abro un libro y respiro su inconfundible aroma a tinta y a papel clorado. Acaricio las páginas y las tapas antes de recorrer las carreteras de palabras que me llevarán al destino final y por el camino, procuro no alterar la encuadernación y preservar intacto aquel volumen que luego conservo en los estantes de mi biblioteca como si jamás hubiera sido hollado por mi mano. No presto mis libros a nadie, una vez lo hice y La isla de coral regresó completamente esmanguillado*. Así que no he vuelto a arriesgarme.

Siento un respeto reverencial por el libro. En la primera escuela a la que asistí, me inculcaron que los libros se forran antes de abrirlos y que nunca, nunca se subrayan o se escribe en ellos otra cosa que no sea el nombre de su propietario. Por eso leo con un bloc de notas y un bolígrafo. Por eso este artilugio para leer libros de manera aséptica no va conmigo.  

 

*Esmanguillado. Vocablo de mi invención que viene a significar: desencuadernado, manchado, con las páginas dobladas, alterado.

William Faulkner

William Faulkner

"El artista sigue trabajando sin descanso y volviendo a comenzar: y cada vez cree que logrará su fin, que integrará su obra. No lo logrará, como es natural; y de ahí la razón de que este estado de ánimo sea fecundo. Si alguna vez lo consiguiera, si su obra llegara a poder equipararse con la imagen que se hizo de ella, con su sueño, sólo le restaría precipitarse desde el pináculo de esa perfección definitiva, y suicidarse". William Faulkner

 

Un lobo estepario

Un lobo estepario

"Soy un poeta, un buscador y un confesor comprometido con la verdad y la sinceridad. Tengo una misión, por mucho que ésta sea pequeña y restringida: ayudar a otros buscadores a entender y soportar el mundo, aunque sólo sea para que sepan que no están solos". Hermann Hesse.

 

Hermann Hesse es un escritor singular y carismático, una rara avis en el panorama literario del siglo XX. Idealista, rebelde, fantasioso, siempre inconformista y combativo, alzó su voz honesta y sensible para conectar con espíritus libres deseosos de alzar el vuelo. Nació en una pequeña ciudad alemana en 1877 y a los trece años de edad decidió ser "poeta o nada", su aversión hacia todo el mundo académico le llevó a estudiar como autodidacta literatura universal, filosofía, historia del arte y varias lenguas. Sus padres, unos misioneros un tanto fanáticos y extremadamente moralistas, se horrorizaron ante esta decisión e intentaron disuadirle. "Huye de la musa febril como si fuera una serpiente; ella es la que se desliza en el paraíso y cierto día te ofrecerá el veneno a través del paraíso del amor y la poesía", le escribió su madre tras la publicación de su obra "Una hora después de medianoche", pero él consiguió su propósito y vivió para escribir. La pintura también sería su pasión y se han dedicado exposiciones a su obra pictórica en todo el mundo. "La pequeña paleta repleta de colores puros y luminosos que se entremezclan era mi consuelo, mi arsenal, mi devocionario y el cañón con el que disparaba después de muerto. Con ella he hecho magia más de mil veces, y he ganado mi lucha contra la estúpida realidad", diría el autor en su obra "El último verano de Klinsor", con importante base autobiográfica.

Durante la I Guerra Mundial, Hesse se afincó en la Suiza neutral. Años más tarde fue duramente criticado por no condenar explícitamente el régimen nacionalsocialista y Hesse quedó bajo sospecha a los ojos de buena parte de la emigración alemana en el exilio suizo, pese a las críticas y los reproches, no abandonó su postura independiente: "Antes ser apaleado por un fascista que convertirme en fascista. Antes ser apaleado por un comunista que convertirme en comunista", manifestó.

"Bajo las ruedas", "Demian", "Siddhartha", "El juego de los abalorios", "Narciso y Godmundo". "El lobo estepario", "Lectura para minutos"... La academia sueca le concedió el Premio Nobel de Literatura en 1946 y desde ese momento Hesse sufrió el acoso de miles de admiradores y periodistas que deseaban conocerle. Personas de toda índole recurrían a él buscando consejo o remedio a sus problemas existenciales y se convirtió en el gurú involuntario de una Europa que renacía después de la guerra. Durante los últimos quince años de su vida dedicó una buena parte de su tiempo a responder a los montones de cartas que le enviaban cada día, llegó a recibir más de 30.000, muchas de las cuales se conservan en la Biblioteca de Berna. Cuando le hallaron muerto, en 1962, abrazaba un ejemplar de las Confesiones de San Agustín, y junto a la cama había dejado el poema en el que trabajaba:

Crujido de una rama quebrada

Rama en astillas quebrada

colgando año tras año,

seca cruje su canción al viento,

sin hojas, sin corteza,

raída, amarillenta, para una larga vida,

para una larga muerte fatigada.

Duro suena y tenaz su canto,

suena obstinado, suena secretamente amedrentado.

Todavía un verano,

Todavía un invierno más.

Hermann Hesse recibió algunas cartas que le culpaban del suicidio de jóvenes cuya muerte estaba presuntamente motivada por la lectura de su novela "El lobo estepario". Pienso que resulta excesivo acusar a una novela o a su autor de la íntima y drástica decisión de quitarse la vida, pero también admito que las palabras de Hesse fascinan y atraen. Dibuja cuadros con concisión creando ambientes mágicos y retrata con maestría personajes reveladores que no dejan indiferente a nadie. Sabe describir como pocos los estados emocionales que todos hemos experimentado alguna vez y provoca intensas identificaciones.

A los dieciséis años leí "Siddhartha", la historia del hijo de un brahmán que abandona la casa paterna para encontrar la liberación y la verdad a través del autodescubrimiento. La obra me causó una profunda impresión: "Siddhartha tenía un fin, una meta única: deseaba quedarse vacío, sin sed, sin deseos, sin sueños, sin alegrías ni penas. Deseaba morirse para alejarse de sí mismo, para no ser él, para encontrar la tranquilidad en el corazón vacío, para permanecer abierto al milagro a través de los pensamientos despersonalizados: ése era su objetivo. Cuando todo el yo se encontrase vencido y muerto, cuando se callasen todos los vicios y todos los impulsos en su corazón, entonces tendría que despertar lo último, lo más íntimo del ser, lo que ya no es el yo, sino el gran secreto". La novela ejerció en mí una poderosa influencia, ayuné durante quince días para alcanzar la meta de los ascetas, de los enjutos samanas, "hasta que mi alma regresó; había muerto, se había descompuesto, se había convertido en polvo..., había probado la triste borrachera del ciclo y aguardaba una sed nueva". Luego, al igual que Siddhartha, comprendí que "había luchado inútilmente contra ese yo y me lancé al mundo después de soportar años monstruosos para morir y resucitar más tarde alegre y en paz". Admito que de la mano de Siddhartha llegué a la meta, a una de las metas. Aprendí a ser maestra de mí misma, a tener un criterio personal y alejarme de los métodos tradicionales de aprendizaje en los que nos enseñan qué debemos hacer, lo que debemos o no pensar, cómo sentir, de qué manera hemos de reaccionar. Aprendí a no dejarme adoctrinar, a ser libre y a seguir aprendiendo.

Tiempo después, la lectura de "Demian" me sacudió por dentro y tuve la extraña sensación de que  Max Demian se parecía tanto a mí que yo era él. "Aquel hombre era poderoso e infundía temor. Tenía una señal... Se dijo que los hombres marcados con aquella señal eran sospechosos e inquietantes, y así sucedía, en efecto. Los hombres valerosos y de carácter han inquietado siempre a las demás gentes. Resultaba, pues, harto incómodo que existiese una raza de hombres sin miedo e inquietantes, y se le colgó un sobrenombre y una fábula para vengarse de ella y para justificarse un poco del miedo sufrido..." Me reconocí en esos individuos que portan la marca de Caín en la frente, que son diferentes, no porque considere que pertenezco al linaje de los elegidos, sino porque busco la comprensión de lo que me rodea con espíritu inquieto. "La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero. Ningún hombre ha llegado a ser él mismo por completo; sin embargo, cada cual aspira a llegar, los unos a ciegas, los otros con más luz, cada cual como puede". En esa búsqueda hallé al dios: Abraxas, el dios que aúna lo divino y lo demoníaco, y calaron en mí las palabras del organista Pistorius: "El impulso que le hace a usted volar es nuestro patrimonio humano, que todos poseemos. Es el sentimiento de unión con las raíces de toda fuerza. Pero pronto nos asalta el miedo. ¡Es tan peligroso! Por eso la mayoría renuncia gustosamente a volar y prefiere caminar de la mano de los preceptos legales o por la acera. Usted, no. Usted sigue volando, como debe ser".

De "El lobo estepario" recuerdo que no me agradó su estructura, quizás porque la novela rompe con el estilo característico de las anteriores obras. La acción discurre dispersa entre ambientes sórdidos. Harry Haller, el protagonista, es un cincuentón solitario, misterioso y huraño, no se le conoce ninguna ocupación y su personalidad dual oscila entre el hombre y el lobo, condenado a vagar solo por la árida estepa y a resolver los conflictos de su alma relativizando todas las cosas mediante el humor, que empieza por reírse de uno mismo: "Tiene usted poquísimo talento, querido y estúpido amigo; pero aun así, poco a poco, habrá ido comprendiendo lo que se exige de usted. Ha de hacerse cargo del humorismo de la vida, del humor patibulario de esta vida", le manifiesta Mozart al protagonista en el juicio que le condena a la vida eterna después de haber matado por amor.  Pero "El lobo estepario" es, básicamente, la historia de un superviviente que sale de una profunda crisis y alcanza la salvación. Todavía no he llegado a esa etapa, pero puede que con el tiempo me convierta en un lobo solitario cuya única presa es él mismo y parta tras el rastro de Harry/Hesse hacia la liberación definitiva. Mozart me estará esperando.

Filobiblión

Filobiblión

Filobiblión (Muy hermoso tratado sobre el amor a los libros), escrito en latín por el bibliófilo, obispo de Durham, canciller real y diplomático inglés Ricardo de Bury (1287-1345), es un tratado de amor a los libros, un apasionado elogio a la verdad de la sabiduría que encierran los libros.

Capítulo XVII. De cómo los libros deben tratarse con exquisito cuidado

No solamente cumplimos un deber para con Dios preparando nuevos volúmenes, sino que obedecemos a la obligación de un santo espíritu de piedad cuando tratamos con delicadeza o cuando, colocándolos en sus sitios correspondientes, los conservamos perfectamente, a fin de que se regocijen de su pureza, tanto si se hallan en nuestras manos y, por tanto, a cubierto de todo temor, como cuando se hallan colocados en sus estantes. Ciertamente después de los ornamentos sagrados y de los cálices divinos, son los libros sacros los más dignos de ser tocados respetuosamente por los clérigos, y son injuriados en su dignidad cuando se osa tomarlos con mano sucia. Por eso juzgamos preciso instruir a los estudiantes sobre las negligencias fácilmente evitables y que tanto daño hacen a los libros: en primer lugar, ha de observarse un gran cuidado al abrir y cerrar el volumen, a fin de que, al concluir la lectura, no los rompan por su desconsiderada precipitación; tampoco han de abandonarlos sin abrocharlos debidamente, pues un libro es bien merecedor de más cuidado que un zapato.

En efecto, existe un público estudiantil, generalmente mal educado y que, de no estar retenido por los reglamentos superiores, llegaría incluso a enorgullecerse de su estúpida ignorancia. Obran con descaro, se hinchan orgullosamente, y aunque carecen en absoluto de experiencia, juzgan sobre toda clase de materias con singular aplomo.

Puede que veáis a un joven insensato que pierde su tiempo haciendo que estudia, y es posible que, transido de frío y con la nariz moqueando, no se digne limpiarla con su pañuelo para impedir que el libro que está debajo de ella se manche. ¡Pluguiera a Dios que, en lugar de manuscrito, tuviera debajo un mandil de zapatero! Cuando se cansa de estudiar, para acordarse de la página en la que se quedó, la dobla sin ningún cuidado. O se le ocurre también señalar con su sucia uña un pasaje que le divirtió. O llena el libro de pajas para recordar los capítulos interesantes. Estas pajas, que no puede digerir el libro y que nadie se ocupa de retirar, van rompiendo las junturas del libro y acaban por pudrirse dentro del volumen. Tampoco les parece vergonzoso el comer o beber encima del libro abierto, y, no teniendo a mano ningún mendigo, dejan los restos de su comida en las páginas del códice. El estudiante no cesa de parlotear con sus camaradas, y mientras les aduce una serie de vacías razones filosóficas, riega con su salivilla el libro abierto en sus rodillas, y, ¡qué más queréis! ¡Qué más puede hacer la negligencia estúpida en perjuicio del libro!...

Pero cuando cesa la lluvia y las flores aparecen sobre la tierra, anunciando la primavera, nuestro estudiante de marras, más menospreciador que observador de los libros, llena su volumen de violetas, rosas y hojas verdes; utiliza sus manos sudorosas y húmedas para pasar las páginas; toca con sus guantes sucios el blanco pergamino y recorre las líneas con un dedo índice recubierto de viejo cuero. Y si entonces siente malestar a causa de la picadura de una pulga, arroja violentamente el libro sagrado, que permanecerá abierto, cuando menos, por espacio de un mes, llenándose de polvo de tal manera, que luego ya no puede cerrarse.

Hay también gentecillas despreocupadas a quienes se debería prohibir expresamente el manejo de los libros, ya que, apenas han aprendido a hacer letras de adorno, comienzan a glosar los magníficos volúmenes que caen en sus manos; alrededor de sus márgenes se ve un monstruoso alfabeto y mil frivolidades que han acudido a su imaginación y que su cínico pincel tiene la avilantez de reproducir. Aquí un latinismo, allá un sofisma, acullá algunos ignorantes escribanos, dan muestra de la aptitud de su pluma, y así, muy frecuentemente los más hermosos manuscritos pierden su valor y utilidad.

Hay igualmente ciertos ladrones que mutilan desconsideradamente los libros, y para escribir sus cartas recortan los márgenes de las hojas, no dejando más que el texto, o bien arrancan las hojas finales del libro para su uso o abuso particulares: este género de sacrílego debería estar prohibido bajo pena de anatema. En fin, conviene al decoro de los estudiantes lavarse las manos cuantas veces salgan del refectorio, con el objeto de que sus dedos grasientos no puedan ensuciar los broches del libro ni las hojas que se vean obligados a pasar. Además, ha de impedirse que el niño llorón vea las miniaturas de las letras capitales para que no manche el pergamino con sus manos húmedas, pues siente el impulso de tocar en seguida lo que ve.

Finalmente, los laicos, que miran con indiferencia un libro vuelto del revés, como si ésta fuera su posición natural, son indignos de tratar con libros.

Otras indicaciones pueden hacerse a los clérigos cubiertos de ceniza y oliendo a puchero, para que tengan cuidado de no tocar los libros sin lavarse previamente; sólo el limpio puede ejercer su ministerio entre libros.

La limpieza de las manos interesa tanto a los libros como a los estudiantes, pues no parece sino que las manos sarnosas y cubiertas de pústulas fuesen un estigma propio de la clerecía. Cada vez que se note un defecto en el libro, es preciso remediarlo con presteza, pues nada es tan propenso a adquirir mayores proporciones como un desgarro, y una rotura que se abandona por negligencia, más tarde no se puede reparar sin hacer considerables gastos.

En cuanto a los armarios bien fabricados, donde pueden guardarse los libros con toda seguridad sin que les amenace ningún contratiempo, el dulcísimo Moisés nos habla de ello en el Deuteronomio (cap. XXXI): "Tomad este libro y ponedlo al lado del Arca de la Alianza del Señor nuestro Dios". ¡Oh lugar delicioso y conveniente en sumo grado para una biblioteca! Pues esta Arca se hizo de madera incorruptible de Setim, y recubierta de oro por todas partes. Pero el Salvador prohíbe también con el ejemplo toda negligencia que pueda perjudicar a los libros en su manejo, como nos refiere San Lucas en el capítulo VI de su Evangelio. Y, en efecto, cuando Jesús hubo leído el libro que se le ofrecía con las palabras proféticas que sobre él se habían escrito, no lo devolvió al ministro sino después de haberlo cerrado. Por este comportamiento, los estudiantes deben tener presente el cuidado exquisito que se debe a los libros y también deben considerar que en ningún caso debe descuidarse su manejo.

El hombre que enseña

El hombre que enseña

El mundo no sería el mismo sin el pensamiento de Michel de Montaigne, creador del ensayo como corpus definido de la literatura y transmisor de la inteligencia y la moral grecolatinas.

Montaigne nació en Perigort (Francia), en 1533, y uno de los aspectos más sorprendentes de este intelectual es la absoluta vigencia de sus ideas, esto nos incita a relativizar nuestra modernidad y nos revela que los problemas de los seres humanos son siempre los mismos y perduran a través de los siglos. Reflexiona sobre la maravillosa simplicidad de la vida: "Qué milagro es que esta gota de semilla de la que procedemos lleve en ella impresos no solamente la forma corporal, sino también los pensamientos y las inclinaciones de nuestros padres". Declara su beligerancia contra los médicos. Su padre, dice, vivió setenta y cuatro años sin haber probado nunca una medicina, algo que él imitó. Siguiendo a Epicuro, el ensayista declara: "deben evitarse los placeres si comportan dolores más agudos y se han de buscar los dolores que comporten placeres más grandes". Reivindica el concepto de salud y vida. Sin salud no hay una vida justa y deseable, dice, y explica que hasta Hipócrates, que tampoco es juzgado con benevolencia, no existía rastro de medicina. Ilustra su aversión a los médicos con un diálogo: un médico hace un comentario a favor de su trabajo y un caballero le contesta que cómo no va a ser un gran trabajo, si le permite matar a quien quiera sin ningún problema ni queja.

Las mujeres, la vanidad, la sabiduría, la conciencia, los poderosos, todo lo humano y lo divino es tocado por Montaigne.

Ensayos de Montaigne

Marguerite Duras

Marguerite Duras

Dice el tópico que a Maguerite Duras se la ama o se la odia. No hay lugar para las medias tintas. Antes de nada diré que yo me incluyo en el primer grupo, pues admiro a esta escritora incansable desde que leí El amante y topé con el texto de una autora sublime que no tuvo reparo en recurrir a su agitada vida para llenar el espacio en blanco con una poesía única y desgarrada, que atraviesa con cada una de sus letras y de sus silencios.

Su obra estremecedora y sensible y sus lúcidas palabras pese al alcohol, los tabacos y la vida hablan de una mujer consciente de su devastación hasta el último momento.

Ella deseaba que sus palabras fueran recordadas por los más jóvenes, por los párvulos. Ojalá que la tristeza de su cuerpo deshecho de noche traspase la luz trémula y oscura del olvido y su canción total viva en el corazón de los jóvenes y en la sonrisa de los niños.

EL TREN DE BURDEOS

Una vez, tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1.930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarles. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.

Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor.

Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.

El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.

Volvió.

Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.

Marguerite Duras

Un gran invento

Un gran invento

Si algo bueno tiene el hombre es su capacidad para crear herramientas e instrumentos que le permitan compensar sus carencias y aumentar sus facultades naturales. Es así como se ha convertido en el rey de la creación.

Tras conseguir hablar, el hombre incrementó su sociabilidad y pudo compartir con otros hombres mensajes que expresaban sus emociones y pensamientos. Pero llegó un momento en que su memoria ya no pudo retener tanta información y entonces el hombre inventó el libro.

El libro ha permitido que el hombre agigante su memoria colectiva con un contenido intelectual útil y provechoso. Al principio, en su prehistoria, el libro fue piedra, hueso, corteza de árbol o tablilla de barro, luego vendría la piel, la tela, el papiro o el pergamino, así hasta ser papel impreso o combinaciones de los signos 0 y 1.

Gracias al libro conocemos los mitos helénicos, los avances científicos, los discursos filosóficos, las fantasías y los miedos de otros hombres en otros tiempos y compartimos las inquietudes de nuestros coetáneos.

La producción mundial de libros crece cada día con novedades y reediciones de obras antiguas. Los lectores contribuyen a esta expansión, porque, desde hace tiempo, el libro ya no es un instrumento al servicio de la minoría culta y poderosa y aspira a alcanzar a sectores cada vez más amplios de la sociedad.

Faltan lectores

Tras el pregonado éxito de la cultura catalana en Frankfurt, muchos se han puesto contentos: el libro en catalán ha triunfado. Pero hay cifras que empañan este momento de gloria. El 42,6% de los catalanes mayores de 14 años se declara no lector, un 12,9% es lector ocasional, sólo un 20,1% de los catalanes lee habitualmente en su lengua y entre los 25 títulos más leídos en Cataluña durante 2006 ninguno estaba escrito en catalán.

Ahora la Generalitat busca incentivos y motivaciones para fomentar la lectura y para ello ofrece a personas mayores de 18 años una suscripción gratuita durante tres meses a cualquier diario o publicación. El Plan de Fomento de la Lectura 2008-2010 destinará un presupuesto de ocho millones de euros anuales al impulso de este proyecto.

Es una lástima que en un país, España, en el que no faltan libros, pues la producción editorial desde Cataluña es realmente importante en calidad y cantidad, se lea tan poco. "¿No se lee en este país porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?" Mariano José de Larra, uno de los grandes escritores en español del siglo XIX, nos deja sus reflexiones al respecto en una excelente carta dirigida a Andrés que merece la pena recordar.

Carta a Andrés escrita desde las Batuecas por "El Pobrecito Hablador" Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

La lengua perfecta

La lengua perfecta

En su libro, "La búsqueda de la lengua perfecta", cuenta Humberto Eco que a lo largo de la historia se han hecho numerosas investigaciones para averiguar cuál fue la primera lengua que se habló en el mundo y cuál sería la más perfecta de todas. Una de estas investigaciones se llevó acabo en el siglo XVII, el rey Federico II quiso saber qué lengua hablaría un niño en la adolescencia si antes no había hablado con nadie. Se ordenó a un grupo de nodrizas que alimentasen a un grupo de bebés sin hablarles en ningún momento, con ello se pretendía conocer si los niños hablarían en hebreo, en griego, en árabe o si utilizarían la lengua de sus padres. El experimento lleva a una conclusión: los niños murieron todos a muy corta edad, por lo que se puede concluir que la voz humana transmite a una criatura un mensaje de afecto, de compañía, de aceptación, protección y alegría. La voz es un elemento vital en el desarrollo humano; sin su presencia, sin las emociones que transmite, se nos condena a la soledad y a la exclusión.

 

*Imagen: Félix Ortiz

Ayudas para vivir

Ayudas para vivir

Si algo caracteriza a nuestro tiempo es la proliferación de recetarios para una vida fácil. El desconcierto de la era postmoderna, el vértigo cibernético y la caída de dioses de cualquier pelaje es un buen caldo de cultivo para que quien más o quien menos eche mano de la socorrida obrita que ayuda a vivir o a afrontar cualquier otro menester, ya sea dejar de fumar, hacerse millonario, curarse de una depresión, decorar la casa con plantas carnívoras o llegar a ejecutivo siendo analfabeto.

Estos lenitivos del pensamiento y de los rigores de la vida tratan de encapsular en pastillas digeribles actitudes y reacciones. Son tantas las opciones ideológicas alternativas, es tan desasosegante el relativismo moral, que la llamada "literatura de autoayuda" se expande y ofrece muletas para caminar por cualquier lodazal sin problemas.

Estas obras utilizan imperativos y aforismos de pacotilla como reclamo moral y ante la fugacidad del pensamiento reflexivo y crítico. A fuerza de multiplicar sus tendencias, se borran deliberadamente las huellas del vivero ideológico que las nutre. Son obras herederas del pensamiento débil, que invitan a suspender el juicio y, a la larga, a anularlo. El autor suele ser un iluminado, un Sócrates de la vida moderna, cuando no un arribista sin escrúpulos que sólo pretende sacar tajada del río revuelto. Letanías planas y de escasa hondura se repiten para conjurar ese arcano llamado felicidad. Tan poco precisas que sirven para todos, con tantos tópicos que seducen al lector sin pensamientos propios y que no distingue entre una pretensión eudemonista y una auténtica propuesta ética para mejorar su vida.

 

*Imagen: Douglas Wright

Confesiones sin máscara

Confesiones sin máscara

Sin un atisbo de miedo, pudor, represión o vergüenza y con una sinceridad desnuda e impresionante, Yukio Mishima relata los determinantes descubrimientos que acontecen en su adolescencia. La fascinación que ejercen en él los ajustados pantalones azules de un conductor de tranvía, el olor a sudor de los guerreros, las grandes actrices cinematográficas y teatrales que le inducen a imitar sus gestos, las imágenes de mártires en pleno éxtasis de dolor, la ropa de su madre, con la que se contempla ante el espejo... Todo lo más íntimo está ahí, en la novela de un hombre que descubre que tiene pene y que éste se excita ante la belleza y también ante la violencia y la brutalidad masculina. Aún no sabe nada de la vida, pero empieza a descubrirlo todo, a sentirlo todo.

Tratar de sobrevivir, de asimilar que se es diferente de la mayoría y de enfrentarse a la rigidez férrea de lo establecido, produce dolor y desconcierto, la perpetua sensación de querer huir desde la infancia, luego de ocultar la realidad en las palabras, en los sueños, en los disfraces, en lo que existe más allá de la imaginación.

"Lo que veían mis ojos no era un hombre, sino una especie de monstruo espiritual indefinible, odiando, sufriendo, sangrando". La escritura refleja, en el espejo las contradicciones, los miedos, los anhelos, las frustraciones, la crueldad, la belleza y los deseos. La vida y, siempre presente como una sombra terrible y protectora, la muerte. Y el declive, el exhibicionismo, la fragilidad del creador. Todo está en "Confesiones de una máscara", una novela desconcertante para el tiempo en que fue escrita: 1949. Una obra valiente, bella y contundente, necesaria para acercarse a una sexualidad perseguida y marginada, para comprenderla y respetarla.

Caligrafía

Caligrafía

Cuando más se generaliza el uso de la informática, cuando en lugar de escribir tecleamos, cuando la escritura manuscrita parece un recuerdo remoto, la caligrafía, la tipografía y el estudio y el conocimiento de la letra están viviendo un inusitado renacimiento. El aumento en la venta de plumas estilográficas, la aplicación de viejos y nuevos recursos gráficos por parte de los diseñadores y los artistas, la aparición de manuales consagrados a la historia y la praxis de la escritura manual y la cada vez más frecuente organización de seminarios y congresos centrados en la caligrafía nos hacen prever que la cultura digital no logrará extinguir lo que esta disciplina representa.

Y es que la escritura caligráfica no es únicamente funcional, al igual que no es tributaria de la literatura, porque va mucho más allá, ya que en última instancia es la expresión de una energía psíquica profunda de la personalidad y cultura del autor, por ello no sorprende que los orientales, mucho más que los occidentales, la hayan entendido como un acto espiritual. Avanzando un paso más lejos de lo que la etimología nos describe, la caligrafía es un medio de expresión que, a través de trazos curvos, rectos o serpenteantes, austeros o floridos, consigue transmitir mucho más que el estricto significado de la palabra escrita.

Biblioteca virtual del patrimonio bibliográfico

Biblioteca virtual del patrimonio bibliográfico

Facsímiles digitales de colecciones de manuscritos y libros impresos antiguos que se conservan en las bibliotecas públicas del Estado pueden consultarse ya en Internet a través del web creado por el Misterio de Cultura.

Cerca de 250.000 páginas de casi 1.000 manuscritos e impresos con imágenes, que se podrán descargar y consultar por autor, título, fecha o época de escritura o impresión, en cualquiera de las lenguas oficiales en España y también en inglés.

 

Biblioteca virtual del patrimonio bibliográfico

Sombras

Sombras

En septiembre de 1976, uno de los años más sangrientos de la dictadura militar, Jorge Luis Borges visitó a Pinochet en Chile y tras su encuentro manifestó: "Yo declaro preferir la espada, la clara espada, a la furtiva dinamita. Creo que merecemos salir de la ciénaga en que estuvimos. Ya estamos saliendo por obra de las espadas, precisamente". Tras este elogio a los atroces regímenes militares en América Latina, el tirano le condecoró con la Gran Cruz de la Orden al Mérito Bernardo O´Higgins.

El 19 de mayo de 1976 Borges almorzó en el Palacio de Gobierno de Buenos Aires con el dictador Jorge Videla y declaró a los periodistas: "Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvó al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno." Por entonces, los desaparecidos eran ya legión.

Gutenberg

Gutenberg

No se dispone de muchos datos sobre la vida de Gutenberg ni sobre su actividad, apenas se conservan una treintena de documentos que hablan de él y de su trabajo, pero sabemos que su nombre era Johann Gensfleisch y que el apellido Gutenberg proviene del nombre de la casa familiar. Nació en Maguncia, en el seno de una acomodada familia de orfebres, probablemente en la última década del siglo XIV.

Solicitó un crédito para formar una sociedad con Johann Fust y en el taller que crearon se imprimió la denominada Biblia de Gutenberg, de Mazarino o de 42 líneas, en 1456. Considerada habitualmente como el primer libro impreso, pese a que en la obra no figura ni la fecha, ni el lugar, ni el nombre del impresor.

Gutenberg aplicó sus conocimientos de las estampas y de los libros xilográficos para multiplicar la producción de libros y satisfacer la creciente demanda. La solución que halló fue el empleo de letras sueltas en la composición de páginas, algo que venía haciéndose desde hacía tres mil años, cuando los semitas inventaron el alfabeto. La puesta en marcha del proyecto tardó más de veinte años en materializarse, pues eran muchos los problemas a resolver, como la prensa, la matriz, el tipo de metal a emplear en la fabricación de los tipos, la fundición, la tinta... El proceso fue laborioso, pero el resultado mereció la pena, la técnica de componer e imprimir libros que ideó no fue apenas modificada hasta el siglo XIX.