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Literatura

El secreto del éxito

¿Cuál es la clave del éxito literario? ¿Qué hace que millones de personas en el mundo elijan, entre una abundantísima oferta, El nombre de la rosa, Harry Potter o El código da Vinci? Ésta es la pregunta que nos hacemos todos los escritores que nunca hemos figurado en las listas de los más vendidos, también aquellos que sí han estado en ellas y no saben cómo han llegado allí, los editores, los críticos y los libreros. Los libros que se convierten en un éxito de ventas los compra todo el mundo: los que se guían por el criterio de la mayoría y los que no, los curiosos que desean averiguar por qué los compra todo el mundo y los analistas de tendencias que buscan enterarse de qué es lo que compra todo el mundo.

Muchos opinan que escribir un éxito de ventas es como ganar a la lotería, y no les falta razón; pero que nadie se engañe, no es cuestión de suerte, además de suerte hay que tener mucho dinero para invertir, porque cuanto más inviertes, más probabilidades hay de ganar.

Más de treinta millones de ejemplares vendidos del libro de Dan Brown, significa algo. Cuando millones de lectores eligen la misma obra es porque el anhelo colectivo del libro se ha convertido en un ritual que nada tiene que ver con la cultura, es más bien un sucedáneo espiritual que incluye la manipulación.

Neuras de escritor

Cuando a un escritor le preguntan a qué se dedica, cuál es su profesión, la mayoría nos lo pensamos dos veces antes de responder: escritor. Bombero es una profesión, fontanero es una profesión, pero escritor, ¿quién diablos sabe qué es?

Cuando un escritor analiza su ego, se viene abajo, porque un escritor de verdad nunca está seguro de serlo y vive siempre consumido por la duda, pensando si su obra es de calidad, si lo que hace tiene alguna utilidad, si es un privilegiado por consagrarse a su pasión, si es serio dedicarse a la literatura…

Que la autoestima de un escritor anda por los suelos lo demuestra un hecho irrefutable, mientras el obrero de cualquier país se queja de sufrir unas condiciones laborales precarias y de cobrar un sueldo miserable, el escritor se olvida de sus emolumentos e incluso acepta que le publiquen sin cobrar un céntimo. El escritor vive de lo que escribe, pero no de lo que gana, y estas circunstancias provocan que la mayoría de escritores tengamos dos trabajos, como por un milagro de prestidigitación, los escritores podemos ser simultáneamente albañiles, periodistas, ingenieros, vendedores de ruedas o camareros. Trabajos que pagan facturas y permiten la supervivencia.

El escritor es un trabajador infatigable, excepcional; una vez terminada su jornada laboral, emprende otra: escribir. Escribe cansado, con sueño, enfermo. Escribe páginas respetables siempre, porque ¿quién tiene el poder omnímodo para dictaminar qué es bueno y qué es malo? El escritor es un héroe, un ser humano que desnuda su alma y se la muestra al mundo, un loco tozudo que no se cansa de estrellarse contra las puertas del “no” de editores, críticos y estudiosos, un soñador que dice con arrojo lo que otros no saben o no se atreven a decir, un valiente que asume las consecuencias de sus palabras.

Escribir es rozar la magia, pero es también enfrentarse a los fantasmas, emprender una trayectoria nada fácil que tiene un alto precio emotivo y que satisface. Satisface tanto como para convertirte en un adicto esclavo de las palabras y disfrutar con ello.

Sin novedad en el frente

Sin novedad en el frente

Documentar una novela supone realizar un exhaustivo trabajo de búsqueda de datos. El autor se nutre de la información recopilada para dar verosimilitud a su obra, pero también se enriquece como persona mientras recorre ese arduo camino en solitario por las quimeras del pensamiento, bordeando la realidad.Para la documentación de mi obra llevo meses indagando en libros de historia y en documentos sobre la Segunda Guerra Mundial, y si hay un relato que me ha marcado con una huella indeleble, éste ha sido: “Sin novedad en el frente”, del escritor Erich Maria Remarque. Sirvió en el ejército alemán durante la I Gran Guerra y plasmó todos los recuerdos de su experiencia en esta descarnada obra, en ella que se describe con implacable claridad y cálida compasión el sufrimiento, el valor y la camaradería de los soldados rasos, y un terrible enigma: ¿por qué? ¿Por qué la guerra?

“Estoy muy a menudo de centinela con los rusos. En la oscuridad pueden verse sus figuras alargadas moviéndose como cigüeñas enfermas, como enormes pájaros. Se acercan al alambre y aprietan el rostro, oprimen con sus dedos la malla. A veces se colocan uno al lado de otro, en largas hileras. Respirando la brisa que les llega de los bosques y del brezal.

No suelen hablar y si lo hacen dicen pocas cosas. Son más humanos y casi diría, más fraternales entre ellos que nosotros. Pero esto quizá provenga tan sólo de que se sienten desgraciados. Aunque no es preciso reconocer que esperar tan sólo a disentería no es una vida agradable.

Los viejos reservistas que los vigilan cuentan que antes estaban mucho más animados. Tenían, como suele ocurrir siempre, relaciones sexuales entre ellos y, a menudo, se enzarzaban en peleas a puñetazos o a cuchilladas. Ahora ya están embotados e indiferentes. La mayoría ni siquiera se masturba de tan débiles como se encuentran; antes la cosa llegaba a alcanzar tales proporciones que lo hacían, a un tiempo todos los hombres de un barracón.

Permanecen de pie, contra la alambrada. De vez en cuando, uno de ellos oscila y desaparece; inmediatamente, otro ocupa su lugar en la hilera. La mayoría no habla. Algunos tan sólo os piden la colilla.

Contemplo sus oscuras siluetas. De sus barbas ondean con la brisa. No sé de ellos nada excepto que son prisioneros y, precisamente, esto es lo que me conmueve. Su vida es anónima e inocente... Si supiera algo más de ellos, cómo se llaman, cómo viven, cuáles son sus anhelos, que es lo que les mueve, mi emoción tendría un objeto y podría convertirse en compasión. Ahora, sin embargo, detrás de ellos no veo sino el dolor de la criatura, la terrible melancolía de la existencia y la falta de misericordia en los hombres.

Una orden ha convertido a estas sombras tranquilas en enemigos nuestros; otra orden podría convertirles en nuestros amigos. En una mesa cualquiera, unos caballeros que nadie de nosotros conoce firman un escrito y he aquí que, desde aquel momento, por largo tiempo, nuestra suprema obligación consiste en hacer aquello que, en tiempo normal, es abominado por todo el mundo y castigado con la última pena. ¡Quién sería capaz de hacer, todavía, distinciones viendo a estos hombres tranquilos, con sus caras de niño y sus barbas de apóstol! Cada cabo es para los reclutas y cada profesor para los alumnos un enemigo peor que estos hombres para nosotros. Y, no obstante, volveríamos a disparar contra ellos y ellos contra nosotros, si estuvieran libres.

Me aterro; no debo adentrarme en estos pensamientos. Esta senda conduce al abismo. Todavía no ha llegado la hora. Pero no quiero perder esta idea, quiero conservarla, quiero esconderla cuidadosamente hasta que la guerra termine. Mi corazón late con fuerza; será este mi propósito, aquella finalidad definitiva, la única en la que pensaba en la trinchera, aquella que yo buscaba como mi razón para vivir después de esta gran catástrofe de toda la humanidad? ¿Será ésta la labor que justifique mi vida futura, la misión digna de estos años de horror?”

Goebbels, ministro de Instrucción Pública y de Propaganda del III Reich, leyó esta novela, publicada en 1929 con el título Im Westem nichts Neues y opinó sobre ella: “Un libro común y subversivo. Los recuerdos de guerra de un tipo solitario. Nada más. A los dos años de su publicación, nadie habla ya de ese libro. Pero ha ejercido un fuerte influjo en millones de corazones. Es un libro lleno de afectación. Por eso es tan peligroso”.

Al año siguiente de su aparición, la novela Sin novedad en el frente fue llevada al cine en Estados Unidos. La UFA (Universum Aktiengesellschaft) se encargó de la versión alemana. Goebbels mandó sabotear la proyección de la película y finalmente consiguió su retirada.

Erich Maria Remarque (su nombre auténtico era Erich Paul Remark, 1898-1970) se retiró en abril de 1932 a Porto Ronco (Suiza), en el lago Maggiore, y en 1938 fue privado de la nacionalidad alemana. Tras la toma de poder de Hitler, sus libros fueron quemados en público por la Asociación Estudiantil Nacionalsocialista.

Galimatazo

!Cuídate del Galimatazo, hijo mío!
!Guárdate de los dientes que trituran
y de las zarpas que desgarran!
!Cuídate del pájaro Jubo-Jubo y
que no te agarre el frumioso Zamarrajo!

Valiente empuñó el gladio vorpal;
a la hueste manzona acometió sin descanso;
luego, reposóse bajo el árbol del Tántamo
y quedóse sesudo contemplando…
Y así, mientras cavilaba firsuto.
¡Hete al Galimatazo, fuego en los ojos,
que surge hedoroso del bosque turgal
y se acerca raudo y borguejeando!

!Zis, zas y zas! Una y otra vez
zarandeó tijereteando el gladio vorpal!
Bien muerto dejo el monstruo, y con su testa
!volvióse triunfante galompando!

¿Y haslo muerto? ¿Al Galimatazo?
!Ven a mis brazos, mancebo sonrisor!
!Qué fragarante día! !Jujurujúu! !Jay, jay!
Carcajeó, anegado de alegría.
Pero brumeaba ya negro, el sol;
agiliscosos giroscaban los limazones
banerrando por las váparas lejanas;
mimosos se fruncían los borogobios
mientras el momio rantas necrofaba.

¿Quién es al autor de este poema carente de sentido? Es difícil de decir. Había un poema parecido en inglés, cuya primera estrofa:

Brillaba, brumeando negro, el sol;
agiliscosos giroscaban los limazones
banerrando por las váparas lejanas;
mimosos se fruncían los borogobios
mientras el momio rantas murgiblaba.

completó Lewis Carroll e hizo que la pequeña Alicia encontrase su imagen invertida en el país situado al otro lado del espejo.

Cualquiera que domine la lengua española, reconocerá de inmediato que la anterior estrofa está escrita en español, aunque sólo logre hacerse una idea confusa de la situación descrita por el poema. Asimismo, reconocerá que se trata de oraciones castellanas completas cuya estructura gramatical las hace irreductibles a un simple amontonamiento de palabras, como nos indica la forma en que están conectadas entre sí. La palabra terminada en –ando (bromeando), exige un tipo determinado de palabra: un sustantivo o un adjetivo como sangriento, espumante, vivo o negro. El adjetivo “agiliscosos” determina la secuencia siguiente, compuesta por un verbo en pretérito en tercera persona del plural: “giroscaban” y un sustantivo: los ligazones. Tengo, pues, suficientes pistas para completar todos los tipos de palabras y su conexión y terminaciones nos indican que el poema está escrito en español.
La traducción al castellano de “Galimatazo” es de Jaime de Ojeda.

Recensiones

Conviene estar informado sobre las nuevas publicaciones que surgen en el panorama literario. Sin embargo, no se ha de tener una fe ciega en los suplementos de periódico, en las revistas o en determinadas críticas.

 

Toda crítica presupone que el crítico conoce mejor que el propio autor el tema del libro del que se ocupa; de no ser así, ¿cómo podría criticarlo? Pero, en realidad, esto no siempre ocurre o, mejor dicho, no ocurre casi nunca. Naturalmente, el autor de la recensión oculta al lector su desconocimiento del tema, pues de los contrario su autoridad resultaría seriamente dañada; y para no despertar ninguna sospecha, a través de su feroz crítica introduce una distancia entre la ineptitud del autor y su propia superioridad, tarea en la que la magnitud de su empeño suele estar en proporción inversa con la de su ignorancia. Por eso, es conveniente saber que muchos críticos son enanos subidos a hombros de gigantes, y cuanto mayor es su pequeñez, tanto más intentan confundir al lector en vez de proporcionarle una información. En este caso, no se ocupan del contenido del libro, sino que dan por supuesto su conocimiento. Establecen comparaciones con obras desconocidas, abundan en complejísimas alusiones destinadas a supuestos iniciados en la materia, en dogmáticas etiquetas y en referencias cuyo propósito es desmoralizar al lector y tacharlo de ignorante. La finalidad de toda esta parafernalia no es procurar al lector una descripción objetiva de la obra reseñada, sino ocultar la ignorancia del autor de la reseña.

Dibújame un cordero

Dibújame un cordero

El único habitante humano del asteroide B-612 ha cumplido 60 años, y en Francia celebran este aniversario del hijo más famoso de Antoine de Saint-Exupéry.

Los viajes de “El Principito” se han traducido a más de 150 lenguas, en todos los sistemas alfabéticos del mundo: cirílico, árabe romano, japonés, tagal, malayo…, y ochenta millones de personas tienen el libro que narra sus peripecias.

Pese a los años transcurridos, el Principito no ha perdido su costumbre de hacer preguntas y de buscar respuestas, aún conserva su bufanda, su contagiosa alegría, su sonrisa, su cabello rizado de color oro y su melancolía ante una puesta de sol. Vino a la Tierra a buscar amigos y encontró a un zorro que le pidió: “¡Por favor, domestícame!”. “Bien quisiera –le respondió él-, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas”. “Sólo se conocen las cosas que se domestican –le explicó el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Compran cosas hechas a los mercaderes. Pero como no existen mercaderes de amigos, los hombres ya no tienen amigos”.

En el asteroide B-612 no hay gran cosa: tres volcanes pequeños, una silla en la que sentarse a contemplar la puesta de sol, unas cuantas malas hierbas que hay que arrancar para que ninguna se convierta en baobab y una hermosísima y coqueta rosa que perfuma el planeta. Una rosa símbolo de los ideales que el totalitarismo mantiene amordazados. Una rosa efímera con tan solo cuatro espinas para defenderse contra el mundo. Una rosa que el Principito creía única, pero que no es más que una rosa ordinaria.

El Principito continúa valorando la vida, el amor y la amistad, no juzga a los demás, aunque ha conocido a seres bien dispares en sus viajes. Aún pervive en él el afán de servir a los otros. Si un día, mientras vagamos por un paisaje desértico, encontramos una estrella y bajo ella hay un niño que nos pide: “Por favor, dibújame un cordero”, sabremos que es él. Entonces tendremos que cumplir un deber inexcusable: escribir a Saint-Exupéry para decirle que el Principito ha vuelto.

La soledad del escritor

“Para poder escribir tengo necesidad de aislamiento, pero no como un ermitaño, cosa que no sería suficiente, sino como un muerto. El escribir en este sentido es un sueño más profundo, o sea, la muerte, y así como a un muerto no se le podrá sacar de la tumba, a mi tampoco se me podrá arrancar de mi mesa por la noche. Esto no tiene que ver directamente con la relación con los hombres, pero es que sólo soy capaz de escribir de esta forma sistemática, coherente y severa, y por lo tanto, sólo puedo vivir así”. Así describe Kafka en una carta a Felice su necesidad de estar solo para poder escribir. Imaginaba un taller en el sótano de un edificio, donde dos veces al día alguien pusiera algo de comer en la puerta. Decía: “Para escribir nunca se está suficientemente solo”.

“Solamente aislándote por completo se puede trabajar. La ociosidad te proporciona la disposición para escribir y la soledad, las condiciones. La concentración en ti mismo te devuelve al nuevo y maravilloso mundo que surge en el color y la cadencia de las palabras en movimiento”, decía Oscar Wilde.

Paul Auster escribió en La invención de la soledad una de las más lúcidas reflexiones sobre la capacidad y la necesidad que tiene el escritor de estar solo: “Creo que lo asombroso es que cuando uno está más solo, cuando penetra más verdaderamente en un estado de soledad, es cuando deja de estar solo, cuando comienza a sentir su vínculo con los demás”.

Y García Márquez lo corrobora: "Creo, en realidad, que en el trabajo literario uno siempre está solo. Como un naufrago en medio del mar. Si, es el oficio más solitario del mundo. Nadie puede ayudarle a uno a escribir lo que está escribiendo”.

Muchos son los escritores que reivindican un espacio y un tiempo propios en el que la única compañía sean sus fantasmas. Y es que para escribir se necesita estar en otro mundo, lejos de la gente y del ruido, porque es preciso un silencio absoluto en el que sólo se escuche la voz de uno mismo.

Beckett

Se ha hecho lo imposible para que elija. Para que tome partido, para que acepte a priori, para que rechace a priori, para que deje de mirar, para que deje de existir, delante de una cosa que simplemente habría podido amar, o encontrar fea, sin saber por qué.


Cuando se trata de Samuel Beckett, las palabras están de más. Acaba de cumplir cien años, que él mismo consideraría superfluos en su mayoría, y el centenario le pilla en la cresta de la ola. “O en sus alrededores” que diría Krapp. En vida fue el más social de los seres asociales, con la posible excepción de Cioran, otro expatriado en París. Se erigieron en altares humanos de la devoción de millones de romeros desesperados.

“Sólo hay dos momentos que valgan la pena en la escritura, el primero es cuando comienzas y el segundo cuando lo lanzas a la papelera”. El autor de esta frase es probablemente el más comentado del siglo XX, sobre todo comparado con su producción. En sus obras el sol sale porque no tiene alternativa y ni tan siquiera se atreve a contar los escalones de un tramo de escalera porque ignora si el rellano ha de contabilizarse como uno más. Los escritos de Beckett enmarcan a un hombre de pasividad desapasionada, pero su biografía traiciona el cliché. Fue un consumado deportista, se apuntó a la resistencia para combatir la política nazi contra los judíos y se enfrentó al apartheid sudafricano prohibiendo que sus obras se representaran en teatros segregados. De hecho, montó en Johannesburgo un “Godot” con un reparto íntegramente de color.

Un habitante del siglo XXI puede apreciar la obra de Beckett con el adiestramiento adecuado, pero su personalidad le resultará ininteligible. No estamos acostumbrados a un desprendimiento tan absoluto que ni tan solo se encuadra en el virtuoso, algo que comportaría un reconocimiento. Quienes no dispongan de tiempo para abordar los textos escuetos del irlandés, pueden detenerse un instante en las figuras de su compatriota Francis Bacon. El pintor renegaba de esta comparación, un menosprecio que puede apuntar a una confirmación. Wittgenstein supone otra referencia inevitable a la hora de exprimir la equivalencia entre los problemas filosóficos y lingüísticos.

Estremecedor no es un adjetivo que se cuelgue fácilmente al cuello de Beckett, pero resulta fácil verse embargado por esta emoción al leer el texto desnudo de “Esperando a Godot” sin necesidad de una interpretación teatral. En cuanto a la escenografía, sólo hace falta imaginar un árbol esquelético y una piedra al lado. Al constatar que la obra fundamental del siglo XX refleja la admiración de su autor por Buster Keaton, se advierte el extraño flujo que parte de la cultura popular hacia las formas de expresión más deliberadas y depuradas. Si admitimos esta matriz de celuloide, resulta al menos curiosa la negativa del escritor a trasladar su obra maestra a la pantalla. Peter O’Toole suspiraba por uno de los papeles protagonistas. Con el tiempo, las estrellas de Hollywood desfilarían por el escenario en montajes relevantes. Pensemos en Dustin Hoffman, Murray Abraham o Robin Williams. Sí, Robin Williams.

La ironía del circuito que enlaza a Keaton con Williams, a través de Beckett, no le pasaría desapercibida al autor. Este desajuste toca el sarcasmo en el campo de los escritos académicos beckettianos, un género en sí mismos. De qué sirve la astringencia del dramaturgo si cada palabra se multiplicará por un millón en las facultades de literatura de todo el mundo. Vladimir y Estragón replicarán al dueto quijotesco tres siglos más tarde, pero también a los cómicos de “Hamlet” o a Laurel y Hardy.

Beckett hubiera preferido escrutinios más simples. Propagó la monotonía vital en su dieta y en sus dos caballos. Fue el artista más consecuente, se tuerce un tobillo y se felicita por el incidente: “me desvió el pensamiento de otras enfermedades”, y el último de los grandes que dispuso del lujo del tiempo. Un homenaje secular a su austeridad expresiva puede encontrarse en el intento de libreto que escribió para una ópera. La ópera tenía que durar media hora, pero sólo llegó a escribir una frase en francés: “No tengo ganas de cantar esta noche”.

Samuel Beckett (Dublín, 1906-París, 1989). Premio Nobel de Literatura 1969.

Hans Christian Andersen

Hans Christian Andersen nació el 2 de abril de 1805 en la ciudad danesa de Odense, en el seno de una familia muy pobre. En 1816 su padre murió y, dos años después, su madre se volvió a casar. Entonces, el joven Andersen marchó a probar suerte a la capital del País, a Copenhague. Allí las cosas no le fueron demasiado bien, pasó necesidades y estuvo a punto de regresar a casa, pero gracias a las gestiones del director de teatro Jonas Collins obtuvo una beca para continuar los estudios. En 1828 Andersen aprobó los exámenes de ingreso a la universidad de Copenhague. Comenzó a publicar en 1829 y sus libros tuvieron buena aceptación. Recibió una beca real de Federico VI con la que pudo satisfacer uno de sus principales anhelos: viajar, y no paró hasta 1873. Después de uno de sus viajes por Italia, el año 1835, publicó sus cuentos para niños, con los que se hizo mundialmente famoso. Acumuló honores y distinciones y se le otorgó una beca literaria oficial con carácter vitalicio. Durante sus viajes por Europa conoció a otros artistas ilustres con los que trabó cierta amistad, como Heinrich Heine, Victor Hugo, Felix Mendelssohn, Alexandre Dumas padre, Robert Schumann, Franz Liszt, Charles Dickens, Richard Wagner, Edgard Grieg, Johannes Brahms y Henrik Ibsen, entre otros. Murió tras una larga enfermedad el 4 de agosto de 1875. Su funeral en Copenhague fue multitudinario y a él acudió el rey de Dinamarca.

El año 1862, Andersen viajó a España pasando por diferentes ciudades y pueblos catalanes. Entró a la península el 6 de septiembre y, como el tren no llegaba a la frontera, lo hizo en diligencia desde Perpignan, pasando por la Junquera, Figueras, Báscara y, cuando llegó a Girona, vio que “daba la impresión de que hubiera feria o que se celebrase una gran fiesta al pueblo. Indumentarias pintorescas, viejos individuos, mujeres que reían y hablaban, hombres con mantas de colorines, jinetes sobre mulas y fumando cigarros de papel, de esos que aquí todos saben liar…”. En la estación subió al tren para ir a Barcelona y el resultado de este periplo es un relato de viajes “I Spanien” que tiene una versión en castellano titulada “Viaje por España” que ha editado Alianza Editorial.

Hans Christian Andersen, como la mayoría de escritores de su época, quería triunfar escribiendo obras de teatro, pero no tuvo suerte en este campo. El reconocimiento le vino a través de sus cuentos infantiles: El soldadito de plomo, El patito feo, La princesa y el guisante, El traje nuevo del emperador… Hay que mencionar que su obra no sólo comprende cuentos, sino novelas, poemarios, libros de viajes, obras de teatro y alguna autobiografía.

Se considera que Hans Christian Andersen fue el primer autor que escribió historias dirigidas a los niños y por esta razón se ha escogido la fecha de su nacimiento, el 2 de abril, como el día en que se entrega el Premio Andersen (equivalente al Nobel infantil), un galardón bianual que sirve para recordar al mundo la importancia que tiene la literatura para los más pequeños. Es el autor más traducido y también el que más libremente se traduce. En España, las versiones y adaptaciones que hay hechas son a partir del inglés y por eso las obras pierden un poco más de literalidad, pese a todo, los cuentos, explicados y leídos en el idioma que sea, ya forman parte del imaginario infantil de muchas generaciones.

Tajahuerce

Tajahuerce
Salí a la puerta, cerré los ojos y dejé de existir. Estaban todas las estrellas juntas en un cielo inmenso y tranquilo. Una brisa sigilosa se ocupaba de arrancar hasta el más minúsculo de los residuos de esas cosas que pasan dentro. Estrellas y aire recién estrenado, un recuerdo que respiro desde entonces. Por eso vuelvo a Tajahuerce cuando necesito abandonar los límites del tiempo y del espacio perdiéndome entre callejuelas en ruinas y muros empapados del rastro ancestral de la infancia.

El infinito es de color negro y se desliza entre olores que han ido impregnando el suelo. Sombras de gatos, grillos y murciélagos pueblan la noche. Cuando el pueblo despierta, el sol hace un millón de destellos. No hay nada como estar en casa en una mañana dulce, en un momento en que nada tiene nombre ni caminos y sólo hay que abandonarse a lo que la vida decida.

Podría quedarme así por siempre, fabricando esperanzas, pero es el momento de irse. Temblaría si ahora mismo tuviera un cuerpo. Otra estrella, otra ilusión. Cientos, miles, millones. Palpitan en la noche sólida de Tajahuerce y navegan ancladas sobre los jardines del cielo.

El padre de la poesía moderna

Siempre hemos oído decir que la poesía moderna se inicia con Baudelaire. Se trata de una de esas afirmaciones que solemos aceptar sin más y que, luego, llegada la ocasión, repetimos sin mayores escrúpulos. No obstante, a medida que releemos a los poetas del siglo XIX y que nos informamos con minuciosidad sobre ellos, llega el momento en que no podemos afirmar, sin sentir cierto malestar, la torpe opinión que hace de Baudelaire el padre de la lírica moderna.

Todo depende, claro está, de lo que se entienda por estas dos palabras: “padre” y “moderna”. Respecto a la primera, muy pocos son los poetas posteriores a Baudelaire que no le reconozcan a éste el título de padre o fundador. Por supuesto, no falta quien evoca el nombre de Poe, así como su influencia en el poeta francés. Tampoco hay quien olvide citar a Lord Byron, recordando el hecho de que con este autor el poema se convierte en algo que es dicho por alguien que, a su vez, cuenta con la existencia del lector, el tercer elemento del fenómeno poético, si se me permite la opinión. Sin duda, la posición de padre o fundador es demasiado prestigiosa como para poder acordarla sin suscitar discusiones. ¿No dijo Lorca, en vísperas del célebre Tricentenario, que Góngora era “el padre de la lírica moderna”? Pero, en definitiva, la mayoría de los poetas coinciden en un respeto, rayano a veces con la veneración, hacia Baudelaire. Así, con ocasión del Centenario de la publicación de Las flores del mal, escribió Cernuda:

“Baudelaire no pertenece ya solamente a la tradición poética y literaria de Francia, sino a la de todo Occidente, y es probable que la poesía europea y americana no fueran hoy lo mismo que son si Les fleurs du mal no hubiese existido. Porque Baudelaire no es sólo un gran poeta, sino un gran poeta que además es el poeta moderno, el primer poeta que tuvo la vida moderna; y todos cuantos después de él hemos tratado de escribir versos, seamos del país que seamos, si tenemos conciencia de nuestra tarea, reconoceremos para con él una deuda considerable”.

Y respecto al calificativo de “moderna”… Aquí es donde uno siente la necesidad de matizar algo. Resulta evidente que Baudelaire fue el primero en introducir la ciudad moderna en el ámbito del poema. El espacio urbano se convierte con él en la fuente y el objeto de la poesía. Su visión de París: “Agitada ciudad llena de sueños, donde el espectro en pleno día se agarra al paseante”. Constituye, indiscutiblemente, el comienzo de una nueva sensibilidad: la del hombre moderno que habita las ciudades. El eco de los versos citados resonará, tres cuartos de siglo más tarde, en The waste land (La tierra baldía), donde Eliot dibuja su propia visión de Londres: “Ciudad irreal, bajo la parda niebla de una mañana de invierno”.

Pero, por otro lado, el lenguaje poético de Baudelaire sigue estando excesivamente enraizado en el pasado. A menudo sorprende el acento de Racine en versos como éstos de Femmes damnées: “Vencidos ya sus brazos, caídos como inútiles armas, todo servía, todo a su frágil belleza adornaba”.

Baudelaire es, en efecto, un gran maestro del verso clásico francés. Algo que aprendió directamente de los grandes autores del siglo XVII, aunque también de poetas menos conocidos. Por eso no sorprende que, entre sus discípulos inmediatos –comenzando por Rimbaud-, oigamos reproches contra el maestro por su lenguaje anticuado. Y tampoco ha de extrañar a quienes conozcan las teorías de Ezra Pound, que éste decidiese no incluir a Baudelaire en la nómina de escritores que han renovado el lenguaje poético. En el ABC of reading (ABC de la lectura), breve ensayo en el que Pound nos presenta su trabajo de más de 30 años, encontramos los nombres de Corbière, Laforgue y Rimbaud junto a los de Stendhal y Flaubert; pero buscaríamos en vano al primer poeta moderno.

No hay duda de que Baudelaire merece tal título. Debemos admitir, sin embargo, que el maestro fue incapaz de crear un lenguaje moderno adecuado a la nueva visión y a la nueva sensibilidad del hombre de la ciudad. Esta tarea fue realizada con éxito por sus discípulos Corbière y Laforgue. Dos poetas igualmente importantes en lo que concierne a la renovación del lenguaje poético inglés e, incluso, del lenguaje poético español. Eliot, introductor del habla cotidiana de la ciudad en la poesía inglesa nunca ocultó su admiración por Corbière y Laforgue, a quienes leyó y estudió a lo largo de su vida, Leopoldo Lugones y Ramón López Velarde, en América, así como Manuel Machado, en España, entre otros poetas menos conocidos, leyeron igualmente a Laforgue.

Estos autores: Corbière, Laforgue, Eliot, Lugones, López Velarde y Manuel Machado, son los creadores de un lenguaje poético moderno, ciudadano, deliberadamente prosaico, próximo a la conversación e irónico. Hecho que nos permite considerarlos como los miembros más señalados de una traición poética que bien podría bautizarse con el nombre de “tradición del lirismo y del humor”, remitiéndonos a la célebre fórmula de Flaubert: “le lyrisme dans la blague” (el lirismo en el humor), que el escritor francés uso alguna vez para referirse a su propio proyecto artístico.

Virginia Woolf

Es injusto que el nombre de Virginia Woolf haya quedado asociado al feminismo más que a la literatura, sin duda por la gran difusión que tuvo su obra “Una habitación propia”. Este ensayo es, no hace falta decirlo, una pequeña obra maestra en la que la ironía, la capacidad de observación y la marginación en que se encontró como mujer ha nutrido la ideología de la mayoría de mujeres intelectuales posteriores.

 

Pero Virginia Woolf es ante todo escritora, una escritora de creación, y es en este campo donde concentró gran parte de sus meritorios esfuerzos. Ella misma se sentía un poco al margen de las mujeres novelistas contemporáneas suyas, en tanto que se decantaban más por el sustantivo “mujeres” que por el adjetivo “escritoras”: “¿Por qué sale a la palestra [Rose Macaulay] tan innecesariamente? Pero me parece que todas nuestras principales novelistas femeninas hacen aquello que les piden en este sentido, y yo no soy del todo una de ellas”.

 

Esto no significa que olvidase el tema feminista, al contrario. Es un asunto al que hace referencia a menudo y siempre con la inteligencia afilada, pero los verdaderos objetivos de la escritora fueron siempre exclusivamente literarios; el estilo de su prosa de creación y el de sus ensayos y análisis literarios está, además, muy diferenciado. Por otra parte, en la ideología de Virginia Woolf había también un componente antifascista y expresó las dos preocupaciones, por ejemplo, en “Tres guineas”, pero sin contaminar nunca de didactismo sus obras. Es más, detestaba la literatura panfletaria y la que tuviera una finalidad moral, al estilo clásico.

 

En su crítica del libro de R. Brimley Johnson, The Women Novelist, deja claro su pensamiento sobre la discriminación literaria por razones de sexo: “La experiencia parece demostrar que criticar la obra de un sexo como tal no es sino exponer, casi siempre con acritud, una serie de prejuicios derivados del hecho de ser hombre o mujer”. Y añade unas palabras con las que no puedo estar más de acuerdo: “…toda enfatización consciente, sea por orgullo o por vergüenza, del sexo de un escritor no solamente es irritante, sino superflua”.

 

Misivas

“No, no y no; por el amor de Dios, basta. ¿Por qué te empeñas en que cambie la resolución? ¡Mil veces no! Señor mío, eres excelente, eres inimitable. Pero, mi amigo, no es grano de anís que le haya dejado por el general Bolívar; dejar a un marido sin tus méritos no sería nada. ¿Crees por un momento que, después de ser amada por este general durante años, de tener la seguridad de que poseo tu corazón; vaya a preferir ser la esposa del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo o de los tres juntos? Sé muy bien que no puedo unirme a él por las leyes del honor, como tú las llamas, pero, ¿crees que me siento menos honrada porque sea mi amante y no mi marido? ¡Oh! No vivo para los prejuicios de la sociedad, que sólo fueron inventados para que nos atormentemos el uno al otro. (…) Pero basta de bromas. (…). Nunca más volveré a tu lado. Eres católico, yo soy atea y eso es nuestro gran obstáculo religioso; quiero a otro y esto es una mayor y todavía más fuerte razón. ¿Ves con qué exactitud razono? Siempre tuya. Manuela

Carta de Manuela Sáenz (amante de Simón Bolívar) a su marido James Thorne. Y es que Bolívar era mucho Bolívar.

44 Fontenoy Streel, Dublín. Me gustaría que usaras bragas con tres o cuatro volados, uno sobre otro, desde las rodillas hasta los muslos, (…) con abundante perfume; (…) de modo que, lista para ser amada, pueda ver solamente la ondulación de una masa blanca de telas y así, cuando me recueste encima de ti para abrirlos y darte un beso ardiente de deseo en tu indecente trasero desnudo, pueda oler el perfume de tus bragas tanto como el caliente olor de tu sexo y el pesado aroma de tu trasero. Te habrán impresionado las cosas sucias que te escribo. Quizá pienses que mi amor es una cosa sucia. Lo es, querida, en algunos momentos.

Carta de James Joyce a Nora Barnacle. Y parecía tan formalito.

Duelo de plumas

El debate poético más célebre de América en todos los tiempos lo sostuvieron el Premio Nobel chileno Pablo Neruda y su terrible adversario Pablo de Rokha. Es un poema largo, titulado Tercetos dantescos a Casiano Basualto (nombre que le da a Neruda), su enemigo declarado le retrata así:

"Gallipavo senil y cogotero / de una poesía sucia, de macacos, / tienes la panza hinchada de dinero. / Defeca en el portal de los maracos, / tu egolatría de imbécil famoso / tal como en el chiquero los verracos. / Llegas a ser hediondo de baboso, / y los tontos te llaman: ¡gran podeta! / en las alcobas de lo tenebroso. / Si fueras un andrajo de opereta, / y únicamente un pajarón flautista, / ¡sólo un par de patadas en la jeta! / Pero tu índole sadomasoquista, / un tiburón de las cloacas suma / a la carroña del oportunista. / Y si eres infantil como la espuma, / eres absurdo Cacaseno oscuro, / si el escribir con menstruación te abruma. / Gran burgués, te arrodillas junto al muro / del panteón de la Academia Sueca, / a mendigar… ¡dual amoral impuro! / Astuto, ruin, tarado, voz gangosa, / saqueas a la URSS, envilecido / con la tremenda mano estropajosa. / "La araña negra" y "el patibulario" / te llamó Juan de Luigi, al cual echabas / en cara la ceguera… ¡oh, mal corsario! / De país en país gran arribista, / tu gonorrea literaria has ido / vendiendo como egregio pendolista. / Toda tu obra, mal robada imita: / "Macchu Picchu" es Ramponi, el argentino, / a quien plagiaste su "Piedra infinita". / Tagore, Baudelaire, Vallejo, (vino / y mito), te encubren, y te aterra / haber transado tu alma de cochino. / Siendo mi feto, te das de iconoclasta, / y a mí me has estafado desde el nombre / a esta línea de fuego que te aplasta. / Y si aún deseas premios y más premios, / te ofrezco el premio de la sinvergüenzura / colosal y feroz de los bohemios, / que se cavan la propia sepultura: / no importas tú, ¡importa tu impostura!"

Pablo de Rokha, Premio Nacional de Literatura en Chile, acabó suicidándose, y Neruda lo lamentó. Pero en Confieso que he vivido, su libro de memorias, puntualizó lo siguiente: "La característica suprema de Perico de Palothes, filósofo nietzscheano y grafómano irredimible, era su matonismo intelectual y físico. Ejerció de perdonavidas en la vida literaria de Chile. Tuvo durante muchos años una pequeña corte de pobres diablos que lo celebraron. Pero la vida suele desinflar en forma implacable a estos seres circunstanciales. El trágico final de mi iracundo antagónico -se suicidó ya anciano- me hizo vacilar mucho antes de escribir estos recuerdos. Lo hago finalmente, obedeciendo a un imperativo de época y de localidad. Una gran cordillera de odio atraviesa los países de habla española; corroe las tareas del escritor con afanosa envidia. La única manera de terminar con tan destructiva ferocidad es exhibir públicamente sus accidentes".

Poesía y pintura

La comparación entre poesía y pintura ocupó el tiempo y las reflexiones de teóricos del arte, filósofos y estetas hasta la segunda mitad del siglo XVIII; pero las diferencias entre ambas artes se manifiestan de manera muy explícita en los últimos años del siglo XX, porque el centro de interés se desplaza desde la realidad exterior, que todo artista imita, a la mente y los sentimientos, que todo artista expresa. No es la imitación de la realidad externa lo que pinta el pintor o lo que describe el poeta, es la expresión que esta realidad despierta en la imaginación y en la razón del artista lo que pintará el pintor y describirá el poeta.

Diderot expone esta cuestión mediante una fábula: “Un español, o un italiano, deseoso de poseer el retrato de su amada, que no podía mostrar a ningún pintor, resolvió que la única cosa que podía hacer era dar su descripción más detallada y exacta por escrito. Primero determinó la proporción justa de la cabeza, después describió las dimensiones de la frente, de los ojos, de la nariz, de la boca y del cuello. Una vez descritos, volvió sobre cada una de las partes y procuró que su espíritu grabase en el pintor la verdadera imagen de su amada; no olvidó ni los colores, ni las formas, ni nada referente al carácter, y cuanto más comparaba su escrito con el rostro de su amada, más parecido le encontraba. Pensó que cuanto más llenaba la descripción de pequeños detalles menos libertad daba al pintor y no olvidó ninguno de los detalles que pueden cautivar un pincel. Cuando le pareció que tenía acabada la descripción, realizó cien copias, que envió a cien pintores, y les pidió que ejecutasen sobre el lienzo la descripción exacta que había hecho de su amada. Los pintores comenzaron a trabajar y, pasado un tiempo, el amante recibió cien retratos, todos reproducían rigurosamente su descripción, pero ninguno se parecía a otro ni tampoco a su amada”.

El amante hizo un esbozo de lo que quería que el pintor pintase. De la misma manera que es el lector, y su imaginación, quién materializa visualmente el poema, el pintor visualizó el proyecto de la amante y lo realizó. Respecto al texto literario, lo que hacen el lector y el pintor es lo mismo: visualizar y materializar lo que está escrito, y este proceso es un producto y una consecuencia de la subjetividad, y la lectura del texto o la pintura que se hagan son expresiones de esta subjetividad.

El arte no es imitación de la naturaleza, ni imitación de las acciones de los hombres, es expresión de la subjetividad del artista, es una construcción de su mente a partir de la experiencia de la realidad, pero transformada por el efecto de su imaginación y de su idea. El arte (la poesía y la pintura) es una proyección del pensamiento y de los sentimientos del artista, es un proceso de la imaginación que modifica y sintetiza imágenes, pensamientos, sentimientos, recuerdos y analogía. Es, pues, el artista el elemento primordial, tanto del proceso artístico como de los criterios con que ha de ser juzgado.

En la celda

Es la esperanza del recuerdo, el lugar donde unos hombres, crueles, desnudan su memoria. Es allí donde el invierno no tiene fin, donde la canícula no conoce descanso, allí donde la voz del hombre, temeraria, desafía a la muerte.

La literatura: esa matemática imposible, esa vaga geometría indemostrable, esa extraña música hecha de silencios pronunciados, esa perversión del lenguaje.

Allí el pasado que no existió y que vislumbramos, el futuro que ya no podrá ser, el presente que perdura en un verso. Allí los crucifijos manchados de sangre, las oraciones del pedante, los avernos cotidianos y el generoso infierno de Dante; allí los que prefirieron escribir una página original antes que una página memorable.

A lo largo del tiempo una secta, más o menos irreal, ha ido creando pesadillas, dictando símbolos, anotando realidades. Sus fieles se turnan ante el papel como apóstoles frenéticos y ciegos. Las páginas que se han escrito igualan en número a las arenas del desierto y a las estrellas que intuye el astrónomo. Su memoria no conoce nombre, ni esquina, ni sufrimiento o gloria. Cada soldado de cada batalla podría adjudicarse, con derecho, una página escrita en su memoria.

Aquí, desde esta celda, repito incesante la memoria de mis antepasados, reescribo la historia de su estirpe, que es la nuestra, la de todos: a la vez infinita y minúscula. Aquí desde esta celda, los libros que me rodean no me salvan, me condenan.

Extraña secta la nuestra, que prefirió la sangre real de los libros a la ficticia sangre de la batalla, porque de la sangre derramada en el pasado ya no hay más que la que estos fieles copistas quisieron salvar en sus páginas. Y no hay más dolor, ni más caricia, ni otro poder o esclavitud que el encerrado en los libros. De nada valieron las intrigas, los asesinatos, el perdón o la gloria, de nada sirvió el odio o el amor: todo fue literatura.

La memoria de Leonhard Euler, las paradojas del mejor de los ingleses, la memorable desconfianza de Feyerabend, las historias que reescribieron la historia, los fríos poemas de Gottfried Benn, los delirios de Sade y sus razones, la muerte que regresa en cada libro o los versos desengañados de François Villon. La literatura, nadie lo ignora, es la memoria del tiempo. Ojalá que los que vengan mañana a ocupar esta celda no olviden su destino y su labor. Yo no conozco mayor libertad que esta servidumbre.

Libros de autoayuda

Por ingenuos que parezcan sus planteamientos, los libros de autoayuda viven un boom. Fish, la eficacia de un equipo radica en la capacidad de motivación. Winner, el triunfador no nace, se hace. La paradoja, la verdadera esencia del liderazgo, La ley de Murphy, Más Platón y menos Prozac, Cómo alcanzar la perfección. Cómo generar grandes ideas, Aprenda a organizarse... Estas obras ofrecen remedios para casi todos los problemas.
Se acusa a los autores de libros de autoayuda de ser unos listillos en busca de dinero fácil, de vender como panacea unas ideas que están incluidas en el sentido común más elemental. Quién sabe cuántos lectores han logrado triunfar, ser líderes, ser perfectos, dejar de fumar, curarse una depresión, hacerse millonarios... gracias a estos libros, pero las ventas siguen subiendo.

Los libros de autoayuda son un engañabobos, cualquier persona medianamente inteligente sabe que la solución a sus problemas no está entre unas páginas adobadas de filosofía barata y buenas intenciones que prometen el oro y el moro. Los grandes retos que nos plantea la vida, las dificultades que hemos de superar constantemente, dependen de multitud de circunstancias personales y ambientales, y resulta imposible que puedan recogerse en un libro de planteamientos tan genéricos que no contempla las particularidades de cada individuo.

Triunfar en los negocios no es igual de sencillo para un obrero en paro que para un economista de Wall Street, para una persona que vive en Suecia o para otra que vive en una mísera aldea de Guinea, no todos tenemos las mismas posibilidades y las mismas capacidades para llegar a idéntica meta. Estos libritos hacen que cualquier objetivo parezca fácil de alcanzar y esto es bueno, infundir ilusión y esperanza en alguien que se siente hundido o abrumado por sus desgracias puede ejercer un efecto positivo en el lector, aunque a la vez puede dejarle frustrado cuando ese dorado trofeo que le prometieron se queda en un espejismo.

Walter Benjamin

Finales de septiembre de 1940. El prófugo alemán Walter Benjamin cruza de forma ilegal los Pirineos huyendo del nazismo. Los alemanes han anulado la resistencia francesa y se ha producido lo impensable: Hitler pasea en un coche descapotable por los Campos Elíseos. Parece que la Whermacht sea invencible y vaya a conquistar el mundo entero.

Benjamin es judío, marxista alemán y librepensador. Demasiados títulos credenciales para sentirse seguro en una dictadura fascista que acaba de instalarse por la fuerza de las armas en la República francesa. Por eso huye. El grupo clandestino llega el 26 de septiembre a Portbou (Girona), al otro lado de la frontera. El pueblo que encuentran ofrece un paisaje de casas destruidas por los bombardeos franquistas durante la Guerra Civil española, en parte por el tristemente famoso acorazado Canarias.

La frontera entre el estado español y el francés se ha abierto hace poco, justo cuando el ejército alemán llega a Cervera de la Marenda. Los soldados de la Whermacht pasean por las calles con sus Mercedes y asustan a los niños pequeños con sus botas altas, todavía hoy algún adulto recuerda el estremecimiento que le provocaban aquellas botas. Los alemanes venden a comerciantes barceloneses objetos confiscados, es decir, robados, en el estado vecino, es una forma más de estraperlo. Quedan un millar escaso de habitantes, vigilados por las IV División de Requetés de Navarra, que construyen nidos de ametralladoras en la costa, en lo que pomposamente se denominó Línea Gutiérrez, y los escasos habitantes que todavía viven en el pueblo, tienen más familiares prófugos en el otro lado de la frontera que en este lado.

El que después fue considerado precursor de los movimientos estéticos de los años 60 del siglo XX, ha sido conducido a Portbou por Lisa Fitkko, miembro de la resistencia en Portvendres. Benjamin pide hospedaje, junto con la alemana Henny Gurland y su hijo de 16 años, en el hostal de Francia, próximo a la actual Rambla. Está agotado por la marcha a través de caminos de montaña. Padece del corazón y necesita descansar. Le conviene recuperar fuerzas porque su meta es Lisboa, y de Lisboa, los Estados Unidos. Al día siguiente, lo encuentran muerto en su habitación. ¿Qué sucedió aquella noche? Nadie lo sabe con certeza. Antes de ir al hostal, el prófugo se presenta en la aduana de Portbou. Allí las autoridades franquistas le comunican que dispone de 24 horas para abandonar el territorio español. ¿Cómo es posible si llevaba un visado norteamericano? Desde el encuentro de Serrano Suñer, mano derecha de Franco, con Ribbentropp, ministro nazi de Exteriores, las condiciones de paso se han endurecido. Y Benjamin es un apátrida, Berlín le había retirado la nacionalidad al ser judío y huir del país. La vuelta al estado francés significa la muerte.

Según el libro “Para Walter Benjamin”, editado en 1991 por la Asociación de Instituciones Culturales Independientes de Alemania (ASKI), esta presión es la que hizo que se suicidara de una sobredosis de morfina. Exactamente la misma morfina que se utilizaba para combatir el dolor físico y que ya era en él una adicción. Fitkko asegura en sus memorias que la madrugada del día de la muerte de Benjamín, éste le llamó a su habitación y le dijo que había tomado morfina para matarse, pero que no se lo comentara a nadie.

Hay personas que opinan de otra manera. El que entonces fuera un joven camarero en la cantina de la estación, Simó Granollers, cree que fue asesinado. “Escuché muchas conversaciones de inspectores de la policía y agentes de aduanas, ya que la estación era el centro neurálgico del pueblo, y todo el mundo decía que los alemanes habían matado a un compatriota”, asegura Granollers. Y recalca que no se le hizo la autopsia al cadáver y que fue enterrado rodeado de misterio. Hay que pensar que el misterio era tan grande que la identidad del apátrida se conoció en Portbou diez años después de la muerte. Por si eso no era bastante, los miembros de la GESTAPO instalados en el pueblo desplegaron aquellos días una actividad inusual. Se habla de un saco extraño que metieron en el maletero de un coche.

En el archivo parroquial de la Iglesia de Santa María, figura que el escritor alemán recibió la extremaunción antes de morir y fue enterrado en un cementerio católico. Walter Benjamin era judío, marxista y librepensador, ¿cómo pudo confesarse con un sacerdote católico antes de morir? El posible que el padre Freixes deseara que se le enterrara en sagrado, y no como a los animales, en cualquier lugar, fuera del cementerio. La cartera de piel que Benjamin protegía a cualquier precio, llena de documentos, seguramente con su última obra, aparece vacía. Fitkko fue la encargada de destruir los papeles, ¿o se los quedó para protegerlos? Benjamin muere el día 27, víctima de una hemorragia cerebral, pero en el registro de defunciones figura el 26. Los historiadores favorables al asesinato dicen que los nazis querían evitar un mártir. Los que abogan por el suicidio defienden que fue Fitkko quien borró pruebas comprometedoras.

Reales o imaginarios, los misterios de Benjamin todavía dan mucho que hablar. Entre tanto, el antiguo pueblo fronterizo vive pendiente de que se cree una fundación que no termina de hacerse realidad. Existe un monumento a Benjamín cerca del cementerio, un frío pero evocador espacio de hierro y tragedia. El Ayuntamiento dispone de un fondo fotográfico que recopila informaciones sobre el filósofo y el pueblo. Las autoridades españolas no han sabido potenciar a este personaje de renombre internacional, y algo se podría hacer para mantener vivo el espíritu que personifica a tantas víctimas, a tanto dolor que camina a caballo entre las absurdas fronteras que levantamos los humanos.

Deseo

DESEO Rabindranath Tagore
Deseo decirte las palabras más profundas, pero no me atrevo, pues temo tu burla. Por ello me río de mí mismo y transformo en bromas mi secreto. Me burlo de mi dolor, para que no te burles tú.

Deseo decirte las palabras más sinceras, pero no me atrevo, pues temo que no me creas. Por ello las disfrazo de mentiras y digo lo contrario de lo que pienso. Me esfuerzo en que mi dolor parezca absurdo para que no te lo parezca a ti.

Deseo decirte las palabras más valiosas, pero no me atrevo, pues temo no ser correspondido. Por ello te nombro duramente y me enorgullezco de mi insensibilidad.
Deseo sentarme silenciosamente a tu lado, pero no me atrevo, pues temo que mis labios traicionen mi corazón. Por ello hablo disparatadamente, escondiendo mi corazón tras mis palabras. Trato a mi pena con dureza, para que no lo hagas tú.

Deseo alejarme de ti, pero no me atrevo, pues temo que descubras mi cobardía. Por ello levanto la cabeza y me acerco a ti con aire indiferente. La constante provocación de nuestras miradas remueve mi dolor sin piedad.


SI... Rudyard Kipling
Si conserváis la calma mientras todos
la cabeza perdieron y os censuran;
sin en vosotros creéis, sin ofenderos
de que os pongan los otros bajo duda.
Si al mendaz toleráis sin ser mendaces;
si esperáis sin fatiga ni cansancio;
si no pagáis el odio con el odio,
sin por ello tomar aires magnánimos.
Si pensáis y soñáis sin a los sueños
o el pensamiento hacer vuestro objetivo;
si sabéis afrontar el fracaso y el triunfo
a entrambos presentando un rostro mismo.
Si soportáis que la verdad que hablasteis
la truequen en embuste gentes necias;
si las cosas que hicisteis veis caídas
y las habéis de alzar sin herramientas.
Si cuanto con trabajo conseguisteis
a un solo golpe lo arriesgáis de suerte
y sabéis, perdiendo vuestra vida,
hacer que en el principio recomience.
Si vuestro corazón y vuestras fibras
servir hacéis, aun cuando estén deshechos
y si sabéis luchar, faltando todo
salvo la voluntad, que dice: Quiero.
Si frecuentando al vulgo os guardáis sabios
y si sensatos al tratar a reyes;
si a todos apreciáis y poco a todos
y nadie, amigo o no, dañaros puede.
Si a sesenta segundos de distancia
el minuto alejáis de odio y reproche,
vuestra es la tierra con cuanto contiene
y, lo que es más, oh hijos, seréis hombres.

He leído en una revista feminista que las obras Deseo, de Rabindranath Tagore y Si... (If), de Rudyard Kipling son claramente machistas.

Según el artículo, en Deseo queda de manifiesto la incapacidad de los hombres para hablar de sus emociones y sentimientos, de su cobardía para comprometerse en una relación afectiva. Si... refleja el carácter combativo del macho de la especie, que tiene que mostrarse fuerte y duro en cualquier circunstancia, por adversa que ésta sea, y jamás puede permitirse una reacción que pueda interpretarse como signo de debilidad.

La literatura se presta a interpretaciones, por eso hay tantas versiones de una obra como lectores se aproximan a ella. Para mí Deseo y Si... nacen de lo profundo de dos seres humanos, tanto da que sean hombres y poetas. En Deseo habla un corazón enamorado que no sabe muy bien cómo manejarse con este sentimiento. ¿Acaso el amor no nos desborda y nos vuelve irracionales a todos? En Si... habla un padre, intenta que sus hijos sean personas de bien: hombres, no representantes del sexo masculino o de un modelo caduco de virilidad, simplemente hombres, con todo lo que de miseria y grandeza implica el término.

Shakespeare no escribió las obras que se le atribuyen

Tras cinco años de minuciosas indagaciones en archivos históricos británicos, Brenda James, una especialista en la obra shakespeariana, y el catedrático de la Universidad de Gales William Rubinstein, aportan pruebas fehacientes de que el verdadero autor de las obras que se le atribuyen a Shakespeare fue el aristócrata y diplomático inglés Sir Henry Neville (1562-1615). Este descubrimiento será publicado en un libro que se presentará a finales de este mes en el teatro Shakespeare’s Globe de Londres.

Los asuntos políticos tratados, así como la ubicación geográfica de las obras de Shakespeare, forman parte de los viajes y aventuras conocidas de Neville, un diplomático y político muy cultivado que era originario de Berkshire. Trabajos de amor perdidos contiene parte de las cuestiones debatidas en la Universidad de Oxford en la época en que Neville estudiaba allí, entre 1574 y 1579. Medida por medida está ambientada en Viena, ciudad que Neville visitó en 1580. Uno de los temas de la obra: las leyes contra la inmoralidad, describe ideas con las que se enfrentó el político cuando conoció a un filósofo calvinista del lugar. Romeo y Julieta, La fierecilla domada, Dos caballeros de Verona y El mercader de Venecia suceden en el norte de Italia, región que visitó Neville en 1581 y 1582. Hamlet tiene por escenario Dinamarca y, según la investigación, Neville obtuvo datos sobre los antecedentes del príncipe danés mientras recorría la actual Polonia. Enrique V es fruto de la estancia de Neville en Francia, donde fue embajador de Inglaterra entre 1599 y 1600. De hecho, algunas de sus escenas fueron escritas en francés, idioma hablado por Neville y que Shakespeare ignoraba.

Como político, Neville participó en una revuelta fallida dirigida por el conde de Essex contra el Gobierno en 1601, motivo por el que fue encarcelado en la Torre de Londres acusado de traición. Entonces las obras pasan bruscamente de un tono histórico o cómico a otro sombrío y trágico. Otra prueba es un documento redactado por Neville mientras estaba preso, cuyo contenido acabó siendo utilizado en la obra Enrique VIII. Además, se dan también sorprendentes similitudes de estilo y vocabulario entre las cartas privadas y diplomáticas de Neville y las obras y poemas de Shakespeare. Por último, un documento descubierto en 1867 contiene una prueba directa de que Henry Neville practicó la falsificación de la firma de William Shakespeare, sin contar las relaciones personales a través de amigos y conocidos que hubo entre ambos. Rubinstein asegura que han acumulado tal cantidad de pruebas que la idea de que Neville sea el autor parece abrumadoramente sólida.

No es la primera vez que se cuestiona la autoría de las obras de Shakespeare. A lo largo del tiempo se han propuesto los nombres de diversos escritores que pudieron utilizar el seudónimo de Shakespeare. El escritor y filósofo Francis Bacon es uno de ellos. Lo mismo ocurre con Christopher Marlowe, autor teatral. Otros nombres que se barajan son el del escritor Ben Jonson, sir Walter Raleigh, Edward de Vere, un reputado mecenas literario, e, incluso, la reina Isabel I.

Las dudas sobre la autoría de las obras de Shakespeare nacen de la convicción de que un hombre de escasa cultura e ínfima extracción social como Shakespeare: un actor, no habría sido capaz de elaborar textos de semejante valor artístico y profundidad de pensamiento. Parecería más probable la idea de que Shakespeare era sólo un testaferro, o a lo sumo aquél que ponía en escena y recitaba los dramas que se le atribuyen, pero que las obras se deben a un escritor de gran talento y sensibilidad.

En mi opinión, las obras se presentan solas. Para apreciar cualquier composición artística basta y sobra con ella misma. Una obra gusta o no, visceralmente y con independencia de las distinciones que haya recibido el autor y de sus circunstancias personales. El autor ha de estar detrás de su obra y no delante. El protagonista es el arte y no el artista, y dejando al margen quién las escribiera, las obras de Shakespeare son geniales en contenido y forma.