Pinceladas rápidas que poco dicen pero que en perspectiva muestran un cuadro: soledad a penas perceptible, esfuerzo sobrenatural, sima que engulle. Silencios explícitos, más que las exhaustivas explicaciones.
Decir más callando, sin reflexiones morales ni divagaciones innecesarias, solo trazos precisos como latigazos, un par de detalles para retratar la oscuridad.
La vida sin pasión no es vida, es un estado de catalepsia cercano a la muerte, es la muerte misma.
El mundo está lleno de cadáveres, muertos putrefactos que hieden y contaminan el aire que respiramos los vivos.
Soy escritora y mi universo son cuatro paredes con libros, papeles, plumas... Me gusta pensar que conmuevo almas, que bajo esa capa de palabras, mi obra trasciende, transmite, toca la fibra sensible de los otros.
Mi obra es malparida, deforme, imperfecta, porque la belleza nunca es perfección, ni rima, ni técnica, ni academicismo.
Estudié poesía creativa un día, el tiempo que me costó descubrir que no te enseñan a escribir, ni a sentir, ni a hacer arte.
El arte debe reflejar el alma del artista. Al leer un libro, se tiene que notar si el escritor estaba exultante, furioso, nostálgico, enamorado: ¡la pasión!
Soy individualista, no sigo normas, ni estilos, ni modas... Escribo, y mi obra es diferente según quién la mira. Cada lector destila conceptos, sensaciones e ideas en su propio alambique y mi escrito se transmuta y vibra en cada alma con un sonido distinto.
Me expreso escribiendo. Escribir no es mi oficio: es mi manera de vivir, y escribiendo, además, me divierto.
¿Qué es Poesía? Ninguna definición mejor que la de Bécquer: poesía eres tú, todo lo que me emociona y altera, todo lo que me conmueve y me hace vibrar. Podrá no haber poetas que con su torpe rima intenten explicar lo inexplicable, pero siempre, siempre habrá Poesía.
Hay libros cuyo valor, imposible de cuantificar, radica en sus efectos. Son libros corrosivos, que deconstruyen el pensamiento y disuelven las telarañas del espíritu. Te dejan cruelmente burlado y profanado, en medio de un laberinto donde el extravío te coloca a merced de un Minotauro cualquiera que te despedaza la conciencia. No puedes volver atrás, porque atrás son las ciénagas de la ignorancia, el mundo antiguo, y tú eres ya un ser redimido de la multitud, que afronta la vida con desconfianza y sarcasmo, sometido al tormento de la duda y más allá del bien y del mal.
En realidad, la Literatura no se escribe para ser explicada, sino para su comprensión directa y goce estético. Pero podemos profundizar en esta comprensión y goce estético a través de la reflexión sobre las causas que convierten un texto en obra de arte.
Lo primero que necesitamos es comprender el sentido literal de las palabras, con la ayuda, si es preciso, del diccionario. En segundo lugar, intentaremos traducir al lenguaje común el literario del texto. La mayor dificultad la pueden presentar las imágenes (metáforas, símbolos, etc.), en las que las palabras son tomadas, no en su sentido primero y denotativo de la comunicación ordinaria, sino en una acepción secundaria o connotativa. La significación correcta, en este caso, no la dan las palabras aisladas, sino el significado general del texto en que figuran esas imágenes. En este momento, el papel más importante lo juega la intuición de cada uno, y no el razonamiento. Y es que el mensaje poético se dirige más al sentimiento que a la razón. Hay lectores que captan de forma inmediata y profunda el contenido de un pasaje, y otros que carecen de la suficiente sensibilidad.
Es posible, a pesar de todo, que se nos escape alguna parte del texto. En unos casos, los pasajes oscuros se interpretan intuitivamente por el contexto. En otros, quizá la oscuridad sea provocada por el propio escritor, porque no se dirige a la razón para una comprensión lógica, sino para causarnos extrañeza, para despertar en nosotros sensaciones y emociones. En algunos poetas las imágenes o grupos de imágenes tienen un valor independiente del conjunto e importan por sí mismas. Así, de algunos poemas de García Lorca se han dado muchas interpretaciones. El mismo poeta dijo de uno de ellos que no lo había "entendido" cuando lo escribió.
Para apreciar una obra de arte, cualquiera, es preciso tener una "preparación", una sensibilidad especial, una intuición. Intuición significa, precisamente, adivinación, comprensión penetrante y rápida de una idea, sin necesidad de que intermedie el razonamiento o discurso. Sólo una persona sensible, un lector intuitivo, puede, en efecto, reproducir en su alma, como un todo orgánico, el mismo estado poético del autor en el momento de realizar su obra.
Cómo es posible. Cómo puedo lograr la redención de un pasado, borrar las marcas del dolor, el odio y el silencio, dulce querencia. Barreras con fisuras. Exilio deliberado y definitivo. Justicia voluntaria hecha a destiempo. Cómo permitir el descanso de la conciencia, el justo olvido, la esperanza liberadora.
Es el atardecer de una calurosa tarde de verano. Un grupo de cebras pasta tranquilo en la sabana antes de que caiga la noche. El río fluye azul y un trecho más allá y algunos animales se acercan a beber después de haber olisqueado el aire y dirigido una mirada a la basta llanura, hasta donde se pierde la línea parda del horizonte.
Seis leonas se mueven sinuosas por la planicie. Es el ciclo del hambre y de la comida que nunca termina. La naturaleza dicta sus leyes y el código de cada ser afirma en el silencio de su instinto que las cosas son como son y el inútil intentar cambiarlas. Cada uno vive su tiempo y cumple las reglas. Lo importante es que la vida continúe, siempre distinta y siempre la misma.
Algunos pájaros picotean el suelo junto a las cebras. Todo parece tranquilo, cada cual está atento a lo suyo. De improviso la calma se rompe cortada por un latigazo intempestivo. Los pájaros alzan el vuelo presurosos, aunque lo que sucede nada tiene que ver con ellos. El grupo corre. Las leonas corren. Los demás callan y observan.
Un trecho de carrera. Las rayas negras se mueven vigorosas, estampadas sobre lomos y grupas que brillan empapados por el sudor del esfuerzo. Se huele el peligro. El aire huele a muerte.
Del grupo al galope se descuelga el más joven o el más débil, el que está más enfermo o cansado. Salió huyendo al mismo tiempo que los demás, pero la distancia que los aleja es cada vez mayor. Nadie mira atrás, están absortos en su propia lucha, saben que no se puede hacer nada, corren para sí, aunque formen un grupo. Son las normas.
El rezagado respira con dificultad, las fuerzas le abandonan, mientras corre lucha contra la tentación de dejarse atrapar. La frontera de la vida le parece lejana e inaccesible. Sigue corriendo, cada célula le obliga, pero casi no se sostiene. Una pata se le quiebra en un mal paso. Ahora sabe que no hay esfuerzos que valgan. El grupo está ya lejos, muy lejos y a salvo. Sabe que jamás se reunirá con ellos. Trota con su pata renqueante. Esta solo.
La leona se lanza a su cuello. Una dentellada certera fulmina a la cebra, es una hembra joven, una madre reciente. Sus ojos fijos e inmóviles ven todavía el espanto. Otras leonas llegan con sus garras fuertes y los colmillos como navajas. Aquí se acaba el verano recién iniciado. Aquí terminan todos los veranos. Es la ley de la vida, se dice mientras cae resignada y exhausta.
Una cría aguardará ansiosa el regreso de la madre que no vuelve. Los cachorros felinos se relamen ante el festín que se anuncia. La muerte. La vida y su fragilidad.
Mi curiosidad insaciable me plantea a veces dudas, problemas de difícil resolución. ¿Qué habría en el cerebro antes de existir la palabra? Porque la palabra no es sólo el instrumento que utilizamos para comunicarnos, concebimos nuestras ideas en palabras y en literatura esas palabras constituyen el estilo, que está absolutamente configurado por la idea.
Arnold Bennet dijo que "la idea sólo puede existir en palabras y sólo en una forma de palabras. No se puede decir exactamente la misma cosa de dos modos distintos. Si se altera ligeramente la expresión, se altera levemente la idea. Cuando un autor corrige y pule su estilo, está corrigiendo la idea también. Una idea sólo existe cuando se expresa y no antes. Se expresa por sí misma: una idea clara se expresa claramente, una idea vaga, vagamente".
Coincido en lo esencial con este planteamiento, sobre todo si se aplica a la ciencia, a la filosofía o al ensayo, aunque en poesía y prosa narrativa, en ocasiones se desea expresar de forma intencionada una idea confusa o imprecisa. Puede que en ciencia una idea sea una palabra y en filosofía un concepto su vocablo, pero en literatura primero existe una emoción, luego se apacigua y se transforma en sentimiento y este estado anímico es el que el autor intenta expresar.
Una emoción no es un concepto, ni un sentimiento es una argumentación, por lo cual habrá maneras paralelas de expresarlos. ¿Cuál será la mejor? No creo que exista una más deseable que otra, pienso que depende del autor, de eso que llamamos estilo y que Proust definió "no como el adorno que creen algunos, tampoco es una cuestión de técnica, es una cualidad de la visión, la revelación particular del universo que cada uno ve, y que no ven los demás".
El estilo no es ni un adorno, ni técnica, sino una visión personal, pero diga lo que diga Proust, la forma, la manera de revelar un universo a los demás, es cuestión de técnica. La poesía no suena bien por que sí, en un poema cada palabra está escogida con esmero para crear una cadencia armoniosa, hay una música interior en cada poema, hecha de escritura con número y ritmo, con simetría y asimetría, con alternancia y sorpresa, con sonoridad. En poesía, a menudo, la idea es música. En prosa, la rima queda abolida y el poema se convierte en una sucesión de frases que describen imágenes evocadoras, con frecuencia, hay poesía en la prosa.
¿Cómo se pasa de lo abstracto a lo concreto, cómo escribir con claridad y belleza una impresión confusa, una idea complicada, una intuición? ¿Cómo nacen las palabras, cada idea tiene una palabra y viceversa?
Recuerdo la paradoja que Platón expone en su obra Menón: "Buscar la solución de un problema es absurdo; porque, o bien sabes ya lo que estás buscando, y en este caso no hay tal problema, o bien no lo sabes, y entonces no cabe esperar encontrarlo". Tal vez nunca averigüemos cómo el cerebro traduce sus creaciones mentales en palabras, de dónde surge una idea creativa, si llega del exterior o si es un proceso de recombinación de impensadas asociaciones. Los seres humanos somos muy limitados y nuestros medios de percepción influyen en la manera de interpretar las cosas. El ojo ve porque existe la luz, trabaja con las cortapisas que le impone un sistema celular que trabaja con bastones y conos que impresionan la retina y depende de unas neuronas que lleven estos burdos estímulos al cerebro, sin embargo, lo que vemos nos parece cierto y le otorgamos el rango de verdad.
La escritura pone palabras a nuestro sistema emocional, pero sentimos más de lo que podemos decir, aun así, la palabra es la mejor creación del hombre, con ella influimos en los demás, nos comunicamos, informamos, con la palabra representamos imágenes, producimos música, emocionamos. La vida antes de la palabra debió ser... ¿Qué palabra expresaría mi idea de limitada, aislada, inhóspita, triste...?
Él conducía un Porsche negro nuevo. Ella un Opel Corsa destartalado.
Él acababa de salir del garaje de un edificio de oficinas de alto standing. Ella volvía de hacer su compra semanal en Hipercor.
Él bajó el vidrio tintado de la ventanilla de su coche y la saludó efusivamente. Ella se sorprendió, no creía conocerle de nada, pero, como es tan despistada y educada, le devolvió el saludo.
Él, con un gesto, le concedió su aprobación a la música que escuchaba Ella. (Queen, a toda pastilla.)
Ambos se detuvieron ante un semáforo en rojo y Él le dijo algo a Ella. Ella, por no oírle, hizo que Freddy Mercuri se desgañitara.
Él sonrió y, ante la imposibilidad de hablar con Ella, le lanzó un beso apasionado. Ella pretendía ignorarle, aunque Él insistía en hablar con Ella.
Al final, Él y Ella se sonrieron y Freddy recuperó un tono menos forzado.
Él estuvo apunto de colisionar con otro vehículo por colocarse a la par en el semáforo donde aguardaba Ella, esta vez el beso que le dedicó fue con lengua.
Él y Ella continuaron su idilio a lo largo de avenidas, calles y semáforos oportunamente rojos.
Al llegar a una bifurcación, Ella indicó con el intermitente la dirección que seguiría y a Él se le escapó un mohín de pena al señalar el sentido contrario.
Antes de que sus vidas se separaran para siempre, Él asomó la cabeza por la ventanilla de su flamante Porsche negro y le gritó a Ella: ¡Ets meravellosa!
Ella sonrió y no le creyó, pero le llenó de satisfacción que alguien, además de su marido, la considerara maravillosa.
La línea del horizonte corta el cielo inmenso. Una chicharra tozuda ofrece su concierto. Ni un pájaro osa alzar el vuelo porque el sol cae a plomo sobre el polvo. Tierra soriana de secano salpicada de casas heridas de abandono, con las vigas rotas y las tejas idas. Campo, campo, campo. Bueyes metálicos aran el firmamento con supersónicos surcos blancos y allí, a lo lejos, los tres álamos son un oasis en el desierto.
A la hora de la siesta el sol deslumbra. Muda y sola la tierra se cuartea. El atardecer trae el sosiego, es el momento del paseo, de la charla con los vecinos. En un intenso manto de negrura, las estrellas se multiplican sobre la tierra ruda mientras la vida transcurre a trompicones, entre sueños sencillos y duras realidades.
Aquel hombre me daba pena. Dominado por la furia, me pateaba todo el cuerpo y me perseguía por la casa al tiempo que me insultaba. No podía soportar la idea de ser un cornudo.
Yo le dejaba apalearme sin hacer nada por escapar de sus golpes. Podía destrozarle la yugular en un instante, pero sentía lástima por él. Al final, yo me quedaría con Luisa. Y es que ningún hombre soporta vivir con una esposa que se tira a su perro cada día.
La depresión es un territorio solo para convictos condenados a cadena perpetua, a pudrirse en las húmedas celdas de la desolación, a suicidarse y a resucitar.
Él es un hombre inteligente, educado, apuesto y elegante; posee un fuerte carisma y una personalidad irresistible; es brillante en todo cuanto hace, un empresario hábil, el amigo ideal, el amante soñado... Yo le presto mi cuerpo, vivo oculto en el interior de su alma, una roca inaccesible y fría, mi refugio.
Él es un experto en el difícil arte de seducir, el que se gana las simpatías, el que infunde confianza, transmite seguridad y suscita apasionados amores. Yo le dejo hacer, saboreo sus éxitos, me siento orgulloso de sus logros. Nuestra relación simbiótica es inmejorable hasta que alguien se enamora de él o le toma un afecto especial, entonces yo abandono mi guarida y me hago con el control. Permanezco alerta día y noche, estudio meticulosamente a mi oponente, me introduzco bajo su piel y escruto su cerebro y su corazón hasta que aprendo a pensar como mi adversario e incluso logro anticiparme a sus ideas. Aguardo paciente y siempre atento a que se me ofrezca la oportunidad de lanzar mi ofensiva y cuando se presenta la ocasión, aniquilo a mi enemigo, no puedo soportar que nadie me ame.
No disfruto de mi triunfo ni me regocija la derrota del rival, siento un desprecio profundo por los que me aman, los considero estúpidos por ser tan confiados, por no advertir las señales de peligro, por no descubrir al monstruo que se esconde tras la fachada deslumbrante que es él. Luego prosigo mi camino impasible, sin culpas en la conciencia, he hecho lo correcto, eliminar a alguien peligroso. Al cabo de un tiempo, sin siquiera buscarlo, aparece otra incauta mariposa que revolotea deslumbrada alrededor del hechizo su luz y la historia vuelve a repetirse una vez y otra, hasta el hastío. He perdido la cuenta, desconozco el número exacto de mujeres y hombres que han sucumbido al encanto de él, que han sido destruidos por mí, y es que necesito obsesivamente que me quieran y no puedo resistir el cariño de nadie. Me hallo inmerso en un círculo vicioso del que no logro escapar, soy prisionero de mi delirio.
Antes gozaba con este absurdo juego de seducción y ataque, pero ahora va perdiendo interés, se ha convertido en algo rutinario y demasiado fácil, y es que he depurado mi técnica hasta alcanzar un macabro virtuosismo. Mi última víctima acabó suicidándose, era una buena mujer que cometió el grave error de enamorarse de él, estaba dispuesta a cambiar su vida y a abandonar a sus hijos por permanecer a su lado, llegó a perder la dignidad, lo habría dado todo por él, y a mí me producía asco su dulzura, sus atenciones y su cariño. No tuve más remedio que pasar a la acción, tenía que librarme de su afecto. Hice que rompiera su matrimonio, que renunciase a sus hijos y a su trabajo por él, le prometí el paraíso y la llevé al infierno de la locura. La dejé abandonada en un aeropuerto, esperando a que él se presentara, y desaparecimos. La depresión me allanó el camino, se encontraba sola, sin dinero, vivía en una fétida habitación pintada de amarillo. Habían transcurrido siete meses cuando él la telefoneó para interesarse por su estado y ella estaba loca, pero seguía amándole, pese a todo. Acudió a visitarla con un ramo de flores y una poesía en los labios, ella recobró la ilusión y la esperanza y entonces yo le dije que iba a casarme con otra. Dos días después leí la noticia en el diario, una sobredosis de somníferos le dio a ella la paz y a mí la victoria definitiva.
Desde entonces, mi meta me lleva un poco más lejos, a la muerte. Quien me ama, merece morir. ¿Qué ocurrirá cuando deje de ser atractiva esta variante de mi juego? ¿Qué nuevos alicientes podré encontrar? Tal vez matar, tal vez el placer de ser yo el instrumento ejecutor de mi sentencia...
Sí, no es mala idea. Podría torturar a mis víctimas y llevarlas a la muerte tras una lenta agonía. Quizás su sufrimiento pudiera redimir mi dolor, este dolor lacerante que me tortura sin compasión. Alguien tiene que pagar por ella, por esa mujer que me odiaba y me maltrataba, por esa mujer que me abandonó cuando yo tenía siete años. Puedes ser tú.
Sus ojos me examinan y luego baja la vista sin que encuentre la prueba que está buscando. Ni un gesto raro, ni una sola evidencia, nada le demuestra mi tara. Noto que se atrinchera tras el prejuicio, que le molesta, que no sabe reaccionar. No puedo modificar su respuesta instintiva, esta primera impresión. El diálogo se le hace imposible porque ya no me ve como amigo y esta decisión es inapelable, así el círculo se cierra y el contacto resulta imposible.
Una palabra es suficiente para calificar mi estigma y este nombre me perseguirá siempre: homosexual. Una definición que a mí me deja indiferente por ser demasiado vasta y poco comprensible. Una palabra que supone una cadena a la que se liga toda una existencia, una prisión donde se encierra al individuo. Yo desaparezco bajo la etiqueta de homosexual, como otros desaparecen bajo el epígrafe de calvo, oligofrénico, viejo o negro, estas reducciones provocan miradas que hieren la personalidad y abren llagas secretas.
El ser humano es de una complejidad asombrosa, ¿podemos reducirlo a rubio, simpático, gordo...? Estas calificaciones ¿nos ayudan a descubrir el misterio que se oculta tras cada individuo? Yo pienso que es un peligro. No se pueden impedir los juicios, pero hay que evitar el daño engendrado por unas consideraciones precipitadas y obligarnos a mirar al otro con generosidad.
Detrás de las palabras se oculta un ser, una personalidad única, rica, que el peso de los prejuicios acaba recubriendo de una capa endemoniadamente categórica. La silla de ruedas, el perro lazarillo, es lo que salta a la vista, pero ¿vemos tras el bastón blanco a la persona? ¿Queremos verla?
Las reflexiones sobre la normalidad me apasionan hasta la obsesión, me atormentan, me lastiman. Al principio lo hubiera hecho todo por se normal y observaba a los individuos normales para conocerlos mejor. ¿Qué es un hombre? Descartes lo define como un ser estrambótico, Rabelais celebra su risa, Brillant-Savarin destaca su capacidad para destilar frutos y extraer licores como característica para demostrar que se es un hombre. Beaumarchais sugiere que beber sin sed y hacer el amor en cualquier momento nos diferencia del resto de los animales. Valéry escribe que aquél que sabe hacer un nudo pertenece a la raza humana. Estas tentativas de definición tienen simplemente el mérito de poner en evidencia, no sin humor, la dificultad de definir al ser humano.
Una definición, por demasiado simplista, resulta peligrosa. Determina abusivamente lo que es normal o no y engendra una marginación, una exclusión incluso. Toda reducción que circunscribe al hombre negando la unicidad del individuo confunde el accidente con la sustancia. Este tipo de engaño encubre unas formas a menudo insidiosas. Un día un hombre me dijo que se sentía orgulloso de ser homosexual, yo no me siento orgulloso de mi condición, pero sí hay algo que me llena de orgullo: soy un hombre con unos derechos y unos deberes iguales a los de los demás, comparto sus mismos sufrimientos, las mismas alegrías... Este orgullo nos une a todos, al cojo, al judío, al zurdo, al inmigrante sin papeles. Tanto ellos como yo, somos hombres.
Mis ojos húmedos miran al suelo, esquivo su rostro para no hacer más grande su vergüenza y para no ver la incomprensión y la repugnancia que lleva asociadas. Han caído las máscaras. Creía que no era necesario protegerse delante de un amigo, refugiarse dentro de una armadura. Un amigo no condena, pero él acaba de demostrarme que no era mi amigo.
¡Corazón! Aquí estamos los tristes y solos; escúchame: ¿por qué reí? ¡Oh dolor mortal!
Dear Oscar:
He venido hasta tu tumba en el Père-Lachaise para contemplar tu alma convertida en esta esfinge de piedra que te sirve de guardián. No puedo imaginarte polvo blanco, dormido en la oscura caverna de la muerte, porque tú eres Wilde: el mismo, sólo por sí mismo, eternamente, uno y único.
En este siglo de sueño te has perdido tantas cosas. Pocas buenas. Dos guerras mundiales, varias revoluciones, la degradación absoluta de los valores estéticos y artísticos, la llegada a Marte, la clonación de seres vivos, el gay power. Sí, has oído bien. La historia ha hecho de ti un precursor de la causa homosexual. ¿Te ríes? Pura ironía, cierto. Si tus enemigos levantaran la cabeza... No te quejes, tuviste los mayores éxitos que un artista puede desear... Y las peores calamidades que un hombre puede resistir. Lo sé, conozco tu vida, y también sé que no te limitaste a existir.
Si hubiera encontrado en el estanco tus Abdullah Imperial Preference, te habría traído una cajetilla, aunque tal vez prefieras el perfume de la rosa, una golondrina, como la del cuento. ¿El cigarrillo? No me sorprende, hace tanto que no aspiras su aroma. ¿Sobre ti? Entiendo tu curiosidad. Te diré que tus hijos vivieron una larga existencia en Europa, sin tener que sufrir por los pecados de su padre, que uno de tus nietos prepara una biografía que te hará justicia, que eres el autor más traducido después de Shakespeare, que tus obras perviven gracias a la magia de tus palabras. Tu luz no se apaga. ¿Eterno? Sí, eres eterno, dear. Tus hijos, tus amigos y todo aquel que haya comprendido que ha de hacerse perfecto a sí mismo, te ha hecho eterno. Conseguiste lo que pretendías, causar una gran sensación.
¿Yo? Intento escribir siguiendo tus consejos, me olvido del público, procuro decir bien lo que digo, y tengo en cuenta que la literatura no se lee. Claro que te admiro, por eso estoy aquí. De niña leí tus cuentos y me cautivaron porque eran distintos a los demás, a esos tan cursis que escribieron los Grimm, Andersen o Perrault. No me preguntes qué, pero había en ellos algo especial trascendiendo más allá de las palabras: tu innegable talento para seducir. Te has ido ganando mi aprecio obra tras obra hasta llegar a De profundis, donde te superas a ti mismo para ser sublime.
Empieza a llover y la humedad me empapa y penetra la piedra de tu mausoleo. Huele a flores, a tierra, a incienso que se enreda en los recuerdos. Sí, me marcho ya. A mí también me ha agradado conversar contigo. Aunque confieso que los cementerios me dan grima, hay algo inquietante en ellos: la muerte y sus triunfos ganados a la vida. ¿Escribirte? Desde luego. Te escribiré y seguiremos caminando bajo las estrellas.
La dificultad para apreciar las cualidades estéticas en la obra de Sade proviene no tanto de su "escandaloso" contenido, sino de la imposibilidad de juzgar objetivamente los escritos, desvinculándolos del autor, o mejor dicho, apartándonos de todo lo que implica en nombre de Sade. Como ocurre con otros artistas, la fama de la persona influye en la valoración de su obra, y así el carácter extravagante de Dalí, la persecución y la sentencia de muerte que pesa sobre Salman Rushdie, el comportamiento libertino de Casanova o la sordera de Beethoven pesan en el ánimo del público. En el caso de Sade, se tiende a confundir la biografía del autor con su literatura. Treinta años de prisión, sus cartas, las arengas desde la Bastilla y los escándalos que protagonizó se entremezclan con las orgías de las Jornadas, las desgracias de Justine o las depravaciones de Juliette.
Supongamos que de la vida de Sade supiéramos lo mismo que de la vida del autor del Lazarillo de Tormes, en tal caso, es improbable que su obra se interpretase como biográfica y tal vez fuera considerada imaginaria. Sólo ubicada en el tiempo, el siglo XVIII, gracias al vocabulario y el estilo empleados, la obra de Sade recibiría otras críticas. Leída por un lector sobre el que no influyan condicionantes religiosos, morales u otro tipo de prejuicios, produciría una interpretación distinta, menos teológica y más literaria. "Mi manera de pensar es el fruto de mis reflexiones; está en relación con mi existencia, con mi organización. No tengo el poder de cambiarla; y aunque lo tuviera no lo haría. Esta manera de pensar que censuráis es el único consuelo de mi vida; me alivia de todas las penas en la cárcel, constituye todos mis placeres en el mundo, y me importa más que la vida. La causa de mi desgracia no es mi manera de pensar sino la manera de pensar de los otros". "Sí, reconozco que soy libertino: he concebido todo lo concebible en ese género, pero que duda cabe de que no he hecho todo cuanto he imaginado ni nunca lo haré. Soy un libertino, pero no un criminal o un asesino", dice de sí mismo Donatien-Alphonse-Francois, marqués de Sade.
No todos los que le conocen comparten esta opinión, en 1810 el Ministro Montalviet firma un decreto en el que se considera a Sade poseído por la más peligrosa de todas las locuras; que sus escritos no son menos insensatos que sus palabras y su conducta personal; que dichos peligros son sobre todo inminentes en medio de seres cuya imaginación ya es de por sí débil o extraviada y se ordena que sea alojado en un local completamente aislado de modo que toda comunicación, ya sea con el interior o con el exterior, le sea prohibida, aun contra cualquier pretexto que invocase. "Se tendrá especial cuidado de prohibirle todo uso de lápices, tinta, pluma y papel...".
La virtud y el vicio son caras de la misma moneda, se complementan, la una no existiría sin la otra, Sade lo sabe y crea a Justine, que sigue el camino de la recta virtud y a su hermana Juliette, que camina por la senda del vicio y a quien favorece la prosperidad. En la Francia de Sade las leyes protegían la virtud y castigaban el vicio, pero lo cierto es que el vicio triunfaba en la práctica y la virtud conducía al abismo a quienes la practicaban. Sade bien pudo escribir una crítica social, un tratado político, una denuncia contra la sociedad hipócrita en la que vivía. Tal vez intentó trastrocar el orden establecido con su deseo de invertir los términos y favorecer el vicio considerándolo una acción legal y no punible. Quizás no haya más intención que la de crear un contrapunto poético haciendo que la virtuosa Justine muera fulminada por un rayo y la pérfida Juliette acabe condenada a vivir en un convento. ¿No será la muerte una liberación, un premio a la virtud, y el convento un castigo más atroz que la misma muerte? Es difícil aventurar una hipótesis plausible por que los razonamientos de Sade no siguen un procedimiento lógico, aunque dé la impresión que sus personajes usan las armas de la filosofía.