Aristóteles y Murphy
Aristóteles aconsejaba no discutir con cualquiera, una recomendación que confirma la famosa ley de Murphy, según la cual si uno discute con un idiota podría ocurrir que los demás no percibieran la diferencia.
Descartes era un hombre complicado. Los hombres son complicados. Ciertamente, hay quienes terminan por reconocer que la verdad es simple, pero siguen sosteniendo que el único método seguro para llegar hasta ella es dando muchas vueltas. De hecho, sólo a través de un laborioso razonamiento llegó Descartes a enterarse de que existía. Casi al final, minutos antes de expiar o de acceder al plano del humor, creo que aún no daba su brazo a torcer: ha valido la pena, decía, filosofar toda la vida para convencerse de que filosofar toda la vida no valía la pena. Efectivamente, un largo viaje de Madrid a Barcelona pasando por Caracas.
No somos nadie. Los hombres nacen, crecen y mueren. Sí, ya sé que la letanía completa dice que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Su condición corporal, a la vez que les impone un fatal desenlace, les permite perpetuarse de algún modo en sus hijos. Aunque, por suerte para la humanidad, no todos los hombres tienen hijos, la selección natural implacable deja estériles a aquellos cuyos genes no son dignos de transmitirse.
¿Qué es la muerte? No lo sabemos. No podemos saberlo. Este misterio vuelve misteriosa nuestra vida, que se convierte así en un camino que no sabemos adónde va, o lo sabemos demasiado bien: a la muerte, pero sin conocer qué hay detrás, ni siquiera si hay algo.
La teoría naturalista de Rousseau de que "el hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe", surgió en el siglo XVIII a tenor de unas circunstancias culturales y políticas concretas que se vivían en la época y en las que se intentaba combinar el imperativo kantiano con la inclinación natural: "la personalidad libre debe desarrollarse", fue una de las máximas vigentes en aquel tiempo. Todo ser se reduce a una fuerza espiritual eterna (el yo) que se desenvuelve libremente en los actos subjetivos y en la cual el hombre puede elevarse espiritualmente.
De mis lecturas bíblicas conservo el recuerdo de algunas frases que el evangelio atribuye a Jesucristo y que vosotros habréis escuchado alguna vez. Cito de memoria, pero el sentido de las palabras creo que es exacto. No se oculta una buena noticia sobre el celemín, sino que se pone como un candelero para que alegre a toda la casa. Guardaos de los profetas de calamidades, que vienen a vosotros como lobos vestidos de ovejas, como aguafiestas disfrazados de predicadores. ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? Quiero que tengáis en vosotros mi propio gozo y que vuestro gozo sea completo. Si sonreís sólo a los que os sonríen, ¿qué mérito tenéis?, ¿no hacen lo mismo los paganos? No atesoréis motivos de alegría que la carcoma del tiempo echa a perder y los envidiosos podrían desbaratar; atesorad, en cambio, gozo para el cielo; donde está tu gozo allí está tu corazón. Vosotros sois la alegría del mundo, pero si la alegría se pone triste, ¿con qué la alegrarán? Esto os mando, que os alegréis los unos a los otros.
Los ojos sólo ven lo que la mente conoce. No vemos con los ojos sino con el cerebro, que es el órgano encargado de procesar la información que le llega y encontrarle un sentido.
La sofística es: no pensar que nada es cierto, sino que nada es verdadero. El escepticismo es contrario al dogmatismo; la sofística, lo contrario del racionalismo, de la filosofía. Si no hubiera nada verdadero, ¿qué sería de nuestra razón? ¿Cómo argumentar, discutir, conocer? ¿Cada cual tiene su verdad? De ser así, ya no habría verdad alguna, pues ésta sólo es válida si es universal.
"Yo no busco, yo encuentro", decía Picasso, adoleciendo de esa falta de humildad que caracteriza a los genios.
Cualquier creyente ilustrado se siente autorizado para negar la existencia de Dios en cuanto su bondad queda en entredicho. De ahí que, ante cualquier desaguisado, puede relegarlo a la inexistencia: Si Dios existiera, no permitiría esto. Esto puede ser una guerra o la muerte del perro.
El ridículo está hecho casi siempre de sufrimiento, del escarnio inherente a un yo idealizado, obstinado o susceptible en exceso. Pero yo no sé evaluar a los humanos: juzgar, comprender, reconocer que no comprendo nada, un proceso claramente disuasorio.