Blogia
Cierzo

Filosofando

Aristóteles y Murphy

Aristóteles aconsejaba no discutir con cualquiera, una recomendación que confirma la famosa ley de Murphy, según la cual si uno discute con un idiota podría ocurrir que los demás no percibieran la diferencia.

Cuestión de matiz

¿Produce ruido un árbol que cae en una selva virgen? La respuesta a esta adivinanza, que aunque no lo parezca es todo un rompecabezas plagado de implicaciones fisiológicas, psicológicas y filosóficas, depende por completo de nuestro modo de definir el sonido. Si lo definimos como una vibración de ondas, la respuesta será sí, existirá un ruido aunque nadie lo oiga; si lo definimos como una sensación auditiva, la respuesta será no.

Descartes

Descartes Descartes era un hombre complicado. Los hombres son complicados. Ciertamente, hay quienes terminan por reconocer que la verdad es simple, pero siguen sosteniendo que el único método seguro para llegar hasta ella es dando muchas vueltas. De hecho, sólo a través de un laborioso razonamiento llegó Descartes a enterarse de que existía. Casi al final, minutos antes de expiar o de acceder al plano del humor, creo que aún no daba su brazo a torcer: ha valido la pena, decía, filosofar toda la vida para convencerse de que filosofar toda la vida no valía la pena. Efectivamente, un largo viaje de Madrid a Barcelona pasando por Caracas.

Disquisiciones sobre Dios II

Respuesta al comentario de un lector que escribe: Tu ensayo sobre Dios es irreverente, injusto e insultante para cualquier creyente. Haces bien en ser escéptica, si es lo que quieres ser, pero deberías respetar las creencias de los demás y no ridiculizar las Escrituras ni blasfemar.
Sin duda eres una excelente pensadora, sabes darle la vuelta a todo y hacer que cualquier idea aparezca a los ojos de los demás como tú deseas. Conviertes en verdad absoluta tu verdad relativa con hábil palabrería. Dios con su divina misericordia te sabrá perdonar.

Caray, Menkes, leyendo tu comentario tengo la impresión de que acaban de anatematizarme y excomulgarme, condenando mi alma al fuego eterno hasta que se recupere de las redes del diablo y vuelva a la enmienda y a la contrición. Excommunicamus et anathematizamus.

Soy escéptica, no lo niego, dudo mucho, tengo pocas certezas y por eso sé que mi verdad, como bien apuntas, es una verdad relativa, pues se halla determinada por la perspectiva desde la que la contemplo. Ni siquiera una evidencia constituye una absoluta garantía de verdad, y es que no podemos estar absolutamente seguros de nada: ni de que Dios exista ni de lo contrario. Además, la verdad no es otra cosa que lo que uno decide creer.

No pretendía herir ninguna sensibilidad con mis palabras, me he limitado a exponer lo que pienso, pues yo más que creer pienso, a eso me enseñaron en la facultad. Respeto a los demás, eso incluye todo el lote: ideas, actuaciones, fes... y procuro ser una persona de bien, en la medida en que mi mísera condición humana me lo permite.

Tal vez te parezca inadecuada mi forma de hablar sobre Dios. Lo sé, es la clásica acusación contra los lenguajes antropomórficos. Para evitar tal reproche, la filosofía se ha esmerado siempre en manejar nociones neutras y asépticas, llamando a Dios Primera Causa, Ser Necesario o Ser Subsistente. Son ideas de laboratorio, como esa leche a la que, con el afán de librarla de impurezas, terminan quitándole el sabor y el poder nutritivo. La Escritura no gasta tantos remilgos. En ella se nos habla de la risa de Dios, de su ira, de su alegría y sufrimiento. Yahvé no era un ente de razón, ni tampoco un Dios remoto, como los dioses babilónicos, atareados exclusivamente en el gobierno de los astros, sino un Dios de pie a tierra, de andar por casa, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, un Dios capaz de encolerizarse, de reír, de arrepentirse... En suma, un Dios muy semejante a cualquiera de nosotros.

He opinado sobre las locuciones bíblicas con lenguaje fatalmente humano, si con ello he ofendido a alguien, que la grandeza de su corazón sepa disculparme. Si he ofendido a Dios, Él me perdonará, es su oficio.

Revolucionarios y revoluciones

Quizás mi criterio personal al respecto sea algo atípico, pero considero que, históricamente, todos los acontecimientos revolucionarios que se han producido tenían un destinatario exterior. Iban dirigidos a los “otros”: la nobleza, los burgueses, los capitalistas, los conservadores o, simplemente, a quienes, según la idea del revolucionario de turno, podían oponerse a sus deseos o frustrar sus proyectos.

Ya sabemos los resultados que ha conseguido esta manera de exteriorizar la revolución. Millones y millones de muertos en nombre de loables ideas de igualdad, fraternidad, libertad y justicia, para llegar a un modelo de sociedad donde tan deseables abstracciones son más valiosas por lícitas que por presentes.

Todo sistema de convivencia, por muy justo y razonable que pueda parecer, está condenado a fracasar si el mensaje que transmite no es asumible por la generalidad de las personas, y para que eso sea posible, sus postulados han de ser armonizables con la naturaleza humana.

“Los sistemas no cambian a las personas, son las personas las que pueden cambiar los sistemas”. Por eso yo defiendo y practico “mi” revolución interior, una revolución que no va contra nadie, ni intenta cambiar a nadie, excepto a mí misma.
Los revolucionarios clásicos pretendían transformar el mundo y este objetivo les parecía tan importante que los llevó a violentar la voluntad y la vida de las personas que se oponían a sus propósitos. La revolución interior propone justo lo contrario: respetar la vida y las ideas ajenas, y limitar los enfrentamientos que cada uno pueda tener con sus particulares contradicciones internas.

Mi idea de la revolución es la de luchar por mi felicidad personal sin agredir al prójimo, yo soy arte y parte, objeto y sujeto de mi propio perfeccionamiento como persona. Por eso en vez de malgastar esfuerzos en intentar cambiar a los demás, reservo mi energía para invertirla en mi perfeccionamiento personal.

Como conclusión, añadiré una cita de Boris Vian: “Lo que me interesa no es la
felicidad de todos los hombres, sino la de cada hombre”.

Filosofadas

Filosofadas _Unos creen lo que ven, otros creen que ven.

_Dios no existe, dicen los ateos ateniéndose estrictamente a la evidencia.

_Un hombre inteligente nunca intenta matar a su adversario, sino tan sólo hacer que se suicide.

_Hay personas a las que no es necesario insultar, basta con describirlas.

_Se dice que la palabra distingue al hombre de las bestias, pero es la palabra precisamente la que revela muchas veces la bestialidad del hombre.

No somos nadie

No somos nadie No somos nadie. Los hombres nacen, crecen y mueren. Sí, ya sé que la letanía completa dice que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Su condición corporal, a la vez que les impone un fatal desenlace, les permite perpetuarse de algún modo en sus hijos. Aunque, por suerte para la humanidad, no todos los hombres tienen hijos, la selección natural implacable deja estériles a aquellos cuyos genes no son dignos de transmitirse.

Para hacer una historia familiar detallada, diré que los hombres pertenecemos al orden de los primates, suborden de los homínidos, y aquí hago una precisión que ningún paleontólogo, y mucho menos un moralista, dejaría de consignar: no todos los homínidos somos iguales. Aunque las mentes más abiertas, más liberales y ecuménicas, que prefieren destacar los elementos comunes sobre las diferencias, no pueden menos que reconocer que el mono es prognato y el hombre ortognato. No me refiero a la simple apariencia facial, hablo del ¡cerebro! Del desarrollo biológico del hombre que es, entre otras cosas, una cerebración creciente.

Partiendo de una masa cerebral del tamaño de un guisante, a finales del Terciario, algunos homínidos han llegado a alcanzar en la actualidad los 1.500 centímetros cúbicos. Un suceso glorioso. Pero no se queda ahí la gloria del hombre, en su masa encefálica en expansión, cada vez más grande y más compleja, un buen día saltó la chispa: la primera idea, ¡voilà! había nacido el homo, el primer hombre. Nos hicimos cazadores, agricultores, ganaderos, herreros y ¡oh, prodigio! científicos.

Tal vez a causa de tantos "logros", en nuestra condición humana haya arraigado la tendencia a la vanidad, una irrisoria pasión por lo que siempre se llamó y se seguirá llamando, de manera absolutamente inapropiada, el progreso. ¿Pero existe acaso el progreso? Hay quien afirma que cada avance es un retroceso, que cada conquista conlleva una decepción. Yo pienso que después de todos los males que ha eliminado el progreso, nuestra vulnerabilidad sigue siendo la misma y que después de todos los avances científicos, nuestra estupidez no ha disminuido un ápice.

Y es que el hombre es un ser estúpido por naturaleza, porque ¿no es cierto que, a medida que la humanidad se perfecciona, el individuo se degrada? ¿Qué me hace opinar así? Explicaré un rumor, que por ser rumor no deja de ser inquietante. Quizá alguien conozca la teoría que han difundido las universidades de Pretoria y Johannesburgo, según esta teoría, los negros fueron creados por Dios junto a los otros animales, para que ya en el paraíso sirvieran a los blancos como chóferes y cocineras. El argumento tiene fuerza persuasiva, es innegable: si Dios hubiera querido que los negros fuesen libres, los habría creado blancos.

Creo que la frontera entre el hombre y el animal no está clara; es imperceptible. ¿Quién puede asegurar que todos los seres humanos son racionales? ¿Podemos aseverar que todos los animales carecen de razón? Mejor pasamos por alto los casos individuales, me refiero a la especie humana en general. El hombre es el único animal que después de tropezar dos veces con la misma piedra, va, se gira y le da una patada. ¿Qué impresión puede causar esto en el resto de los animales? ¿Risa? ¿Compasión?

El hombre es un ser menesteroso, que busca su propio bien y a menudo se equivoca. No sabe resistirse al mal ni tampoco complacerse en él. Todo es mediocre en los humanos, somos bastante imperfectos. Nuestra vida no se caracteriza por el gozo ni por el dolor, sino más bien por la atonía. Vivimos siempre esperando lo mejor y temiendo lo peor. De nuestra vida moral hay que decir otro tanto, que se mueve dentro de una banda muy estrecha, muy lejos del sumo bien y del mal absoluto. No somos ni totalmente culpables, ni inocentes por completo, sino todo lo contrario.

En resumen: los hombres me parecen más que inocentes, inexpertos, y más que culpables, insolventes.

¿Bueno? ¿El hombre es bueno por naturaleza? Para responder a esta pregunta habría que definir previamente el adjetivo bueno, y un filósofo nunca incurriría en semejante disparate. El filósofo ha averiguado que por encima de todos los conocimientos concretos, y frecuentemente contra ellos, existe un conocimiento superior caracterizado por la abstracción. El filósofo es un especialista en generalidades: cada vez sabe menos de más cosas, hasta que llega a no saber nada de todo. He aquí la síntesis última de los grandes sistemas filosóficos, la apoteosis de la razón.

Es más fácil

Es más fácil culpar a los demás de nuestros fracasos que asumir que hemos fracasado a causa de nuestros errores.

La muerte

La muerte ¿Qué es la muerte? No lo sabemos. No podemos saberlo. Este misterio vuelve misteriosa nuestra vida, que se convierte así en un camino que no sabemos adónde va, o lo sabemos demasiado bien: a la muerte, pero sin conocer qué hay detrás, ni siquiera si hay algo.

Este misterio, que tal vez constituye el comienzo de la humanidad -probablemente ningún otro animal se ha preguntado jamás por la muerte-, no es ciertamente irremediable. Los filósofos no han dejado de dar respuesta a la pregunta “¿Qué es la muerte?” Una gran parte de la metafísica se ocupa de ella. Las respuestas se dividen en dos grandes grupos: las que dicen que la muerte no es nada –estrictamente, nada- y las que afirman que es otra vida, una existencia prolongada, purificada, liberada. La muerte no es nada (Epicuro), o no es la muerte, sino otra vida (Platón). Son éstas dos formas de negarla: como nada, puesto que nada no es; o como vida, puesto que entonces la muerte sería una. Pensar en la muerte es disolverla: el objeto se nos escapa necesariamente.

Entre estos dos extremos difícilmente cabe un justo término medio, a no ser aquél que no es tal: el reconocimiento de la ignorancia, la incertidumbre, la duda... Pero dado que, tratándose de la muerte, la ignorancia es nuestro destino, esta tercera posición no es más que el reconocimiento de lo que las dos primeras tienen de frágil o de indecible. Por lo demás, éstas no son tanto posiciones extremas cuanto proposiciones contradictorias y, como tales, sometidas al principio del tercero excluido. Es necesario que la muerte sea algo, o bien que no sea nada. Pero si es algo, este algo, que la distingue de la nada, sólo puede ser otra vida, un poco más oscura o un poco más luminosa que la otra, según el caso o creencias... En una palabra, el misterio de la muerte sólo permite dos tipos de respuesta, y quizás por eso articula de forma tan decisiva la historia de la filosofía y de la humanidad: están quienes toman la muerte en serio, viendo en ella una nada definitiva, y están, por el contrario, quienes no ven en ella más que un paso, una transición entre dos vidas, esto es, el principio de la verdadera vida. No obstante, el misterio no desaparece. Pensar la muerte es disolverla. Pero esto jamás ha librado a nadie de la muerte, ni le ha aclarado previamente qué significa morir.

¿Por qué reflexionar, entonces, sobre una cuestión que no podemos resolver? Porque toda nuestra vida depende de ella, como vio Pascal, y todo nuestro pensamiento: según creamos o no que hay algo después de la muerte, viviremos de un modo u otro. Por lo demás, quien pretendiera interesarse exclusivamente en problemas que pueden ser resueltos, y por tanto suprimidos como problemas, debería renunciar a filosofar.

Las ciencias no dan respuesta a ninguna de las cuestiones más importantes que nos planteamos. ¿Somos libres o estamos determinados? ¿Existe Dios? ¿Qué es el bien? ¿Existe vida tras la muerte? Estas preguntas, que podemos denominar metafísicas en un sentido amplio, puesto que trascienden de toda física posible, hacen de nosotros seres pensantes, o más bien seres filosofantes, las ciencias, que no se plantean estas cuestiones, también piensan, y esto es lo que denominamos la humanidad o, como decían los griegos, los mortales: no quienes van a morir, sino quienes saben que van a morir, sin por ello saber qué significa esto y sin poder evitar pensar en ello... El hombre es un animal metafísico; por eso la muerte es, siempre, su problema. Un problema que no hemos de resolver, sino afrontar.

El hombre es bueno

El hombre es bueno La teoría naturalista de Rousseau de que "el hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe", surgió en el siglo XVIII a tenor de unas circunstancias culturales y políticas concretas que se vivían en la época y en las que se intentaba combinar el imperativo kantiano con la inclinación natural: "la personalidad libre debe desarrollarse", fue una de las máximas vigentes en aquel tiempo. Todo ser se reduce a una fuerza espiritual eterna (el yo) que se desenvuelve libremente en los actos subjetivos y en la cual el hombre puede elevarse espiritualmente.

De estas ideas, del liberalismo basado en el "Contrato social" de Rousseau, del derecho natural que propugnaban los ilustrados Locke y Montesquieu y afirmaba la Revolución Francesa, surge la confianza en el progreso de la razón, se promueven las libertades individuales, la igualdad jurídica, el estado constitucional, la libertad económica, los derechos de la mayoría, el sufragio universal, la distribución más justa de la propiedad...
Sin duda, "El Siglo de las Luces" fue una etapa dorada en la historia de la humanidad.

Lástima que la realidad, con evidencia reiterada, nos demuestre a diario que si la sociedad es corrupta, lo es porque los hombres que la forman son corruptos o corrompibles, capaces de cometer los actos más sublimes y también las más monstruosas aberraciones. Como muestra, citaré únicamente las absurdas y evitables guerras que a lo largo de los años vienen sacando de madre a la bestia que todos llevamos agazapada en nuestro interior.

El Bien y el Mal son conceptos abstractos y relativos que fluctúan constantemente en el ser humano. El hombre ideal sería un hombre bueno. Todos sabemos lo que esto significa, pero no sabemos explicarlo, pues se trata de una de esas palabras básicas, primordiales, que lo explican todo y no admiten explicación. O bueno o malo, dicen los maniqueos. Tesis o antítesis, dicen los dialécticos. Ni esto ni aquello, pienso yo, que sé que todas las tesis y antítesis no pasan de ser puras hipótesis, productos mentales, fruto de nuestra tendencia a simplificar y exagerar.

Si yo tuviera que clasificar a los seres humanos, los dividiría en buenos, malos y regulares, nacidos en Francia, fontaneros, reyes, amables, ignorantes, etc. Pero si me viera obligada a resumir, dividiría a los hombres en dos grandes apartados: inclasificables y de difícil clasificación. Todos somos tan distintos y tan semejantes que no hay dios que nos juzgue y nos clasifique. Aparecimos en el planeta a principios del Pleistoceno y todavía no sabemos nada de nosotros mismos, por eso creo que deberíamos ser más comprensivos y menos jueces.

¿La fe produce felicidad?

¿La fe produce felicidad? De mis lecturas bíblicas conservo el recuerdo de algunas frases que el evangelio atribuye a Jesucristo y que vosotros habréis escuchado alguna vez. Cito de memoria, pero el sentido de las palabras creo que es exacto. No se oculta una buena noticia sobre el celemín, sino que se pone como un candelero para que alegre a toda la casa. Guardaos de los profetas de calamidades, que vienen a vosotros como lobos vestidos de ovejas, como aguafiestas disfrazados de predicadores. ¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe? Quiero que tengáis en vosotros mi propio gozo y que vuestro gozo sea completo. Si sonreís sólo a los que os sonríen, ¿qué mérito tenéis?, ¿no hacen lo mismo los paganos? No atesoréis motivos de alegría que la carcoma del tiempo echa a perder y los envidiosos podrían desbaratar; atesorad, en cambio, gozo para el cielo; donde está tu gozo allí está tu corazón. Vosotros sois la alegría del mundo, pero si la alegría se pone triste, ¿con qué la alegrarán? Esto os mando, que os alegréis los unos a los otros.

Sinceramente, queridos amigos, ¿a vosotros os parece que los creyentes son más felices que los que no creen? Ya sé que dicho así apenas tiene sentido, sería como preguntar si son más felices los dentistas, o los barítonos, o los domiciliados en la acera de los pares. Lo que pregunto es si los cristianos viven su religión como una religión de alegría. El mayor reproche que les hacía Nietzsche era no tener aspecto de ser felices. Hay en Roma un organismo oficial para la defensa de la fe, destinado a vigilar la ortodoxia. Pienso que hace tiempo deberían haber creado otro instituto para la defensa de la esperanza: el desaliento y la amargura son la peor de las herejías. Junto con las herejías del pensamiento, de fácil formulación, como aquella que sostiene que el Espíritu Santo procede sólo del Padre y no del Hijo, existen otras más difusas, más inconcretas, herejías digamos del sentimiento, la sensación dominante, verbigracia, de que la religión es algo sombrío y funesto, neurotizante, frustrante. ¿Acaso no atañe esto directamente a la ortodoxia?

La mayoría de los cristianos, en mi opinión, no viven su fe como fuente de alegría. Sin embargo, ¿la culpa es siempre suya? No sé qué pensaréis vosotros al respecto, pero por mi parte puedo deciros una cosa: cuando oigo a los curas hablar del sufrimiento, de la desgracia y el sacrificio, los encuentro bastante elocuentes. En cambio, en las contadísimas ocasiones en las que les he oído hablar sobre la felicidad o el gozo carecían de toda fuerza de persuasión. ¿Por qué? No creo que sea sólo por la especial dificultad del tema, dificultad extensiva también a las artes plásticas; basta recordar las dos cabezas que esculpió Bernini, la del réprobo doliente, tan impresionante, y la del bienaventurado feliz, tan tópica, tan inexpresiva. Tiene que haber otras causas. Seguramente existen predicadores que, en su deseo de reclutar adeptos, omiten toda alusión al sacrificio y a la renuncia, o suscitan unas vanas esperanzas anunciando por su cuenta un éxito o una satisfacción que nunca llegará, pero hay otros que son los culpables de una tergiversación peor: las promesas de felicidad que hizo Dios, cuando las exponen ellos, resultan tan poco convincentes que parecen falsas. Sería menester, supongo, todo un organismo oficial para defender la alegría cristiana contra unos y contra otros, contra los incendios y contra las inundaciones causadas por los bomberos.

Valdría la pena hacer una encuesta entre los creyentes preguntándoles qué concepto tienen de Dios, cómo se lo imaginan. Como un juez implacable, como el Altísimo o inaccesible, como un ojo que todo lo escudriña, como un soberano universal o ingeniero del mundo, como un benefactor omnipotente pero arbitrario, como Motor Inmóvil, como guardián celosísimo, etc. Frente a este Dios, la reacción más natural suele ser siempre el temor, el deseo de fuga. Sin embargo, acto seguido, la recomendación más lógica y a la vez más inesperada sería aquella que daba San Agustín: "¿Quieres huir de Dios? Huye a Dios".

De niña, yo comprendía muy bien el miedo inicial de los gorriones al espantapájaros, pero no comprendía cómo ese miedo puede prolongarse más allá de un tiempo prudencial. Al principio se asustan y escapan, y es natural que sea así. Pero después de algunos días deberían saber ya que ese palitroque con chaqueta es completamente inofensivo. Y luego habría una tercera fase, cuando por fin cayesen en la cuenta de que un espantapájaros resulta el mejor señalizador de los lugares donde encontrar alimento. La verdad, no entiendo cómo los gorriones no han llegado aún a una deducción semejante y cómo ésta no pertenece ya a la memoria genética de la especie. Tal vez sea menester que pasen algunos milenios. Pero ¿acaso los hombres somos más perspicaces?, ¿acaso las generaciones humanas han logrado a través de los siglos difundir una noción más aceptable de Dios?

Péguy no salía de su asombro ante la poca confianza que los hombres tienen en su Señor. Veía que son capaces de practicar la caridad y el desprendimiento, incluso son capaces de realizar por Dios algunos actos heroicos, pero en cambio no aciertan a confiar suficientemente en Él. Tras un día de trabajo agotador, se acuestan y no pueden dormir, porque no paran de darle vueltas a la cabeza a sus miserables preocupaciones, lo mismo que un puñado de pepitas en una calabaza vacía. "No me gusta la gente que no duerme" dice el Señor Dios. "Trabajar bien y dormir mal es peor que trabajar mal y dormir bien, porque la pereza es un pecado menos grave que la falta de confianza en Mí".

Se trata, pues, de confiar en Dios, de creer en su amor. Está bien que el hombre reconozca humildemente: "No soy digno del amor de Dios". Pero ésta no es la cuestión. La cuestión es darse cuenta de que tal amor, un amor inmerecido, gratuito e incondicional, ese amor sí es digno de Dios. Porque si Dios sólo amase a los que son dignos de su amor, ¿qué mérito tendría?, ¿no hacen lo mismo los paganos?

Los ojos ven lo que la mente conoce

Los ojos ven lo que la mente conoce Los ojos sólo ven lo que la mente conoce. No vemos con los ojos sino con el cerebro, que es el órgano encargado de procesar la información que le llega y encontrarle un sentido.

La primera vez que miré una radiografía sólo vi un montón de manchas; luego el médico me explicó qué representaba aquel cuadro claroscuro, las zonas negras correspondían a huecos, las claras a masa corporal, la radiografía era una compleja información, bastaba conocer las claves para descifrarla.

A veces el lenguaje se hace secundario y lo que toma mayor importancia es la percepción inconsciente, la intuición. Esta información entra a través de los sentidos, pero no pasa directamente a la corteza cerebral pensante, sino que se dirige a estructuras cerebrales más primitivas, y tal vez ahí es donde está el "inconsciente" del que habla Sigmund Freud.

Hay muchas cosas irracionales en la vida, una de ellas es el enamoramiento. El amor no es racional, es visceral, es activación de neurotransmisores y liberación de hormonas, dicho con palabras técnicas.

Me sorprende comprobar cuantas explicaciones hallamos sobre las cosas que nos rodean, cómo el hombre trata de moldear la realidad para hacerla inteligible, cómo intenta transformar el caos en orden, en lo que él cree que es el orden. Se viene haciendo desde el principio de los tiempos. Se le ha adjudicado al dios de la lluvia la responsabilidad de que llueva, con esa explicación cesaba la búsqueda de la verdad porque ya existía una "verdad". Cuando creemos tener la respuesta a un enigma, dejamos de buscar, dejamos de aprender, y entonces esa "verdad" se hace dogma, dejamos de cuestionarla. Liberamos el pensamiento para continuar aceptando nuevas explicaciones, y las nuevas explicaciones se aceptan en función de las creencias anteriores y para que no provoquen conflictos con ellas. Así actuamos siempre y de esta manera vamos conformando nuestro pequeño mapa del mundo, nuestra mitología de vida, lo que creemos que es o debe de ser el "afuera", y nos movemos de acuerdo a estas creencias y valores preestablecidos, y lo que es peor, los consideramos tan verdaderos que se los queremos imponer a otros, y los transmitimos a nuestros hijos y a los que tenemos a nuestro alrededor.

No creo que esto sea "malo" y lo pongo entre comillas porque no me gusta hablar en términos de bien o mal, en lo posible trato de no dar a las conductas un calificativo de valor, sino más bien de funcionalidad ante la vida.

Cada día que pasa entiendo la vida de manera diferente y cambia mi idea del mundo, trato de no afianzarme en ninguna idea, de estar abierta a los cambios, no hablo de los conocimientos sistematizados de la ciencia, sino del modo de entender la vida, de ir probando nuevas formas útiles y de deshacerme de conceptos viejos que ya no me sirven, de eliminar miedos y resignaciones...

Los hombres estamos en continuo cambio, el tiempo, las experiencias, los conocimientos, las relaciones con otras personas... nos van modelando. Esto es lo apasionante de vivir, ir creciendo día a día.

La sofística

La sofística La sofística es: no pensar que nada es cierto, sino que nada es verdadero. El escepticismo es contrario al dogmatismo; la sofística, lo contrario del racionalismo, de la filosofía. Si no hubiera nada verdadero, ¿qué sería de nuestra razón? ¿Cómo argumentar, discutir, conocer? ¿Cada cual tiene su verdad? De ser así, ya no habría verdad alguna, pues ésta sólo es válida si es universal.

Es imposible demostrar que los sofistas se equivocan, pues toda demostración presupone al menos la idea de verdad, pero lo que no se puede pensar de forma coherente es que tengan razón. Si no hubiera verdad, no sería verdad que no haya verdad. Si todo fuera falso, como pretendía Nietzsche, sería falso que todo sea falso. Por eso la sofística es contradictoria y se destruye a sí misma como filosofía. Los sofistas no se preocupan de ello. ¿Qué les importa contradecirse? Pero a los filósofos, desde Sócrates, sí les preocupa. Y tienen sus razones, que son la razón misma y el amor a la verdad. Si nada es verdadero, se puede pensar cualquier cosa, lo que es muy cómodo para los sofistas; pero entonces ya no se puede pensar absolutamente nada, lo que resulta letal para la filosofía.

Sofística es todo pensamiento que se somete a algo distinto de lo que parece verdadero, o que somete la verdad a algo distinto de ella misma –a la fuerza, el interés, el deseo, la ideología...-. El conocimiento es lo que nos distingue de ella en el orden teórico, como la sinceridad en el orden práctico. Pues si nada fuera ni verdadero ni falso, no habría diferencia alguna entre el conocimiento y la ignorancia, ni entre la sinceridad y la mentira. Las ciencias no sobrevivirían, ni la moral, ni la democracia. Si todo es falso, todo está permitido: se pueden falsificar las experiencias o las demostraciones, puesto que ninguna es válida; equiparar la superstición con la ciencia, pues ninguna verdad las distingue; condenar a un inocente, puesto que no hay diferencia entre un testimonio verdadero y uno falso; rechazar los resultados de una votación, pues solamente será válida si se conoce su resultado verdadero... Los peligros que entraña la sofística son evidentes. Si se puede pensar cualquier cosa, se puede hacer cualquier cosa. La sofística conduce al nihilismo, como el nihilismo a la barbarie.

Insatisfacción

Insatisfacción "Yo no busco, yo encuentro", decía Picasso, adoleciendo de esa falta de humildad que caracteriza a los genios.

Ahí le duele al hombre. Eternamente insatisfecho. Buscador impenitente. Burro tras la zanahoria apetecible del amor, la felicidad, la riqueza, la gloria, el poder y tantas otras ridículas como inaccesibles metas. ¿Qué busca cuando nada de lo que halla le complace?

Todos hemos visto más de una vez a alguien que andaba buscando sus gafas y las tenía puestas. Es un chiste viejísimo, tal vez anterior a la invención de las gafas. Hasta el mismo Dios conoce este chiste, a juzgar por aquella memorable sentencia suya que nos transmitió Pascal: "No me buscarías si no me hubieras encontrado ya". ¿Qué diferencia hay entre buscar algo y encontrar algo? Lo mejor que pueden encontrar los que buscan es un aumento de la ilusión para seguir buscando más y más.

¿Pecamos de obstinados o de distraídos al buscar sin tregua? Como aquél que busca ansioso sus gafas. "Pero si las tienes en la nariz". Y contesta irritado, sin dejar de buscar: "Sí, pero ¿dónde he dejado la nariz?"

La ambición nos impide disfrutar de nuestros irrisorios logros y nos obliga a seguir buscando. ¿De qué sirve escalar un monte cuando se puede alcanzar la Luna?

Una de mis hipótesis es que el hombre no está satisfecho con nada porque está insatisfecho de él. Intenta escapar de sí mismo, lograr la libertad, zafarse de sus miserias, sinrazones, contradicciones, debilidades, miedos, dudas, limitaciones... Pero la conquista de la libertad se asemeja mucho al ejercicio de trepar por una cucaña. Todas las noches hay alguna mano alevosa que vuelve a dar jabón al poste. En el mejor de los casos, la libertad se reducirá a un proceso infinito de liberación. Es un verbo, no un sustantivo. A veces hay alguien, más obstinado que hábil, que llega por fin al extremo del palo. ¿Y qué encuentra allí, en la misteriosa bolsa del premio? No hay tal premio; dentro de la bolsa hay solamente un papel diciendo que el premio se halla en la cucaña de al lado, o cualquier otra frase igualmente humorística que nos devuelve a la casilla de salida.

El amor

El amor es lo que nos hace vivir, él torna la vida digna de ser amada. Es el amor lo que nos salva; es, pues, el amor lo que hemos de salvar. Pero ¿qué amor? ¿Amor a qué? El amor es múltiple, se puede amar el poder, el dinero, a un amigo, a un hombre, a una mujer, a los hijos, a los padres, a Dios, a uno mismo... El empleo de una única palabra para designar amores tan diferentes genera confusiones. ¿Sabemos de qué hablamos cuando hablamos de amor? ¿No usamos la ambigüedad de esta palabra para adornar amores dudosos, para autoengañarnos, para aparentar que amamos algo distinto de nosotros mismos, para ocultar errores o extravíos?

Necesitaríamos palabras diferentes para nombrar amores distintos. En español, no faltan palabras: amistad, ternura, pasión, afecto, cariño, simpatía, concupiscencia... La única dificultad estriba en saber elegir entre ellas. Los griegos, más lúcidos que nosotros, o con mayor capacidad de síntesis, se sirvieron de tres palabras para designar tres amores diferentes: éros, philia, agapè.

¿Qué es éros? Es la falta y la pasión amorosa. Según Platón es: “Lo que no tenemos, lo que no somos, lo que nos falta, he aquí los objetos del deseo y del amor”. Es el amor que toma, que quiere poseer. ¿Cómo no amar lo que nos falta? ¿Cómo amar lo que no nos falta? Es el secreto de la pasión, que sólo dura mientras hay falta, desdicha, frustración. Necesita amar lo que no tiene, y sufrir, o tener lo que ya no ama -pues sólo ama lo que le falta- y aburrirse... Sufrimiento de la pasión, aburrimiento de las parejas: no hay amor (éros) dichoso.

Pero ¿cómo seríamos felices sin amor? ¿Y cómo no serlo cuando se ama? Platón no tiene razón en todo, ni siempre. El amor no siempre es falta: a veces también amamos lo que no nos falta, amamos lo que tenemos, lo que hacemos..., y lo gozamos con alegría. Es lo que los griegos denominaban philia,. Según Aristóteles: “Amar es alegrarse” y el secreto de la felicidad. En este caso amamos lo que no nos falta, aquello de lo que gozamos, y esto nos alegra, nuestro amor es este mismo gozo. Placer del sexo, dicha de las parejas, de los amigos: no hay amor (philia) desdichado.

Ágape es un concepto tardío. Éros y philia bastaban para describir la pasión o la amistad, el sufrimiento ante la carencia o la alegría de compartir, hasta que llegó Jesucristo y empezó a predicar cosas sorprendentes: “Dios es amor... Amad al prójimo... Amad a vuestros enemigos...”. ¿Qué clase de amor era éste? ¿Éros? ¿Philia? Esto nos conduciría a un absurdo. ¿Cómo puede Dios carecer de algo o ser amigo de cualquiera? ¿Quién podría pedirnos que amemos a todos y a cualquiera, al prójimo, y que seamos amigos de nuestros enemigos? Los discípulos de Cristo tuvieron que popularizar un neologismo para traducir al griego sus enseñanzas, y éste surgió del verbo agapan: amar, que carecía de un sustantivo corriente, lo que dio lugar a ágape, término que los latinos tradujeron por caritas y que nosotros conocemos como caridad. Caridad es el amor al prójimo, amar sin pedir nada a cambio, amar por nada, amar al enemigo.

Éros, philia, ágape: el amor que toma, que sólo sabe gozar o sufrir, poseer o perder; el amor que se alegra y comparte, que desea el bien de quien nos lo hace; el amor que acoge y da, que no necesita ser correspondido. Los tres tipos de amor son necesarios, no se excluyen mutuamente, son más bien tres momentos del proceso de vivir.

Dios

Dios Cualquier creyente ilustrado se siente autorizado para negar la existencia de Dios en cuanto su bondad queda en entredicho. De ahí que, ante cualquier desaguisado, puede relegarlo a la inexistencia: “Si Dios existiera, no permitiría esto”. “Esto” puede ser una guerra o la muerte del perro.

Dios está obligado a ser bueno o, de lo contrario, puede quedar abolido por cualquier mente racionalista como la de Nietzsche, que prefirió declararlo muerto.

Para que Dios sea venerado debe resultar temible, un dios bueno degenera enseguida en mamarracho, pero un dios cruel, vengativo y temible obliga a guardarle respeto.

Recordar

Recordar, del latín re-cordis, “pasar de nuevo por el corazón”.

El recuerdo comprende dos movimientos: la fijación emocional y reflexiva del presente y la reconstrucción nostálgica del pasado. Recordar es pues un acercamiento a lo que somos y a lo que fuimos, un medio para afianzarse en los enclaves personales, la clave que descifra el rostro de ese extraño que nos mira desde el espejo, una estrategia para explicarse el mundo, un instrumento para no morir del todo.

Lo peor...

Lo último que se le debe arrebatar a un hombre es la esperanza, entonces ya no le queda nada que perder, y a a la desesperada es capaz de todo, de lo peor.

Politeísmo paradójico

La teología católica no sólo indica que hay que creer en Dios, sino también en el diablo, lo cual no deja de ser una incitación a un politeísmo paradójico.

A un pedancio cualquiera

A un pedancio cualquiera El ridículo está hecho casi siempre de sufrimiento, del escarnio inherente a un yo idealizado, obstinado o susceptible en exceso. Pero yo no sé evaluar a los humanos: juzgar, comprender, reconocer que no comprendo nada, un proceso claramente disuasorio.

De ordinario, las incongruencias no suelen ser graves, sólo son regocijantes. ¿Se ha fijado alguien en que la defensa cerril de una idea se ampara en la infalibilidad de los instintos? Es porque no puede cimentarse en los titubeos propios de la razón.

A mí no me gusta discutir ni tampoco adoctrinar, mi escepticismo difícilmente cuadraría con el ejercicio del magisterio o con la controversia ideológica, pero puedo colaborar sin dificultad en una reflexión humorística.

Los extravíos de la razón, la vanidad, las virtudes que no son virtudes y los vicios que no son vicios, el afán de complicarlo todo... todos esos rasgos ridículos que no son privativos de nadie, sino extensivos a la humanidad entera, incluida yo, son temas universales y permanentes del humor. ¿Cómo sin humor podrían soportarse ciertas cosas? Que atribuyan intenciones malvadas a la mera exposición de los hechos; que se tergiversen, según convenga, las ideas claramente planteadas; que se insulte a la persona cuando no se pueden rebatir sus argumentos...

El humor es activo y es pasivo. Lo que llamamos sentido del humor se aplica tanto a la persona que sabe practicar el humor como a aquella que sabe encajarlo. Y la modalidad más excelsa del humor tiene lugar cuando reúne ambos significados, cuando alguien sabe reírse de sí mismo.

Tener sentido del humor, saber reírse de uno mismo, desarma a los adversarios porque los deja ociosos, porque les obliga a dar golpes contra el aire o porque convierte la batalla en una partida de parchís.

Todos deberíamos poner en práctica una sencilla receta homeopática: Conviene reírse de uno mismo cinco minutos cada mañana a fin de no hacer el ridículo el resto del día.