Los zelotes fueron una secta judía del primer siglo de la era cristiana, una asociación político-religiosa de combatientes que estuvo involucrada en actos de terrorismo y actividades de guerrillas, eran fanáticos nacionalistas que se opusieron a la ocupación romana.
Simón, el zelote, fue discípulo de Jesús.
Si los amigos de los terroristas, son terroristas.
Todas las personas somos ficticias por dos motivos: Primero, porque damos de nosotros mismos la imagen que más nos conviene en cada momento. Segundo, porque los demás sacan conclusiones sobre nosotros.
Todos llevamos puesta una máscara inventada y los otros nos inventan la cara, con lo cual nuestro yo queda reducido a pura ficción.
"El conocimiento te hace libre, la ignorancia te hace feliz. Esta sentencia me ha hecho reflexionar mucho y he llegado a la conclusión de que se trata de una paradoja, o sea, que es una afirmación que parece verdadera, pero que es falsa. El conocimiento no nos hace libres y la felicidad no la produce la ignorancia.
La libertad puede ser "natural" y suele entenderse como la posibilidad de sustraerse, por lo menos parcialmente, a un orden cósmico predeterminado e invariable que aparece como una forzosidad. La libertad puede ser "social o política" y está vinculada a la autonomía o independencia en que una comunidad humana rige sus destinos sin la interferencia de otras comunidades. La libertad puede ser "personal" y se concibe también como autonomía o independencia de las presiones o coacciones procedentes de la comunidad en cuanto a sociedad o en cuanto a Estado. Ni el hombre puede sustraerse a su destino, y no hablo del determinismo, sino del azar caprichoso que trunca nuestros planes y nos obliga a tomar caminos distintos a los que nosotros habíamos previsto; ni una comunidad puede vivir libre de las injerencias ajenas, como nos lo demuestra el intervencionismo planetario que ejercen los Estados Unidos; ni el individuo puede zafarse así como así de los imperativos sociales y hacer su libre albedrío.
Las doctrinas éticas colocan a la felicidad como bien supremo, pero esto no implica que la felicidad no pueda entenderse de diversas maneras: como bienestar, como actividad contemplativa, como placer, etc. Las diferentes escuelas filosóficas han aportado sus particulares puntos de vista. Los cirenaicos subrayaron el placer de los sentidos o placer material como fundamento indispensable del placer espiritual. Los cínicos acentuaron el desprecio hacia todo saber que no conduzca a la felicidad, esto es, a la vida tranquila. Aristóteles ha manifestado que se identificó la felicidad con muy diversos bienes: con la virtud, o con la sabiduría práctica, o con la sabiduría filosófica, o con todas ellas acompañadas o no de placer o de prosperidad. La conclusión de Aristóteles es compleja: con la felicidad se asocian las "mejores actividades", el concepto de felicidad es vacío a menos de referirse a los bienes que la producen. Posteriormente se advirtió que la felicidad no tiene sentido sin los bienes que hacen felices y se tendió a distinguir entre varias clases de felicidad: una "felicidad bestial", que no es felicidad sino aparentemente; una "felicidad eterna", que es la vida contemplativa", y una "felicidad final" que es la beatitud. San Agustín habló de la felicidad como fin de la sabiduría; la felicidad es la posesión de lo verdadero absoluto. Santo Tomás definió la felicidad como un bien perfecto de naturaleza intelectual. La filosofía moderna ha llegado a establecer otro razonamiento, la felicidad es un bien que pertenece al entendimiento; no es el fin de ningún impulso, sino lo que acompaña a toda satisfacción.
El conocimiento puede ser sensible o inteligible, esto es: intuitivo o basado en ideas. En cualquier caso nos abre las puertas a un tipo de felicidad diferente, más sofisticada, porque el conocimiento permitirá al sabio distinguir matices de las cosas que un ignorante no apreciaría. Con sabiduría, la felicidad abarca un espectro más amplio de posibilidades porque la sabiduría aporta al hombre capacidad de reflexión, madurez, juicio, rigor, serenidad, hasta la bondad misma se ha ligado al conocimiento. Ante la contemplación del Partenón, un sabio disfrutará extasiado porque verá ante sus ojos arte e historia, mientras que un ignorante sólo verá un montón de piedras.
Dicho lo dicho, pasemos a hablar de la madre del cordero: ¿Es posible el conocimiento? El conocimiento es la comprensión de la realidad, y ¿qué es la realidad, lo que vemos, lo que probamos, lo que nos parece cierto? La premisa básica de la filosofía aristotélica residía en la tesis de que el estado de reposo es el estado natural de un cuerpo. En la física newtoniana, por el contrario, el movimiento es el estado natural del objeto. ¿Cuál de las dos conclusiones es cierta, es real? Según el escepticismo, el conocimiento no es posible. Esto parece ser una contradicción, pues se afirma a la vez que se conoce algo, a saber, que nada es cognoscible. Sin embargo, el escepticismo es a menudo una "actitud" en la que se establecen "reglas de conducta intelectual". Frente a esta postura está el dogmatismo, según el cual el conocimiento es posible; más aun: las cosas se conocen tal como se ofrecen al sujeto. Una variante moderada entre el escepticismo y el dogmatismo sería la de que el conocimiento es posible, pero no de un modo absoluto, sino sólo relativamente. De esta postura se deduce que hay límites en el conocimiento y que el conocimiento es un "probabilismo" y en el probabilismo existe el mismo porcentaje de verdad que de mentira. Lo cual nos lleva al punto de partida: Sólo sé que no sé nada.
La iglesia del Cristo ensangrentado que sufre y redime sentimientos de culpa es la que ha creado el sentimiento de culpabilidad.
La naturaleza nos ha dado un instinto sexual, pero pensar en el sexo es pecado. ¿Cómo puede Dios caer en tales contradicciones? O bien es un ingenuo al pensar que nuestra fuerza interior y el miedo al infierno nos impedirán caer en la tentación de cometer actos impuros, o Dios es un sádico que nos tortura poniéndonos a luchar contra nuestros instintos.
Nada tan extraño y asombroso como el ser humano. Un animal racional, capaz de robarle el fuego a los dioses para luego emplearlo en su propia destrucción, que ha sabido elaborar la noción de lo infinito, se halla por encima y por debajo de su definición y, por ende, no coincide consigo mismo.
El hombre presume de inteligencia y es capaz de vivir engañado toda su vida. Presume de moralidad y su conducta es escandalosa. Toma por valentía lo que sólo es inconsciencia, por perseverancia lo que es mera obstinación, por mansedumbre la cobardía y por discreción la indiferencia. Allí donde se alaba la firmeza de criterio, con frecuencia sólo existe ceguera para los matices. Lo que llamamos amor al pasado, es, en realidad, miedo al futuro, y lo que se considera fidelidad no es más que inercia.
Si tuviera que actuar como abogado de la humanidad, me limitaría a excusar sus defectos, pues tampoco son tantos los pecados humanos, son más bien caídas, tropiezos, errores, erratas, hábitos inveterados.
Yo opino que Dios se ríe de nosotros y, en concreto, se ríe contemplando al hombre que piensa. ¿Por qué? Porque cuando el hombre piensa, la Verdad huye de él a la misma velocidad que el pensamiento; porque cuanto más piensan dos individuos, más discrepan entre sí; porque el hombre no es jamás aquello que piensa ser.
Opino que tú te ríes de los hombres. Sí, te cachondeas de nosotros. Te vienes burlando desde que Adán y Eva la pringaron en el Paraíso. Un día pecaron y todo fue igual, pero distinto. Hasta entonces estaban desnudos y de repente se encontraron desnudados, por lo cual corrieron a taparse con unas aparentes hojas de parra. Entonces tú te reíste. Pero con un tono satírico y acento sarcástico: "He aquí al hombre, que se ha hecho ya como uno de nosotros", el cronista de la época transcribe textualmente tus palabras y deja constancia de tu sarcasmo.
Tu sentido del humor es muy particular, perdona que te diga. Porque, ¿qué me dices del asunto del Juicio Final? En él hay un detalle que da muestras de tu sentido del humor un tanto rarito. Primero concedes la absolución general y salvas a todos los hombres en masa, lo cual les parece muy injusto a los santos, que protestan enérgicamente al verse homologados con los pecadores en ese perdón colectivo, entonces Tú, ante semejante ruindad y dureza de corazón, no puedes contener tu cólera y arrojas a los santos al infierno. Chico, no sé, pero a mí me parece que por sorprendente que sea el Juicio, no tiene por qué ser escandaloso, y eso que a mí me favorece tu magnánima decisión.
Se me antoja a mí que desde el principio de los tiempos, Tú no has cesado de reírte de nosotros. Contemplas nuestras andanzas sobre la Tierra sin un atisbo de tedio, asistes a esas discusiones en las que se debate si eres galgo o podenco, hojeas los tratados de filosofía que hemos escrito y te quedas pasmado cuando te enteras de que eres un Ser Subsistente. Pero yo creo que no te ocupas exclusivamente de lo que se dice de Ti, que te interesa todo por igual: la liga de fútbol en el Congo o las conversaciones internacionales sobre desarme. Quiero decir que no eres un egocéntrico.
Concebir el éxito del amor, la historia feliz del amor, como una lenta evolución desde la rivalidad de dos egoísmos hasta la complicidad más perfecta entre ambos, puede parecer una declaración de cinismo.
Se trata, no lo olvidemos, de criaturas muy indigentes y muy propensas al error. Además de perecedera, la carne es opaca. La carne es lo que permite allegarse por un momento a los amantes, a la vez que los mantiene permanentemente distanciados; es como un tabique que separa dos celdas contiguas y a través del cual, por medio de unos golpes convenidos, se comunican los reclusos que en ellas están encerrados.
Siempre quedará en la persona amada un fondo de opacidad, un reducto inaccesible, porque las palabras humanas son equívocas o insuficientes. Dicho reducto, el amante tiende a considerarlo como una posible plenitud de intimidad, como una tierra de promisión hacia la que dirige sus pasos día tras día, ilusionadamente. No sabe que esa tierra es inalcanzable y es totalmente calcárea.
El amor mueve el Sol y las otras estrellas, es capaz de todo, menos de ser realista, porque no posee sentido de lo relativo. Por eso no evita las falsas ilusiones, y quien evita el engaño, evita el desengaño.
El amor permite perdonar setenta veces siete, alegra los corazones, parece que ponga bálsamo cuando en realidad pone sal. El amor es un arma, pero sólo defensiva. El amor es atroz, sublime. Está demostrado: el amor tiene magia, pero la tiene donde las avispas.
No se puede explicar qué es la Filosofía. La Filosofía es la que explica todo lo demás. Se ha dicho que la verdadera filosofía, lejos de ser una materia más del conocimiento, es un modo de conocimiento sobre cualquier materia. Se hace filosofía cuando se hace historia filosóficamente, cuando se estudia economía filosóficamente, cuando se investiga el lenguaje filosóficamente. Todas las disciplinas se solapan y se implican mutuamente. También la filosofía puede ser considerada desde un punto de vista histórico, económico o lingüístico. Se trataría de distintos enfoques de la misma realidad. Son enfoques deliberados o al menos dictados inconscientemente por una formación o deformación profesional. No interesa la Filosofía en sí misma, la Filosofía como tema, sino aquello que puede ser tema de Filosofía. ¿Qué es? Todo.
La risa tiene latitudes. De ese modo, quien quiere reírse en todas partes, ha de viajar con sextante, porque el humor, dependiendo del paralelo donde uno se encuentre, aparece unas veces bajo forma de conejo (Alicia en el país de las maravillas) y otras bajo el disfraz de un polichinela torpe (como sucede en la Comedia del arte). Aunque el problema no es siempre del ropaje del humor, en ocasiones el problema es una cuestión de cercanía o lejanía. En el cine, sin ir más lejos, el público, en general, se desternilla desde las primeras filas con las tonterías de Jim Carrey, mientras los críticos más sesudos, sentados en las filas traseras, sudan la gota gorda durante la proyección, para luego cargarse sus películas a base de compararlas con Chaplin o Keaton (qué tiempos aquellos; ya saben). ¿Será que cuanto más cerca se está de la pantalla, más posibilidades hay de reírse? Quizás. Lo cierto es que si uno quiere reír con las imitaciones de Cruz y Raya o de cualquier otro humorista, ha de conocer antes a los personajes imitados, es decir, debe estar familiarizado con ellos para sacarle verdadero rendimiento a lo que, de otra manera, difícilmente pasaría de ser una tontería, que por asociación puede llegar a transformarse en un chiste. Pero eso tampoco quiere decir mucho, porque no siempre salen los números en este tipo de axiomas. En un mismo edificio, los vecinos del tercero, personas de muy mala uva, se ríen de las tribulaciones de los del cuarto, que tienen una hija con leucemia en fase terminal; en este caso, y atendiendo a la teoría anterior, quien debería entonces reír a mandíbula batiente es la enferma, que es, al fin y al cabo, la que sabe si su enfermedad hace o no cosquillas. Así pues, ni demasiado cerca ni demasiado lejos; un término medio, un meridiano, sería lo mejor para solucionar este galimatías. ¿Será, por consiguiente, una mirada cercana sobre una presencia lejana lo que define el humor, la risa? Desde luego, uno prefiere no ser quien tropieza con las farolas, pero le encanta servir de observador, más cuando el accidentado es algún alma cándida que conoce, menos su pobre madre, claro.
Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Y nadie es inmune a ella. Los maestros espirituales distinguen entre la necedad, que cree saber lo que ignora; la jactancia, que se finge sabia acerca de lo que no sabe, y la falsa modestia, que se finge ignorante acerca de lo que sabe.
La vanidad se las arregla para que todo redunde en beneficio suyo, es un fenómeno universal, una cualidad común entre la especie humana. Unos se envanecen de su talento, otros de su linaje, otros de sus destrezas, otros de su honradez, otros de sus padres, otros de sus hijos, otros de su belleza, otros de su juventud, otros de su humildad... El vanidoso tiende a convertir en estandartes sus propios harapos.
Se dice que el juego y la risa fueron las dos únicas cosas que Adán pudo sacar del Paraíso. Yo diría que también algún hueso de melocotón escondido en el bolsillo. Es indudable, en el principio era el juego. Sabemos perfectamente que la cultura humana ha nacido y progresado a partir del juego. El juego es un ejercicio exploratorio, aleatorio, abierto al futuro. Todas las conquistas culturales, desde el álgebra hasta la gramática, poseen una raíz lúdica. El sentido profundo de la liturgia la define exactamente como un juego delante de Dios: ludendus coram Eo. Por lo demás, bastaría coger un diccionario etimológico para convencernos enseguida de que el elemento lúdico está presente en innumerables momentos de nuestra vida: el engaño es una "ilusión", el "lubidrio" es un juego cruel, "eludir" significa escapar jugando y "aludir" significa bromear con alguien; etcétera, etc. En francés jouer, en inglés to play, en alemán spielen, son verbos que significan, en general, jugar; en concreto, pueden significar lo mismo ejecutar una música que representar una obra de teatro, y también manejar, recurrir a, valerse de. En castellano, al hecho de participar en algo lo llamamos entrar en juego. ¿Qué se deduce de esta curiosa polisemia, de esta multiplicidad de sentidos? ¿Es solamente pobreza de vocabulario? Una vez más el lenguaje demuestra una vieja y hondísima sabiduría, la misma certera intuición que condujo a los hombres a emplear una única palabra para referirse a cosas aparentemente tan dispares como el amor humano y el amor divino, esperar algo y esperar en alguien.
Toda actividad humana digna de tal nombre posee un carácter lúdico. Sería una equivocación o una restricción lamentable reservar la denominación de juego únicamente para esas pausas de nuestra jornada laboral durante las cuales practicamos algún tipo de esparcimiento; su designio más esencial consiste precisamente en impregnar de sentido todo lo que hacemos a lo largo del día. Es lo mismo que predican los maestros espirituales acerca de la oración: la recitación de ciertas plegarias, el ejercicio periódico de la meditación, están destinados principalmente a crear en el alma una actitud de oración continua, incesante, ininterrumpida. Se trata, en uno y otro caso, de que la repetición de unos mismos actos llegue a transformarse en actitud permanente. En resumen, todo debe ser oración y todo debe ser juego. Resumiendo aún más, todo debe ser juego.
Insisto, lejos de constituir un paréntesis de descanso con vistas a la reanudación del trabajo, el juego representa nuestra actividad básica, el paradigma sirve de criterio para calificar o descalificar las restantes actividades. Por eso, más que interrumpir nuestras labores, el juego viene a cuestionarlas de raíz, a poner en entredicho su pretendida seriedad. Anticipo ya que el juego cumple respecto al trabajo la misma función que cumple el humor respecto a la totalidad de nuestra vida, sometiéndola a una crítica radical incesante. En el principio era el juego. El homo ludens es anterior al homo faber, es el prototipo que revela al hombre su destino primordial, un destino anterior y superior. Los creyentes lo tienen muy claro: se trata de recuperar la significación que tuvo el trabajo antes de que el hombre se extraviase y prevaricase, cuando todo consistía en "cultivar el Jardín".
Podemos decir que el juego constituye la actividad improductiva por excelencia. Lo cual, lejos de suponer un reproche, significa su mayor alabanza. Efectivamente, equivale a definir el juego como actividad autónoma y soberana, en cuanto que representa un fin en sí mismo y no un medio para la consecución de otros fines. Esto apenas puede entenderse hoy, pues vivimos en un mundo desquiciado donde el criterio de utilidad prevalece absolutamente. La primera pregunta acerca de una cosa es para qué sirve. De ahí pasamos enseguida, insensiblemente, a hacer la misma pregunta referida a las personas; la valía de un hombre, como la de cualquier otro utensilio, se medirá por su índice de rendimiento. Ser significa ser útil. Saber significa saber manipular. Algo ocurre en el alma de un niño el día en que deja de preguntar ¿qué es esto? y empieza a preguntar ¿para qué es esto? Todo tiene que servir para algo. Ya se percató de ello Pangloss: la nariz está hecha para llevar las gafas. Yo misma sentí un gran alivio cuando me di cuenta de que la corbata sirve para limpiar las gafas. ¿Y la risa? La risa sirve para activar el diafragma. ¿Y el juego? El juego sirve para relajar la tensión, para descargar de manera inofensiva nuestra agresividad, para satisfacer aquellos deseos que, no pudiendo ser satisfechos realmente, lo son mediante simulacro o ficción.
Vivimos en un mundo desquiciado y desgraciado, verdaderamente. Los alicates son útiles, y también las leyes de la métrica, las técnicas de oración y las reglas de juego. Pero el juego, la oración y la poesía son perfectamente inútiles. Los valores más importantes de la vida no tienen utilidad, no pueden tenerla, ya que esto supondría que están al servicio de otros valores. No tienen utilidad, tienen sentido. Es menester proclamarlo bien alto: ni el juego, ni la oración, ni la alegría, ni el amor, ni la contemplación estética, sirven para nada.
No se puede explicar qué es la Filosofía. La Filosofía es la que explica todo lo demás.
Se ha dicho que la verdadera filosofía, lejos de ser una materia más del conocimiento, es un modo de conocimiento sobre cualquier materia. Se hace filosofía cuando se hace historia filosóficamente, cuando se estudia economía filosóficamente, cuando se investiga el lenguaje filosóficamente. Todas las disciplinas se solapan y se implican mutuamente. También la filosofía puede ser considerada desde un punto de vista histórico, económico o lingüístico.
Se trataría de distintos enfoques de la misma realidad. Son enfoques deliberados o al menos dictados inconscientemente por una formación o deformación profesional. No interesa la Filosofía en sí misma, la Filosofía como tema, sino aquello que puede ser tema de Filosofía. ¿Qué es? Todo.
Descartes era un hombre complicado. Los hombres son complicados. Ciertamente, hay quienes terminan por reconocer que la verdad es simple, pero siguen sosteniendo que el único método seguro para llegar hasta ella es dando muchas vueltas. De hecho, sólo a través de un laborioso razonamiento llegó Descartes a enterarse de que existía. Casi al final, minutos antes de expiar o de acceder al plano del humor, creo que aún no daba su brazo a torcer: ha valido la pena, decía, filosofar toda la vida para convencerse de que filosofar toda la vida no valía la pena. Efectivamente, un largo viaje de Madrid a Barcelona pasando por Caracas.
Os invito a que practiquéis alguna vez esta clase de deporte, muy relacionado con la espeleología. Se trata de ahondar en la propia conciencia. Primero hallaremos el estrato de nuestros actos más recientes, luego otros actos inmediatamente anteriores que influyeron en éstos, después las intenciones que de forma directa los inspiraron. Sigamos descendiendo. Enseguida descubriremos que por debajo de dichas intenciones había otras más profundas que en cierto modo quedaban enmascaradas. ¿Las reconocéis como vuestras? Aunque pasaron inadvertidas a la hora de actuar, no por eso dejaron de influir en nuestra conducta. Si no se hicieron presentes a nivel de conciencia fue porque estaban más arraigadas y mejor asimiladas que aquellas otras razones superficiales que aparentemente nos movían. Enfoquemos ahora la linterna hacia esa zona del alma nunca visitada. Continuemos bajando. Cada estrato geológico significa un juicio de valor sobre el anterior. Pero he aquí que en cierto momento, inevitablemente, surge una sospecha: si entonces existieron motivaciones ocultas y desconocidas que nos impulsaron a obrar de cierta manera, ¿no existirán también ahora otras razones, igualmente ocultas y desconocidas, que nos impulsen a enjuiciar aquéllas de cierta manera? Es como un proceso sin fin, dentro del cual el sujeto observador pasa a ser inmediatamente un objeto observado. Es como un juego inacabable de muñecas rusas. Se tiene la impresión de que un psicoanalista profundiza poco más que un dermatólogo. Vamos quitando capas y más capas, vamos alcanzando nuevas cotas de profundidad, ¿y qué conseguimos con ello? ¿Acaso la cota número 7 es más verdadera que la cota número 6? ¿Dónde está la verdad? Los griegos hablaban de la verdad como alétheia o revelación, como una operación consistente en ir retirando velos. ¿Y si la conciencia fuera igual que una cebolla, compuesta nada más de sucesivas capas? Los puristas del amor se empeñan en limpiarlo de toda adherencia, suprimiendo cuanto haya en él de atracción sexual, gratitud, costumbre, alianza contra terceros, miedo a la soledad, etc.; al final ¿qué nos queda en las manos? El amor ¿es la resta de todo esto o es más bien la suma de todo esto? Después de bajar a la cota de conciencia número 18, una acaba preguntándose dónde estará exactamente la verdad, si en la cota 238 o tal vez en la 239.
Ni siquiera los más viejos del pueblo saben dónde está la verdad. Es una recomendación galante y caritativa: debemos comprender cada vez más y juzgar cada vez menos. Incluso habría que tratar de comprender a los jueces y no juzgarlos. Que tire la primera piedra contra la adúltera quien nunca ha adulterado su corazón; de acuerdo, pero también que tire la primera piedra contra los jueces quien nunca ha tenido la osadía de juzgar a su prójimo. En este sentido, la única actividad legítima sería la que desempeña un confesor: su misión es absolver; sólo debe juzgar sobre la sinceridad del arrepentimiento, y para ello tiene que creer al penitente, tiene que atenerse a su palabra. Alguien dijo que comprenderlo todo equivaldría a perdonarlo todo. Yo pienso que lo más parecido a comprenderlo todo es reconocer que no comprendemos casi nada.
La religión católica está cimentada en el sufrimiento, el dolor es el camino que conduce a la liberación del alma. Cuanto más suframos en esta vida, mayor será nuestra recompensa en el cielo. La amenaza del pecado y del fuego eterno planea sobre la vida del creyente y convierte su existencia en una vida estrictamente reglamentada donde queda poco margen para la libertad de acción. La imagen de Dios está representada por un hombre crucificado, torturado. Todo gira en torno al eje del dolor.
La fe es el argumento que impide desertar a los cristianos, la fe y esa promesa de más allá, de gloria eterna, que aguarda tras este valle de lágrimas. Para gozar, hay que morir.
Dios es un juez inapelable, el que rige los destinos de los hombres, el ojo eternamente avizor que todo lo ve, nada se le puede ocultar. ¿Quién puede ser feliz bajo estas premisas? No se es libre ni para pensar, pues también con el pensamiento se peca. El cristiano esta muerto en esta vida y vive con la esperanza de resucitar en la otra.
Las definiciones de Dios son confusas y contradictorias. Dios es paciente, bueno, misericordioso, justo, sabio. Dios es colérico, implacable, impasible, cruel.
La fe del hombre en Dios significa fe en lo humanamente imposible.
¿Dios existe? Los ateos lo niegan ateniéndose a la más estricta evidencia, y es que Dios, más que aparecerse aquí o allí, prefiere transparentarse en todas partes para quien tenga los ojos bien abiertos: las epifanías son muy raras, la diafanía puede ser constante. Es cierto que alguna vez se ha aparecido en forma de mendigo, de luz deslumbrante, de aerolito... es su modo predilecto de evadirse de esa ubicuidad teórica y aburrida a la que le han relegado los teólogos. Pero de ordinario, ya digo, prefiere ir de incógnito. No me sorprendería nada que se esmerase en borrar sus huellas o trucar las apariencias, estoy convencida de que haría cualquier cosa para desorientar a sus perseguidores.
Visible o invisible, Dios controla siempre la situación y sabe cómo proceder con los humanos para traerlos a mandamiento. Lo mismo se vale de un escapulario, o de un fracaso amoroso, de una catástrofe aérea, de un terremoto o de una promesa de vida eterna. Para evitar ciertos pecados ni siquiera ha de intervenir personalmente, le basta con atizar la rivalidad que existe entre los enemigos del alma haciendo que se neutralicen dos vicios de signo contrario: por pereza solemos renunciar a nuestras intenciones de venganza. Otras veces, sin embargo, Dios debe actuar de manera directa, pues, como es sabido, el diablo ejerce una fuerte seducción en los humanos. Frente a estas habilidades de su adversario, Dios sólo dispone de su omnipotencia. De ahí que, para ganarse a la gente, tenga que emplear de vez en cuando medidas excepcionales, como hizo con Jonás: en vez de obtener su alma con demostraciones sobrenaturales, lo tiró al mar e hizo que lo secuestrase una ballena y lo llevase a donde Él quería; o en el caso de los israelitas, que para ir de Egipto a Canaán, un trayecto que de ordinario costaba quince días, tardaron cuarenta años, con lo cual quedó demostrado que el Éxodo es el camino más largo entre dos puntos.
Dios le concedió al hombre la libertad y normalmente suele respetar las reglas del juego. Todos sabemos que la libertad es fuente de muchos males, de muchas equivocaciones y extravíos, ya de suyo presupone el mal, lo presupone como alternativa posible. ¿Y no es la posibilidad del mal un verdadero mal? Dios no opina así, puesto que prefirió hacer libres a sus criaturas. Esto significa, obviamente, que la libertad, aun con la posibilidad de todos los males, es preferible a la falta de libertad. Entonces cabe preguntarse por qué demonios (uy, me temo que la expresión no es muy afortunada tratando de Dios) por qué demonios, decía, Dios quiso que el hombre fuera libre. Veámoslo con su lógica. Si Dios quería ser amado por el hombre, no tuvo más remedio que darle la libertad. Sólo un ser libre puede amar verdaderamente, ya que para amar es preciso poder dejar de amar. Sin libertad el hombre sería una marioneta y Dios tendría que tirar de los hilos y hacer de ventrílocuo: Amo a Dios, amo a Dios. Dios desea ser amado de verdad. Dios desea de verdad ser amado. Y decir que a Dios no le importa ser amado equivale a decir que Dios no ama. Aunque, efectivamente, Dios no ama a quien le es indiferente que su amor sea correspondido o no. No entraré a debatir ahora sobre las promesas de vida eterna que pudieran condicionar de alguna manera el amor a Dios, porque el amor, si es sincero, no requiere de tales estímulos.
Dios, repito, suele respetar las normas del juego. Su misericordia no contradice propiamente a su justicia, al contrario, la hace más comprensiva, más clarividente, más justa en definitiva. Curiosamente, muchas personas llegan a atribuir a Dios lo que no atribuirían nunca a ningún hombre medianamente bueno: el resentimiento y la voluntad de desquite, el deseo de venganza contra los pecadores, el propósito de enviarles la muerte cuando se hallen en estado de impenitencia. Pero, desde luego, Dios es omnipotente, puede hacer un triángulo con menos de tres lados; es el Creador, tan buen arquitecto que edificó el mundo sobre el vacío; es íntegro e imparcial, y, no obstante, se deja sobornar por una lágrima o una jaculatoria; es impasible, no le afecta ni el gélido invierno ni el verano asfixiante; es omnipresente, pero, de vez en cuando, se deja localizar; es eterno, qué duda cabe, pero le gusta celebrar su cumpleaños; Dios sufre con los pobres, se enoja con los ricos, se alegra cuando recupera a un pecador.
Dios es perfecto, absolutamente perfecto, pero lo es en la medida de nuestro concepto de perfección y de todos los otros conceptos que hemos forjado para Él. Nosotros le hemos dado sus atributos, su trascendencia, su dignidad. Nosotros hemos diseñado a Dios con unas argumentaciones tan consoladoras como legítimas, hemos elaborado una ingente y meritoria obra teológica, basada en la revelación divina, pero ¿qué son las palabras de Dios comparadas con sus silencio? El silencio de Dios es el galardón irónico y precioso con el que se topan los esfuerzos de tantos teólogos de buena voluntad.
El alcohol no sólo sirve para acompañar las comidas, sino para hacer olvidar al bebedor sin fondos que ese día no ha comido. Así también el humor tiene su lugar propio y natural tanto entre gente feliz como entre gente desgraciada. De acuerdo, ¿cómo hacer humor dignamente sobre la guerra, el hambre o la pobreza? Pero al mismo tiempo ¿cómo no advertir el absurdo que envuelve esas trágicas realidades? Para el humor, el tema del dolor ofrece campos vastísimos: nuestro empeño de huir de los sufrimientos inevitables y nuestra constante búsqueda de sufrimientos innecesarios. Si nos fijamos, tan ridícula resulta la persona que va corriendo por cubierta en dirección contraria a la que lleva el barco como aquella otra que no deja de presionar con la lengua el diente que le está doliendo.
Repito, ¿cómo no advertir ese gigantesco, formidable absurdo que es la guerra entre los humanos? No me refiero a ninguna guerra pasada o futura, sino a la actual, al estado de guerra permanente decretado en todo el mundo. Conocemos detalladamente el número de víctimas: cincuenta millones de personas mueren de hambre cada año, matanza que podría haberse evitado invirtiendo en alimentos sólo la vigésima parte de los gastos militares correspondientes al mismo periodo. Pero lo que aquí me interesa subrayar es el absurdo, la suma de absurdos que componen ese disparate total de un mundo en pie de guerra: a) el absurdo de un armamento que, antes de poder ser utilizado, tiene que abandonarse por anticuado, pues el mismo proceso de modernización industrial lo va dejando constantemente inservible; b) el absurdo aumenta cuando nos dicen que la finalidad de dicho armamento es puramente disuasoria, puramente teórica: su destino no es hacer la guerra, sino impedirla; c) el absurdo de haber acumulado un arsenal catorce veces inútil, ya que las armas que hoy existen podrían destruir por completo el planeta quince veces.
¿Acaso esta suma de despropósitos no representa una apoteosis del humor? Cualquiera con medio dedo de frente argumentaría así: para que no haya contiendas basta que no haya contendientes, basta que los ejércitos nacionales sean suprimidos y reemplazados por una policía supranacional. Pero alguien con medio dedo de frente es un indocumentado. Ignora que los ciudadanos son para el Estado y no el Estado para los ciudadanos, lo mismo que el pie es para el zapato y no el zapato para el pie; por eso, cuando el zapato resulta pequeño, sólo hace falta amputar un dedo o dos, sin tener que ir a comprar otro zapato más grande. Todo obedece a la misma lógica. ¿Quién ha valorado bien la exquisita delicadeza que supone la bomba de neutrones? Es una bomba que no destruye nada, que lo respeta todo, salvo la vida de esos seres tan perecederos de por sí y a la vez tan fácilmente sustituibles que son los seres humanos.
Sabemos que el instinto de los animales es siempre certero, aunque restringido, mientras que la inteligencia del hombre es de suyo ilimitada pero expuesta al error. ¿Hemos salido ganando los humanos?
Nuestra inteligencia funciona a partir de los sentidos, todas las ideas y elucubraciones arrancan de eso que perciben los sentidos. Porque nosotros no somos espíritus puros. Verdaderamente, nuestros sentidos abarcan un campo muy pequeño; los ojos sólo captan una gama de colores bastante pobre, el oído sólo registra aquellos sonidos que no son ni demasiado agudos ni demasiado graves. Luego viene el trabajo de la inteligencia, que es capaz de añadir al color violeta el ultravioleta y al rojo el infrarrojo, y que, tras haber oído campanas, se pregunta dónde. Nuestros sentidos, repito, son muy limitados. Cinco angostas ventanas, situadas casi a ras del suelo, para otear el mundo; cinco conchillas con las que ir recogiendo el agua del océano. Pero esto es lo de menos. Al fin y al cabo, los sentidos de los animales adolecen de la misma estrechez. Lo grave en nuestro caso no es que sean limitados, es que son falaces. Entre las llamadas ilusiones ópticas goza de gran renombre el fenómeno del espejismo; conviene advertir que dicho fenómeno reviste formas muy variadas y se da con igual frecuencia en la ciudad que en el desierto. En realidad no percibimos lo que vemos, sino lo que esperamos o tememos ver. No vemos con el ojo, sino a través del ojo. Nuestro aparato perceptivo es ya un aparato interpretativo. Pues bien, a estas ilusiones de los sentidos hay que sumar luego las ilusiones propias de la razón, la cual se comporta con la misma o mayor arbitrariedad. Generalmente, nuestros juicios no vienen determinados por los datos que recogemos, sino por el esquema ideológico previo con que examinamos dichos datos. Nuestros juicios dependen de nuestros prejuicios. Ya sé, me diréis que el hecho de hablar de tales ilusiones demuestra que han sido detectadas, que su falsedad ha sido advertida y corregida. Pero ¿cómo saber si los instrumentos de rectificación no son también defectuosos? Lo que difiere de un error no es necesariamente verdad, quizá sea otro error distinto. ¿Y cuando esos instrumentos corroboran lo que nosotros ya teníamos por cierto pero hemos querido someter a comprobación? Bien podría tratarse de algo así como una división equivocada que luego viniese a ratificar una prueba del nueve igualmente equivocada.
Desde luego, nada de esto impide que en nuestra vida cotidiana nos vayamos arreglando mejor o peor a base de verdades que, aunque hipotéticas, son útiles, son funcionales. Sin embargo, no debe ignorarse que el valor práctico de una certidumbre no garantiza en absoluto su verdad teórica. ¿Qué hacer? Por fortuna, disponemos de la Filosofía. La Filosofía va al fondo del problema, preguntándose del modo más radical sobre las posibilidades de la mente humana para aprehender la verdad.
Yo no me calificaría como persona culta, sino solamente curiosa. Hubo un tiempo en que leía desaforadamente, devorando cada año centenares de libros, y los años bisiestos alguno más. Después paré en seco, convencida de que no valía la pena leer, convencida de que un libro de cuatrocientas páginas sólo sirve para hacer doscientas pajaritas de papel. Hoy creo que esa opinión es profundamente injusta, pues con un libro no sólo se pueden hacer pajaritas, sino también barcos, aviones y rinocerontes.
No resuelvo dudas, si acaso me las planteo. Ya digo, soy inmensa, eterna, impenitentemente curiosa.
Acaso pensaréis, y con razón, que soy una presuntuosa, que me tengo por una de esas personas clarividentes, capaces de comprender en toda su hondura el misterio de la trivialidad humana. Tamaña pretensión por mi parte sólo podría ser corregida por otra pretensión mayor, afirmando que pertenezco a otra especie distinta, que soy un extraterrestre en viaje de inspección por este planeta azul.
¿Tal vez alguien podría desmentirme? ¿Quizás podría demostrar lo contrario? Si yo afirmo que soy extraterrestre, nadie puede desmentir mi afirmación. La fuerza de la Lógica es impepinable.
Admitamos otra hipótesis más trivial, admitamos que, efectivamente, soy una mujer, bípeda, implume, racional, locuaz, curiosa, cínica, amante de la Filosofía y con una cierta propensión a divagar sobre las flaquezas de la condición humana. Vosotros sois internautas, aficionados a la lectura, pero deberíais comprender que entre los escasos placeres que le quedan a un "filósofo", está el de presumir de haber encontrado la Verdad indubitable y, por tanto, hablar con conocimiento de causa.
¿Os habéis fijado? Si algo caracteriza al ser humano es su insoportable conciencia de superioridad, su conciencia de especie biológica dominadora del mundo. Todos somos iguales: prepotentes, avasalladores y falsamente modestos. Somos humanos, somos engreídos.
Sin embargo, en momentos excepcionales de gran humildad, hemos llegado a formular esta tremenda hipótesis: la posibilidad de una vida superior que nada tenga que ver con el hidrógeno y miserias afines; unos seres vivos tan evolucionados, tan distintos originariamente de nosotros o tantos trillones de años por delante de nosotros, que en sus eventuales visitas a la Tierra nunca se les haya ocurrido entablar contacto con nosotros, por la misma razón por la que nosotros no tenemos ningún interés en relacionarnos con una colonia de insectos.
Pues bien, aun en este caso, tendemos a atribuir a esos seres algún parecido con nosotros. Y es que nuestra imaginación es tan limitada como nuestra inteligencia. Admitamos que su cuerpo sea muy distinto al nuestro, quizá cilíndrico, quizá invisible, pero se trata de seres que piensan y codician, son crueles o bondadosos. De manera inevitable les atribuimos nuestros deseos y nuestras pasiones, si bien corregidos y aumentados. Su campo de operaciones es más amplio dentro del espacio sideral, sus máquinas más perfectas, su lenguaje más polisémico, hasta ahí llega nuestra fantasía. Pero sus manías son las mismas, hasta ahí llega nuestra simpleza. Nuestra simpleza y nuestra vanidad, como si por encima del hombre sólo pudiera existir algo semejante al hombre, como si el argumento de la comedia humana fuera tan importante que exigiese nuevos espacios donde prolongarse. Esto nuestro es orgullo corporativo, y lo demás zarandajas.
"El hombre es la medida de todas las cosas", dejó escrito Protágoras en un arranque de delirante megalomanía. El hombre se ha constituido en centro y eje del universo. Nuestro mundo es un orbe antropocéntrico: la Historia Universal narra sólo la historia de la humanidad. La Biología estudia la vida del hombre y de cuatro organismos monocelulares. La Lógica ha decretado cuando dos cosas son imposibles: cuando no caben juntas en la cabeza de un filósofo. La Moral fija taxativamente las fronteras entre el bien y el mal: lo que es bueno y malo para el hombre. La Religión no ha conseguido divinizar al hombre, por eso ha humanizado a Dios.
Todo lo que carece de denominación humana, no existe. No existe lo que está más allá del firmamento que vemos, ni lo que está por debajo de eso que llamamos subconsciente, ni lo que está por encima de lo que llamamos Dios. ¿Qué pensaría de nosotros un extraterrestre objetivo, realista y desapasionado? ¿Qué opinión le merecería la frasecita de Protágoras?
Mi jefe alienígena me ha encargado un informe sobre los habitantes de la Tierra, y estoy tan estupefacta por mis descubrimientos que no sé por dónde comenzar. ¿Alguna pista?
"Sólo sé que no sé nada". La frase parece una contradicción, ¿lo es? Después de tantos siglos de Filosofía, pseudofilosofía, filósofos, pensadores, caviladores, verdades a medias y medias verdades, se diría que no hay otra salida sino el escepticismo. Es una salida por la tangente, lo sé. Además, ¿qué significa eso que dicen los escépticos, que nadie puede estar seguro de nada? Al menos nosotros parecemos estar seguros de lo que decimos. Es muy frecuente esta clase de contradicciones. Todos estamos de acuerdo en que resulta imposible ponernos todos de acuerdo. Es enteramente cierto que no existe nada enteramente cierto. Si es verdad que no hay regla sin excepción, también tendrá excepciones ésa que afirma no tener regla sin excepción. Si es cierto que todo cambia, también cambiará la certeza de que todo cambia. Etc., etc. ¿Te das cuenta? Parecen juegos de palabras, pero son juegos mortales. El poder de persuasión de la mente no desaparece, se transforma: se ha convertido en poder de disuasión.
El escéptico total está condenado a la contradicción o al silencio. Mejor dicho, si fuera de veras total, se salvaría. Lo que ocurre es que se ha quedado a medio camino: le falta todavía negar su propia negación, dudar de su propia convicción. Según Santayana, el escepticismo es la castidad de la mente.
¿En qué se distingue el hombre del animal? El animal únicamente sabe, el hombre sabe que sabe. Parece ser, no obstante, que esto es sólo una etapa del proceso evolutivo. La plena madurez viene marcada por otro tipo de conocimiento, por una averiguación diferente y opuesta, cuando el hombre, al fin, sabe que no sabe. ¿Te sorprende? Tú mismo lo habrás observado alguna vez: cuanto más sabio es alguien tanto más ignorante se considera, ya que a medida que crecen sus conocimientos aumenta también la comprobación de su ignorancia, la evidencia de lo mucho que resta por conocer, la amarga evidencia de que es infinitamente más lo que ignora que lo que sabe. Por eso, la modestia de los sabios constituye un fenómeno tan natural, tan inevitable como la humildad de los santos. He ahí, pues, el ápice de la sabiduría: el hombre sabe que no sabe. Sin embargo, ¿no te parece que también esto supone una afirmación demasiado rotunda, demasiado categórica? Quien es verdaderamente humilde nunca dirá que posee la virtud de la humildad; quien es realmente sabio acabará reconociendo que ignora cuánta es su ignorancia. ¿Es posible romper este círculo de hierro o de humo? Paradójicamente, sólo dentro de la duda cabría alguna certeza donde reposar: puede dudarse de todo excepto de que se duda de que se duda. ¿Será ésta la meta del verdadero escepticismo?
Hoy nadie se atreve a componer uno de aquellos enormes tratados de metafísica que se componían antiguamente. Ello se debe, en opinión de Jaspers, a que los filósofos han perdido la ingenuidad. Pero, dime, esos libros que ahora se escriben para demostrar que la metafísica es imposible, ¿qué otra cosa son sino obras de metafísica, si bien dotadas de una ingenuidad de segundo grado? Hasta el hombre menos ingenuo conserva una ilusión: la de creer que no tiene ninguna. En sus horas altas, el pensador escéptico todavía cree que es posible un sistema filosófico donde se diera razón y explicación del fracaso de la inteligencia y, por consiguiente, donde este fracaso quedara absorbido dentro del sistema. ¿No sería una manera de superar el fracaso? Sería un remedio demasiado ingenuo contra la ingenuidad. Al fin y al cabo, toda filosofía es filosofía humana, explicación de unas palabras mediante otras palabras, mientras el polvo que quitamos de la mesa va a parar a las sillas. Ni siquiera con el pensamiento podemos saltar por encima de nuestra propia sombra, ya que el pensamiento no deja de ser una actividad más que, como todas, se ejerce bajo el sol.