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Cierzo

Noticias y opinión

Noticias y opinión

En este libro se recogen noticias publicadas en la Red que van acompañadas de sus correspondientes enlaces al lugar de donde han sido seleccionadas. También hay un espacio para ti, para que expongas tus artículos, opiniones, críticas, sueños...

Tribuna Cierzo

Error de cálculo

Dios dijo: Hay que compartir, así que los ricos tendrán comida y los pobres apetito. Michel Colucci

Como la industria de la biotecnología y los productos transgénicos no logran legitimarse y abrir mercados, Estados Unidos a tenido una idea brillante: ha invitado a 150 ministros de 100 países del Tercer Mundo a la Conferencia Ministerial y Exposición Internacional sobre Ciencia y Tecnología Agrícola que se celebrará a finales de junio en Sacramento, California, para discutir "cómo la ciencia y la tecnología, en un ambiente normativo de apoyo, pueden impulsar el aumento de la productividad agrícola y el crecimiento económico para así aliviar el hambre y la pobreza mundiales". Los objetivos reales de la conferencia son claros: promover los alimentos transgénicos y otras tecnologías aplicadas a la producción agrícola, todas en manos de empresas trasnacionales, informar a ministros del Tercer Mundo sobre cómo deberán ser las leyes que tienen que elaborar en sus países para permitir que esas mismas empresas trabajen tranquilas sin que les estorben leyes ambientales, propiedad de patentes, etc. y asegurarse el apoyo de países del Tercer Mundo en la próxima reunión ministerial de la OMC en Cancún. En el caso de no lograr acuerdos satisfactorios para Estados Unidos, habrá chantajes o presiones directas, recursos más que habituales aplicados en casi todas las negociaciones en Naciones Unidas y otros foros internacionales. Subsidiando a las trasnacionales con dinero público, el gobierno estadounidense utiliza a los hambrientos y a los países del Tercer Mundo para que las corporaciones puedan aumentar sus ganancias en nombre y a costa de ellos. Me parece que las mentes ¿pensantes? de Estados Unidos no han caído en la cuenta de que con los transgénicos puede aumentarse enormemente el volumen de la producción de alimentos, pero los ciudadanos del Tercer Mundo no tienen dinero para comprarlos.

Y si...

El actual debate sobre la educación alcanza cada vez a más países y va más allá de si conviene una reválida o si los itinerarios docentes son los adecuados. Lo que de verdad importa es determinar si nuestros centros de enseñanza forman debidamente, si cumplen su intrínseco deber de enseñar que todo saber tiene relación con el conjunto de los demás. Las disciplinas, especialmente en la universidad, están muy parceladas, y la mayoría de jóvenes vive su periodo de instrucción a paso rápido, ansiosos por ejercer en el mundo laboral, algo que parece no contribuir a que tomen conciencia de que su educación ha de ser integral.

Se nos presentan los casos de fracaso escolar y el aumento de ignorancia efectiva entre los alumnos como disfunciones del sistema, pero yo voy más lejos y me pregunto: ¿Y sí estas deficiencias no fueran fracasos sino éxitos de una agenda oculta, empeñada en anular o reducir al máximo la inteligencia crítica de los ciudadanos? Es decir, bloquear la capacidad del hombre para comprender el mundo que le ha tocado vivir y evitar que se rebele contra las injusticias de ese mundo.

Me temo que la respuesta es afirmativa. La ideología del capitalismo globalizado persigue maximizar los beneficios y minimizar la voluntad cívica. Para perpetuarse, al capitalismo global le basta con formar una reducida elite de privilegiados que reciban en centros privados y selectivamente caros una formación acorde con los tiempos. Para los demás basta con elaborar un entramado de fuegos artificiales, en el que los profesores dejen de ser sujetos de saber, los pedagogos aboguen por un progresismo sin esfuerzo ni coacciones y las escuelas se asemejen a un parque de atracciones poblado de "borriquitos con chándal", acuñación inmortal y acertadísima de Sánchez Ferlosio.

Fútbol y talk-shows para mantener entretenido al personal, para que nadie tenga tiempo de pensar, para que nadie rechiste ni desconfíe de una concepción de progreso y modernidad equivalente a la desaparición de trabas culturales a la expansión sin límites del mercado.

Islamización informática

Un grupo de creadores rusos se ha entretenido en modificar mediante técnicas informáticas algunos de los principales monumentos de occidente. Así, la Sagrada Familia de Gaudí ha quedado trasformada por obra y gracia del ordenador en una mezquita, con minaretes en lugar de torres y cúpulas islámicas. ¿Qué pensarían al ver el monumento de esta guisa los japoneses que lo visitan con fruición? Y ¿qué pensarían los norteamericanos al contemplar la nueva imagen de la emblemática Estatua de la Libertad cubierta por un burka y con el Corán en la mano? Les daría un patatús, fijo. De hecho, los que han visitado esta exposición de la Fundación La Caixa en Barcelona no han podido evitar cierto nerviosismo ante las originales propuestas de "Islamic Project".

Ataque de caspa

Aquellos que no sean capaces de soportar ni cinco minutos las peripecias de los inquilinos de Hotel Glamour o Gran Hermano, de pasar la resaca de fandangos de Cine de Barrio o aquellos que nunca se hayan sentido fascinados con los brillantes y lisérgicos colores de las casetes de las gasolineras, son afortunados héroes. La cultura basura, esa espectacular exposición de chabacanería casposa, es sólo para estómagos a prueba de bomba y promete quedar registrada en los anales de la historia. Monstruos de feria, escenografía kitsch de película B, teleinmundicia y los divinos de la canción patria. Un descenso a los infiernos, a las peores y más entrañables pesadillas de la razón: el hijo bastardo del buen gusto. Ésta es la peculiar propuesta que nos ofrecen las televisiones. Aunque nos pese a algunos, esta contracultura forma parte de nuestras vidas y de nuestro paisaje de signos, incluso de nuestro paisaje filosófico. Yendo un poco más lejos del escarnio, el análisis de la situación nos lleva a ver que esta cultura silvestre que nace está hecha para todos, no sólo para una élite intelectual, lúcida y cultivada y supone una válvula de escape frente a una cultura codificada, bienpensante y políticamente correcta.

Justicia

A un homicida se le reduce la condena porque un juez estima que asestarle 72 puñaladas a la víctima no es obrar con ensañamiento. Se le aplica la pena más leve a un violador porque la mujer era sordomuda y no pudo decirle lo suficientemente alto y claro que no quería que la violase. Un delincuente habitual con 137 sentencias firmes aún no ha pisado la cárcel y sigue haciendo de las suyas... Pienso que la Justicia tiene los ojos vendados para no ver los desatinos que se cometen en su nombre.

Reflexiones filosóficas

Sucede que las ciencias son múltiples y necesitan lenguajes diversos; por lo cual cada especialidad ha creado su propio código, su propio idioma. La confusión resultante se llama Babel. Lo de menos fue que un momento dado los constructores de aquella torre empezaran a hablar sumerio, babilonio o egipcio. El verdadero desastre consistió en que cada oficio estableció un lenguaje diferente, y ya no podían entenderse los albañiles con los plomeros, los arquitectos con los ecologistas, los políticos con los maestros de moral, hasta tal punto que empezaron a discrepar no sólo sobre el objetivo de la construcción de dicha torre, sino incluso sobre si aquello era una torre o era otra cosa. Fue entonces cuando se hizo necesaria la presencia del filósofo.

Entonces, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Ahora también el filósofo aparece en nuestra convulsa sociedad, convoca a los científicos y empieza contándoles una instructiva historia. Cierto santón hindú trajo a la plaza pública un elefante y luego mandó venir a tres hombres con los ojos vendados, para preguntarles qué era lo que había allí. Se acerca el primero de los tres, toca la oreja del animal y dice: "Es una hoja de higuera". El segundo toca una pata y afirma sin vacilar: "Es el tronco de un castaño". Acude el tercero, coge la trompa y la suelta espantado: "Es una serpiente". Se trata de un chiste muy del gusto de los filósofos y de los profesores dedicados a estudios interdisciplinares.

La tentación específica del filósofo es el eclecticismo. Ante una disputa en la cual alguien afirma que las urracas son blancas y otro que son negras, el ecléctico resuelve la situación diciendo que son grises. A fin de no caer en los excesos de la extrema derecha o de la extrema izquierda, él ha abrazado el extremo centro. En su opinión, la verdad es siempre un equilibrio, una maroma de funambulista que divide el error en dos partes iguales. Hay que discernir y luego conciliar; sólo así puede llegarse al conocimiento de la realidad. Está convencido de que abriendo alternativamente uno y otro ojo se obtiene una visión completa. Desprecia al científico, especializado en un único ramo del saber: todo especialista, limitándose cada vez más en su propio tema, cada vez sabe más de menos cosas, hasta que llega a saber todo de nada. El filósofo no incurrirá en semejante disparate. El filósofo ha averiguado que por encima de los conocimientos concretos, y frecuentemente contra ellos, existe un conocimiento superior caracterizado por la abstracción. Cuando se han dejado de lado todos los datos exteriores, de naturaleza siempre impura, la mente empieza a trabajar exclusivamente con sus propios materiales. De este modo, lo que se obtenga será una verdad del todo incontaminada, incorpórea, una verdad intachable.

Pienso que existo, luego pienso que existo. El filósofo contempla embelesado cómo las ruedas de su maquinaria mental giran cada vez más deprisa, a un ritmo acelerado que nada perturba. ¿Qué sucede? Las ruedas giran en el vacío, no muelen nada. El filósofo es un especialista en generalidades. He ahí la síntesis última de los grandes sistemas, el puro caldo de cabeza, lo que queda en el filtro después de colar una sopa de unicornio. Apoteosis de la razón.

Lo único que ve el filósofo es lo que espera ver, lo único que halla es una confirmación de sus ideas. Los principios teóricos distorsionan los datos objetivos a fin de que éstos puedan sancionar la validez de aquéllos. Para transformar en tesis una hipótesis sólo hace falta un hecho empírico, que indefectiblemente será contemplado y analizado desde los presupuestos dictados por dicha hipótesis. Cabría esperar que así como el razonamiento está llamado a detectar las ilusiones de los sentidos, éstos sirvieran para denunciar los extravíos del razonamiento. Pues bien, a menudo sucede todo lo contrario: como ya advirtió Pascal, además de equivocarse cada cual por separado, la razón y los sentidos tienden a engañarse mutuamente. No me negaréis que es algo hilarante, un excelente montaje del humor para lubidrio y enmienda de filósofos: un diálogo en que los interlocutores, además de mentirosos, fueran sordos.

Pero el auténtico filósofo no tiene enmienda y halla en la impugnación un estímulo y un acicate. La suya es una actividad sin fin, porque se trata de un camino sin meta. Demócrito afirma que los griegos son mentirosos; ahora bien, Demócrito es griego; por consiguiente, Demócrito miente; por consiguiente es falso que los griegos sean mentirosos; por consiguiente, Demócrito no miente; por consiguiente es cierto que los griegos son mentirosos; por consiguiente, Demócrito miente; por consiguiente... He aquí el famoso silogismo llamado bicornuto. Y yo me pregunto: si pusiéramos en fila todos los silogismos que se han ido elaborando a lo largo de los siglos, ¿no resultaría un único y colosal silogismo bicornuto? Cada capítulo de la Historia de la Filosofía refuta el anterior y es refutado por el siguiente. El silogismo bicornuto es sólo una página de humor en los tratados de lógica.

Demócrito miente, Demócrito no miente... Nunca jamás se parará el disco, porque se trata de un disco rayado. El filósofo seguirá argumentando ininterrumpidamente, pedaleando sin pausa, ya que en el momento en que dejase de pedalear se caería de la bicicleta, sería fulminado por el resplandor de la evidencia. Pero el filósofo es sólo un caso extremo. ¿Qué decir del resto de los humanos? El hombre piensa y el filósofo es un ser pensante en estado de gravedad. Mejor dicho, es un arquetipo, un paradigma de la humanidad, como en otro sentido lo son también el soldado, el peregrino, el comediante, imágenes estilizadas del hombre, ese ser cuya vida constituye una lucha continua, un azaroso viaje y una farsa casi constante. El filósofo es otro arquetipo del hombre, ese ser cuya vida constituye también, y sobre todo, una incesante máquina de pensar. Dígase, pues, del hombre en general cuanto quedó dicho del filósofo en particular.

Real o imaginario

¿Quién sería capaz de trazar una raya entre lo posible y lo imposible? Ya me diréis, pues, dónde colocamos la frontera entre lo ordinario y lo extraordinario. Por una parte, es muy probable que muchas cosas consideradas milagrosas no lo sean. Realmente el milagro, más que contradecir las leyes de la naturaleza, contradice nuestros conocimientos acerca de ella. Por otra parte, ya lo dije, todo es milagro. "Todo es milagro -repetía Picasso-, milagro es no deshacerse uno en el baño como un terrón de azúcar". En cuanto a la diferencia entre lo real y lo imaginario, la línea divisoria no puede ser más móvil. Hubo un tiempo en que los dragones eran sólo fruto de la imaginación. Cuando se descubrieron los primeros restos petrificados de un animal prehistórico, la ciencia positivista de entonces los consideró simples piedras de forma caprichosa, producto de la erosión o de ciertos plegamientos de la corteza terrestre; era absurdo pensar que se tratara de restos de un animal quimérico. Al cabo de los años se supo que la fantasía, no la ciencia, estaba en lo cierto: los dragones habían existido. En otras palabras, los dinosaurios, los diplodocus, los ictiosaurios, eran animales nacidos de los huevos que aquellos terribles dragones de la antigüedad depositaron en los espíritus más imaginativos.

Imposible, pues, trazar una frontera entre lo real y lo imaginario. Pero ¿qué es real?, ¿en qué consiste la realidad? La respuesta viene dada siempre por la razón, asistida de la ciencia y de la lógica. Sin embargo, dicha facultad y dichos instrumentos sólo pueden juzgar sobre aquello que conocen, aquello que constituye su campo propio de operaciones. Son del todo incompetentes para decidir si ahí acaba o no la realidad. Ya la pregunta misma qué es real y qué es imaginario resulta una pregunta mal hecha, cargada de prejuicios, impuesta por la razón.

Ocurre lo mismo con esa otra distinción entre el sueño y el estado de vigilia, una distinción que sólo establecemos en estado de vigilia, al dictado de una facultad que es juez y parte. La verdad global, la verdad de fondo, es que nuestras vidas y nuestros sueños están tejidos del mismo hilo. Únicamente cabría preguntar: ¿el sueño es una parte de la realidad o la realidad es una parte del sueño? No hay inconveniente alguno en decir que todo es sueño, que el sueño abarca indistintamente las divagaciones de la noche y los raciocinios del día. Yo estoy soñando ahora que escribo para una revista; si alguno de vosotros me contesta que eso no es cierto, que el acto de escribir es real y no soñado, yo oigo su voz en sueños, lo cual viene a confirmarme en mi opinión. Reconozco que alguna diferencia existe entre el día y la noche, y es que durante el día soñamos que no estamos soñando. A mí me ocurre con frecuencia hallarme profundamente dormida y a la vez soñando que no puedo dormir. Por supuesto, amigos, con el mismo derecho cabría decir que todo es realidad, que nada es sueño, tampoco nuestros sueños nocturnos. No cambia nada, excepto la manera de expresarnos. Lo único que importa es percatarse de que todas nuestras horas, las del día y las de la noche, están hechas de la misma tela. Un hombre pobre que soñara cada día doce horas que es rico sería tan feliz como un rico que durante ese mismo tiempo soñara que es pobre. ¿No lo creéis así? Veo que os preocupan los problemas sociales, os felicito. Pero al menos una cosa tenéis que concederme: que sería más prudente empezar a desconfiar de ese monopolio concedido a la razón, según el cual sólo tiene entidad real lo que ella controla, lo que acontece mientras ella está despierta.

Bajo el imperio de la razón, escuchando solamente los dictados de la ciencia y de la lógica, el hombre ha ido reduciendo su universo cada vez más, has el punto de confundir lo verdadero con lo verificable o con lo verosímil. Las consecuencias no han podido ser más desastrosas. Nos hemos cargado medio mundo. ¿Sabéis lo que ocurrió no hace mucho en México? Un capitán de policía fue al médico para decirle que sus noches eran insoportables: durante horas y horas oía como un batir de alas dentro del dormitorio; encendía la luz y no había nada. El doctor le recetó unos calmantes. En vista de que la situación no mejoraba, en la siguiente visita le dijo a su paciente: "No existe tal batir de alas, no hay ningún pájaro en el dormitorio; de todas formas, para que se convenza usted, le sugiero que tenga a mano su pistola de reglamento y que en cuanto comience a oír ese ruido sospechoso, dispare". Al día siguiente apareció la noticia en todos los periódicos de México: "Un capitán de policía ha dado muerte a su ángel de la guarda".

Os aseguro, amigos, que la realidad es mucho más vasta que el pequeño campo de lo visible y que ese otro campo ligeramente mayor de lo verosímil. Hay ocasiones en que notamos que se nos mueve el piso... es como si despertáramos de repente en una habitación desconocida, o como si al salir del metro nos encontráramos en una calle extraña entre gentes que hablan otro idioma. Es un aviso.

Qué sé

Un colega me asegura que el conocimiento nos hace libres y la ignorancia produce felicidad. Su sentencia me ha hecho reflexionar mucho y he llegado a la conclusión de que se trata de una paradoja, o sea, que es una afirmación que parece verdadera, pero que es falsa. El conocimiento no nos hace libres y la felicidad no la produce la ignorancia.

La libertad puede ser "natural" y suele entenderse como la posibilidad de sustraerse, por lo menos parcialmente, a un orden cósmico predeterminado e invariable que aparece como una forzosidad. La libertad puede ser "social o política" y está vinculada a la autonomía o independencia en que una comunidad humana rige sus destinos sin la interferencia de otras comunidades. La libertad puede ser "personal" y se concibe también como autonomía o independencia de las presiones o coacciones procedentes de la comunidad en cuanto a sociedad o en cuanto a Estado. Ni el hombre puede sustraerse a su destino, y no hablo del determinismo, sino del azar caprichoso que trunca nuestros planes y nos obliga a tomar caminos distintos a los que nosotros habíamos previsto; ni una comunidad puede vivir libre de las injerencias ajenas, como nos lo demuestra el intervencionismo planetario que ejercen los Estados Unidos; ni el individuo puede zafarse así como así de los imperativos sociales y hacer su libre albedrío.

Las doctrinas éticas colocan a la felicidad como bien supremo, pero esto no implica que la felicidad no pueda entenderse de diversas maneras: como bienestar, como actividad contemplativa, como placer, etc. Las diferentes escuelas filosóficas han aportado sus particulares puntos de vista. Los cirenaicos subrayaron el placer de los sentidos o placer material como fundamento indispensable del placer espiritual. Los cínicos acentuaron el desprecio hacia todo saber que no conduzca a la felicidad, esto es, a la vida tranquila. Aristóteles ha manifestado que se identificó la felicidad con muy diversos bienes: con la virtud, o con la sabiduría práctica, o con la sabiduría filosófica, o con todas ellas acompañadas o no de placer o de prosperidad. La conclusión de Aristóteles es compleja: con la felicidad se asocian las "mejores actividades", el concepto de felicidad es vacío a menos de referirse a los bienes que la producen. Posteriormente se advirtió que la felicidad no tiene sentido sin los bienes que hacen felices y se tendió a distinguir entre varias clases de felicidad: una "felicidad bestial", que no es felicidad sino aparentemente; una "felicidad eterna", que es la vida contemplativa", y una "felicidad final" que es la beatitud. San Agustín habló de la felicidad como fin de la sabiduría; la felicidad es la posesión de lo verdadero absoluto. Santo Tomás definió la felicidad como un bien perfecto de naturaleza intelectual. La filosofía moderna ha llegado a establecer otro razonamiento, la felicidad es un bien que pertenece al entendimiento; no es el fin de ningún impulso, sino lo que acompaña a toda satisfacción.

El conocimiento puede ser sensible o inteligible, esto es: intuitivo o basado en ideas. En cualquier caso nos abre las puertas a un tipo de felicidad diferente, más sofisticada, porque el conocimiento permitirá al sabio distinguir matices de las cosas que un ignorante no apreciaría. Con sabiduría, la felicidad abarca un espectro más amplio de posibilidades porque la sabiduría aporta al hombre capacidad de reflexión, madurez, juicio, rigor, serenidad, hasta la bondad misma se ha ligado al conocimiento. Ante la contemplación del Partenón, un sabio disfrutará extasiado porque verá ante sus ojos arte e historia, mientras que un ignorante sólo verá un montón de piedras.

Dicho lo dicho, pasemos a hablar de la madre del cordero: ¿Es posible el conocimiento? El conocimiento es la comprensión de la realidad, y ¿qué es la realidad, lo que vemos, lo que probamos, lo que nos parece cierto? La premisa básica de la filosofía aristotélica residía en la tesis de que el estado de reposo es el estado natural de un cuerpo. En la física newtoniana, por el contrario, el movimiento es el estado natural del objeto. ¿Cuál de las dos conclusiones es cierta, es real? Según el escepticismo, el conocimiento no es posible. Esto parece ser una contradicción, pues se afirma a la vez que se conoce algo, a saber, que nada es cognoscible. Sin embargo, el escepticismo es a menudo una "actitud" en la que se establecen "reglas de conducta intelectual". Frente a esta postura está el dogmatismo, según el cual el conocimiento es posible; más aun: las cosas se conocen tal como se ofrecen al sujeto. Una variante moderada entre el escepticismo y el dogmatismo sería la de que el conocimiento es posible, pero no de un modo absoluto, sino sólo relativamente. De esta postura se deduce que hay límites en el conocimiento y que el conocimiento es un "probabilismo" y en el probabilismo existe el mismo porcentaje de verdad que de mentira. Lo cual nos lleva al punto de partida: Sólo sé que no sé nada.

Preguntas. Preguntas

¿Por qué el hombre se hace preguntas? ¿Por qué, además, hace preguntas chorras?

¿Por qué la madera flota? ¿Por qué hace frío en invierno? ¿Por qué moja el agua? ¿Por qué pinchan las agujas? ¿Por qué el día es día? ¿Por qué no se cae el sol? ¿Por qué detrás del cuatro viene el cinco? ¿Por qué Paracelso se llamaba Paracelso?

La mayoría de las preguntas son inútiles, ya que carecen de respuesta o la respuesta va incluida en la respuesta. Obviamente, la mitad de las explicaciones son meras tautologías. ¿Por qué pican las ortigas? Porque sus hojas poseen elementos urticantes. Esta definición tan jocosa y aclaratoria aparece en un libro de botánica. Y hablando de naturaleza: os voy a explicar cómo se averigua el sexo de las ranas, por si alguna vez os resulta útil. Basta frotar el vientre del animal con una mixtura de yodo y vino blanco; conviene hacerlo con movimientos circulares, primero lentos, luego más rápidos; pasados tres minutos, si el animal se ha puesto nervioso, es una rana macho; si se ha puesto nerviosa, se trata de una rana hembra.

Alguien agudo que me lea, se preguntará: ¿y la otra mitad de las explicaciones, las que no son tautológicas? Cuando yo estudiaba Historia del Arte le oír explicar al profesor que El Greco pintaba sus figuras tan estilizadas porque padecía un defecto en la vista que le hacía ver todo achaparrado y, en su deseo de corregir este defecto, se pasó de rosca. Creo que nadie sabe a ciencia cierta por qué El Greco pintaba sus figuras deformes, pero el hombre tiene la extraña manía de buscar siempre respuestas y complicarlo todo.

El hombre es un ser complicado y su proceso evolutivo consiste en una complejidad creciente. La vida es una complicación de la materia y el pensamiento una complicación de la vida. Nos encanta rizar el rizo, buscarle tres pies al gato. Hemos inventado los verbos irregulares, los pleonasmos, las aceitunas aliñadas con aceite de oliva, el gótico flamígero. Combatimos el efecto de las pastillas sedantes con pastillas estimulantes, y a la inversa.

El hombre ama la complicación. El hombre es complicado. Pese a ello, hay hombres que terminan por reconocer que la verdad es simple, pero sostienen que el único método seguro para llegar a ella es dando muchas vueltas. De hecho, sólo a través de un laborioso y complicado razonamiento llegó Descartes a enterarse de que existía. Con lo fácil que era aceptarlo, sin más.

Líbranos, Señor, de los hipócritas

La hipocresía está presente en todas partes, porque la mentira lo envuelve todo y lo impregna todo. Al ser una palabra demasiado fuerte, demasiado incómoda, utilizamos otros términos más suaves y más honrosos. Ahí estriba precisamente la esencia de la hipocresía, ya que la mentira nunca será designada con su nombre propio sino con paliativos, mediante expresiones convencionales, distintas para cada materia. En política la mentira se llama propaganda; en economía, contabilidad doble; en investigación histórica, selección de fuentes; en comercio, publicidad; en psicología, tendencia a la fabulación; en diplomacia, patriotismo; etc. Y es que la humanidad posee una gran capacidad de artificio cuya máxima expresión es su capacidad de inventar eufemismos.

Desde el punto de vista moral, los manuales suelen distinguir tres clases de mentiras: dolosas, piadosas y jocosas. ¿Será una mentira jocosa decir que todas ellas resultan en último término igualmente jocosas? Basta para ello sustituir el punto de vista moral por el punto de vista físico, adicto al mundo en constante evolución, según el cual lo que llamamos verdad no pasaría de ser una mentira arraigada, generalizada, mientras que eso que llamamos mentira consistiría en una verdad aún incipiente, en estado de gestación.

Desde luego, todo puede perfeccionarse, todo puede convertirse en una obra de arte. Hay quienes llevan tan lejos su hipocresía, la refinan de tal modo, que han llegado a adquirir fama de sinceros. ¿Una contradicción? En absoluto. Esa falsa sinceridad, lejos de ser una contradicción, es uno de tantos fenómenos humanos, tan frecuentes que yo diría triviales, igual que el amor egoísta, la fe supersticiosa o la justicia meramente legal. La falsa sinceridad no es una cualidad más contradictoria ni menos corriente que el hecho de perder un imperdible.

El castellano dispone de un vocablo para definir a la persona que obra con fingimiento: farsante. El mejor farsante será aquel que mejor simule una falsa naturalidad, el que mejor haya preparado una falsa improvisación, el que posea el arte de ocultar su arte. Diríamos que en él se da una suerte de afirmación por acumulación de dos negaciones, como ocurre en latín si empleamos dos palabras negativas o como cuando decimos que los enemigos de mi enemigo son mis amigos. Dos negaciones afirman.

Si la peor soberbia es enorgullecerse de ser humilde, la peor hipocresía es presumir de sinceridad. Pero esto no es lo peor, todavía hay algo más grave. Tratamos de engañar frecuentemente a los demás, pero ¿es que no intentamos engañarnos también a nosotros mismos? Me temo que empiezo a oler a moralista redomada. Mala señal. Chungo, chungo. Hablo de que la humanidad en general es hipócrita y cuando alguien dice: "todos somos culpables", es que tiene algo que ver con el crimen, recordad "Fuenteovejuna", donde se pretende diluir la responsabilidad personal en una vaga culpabilidad común que no significa nada ni a nada compromete. Si todos somos culpables, nadie es culpable. Asimismo, si digo que todos somos hipócritas, estoy tratando de convenceros y convencerme a mí misma de que yo no lo soy, pues me limito a vivir dentro del sistema, aceptar los convencionalismos imperantes y evitar la descortesía de un comportamiento excéntrico que me excluya de la normalidad de la mayoría. En resumen: trato de engañarme a mí misma. La cuestión no estriba ya en decir o no decir la verdad, sino admitirla o no íntimamente. Me pregunto qué cantidad de verdad somos capaces de tolerar los humanos. Pienso que realmente no queremos oír la verdad, sólo queremos que se nos disfrace la verdad, que se nos disimule la mentira para poder tomarla como verdad.

Igualdad entre sexos

Sheikh Yusuf al Qaradawi, decano de Estudios Islámicos de la Universidad de Qatar, ha publicado una fatwa en la que se permite a las mujeres musulmanas cometer atentados suicidas. Qaradawi dice que esta obligación se aplica aun en el caso de no tener permiso del marido. Respecto a la obligación de llevar velo se hace una excepción: si es preciso la mujer se puede quitar el hijab para cometer al atentado, puesto que va a morir por Alá y no a lucir su belleza. A los terroristas suicidas varones se les promete una vida eterna en el paraíso en compañía de 72 vírgenes, el decano no especifica la recompensa que tendrán las mujeres. Por algo debe comenzar la igualdad entre sexos.

Mira por donde

La activista social Nawal al-Sa’dawi advierte que la opresión de la mujer es algo "universal" y se encarna en el velo islámico y el maquillaje occidental. Un mundo más justo, dice, sólo llegará con el fin del sistema patriarcal. Según Al-Sa’dawi, la sociedad occidental relaciona erróneamente los conceptos de Islam y ataque a los derechos de la mujer, ya que "depende de cómo se interprete la religión". "Las musulmanas llevan velo pero las mujeres occidentales llevan maquillaje, otra forma de velo que no muestra el verdadero color de la piel ni el carácter de las personas", apunta. "Desde el punto de vista económico, la industria de la cosmética ocupa el cuarto lugar en cuanto a beneficios", señala. No había caído en la cuenta de que cada vez me pinto los labios estoy fomentando el capitalismo.

Cinismo

El presidente Aznar ha propuesto a la ONU que la ayuda a los países pobres para vencer el terrorismo se contabilice como cooperación al desarrollo. La pintoresca ayuda española al desarrollo consiste, por ejemplo, en mantener 11 colegios de lujo en Marruecos, a los que asisten los hijos de españoles y de la elite marroquí. Para el Gobierno, esto es ayudar al desarrollo en un país en el que la mitad de su población es analfabeta y uno de cada tres niños está sin escolarizar. Ayudar al desarrollo es lo que debería considerarse como lucha contra el terrorismo, y no al revés, porque se reducen las posibilidades de que masas desesperadas de individuos que no tienen nada que perder se integren en grupos terroristas.

El conocimiento

El conocimiento es un milagro en un mundo donde no existen los milagros y aun así podemos esperarlo. Hacemos tantas cosas irracionales que otra más no nos causará daño. Así, después de haber aprendido hay que desaprender, recuperar el salvajismo y la esencia que la cultura nos ha hecho perder. En ocasiones el conocimiento es un simulacro que se hace pasar por la realidad y deberíamos asumirlo con desconfianza porque seducido por bellas imágenes, uno termina creyéndoselas.

Sacaperras

Por un lado, las empresas de telefonía móvil nos cobran unos precios abusivos por cada llamada que realizamos, por otro, las cadenas de televisión han montado un negocio muy lucrativo a costa de los mensajes SMS. No hay programa que no tenga un concurso donde para ganar basta con responder correctamente a una pregunta mediante un mensaje SMS. La pregunta es la más fácil posible, porque así el número de personas que conocen la respuesta es enorme y el porcentaje de tontos de baba que morderán el anzuelo será también grande. Bajarse el tono de moda para que el timbre de tu móvil sea el más original o el más hortera, según se mire, produce pingües beneficios y el solo hecho de que tu nombre aparezca sobreimpresionado en la pantalla del televisor de millones de espectadores acompañando a un mensaje en el que se fusila el idioma tiene un alto precio, por no hablar del costo que supone conocer el futuro que los astros te deparan cada día, el resultado de los partidos de fútbol, el pronóstico del tiempo... Estos son daños colaterales del teléfono móvil, ese sacaperras del que ya no podemos prescindir.

A un pedancio cualquiera

El ridículo está hecho casi siempre de sufrimiento, del escarnio inherente a un yo idealizado, obstinado o susceptible en exceso. Pero yo no sé evaluar a los humanos: juzgar, comprender, reconocer que no comprendo nada, un proceso claramente disuasorio.

De ordinario, las incongruencias no suelen ser graves, sólo son regocijantes. ¿Se ha fijado alguien en que la defensa cerril de una idea se ampara en la infalibilidad de los instintos? Es porque no puede cimentarse en los titubeos propios de la razón.

A mí no me gusta discutir ni tampoco adoctrinar, mi escepticismo difícilmente cuadraría con el ejercicio del magisterio o con la controversia ideológica, pero puedo colaborar sin dificultad en una reflexión humorística.

Los extravíos de la razón, la vanidad, las virtudes que no son virtudes y los vicios que no son vicios, el afán de complicarlo todo... todos esos rasgos ridículos que no son privativos de nadie, sino extensivos a la humanidad entera, incluida yo, son temas universales y permanentes del humor. ¿Cómo sin humor podrían soportarse ciertas cosas? Que atribuyan intenciones malvadas a la mera exposición de los hechos; que se tergiversen, según convenga, las ideas claramente planteadas; que se insulte a la persona cuando no se pueden rebatir sus argumentos...

El humor es activo y es pasivo. Lo que llamamos sentido del humor se aplica tanto a la persona que sabe practicar el humor como a aquella que sabe encajarlo. Y la modalidad más excelsa del humor tiene lugar cuando reúne ambos significados, cuando alguien sabe reírse de sí mismo.

Tener sentido del humor, saber reírse de uno mismo, desarma a los adversarios porque los deja ociosos, porque les obliga a dar golpes contra el aire o porque convierte la batalla en una partida de parchís.

Todos deberíamos poner en práctica una sencilla receta homeopática: Conviene reírse de uno mismo cinco minutos cada mañana a fin de no hacer el ridículo el resto del día.

Libertad, divino tesoro

La libertad humana se halla restringida, condicionada, entorpecida. Los hombres venimos a la vida con una herencia sumamente gravosa, víctimas de eso que suele llamarse concupiscencia, a la cual hay que sumar luego las presiones medioambientales, el tremendo poder de la inercia, el veto social que amenaza a toda forma de excentricidad o de santidad. La misma inteligencia, además de ser falible, nace ya sujeta a prejuicios, a esquemas heredados casi inmodificables. Por lo general, la gente suele tomar sus decisiones en los momentos de mayor obcecación; sus retractaciones, en cambio, coinciden con los instantes de mayor debilidad.

La conquista de la libertad se asemeja a ese juego de feria que consiste en trepar hasta lo alto de un poste, todas las noches hay alguien que enjabona el poste con su mano alevosa. Nos sentimos tentados a secundar a los deterministas: el destino impone los fines y el azar suministra los medios. Pero ¿qué ocurriría entonces? Si así fuera, si no existiera la libertad, familias enteras de vocablos deberían desaparecer del diccionario, no sólo las derivadas de libertad, sino también de obligación, prohibición, ley, represión, etc. Sólo nos quedarían unas pocas docenas de palabras: determinismo, gaviota, marejada...

Digamos que hay dos extremos igualmente falsos: creer que la libertad humana lo puede todo y creer que no puede nada. Entre estos dos extremos cabe cualquier teoría sobre la libertad, la tuya y la mía, por muy distantes que se hallen. Aun en las dictaduras más tiránicas un ciudadano puede escoger entre comprar el diario de la mañana o el de la tarde; y ni siquiera el ciudadano más libre y poderoso, en la más libérrima de las democracias, puede comprar un yate cuyo peso sea superior al volumen de agua que desaloja.

El hombre puede elegir, pero no puede escoger su nivel de elección. Su futuro depende de un presente que viene dado por el pasado. Sin embargo, en todo presente hay un margen de maniobra, y esto es lo único que importa, no lo que haya hecho de nosotros el pasado. Claro que el gravamen del pasado no sólo es físico, sino también moral. La responsabilidad constituye el reverso de la libertad, su lado enojoso. Al concepto de libertad pertenece tanto el derecho de elegir como el deber de asumir las consecuencias derivadas de la elección.

Gracias a mi escepticismo, hace tiempo que me percaté de que el mundo no es esto ni aquello, sino un discreto entramado de situaciones intermedias, de vidas mediocres, de pequeños éxitos que no autorizan ninguna euforia, de pequeños fracasos que no pueden justificar ninguna desesperación. Tanto la desesperación como la euforia son productos del espíritu, así como también lo es la libertad, que tiene una medida absoluta totalmente personal. Por eso yo, que además de escéptica, soy práctica, tengo un sentido de la realidad que me impide hacerme ilusiones que acabarían fácilmente en una brutal decepción.

Libertad, palabra demasiado fuerte, demasiado incómoda, palabra que en sí misma resulta obscena; mencionarla es una falta de educación, puesto que nadie conoce la libertad. ¿Por qué no ver en la mentira que entraña el concepto un impulso positivo del hombre a cambiar el mundo, a mejorarlo, aunque sólo sea verbalmente? Libertad, una palabra ambigua. Si la libertad es mentira, la mentira es libertad. ¿Qué versión preferís escoger?

Las creencias

Todos creemos en algo, incluso los escépticos como yo. No existe nadie que no crea en algo. En definitiva, todo es fe. La ciencia misma es un acto de fe. El científico cree en las leyes de la naturaleza, en la exactitud de sus análisis, en la capacidad de su inteligencia.

Aunque parezca un contrasentido, la ciencia está constituida sobre un acto de fe, se empieza creyendo en el testimonio de los sentidos y se acaba elaborando una doctrina. Sólo por lo que tiene de creencia, la ciencia se atreve a negar lo que ella es incapaz de probar. ¿Puede probarse acaso que sólo es verdad lo que se puede probar? El racionalismo tiene razones que la razón ignora.

La realidad confirma a diario la presencia de lo aleatorio como algo inherente a la naturaleza. Por eso, a la ley de la causalidad la ha sustituido la teoría de la probabilidad, a los esquemas deterministas el principio de indeterminación, a los axiomas las hipótesis. La ciencia moderna trabaja con hipótesis, que luego los hechos corroborarán o desmentirán. El éxito actual de la ciencia radica en su relatividad, ya que sólo establece leyes provisionales y cálculos aproximativos. El margen de influencia reservado al azar, a la Divina Providencia, a los hados o a la Naturaleza, queda pues garantizado. Y los científicos modernos ya no creen que saben, ahora saben que creen.

No hay certezas absolutas, sólo certezas estadísticas y sólo estadísticamente se puede decir que las estadísticas resultan fiables.

La fe no consiste en acumular la razón, sino en usarla de un modo razonable. Bajo el imperio de la razón, el hombre ha ido reduciendo su universo cada vez más, hasta el punto de confundir lo verdadero con lo verificable o con lo verosímil. Las consecuencias han sido, evidentemente, desastrosas.

Por eso es imprescindible la fantasía, tan imprescindible como un segundo remo. Con un solo remo siempre navegaríamos en círculo, dando vueltas y más vueltas. El progreso meramente racional será siempre un círculo vicioso, tautológico. Y es que el hombre es un rey cuando sueña y un mendigo cuando piensa. La fantasía es una manera de combatir las limitaciones de lo real.

Humor y dictadura

En los regímenes totalitarios, donde cualquier crítica al poder ha sido abolida, sólo el humor permanece como forma de insumisión más o menos eficaz. Es cierto que en todas las cortes existieron bufones, a los cuales estaba permitido reírse de ministros y regidores, hasta del propio rey; pero esto sucedía porque sus burlas se consideraban inofensivas, ya que los bufones estaban clasificados entre los animales domésticos. El verdadero humor, para sobrevivir, tiene que aprender a sortear la censura impuesta por el dictador. Recurrirá a un estilo equívoco, utilizando expresiones que dicen una cosa y quieren decir otra, que incluso alaban aparentemente aquello que en realidad fustigan. Si la censura se hace más severa, el buen humorista no se volverá más tímido, sino más sutil. Entre ingenios muy refinados circula el siguiente axioma: la sátira que comprende el censor, merece ser prohibida. Es probable que al final haya que repartir entre los lectores un manual de exégesis: donde dice orden público léase opresión, donde dice Bucarest léase Valparaíso, donde dice gutapercha léase libertad, donde dice libertad es una errata. Última trinchera de las fuerzas de oposición, el humor persiste como una voz de los sin voz, como una única defensa de los indefensos. Según Escarpit, analista del tema y antiguo miembro de la Resistencia, el humor puede ser un instrumento de lucha en la medida en que, al exorcizar el miedo, infunde valor a los combatientes y, al desacreditar la amenaza, priva al tirano de su principal arma psicológica.

Pero no seamos ilusos. El humor constituye tan sólo un recurso espiritual, por sí mismo desprovisto de poder en otros niveles. El humor derriba los ídolos, recupera los espacios prohibidos, destruye y construye... Me lo imagino riéndose tiernamente de sus panegiristas. Reyes y emperadores siempre han ejercido creyendo que el juego es de verdad, y en eso consiste su error, pero también su terrible fuerza opresiva frente a los súbditos. El humor, más lúcido, más escéptico también, sabiendo que todo es juego, juega a jugar su propio juego, y ahí estriba su debilidad a la vez que su grandeza. Segismundo descubrió que la vida es sueño y se mofaba del rey que sueña ser rey; tal descubrimiento le confería un cierto poder disolvente, corrosivo, pero este poder iba a disminuir notablemente en cuanto se diera cuenta de que él también estaba soñando, de que sólo había soñado haber descubierto que la vida es sueño. En otras palabras, el gran peligro para el humor, para esa misión subversiva a que está destinado, radica precisamente en su lucidez, en su carácter disuasivo.

Por lo demás, admito que el humor pueda ser considerado un agitador incómodo, ya que de suyo resulta indomable. Desnudo y vapuleado, conserva sus resortes intactos, precisamente porque son espirituales. De san Ocadio mártir se dice que, cuando le mandaron arrodillarse ante el emperador, replicó: "Yo sólo me arrodillo ante Dios". Lo pusieron de rodillas por la fuerza, a golpes. Cuando le dieron la orden de levantarse, contestó: "Lo siento, aún no he terminado mis oraciones". ¿Comprendéis? Quiero decir que rara vez el humor ha servido para alcanzar una victoria, casi siempre sirve tan sólo para hacer honrosa la derrota. En términos generales, es mucho más apto para consolar que para conceder la felicidad. Sin embargo, debo decir otra cosa a favor del humor, y es que si llega un día la victoria, esa victoria de los oprimidos y sojuzgados con los cuales él había hecho causa común, entonces pasará inmediatamente a la oposición, ya que por naturaleza sigue siendo inconformista y disidente. Respecto del pasado, respecto de aquella lucha que acabó con éxito y en la cual él colaboró tan sinceramente, a partir de ahora se encargará de ir añadiendo al margen notas irónicas en la historia oficial escrita por los vencedores.