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Cierzo

Literatura

Nada concluye

Nada concluye Nada concluye
y, sin embargo, todo nos conmina a seguir,
como si fuera verdad que es posible
alcanzar la esquiva franja del horizonte,
allí donde se juntan el mar y el cielo.

Esta noche

Esta noche Esta noche...
lanzaré mis redes a tus ojos oceánicos,
me perderé en su mirada
y naufragaré en el mar de tu amor.

Esta noche...
tengo miedo de las sombras que me envuelven,
sopla un viento frío y en el negro cielo
eres tú la única, la última estrella.

Venus

Venus Me mira con sus bellos ojos y la miro. Nos miramos. Está tumbada sobre el lecho, reclinada con elegancia en unos almohadones, la placida languidez de su intimidad me invita y la desnudez de su carne blanca es una provocación irresistible. No es la mera imagen de una mujer hermosa, ella es Venus, la diosa del amor. Estará amaneciendo o es el sol del crepúsculo el que se muestra tras el marco de la ventana. Se prepara para recibir al amante o muestra la calma tras la tormenta amorosa. Beldad enigmática, poética narración del erotismo que invita a amarla, a poseerla. Me capturan tus ojos, tu mirada de fuego que excita y esa mano ocupada en los pliegues que oculta el monte que lleva tu dulce nombre: Venus. La contemplo sin cansarme y decido gozar con ella, con ese cuerpo que me hechiza. Si tuviera que escoger a una mujer entre todas las mujeres, te elegiría a ti, a la hetaira de Urbino, a la mujer de Tiziano. Tú y ninguna otra. Desnuda siempre. Despierta siempre. Dispuesta a compartir esa noche eterna y atemporal con quien cae cautivo de tu mirada y se rinde al leve roce de tu fuego. Abrazado a tu llama y fascinado por la tentadora gracia de tu piel, me acostaré en tu lecho y encontraré la ruta a la lascivia desvelando el misterio de tus ojos y descifrando el enigma de tus labios... Mientras, el perro duerme.

Lo que soy

Lo que soy El olor es nauseabundo y me provoca el vómito, huele a carne quemada. Un compañero de mi comando yace esparcido por el asfalto, el brazo derecho sobre el contenedor de basura, otro trozo uniformado sangra en la acera. Cierro los ojos, estoy extenuado, el fusil pesa hoy más que nunca.

Vuelvo a vomitar: bilis, dolor. La mujer embarazada se desangra delante de mi vista, casi no se le ve el hueco que la bala ha dejado en su cabeza. No puedo más. ¿Estaré muerto yo también? No consigo moverme en este escondrijo, el miedo me paraliza. He descubierto al francotirador. Sabe que estoy aquí, oculto en el portal de una casa en ruinas. Calculo mis posibilidades: cincuenta por ciento de escapar, cincuenta por ciento de que me mate. Es un porcentaje esperanzador, pero irreal. Él es un mercenario, tiene nervios templados, un arma precisa, paciencia y nada que perder. Yo fui reclutado a la fuerza, tengo familia, dos niñas, a una de ellas ni siquiera la conozco, nació hace un mes.

No estoy hecho de madera de héroe. No conozco a ningún héroe. Supongo que su sangre es roja, como la de los demás. Igual que la de los pobres hombres que he visto morir, miserables, desvalidos y solos.

Cuesta creer que exista otra vida fuera de este lugar, lejos de la locura y la barbarie de esta guerra inútil, como lo son todas.

Hemos sufrido una emboscada, no vendrán refuerzos, no recibiré ayuda. Estoy solo. Cae la tarde y el cielo se vuelve de un color parduzco. El corazón me late deprisa, he de hacer algo y no puedo pensar.

Los recuerdos me llegan como ráfagas de tiros. El primer muerto, un muchacho rubio con su uniforme de campaña recién estrenado. El primer asesinato, un sargento enemigo, veo su cara a todas horas, no hay manera de olvidar. La chica violada por diecisiete soldados, el anciano destrozado junto al cuerpo menudo de un niño que llora. Cuánto sufrimiento para nada.

No distingo al francotirador, es igual, seguirá apostado, vigilante. Tarde o temprano uno de los dos tendrá que hacer un movimiento, uno de los dos morirá. El estómago se me resiente después de meses comiendo basura, bebiendo agua putrefacta, ayunando. ¿Qué clase de vida es ésta? A veces olvido, a veces se me olvidan las minas, el ruido ensordecedor de la batalla, el agotamiento, los gritos, los ataques por sorpresa, la sangre, el miedo constante, el olor a muerte. A veces siento ganas de morir porque sé que no podré escapar nunca de la guerra y su recuerdo.

Fuerza y valor es la divisa de mi batallón, y a mí no me queda ya ni fuerza ni valor. La sangre de mis compañeros ha salpicado mis botas, mi camisa, mis manos y hasta mi alma. Que se joda la patria, que se joda la causa, que se joda el mundo entero que contempla esta contienda desde el televisor sin haber perdido la dignidad y el respeto a sí mismo. Alguien debería contar la verdad de esta mierda. Para el Gobierno sólo somos los números de una placa, un cadáver más en otro ataúd.

Me avergüenzo de lo que he hecho, soy un asesino, he matado bajo la impunidad que me da este uniforme. Antes creía que estaba cumpliendo con mi deber y deseaba sobrevivir, ahora esto me parece un error espantoso.

Me pongo en pie y me acerco al boquete de lo que fue una puerta. Camino un paso, dos... Una bala silba cortando el aire. Sólo escucho el eco de mi grito.

Amor eterno

La vida es rara. Los sueños son aún más raros. El arte es un sueño raro que falsea la vida y la hace más soportable. O no. Porque, tarde o temprano, la vida coloca al arte en su sitio y de paso aniquila al artista. A veces nos queda su memoria, eso que llamamos posteridad. La posteridad consiste en que el artista muerto se convierte en centro de atención y su obra recibe elogios y descalificaciones, suscita controversias que se dirimen a través del tiempo y que contribuyen a alimentar una fama. Ocurre que, en ocasiones, los personajes ideados por el artista, los personajes de ficción, adquieren vida propia, véase el caso de don Quijote. Sucede también que al artista le sobrevive su leyenda, como a Byron.

Yo soy joven, guapo, elegante, adicto a Garcilaso, al café, al tequila y a las mujeres. Olvidaba decir que escribo, soy poeta. Pero no voy a hablar de literatura, sino de amor, de ese sueño para dos en el que uno sueña y el otro se deja soñar, todo un arte.

Conocí a Eva en una tertulia literaria, ella quería ser poeta y admiraba mi obra, pretendía escribir como yo. Era una mujer de apariencia delicada y mirada acuosa y dulce; tenía aspecto de musa, de una de esas musas etéreas que inspiraban a los románticos. Iniciamos una relación, amorosa por su parte, meramente sexual por la mía. Mi afán por seducir siempre me ha impedido amar.

Eva se sentía fascinada por mí, por el poeta y el hombre que es capaz de transformar las emociones en palabras, y a mí me servía su incondicional apoyo y su entrega para superar un bache creativo, desde que mi primera antología fuera acogida por la crítica como una brillante obra de sensibilidad y pasión, no había escrito una línea.

Me asustaba la idea de haberme quedado seco, sin ideas ni sentimientos que expresar, y olvidaba mi incapacidad compartiendo botellas y camas. Así se forjan las leyendas. Más allá del bien y del mal. Caiga quien caiga.

Eva insistió en venir a vivir conmigo, en ayudarme a escribir, estaba convencida de que tenía talento y que en un ambiente ordenado y armonioso volvería a crear. Su cuerpo me proporcionaba calor y su abnegación reforzó mi ego por un tiempo. Escribía con voracidad: basura. Podía pasar tres días sin comer ni dormir, sólo bebiendo y escribiendo. Luego, sobrio, releía mis escritos y los rasgaba con ira, con horror. Los cheques que pagaban mis derechos de autor menguaban y mi fugaz momento de gloria pasó relegándome al olvido. Estaba acabado.

Necesitaba sentir para escribir una obra maestra y sentí con unas y con otras; el alcohol y la frustración hicieron el resto. Tocaba fondo. Eva seguía empeñada en salvarme, en convertirme en un gran poeta, renunció a sus aspiraciones literarias y se quedó embarazada, también tuvo que ponerse a trabajar. Prefería ignorar lo que imaginaba, lo peor era aquello que, pudiéndolo imaginar, no se atrevía a saber. Yo no soporto los compromisos ni las ataduras, no deseaba aquel hijo, sólo buscaba ser alguien en los círculos literarios, alcanzar la inmortalidad, lo demás me importaba bien poco.

Los grandes amores deben ser breves, y mi relación con Eva duró un año y siete meses, no sé si es poco o demasiado. Murió al dar a luz a nuestro hijo, mientras yo estaba borracho y con otra en el cuarto de un hotelucho. Una vez muerta Eva, empecé a amarla de verdad con un amor tardío y fuera de tiempo, y empecé a escribir inexplicablemente prendido del recuerdo de un afecto que no había correspondido. Escribí sin tequila ni descanso, dolorosamente sereno, y conseguí atrapar en un poema la esencia esquiva del amor. ¿Mereció la pena el precio? Mi arte dependía del criterio y la cotización que le diera un editor. El mercado tenía la palabra y, por una vez, a mí me daba igual.

Una losa en el cementerio nos cobija a los tres, gracias a un marido burlado que acertó dos tiros, no he tardado en reunirme con Eva y con nuestro hijo, el que no llegó a vivir. Los críticos han alabado más mi muerte que mi existencia y mi obra nutre las enciclopedias, las bibliotecas, las librerías y acabará flotando a la deriva en Internet. Eva y yo compartimos un póstumo esplendor. El poeta, su musa y el amor que inspiró los más bellos versos. Un trío perfecto. Qué ironía. Parejas de enamorados vienen a depositar flores sobre nuestra tumba. Afectados rapsodas recitan mis poemas. Represento al amor eterno y, ya se sabe, la muerte es una garantía de amor eterno. ¿Y el arte? Supongo que el arte es una forma de amar, un frágil nexo que nos une a la efímera eternidad.

Máscara

Lo era...

Y ni siquiera lo sospeché.

Cuando miraba tu rostro,

arrobado de amor,

no me daba cuenta

de que veía una máscara.

Al descubrir la verdad,

comprendí que tu máscara

estaba colgada en mi mirada.

Todavía no conozco

tu auténtica cara,

panel de rostros desplegados,

territorio restringido,

espejo de mentira.

Lo es...

enigma enmascarado.

Breve historia del libro

Breve historia del libro Durante el siglo XVIII y gran parte del XIX, los libros incorporaron sustanciales cambios en el ocio. Mucho antes de que los avances técnicos contribuyeran a la aparición de periódicos, revistas o a la difusión masiva de los libros, en el siglo XIII ya se vislumbraba esta futura evolución.

Antes de que los libros se publicaran en la lengua nativa de cada país, propiciando con ello el acceso a la cultura a un mayor número de personas, ya se modificó el formato (antes la medida aproximada era la del actual folio), y con ello se facilitó el transporte; la letra minúscula gótica, más rápida, fue sustituyendo a la antigua escritura que variaba según los centros universitarios: letra inglesa, francesa o boloñesa; disminuyó la ornamentación: las letras floreadas, las miniaturas se hicieron en serie y empezaron a utilizarse las abreviaturas, esto hizo que los libros dejasen de ser sólo un objeto de lujo y se convirtieran en un instrumento para transmitir la cultura durante la baja Edad Media.

En el siglo XVI, se comenzó a leer por puro placer y no solamente por devoción religiosa o vocación erudita. Lo que supuso una revolución aún mayor que el desarrollo de la técnica, la alfabetización o el cambio de temática en las obras escritas.

Durante el Renacimiento se puso de moda leer Historia, especialmente la historia clásica de Herodoto, Plutarco o Julio Cesar; la gente se emocionaba con los relatos medievales como "Roman de la Rose"; disfrutaba de las primeras novelas, como el "Amadís de Gaula" o "El Quijote"; también gustaban los tratados de magia y oscurantismo de Paracelso o Agripa, que llegaron a ser bets-sellers de la época, y los primeros libros eróticos, que incluían ilustraciones.

Fue durante el Renacimiento cuando el lector descubrió la magia que supone traducir los signos caligráficos en imágenes evanescentes de la memoria y a través de ellas participar en otras vidas y gozar de nuevos mundos. Esto modificó la sociedad y el propio concepto del hombre y durante el siglo XV la lectura en silencio se impuso entre la elite intelectual.

Pero la popularidad de los libros no se debió sólo a la satisfacción que proporciona un texto escrito. De entrada, la población que sabía leer fue en aumento, y en segundo lugar, el argumento cambió. Los primeros libros eran, casi en su mayoría, farragosos tratados de Filosofía y Teología y, claro, tenían una divulgación restringida a eruditos, incluso hoy continúan siendo libros minoritarios.

En el siglo XVIII los libros y los periódicos se solían leer en voz alta debido a su elevado costo y al alto índice de analfabetismo. En estos años los libros cumplieron una misión relevante en la historia, fueron los transmisores e impulsores de las nuevas ideas de la Ilustración, ideas que habrían de cambiar el curso de los acontecimientos.

El primer periódico mensual se fundó en Holanda en 1686 y el primer periódico diario, en Inglaterra, en 1702. En aquel momento había en Inglaterra veinticinco publicaciones regulares de todo tipo y en 1750, el número ascendía a noventa. Dos años más tarde había treinta y cinco diarios y publicaciones en Francia y en la Alemania de 1790 se podía escoger entre doscientos cuarenta y siete diarios en circulación.

En esta época poseían libros nueve de cada diez clérigos; tres de cada cuatro miembros de profesiones liberales; uno de cada dos nobles; uno de cada tres comerciantes y uno de cada diez trabajadores manuales. Las bibliotecas se multiplican y las colecciones particulares aumentan de manera considerable.

"El espíritu de las leyes" de Montesquieu tuvo antes de 1751 veintidós ediciones y se tradujo al italiano, polaco y holandés. De "El contrato social" de Rousseau, se hicieron trece ediciones francesas y tres inglesas antes de 1764, y de las obras políticas y satíricas de Voltaire aparecieron traducciones por toda Europa entre 1730 y1778, año de su muerte.

El XIX es el siglo de la rapidez, los libros y los diarios aumentan su velocidad de distribución a medida que el tren acorta las distancias. La novela gana la partida a la Historia o la Filosofía gracias a la difusión de las obras de autores como: Dickens, Flaubert, Tolstoi, Dostoievski o Zola. Dumas escribió en veinte años cuatrocientas novelas y treinta y cinco dramas y sus obras dieron trabajo a ocho mil ciento sesenta personas, entre correctores de pruebas, impresores, gente de teatro... Hay que destacar que a partir de 1830 aparece una literatura crítica destinada a comentar la absoluta miseria en la que vive la clase trabajadora. Los relatos inciden en las penosas condiciones en las que se realizan los trabajos: las altas o bajas temperaturas, la falta de luz, la suciedad, los horarios extenuadores.

En la actualidad, las estadísticas revelan que el 75% de la población adulta ve la televisión una media de tres horas diarias, un 63% escucha la radio, mientras que la lectura de libros ocupa a un 13% de la población. A tenor de estas cifras parece que el hábito de la lectura se halla en manifiesto retroceso.

La lectura de un libro en el silencio de la calma es una de las pocas experiencias sacras que le quedan al hombre de hoy, inmerso en la cultura del vértigo. Los libros nos aíslan del ruido y de la gente, de los problemas que nos plantea la vida cotidiana y nos obligan a recluirnos en la soledad para descubrir que se puede estar solo en buena compañía, basta con estimular la imaginación.

Absenta

Absenta Sesenta y ocho grados de alcohol perfumado de anís se deslizan por mi garganta, me abrasan el esófago y caen incendiarios en el estómago. El infierno no huele a azufre, sino a absenta.

El local, un bar, si se califica con extrema benevolencia, es lúgubre y desprende un olor mareante, el que envuelve a las putas que se acodan en la barra. Me agrada esta decadencia que lo contamina todo.

Cierro los ojos, soy el hombre que no deseo ser. No quiero verme reflejado en el espejo que tengo enfrente.

Nadie me ha oído quejarme, ni cuando mi madre se fugó con un rico banquero dejándome abandonado a los cuatro años; ni cuando mi padre, borracho de sufrimiento y güisqui, desfogaba su frustración en mí con su cinturón de cuero repujado y punta metálica. No me quejé cuando a causa de una paliza quedé cojo porque mi cadera se quebró. No osé quejarme cuando descubrí que el único sentimiento que despertaba en las mujeres era lástima, ni me quejaría luego, cuando mi vida, privado de cariño y de un trabajo digno, ¿quién iba a contratar a un minusválido que padecía terribles dolores en los huesos?, se convirtió en lo que es ahora. A oscuras sueño, mi mente vuela rauda por lejanos parajes, por otros mundos, pero con la luz la realidad se vuelve cruel e insoportable.

Soy un artista dotado de una aguda penetración, dibujo retratos de la gente que veo pasar, paisajes conocidos o inventados, siempre a carboncillo, sin una gota de color.

A veces la inspiración me llega como una especie de posesión incontrolable, y emborrono cualquier superficie susceptible de ser manchada por mi carbón: paredes, manteles, servilletas, camisas... Siento un latigazo en el espíritu que me insta a dibujar, a dibujar hasta que mi mano queda exhausta, y los dedos se agarrotan, y el alma se me queda seca.

Entonces bebo para recuperar mi equilibrio hídrico, copas y más copas de absenta, que le devuelven a mi vida una cualidad untuosa. Contemplo mi mano ennegrecida y me siento artista, sí artista, aunque mis obras sólo reflejen panorámicas del infierno visto desde mi rincón de marginado y esté casi siempre ebrio, de tanto en tanto, me siento artista.

El suelo se mueve con su oleaje incesante bajo mis pies. ¡Oh! Judith. Cuántas veces te he soñado compañera de viaje por este océano desolado. Cuántas veces he deseado admirar, tan sólo admirar, tu cuerpo desnudo, templo de belleza reservado para unos pocos, para aquellos que pueden comprarte. No sabes que te amo, tanto como para que me hiera de muerte ver cómo te dejas manosear ante mis ojos por viejos y jóvenes, por obreros y funcionarios.

Me ha faltado valor para confesarte mi afecto hasta hace un rato, estaba demasiado sereno para que tú lo interpretaras como una muestra de mi humor cáustico. Me has mirado a los ojos con dulzura y me has sonreído.

Ven conmigo. No puedo pagarte. Entonces, hazme un retrato. Y yo te he seguido con mi pierna rengueante y mi cuerpo tullido, igual que un perro vagabundo seguiría a los confines de la tierra al propietario de la mano que se ha atrevido a acariciarlo.

Judith. Me ha costado advertir que era un juego, que tus promesas ardientes y las partes de tu cuerpo que me ofrecías lasciva jamás serían para mí. Tenías que demostrarme que no soy un hombre, sólo, sólo soy un patético remedo de virilidad asida a una masa inerte.

Te has reído de mis lágrimas, te has burlado de mí, pobre diablo, rey de su infierno. Me has dejado tendido en esa cama testigo de mi humillación y ni te has dignado a acercarme el bastón. La puerta se ha cerrado tras de ti y yo he continuado llorando como un estúpido iluso. No esperaba mucho de ti, habría bastado un roce de tu piel para arrancarme del lodo.

Les has contado a todos mi vergüenza. He conseguido descender las escaleras que conducen a las habitaciones del primer piso para ser recibido por los aplausos y las risotadas de la clientela.

Ya no me queda dignidad ni orgullo, no has podido robarme nada porque nada tengo, salvo esta sed insaciable de inconsciencia. El quinto vaso entra dulcemente por mi boca y me produce una arcada de amargura. ¡Ah! Regreso a mis dominios, al negro infierno al que viajo confundiendo delirio y realidad.

Mi vientre se abomba, crece, crece, crece, revienta. He parido unas larvas monstruosas y enormes que reptan por mi cuerpo deforme y me devoran voraces. No noto sus dentelladas arrancándome pedazos de carne, pero sé que me consumen a grandes bocados, que lamen mis huesos convertidos en simple carroña. Luego las veo metamorfosearse en mariposas gigantes, con tres pares de alas formidables, añiles, maravillosas. Vuelan, revolotean alrededor de mi cadáver putrefacto. Son unas mariposas hermosas, tornasoladas, elegantes. Sus alas agitan el aire y producen música. Yo las he creado, son hijas mías, he sido capaz de engendrar algo bello, algo que todos admirarán. Soy el padre de media docena de mariposas gigantes.