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Divina inspiración

Divina inspiración

Hubo un tiempo en que el mundo estaba poblado por dioses. Unos dioses  que acompañaban y asistían al hombre en los tránsitos más oscuros de su recorrido por el mundo. Unos dioses nacidos de la necesidad de ocupar ese espacio vacío que ninguna razón podía colmar ni satisfacer, porque la presencia de los dioses es anterior al discurrir lógico, a la respuesta razonada sobre el misterio del hombre y del mundo. Los dioses son una forma, la más antigua, de desvelar la realidad. Una manera de calmar la incertidumbre, el temor más elemental y primitivo.

 

En un principio fue la acción, el hecho de denominar aquella presencia vacía que envuelve al hombre. Presencia vacía y llena a un tiempo, ¿de qué?, el hombre no lo sabe, pero la siente como superior, ilimitada, y temiendo que le someta, necesita identificarla, reconocerle unas cualidades. Necesita dar, a este espacio lleno de silencio y de nada, una imagen: y la primera imagen que el hombre es capaz de formarse es la imagen de los dioses. En todas partes y en todas las culturas, encontramos bajo la figura de los dioses la presencia de un misterio. Y este misterio no es una abstracción. Este misterio, el hombre lo ha reconocido íntimamente ligado a su propia existencia: él mismo es un misterio. Y aunque los dioses fueran inventados, el principio, el fundamento del que surgen, es la realidad primordial de la que no se puede decir nada, pero que es la fuente de todo lo que se dice y de todo lo que se crea.

 

La aparición de los dioses pone fin a un periodo de tinieblas. El dios es la clara presencia que nace de la noche del alma e ilumina el recóndito espacio del misterio. Esta presencia divina, figura que personifica los grandes misterios del hombre, fue suscitada, revelada, por la palabra poética. La primera en enfrentarse a este mundo oculto de lo sagrado y que se atreve a nombrar la esencia del misterio. La presencia de los dioses queda íntimamente unida a la presencia de la poesía; es más, la poesía es un medio por el que el dios se manifiesta en su esencia formidable, insondable, ilimitada.

 

En aquel tiempo, cuando el mundo estaba poblado por dioses, la poesía era la prueba irreducible de su presencia. Porque el poeta era el hombre elegido por el dios para manifestarse y revelarse. El poeta, el hombre que seguía el trazo de la escritura que un dios le dictaba, era un inspirado, un poseído por la divinidad. En los momentos de inspiración el poeta olvidaba su singularidad específica, dejaba a un lado su conciencia y su voluntad para transformarse en conciencia y voluntad universal.

 

El término inspiración en griego, la lengua de un país poblado por dioses y poetas, es pneumatikós, literalmente aire, hálito; la inspiración divina es simplemente estar pleno del aliento de los dioses. Dice Platón del poeta: “El poeta es una persona ligera, alada, sagrada, que no está en situación de crear hasta que un dios le ha inspirado, después que ha dejado de ser el dueño de su razón; mientras conserve la capacidad o facultad de la razón, será incapaz de crear una obra poética, por tanto, como los poetas no realizan su obra en virtud de un arte, sino en virtud de un privilegio divino, ninguno de ellos es capaz de componer con éxito ningún género poético que no haya sido inspirado por la Musa. Y si la divinidad les priva de razón y los toma como sirvientes, igual que hace con los profetas y los augures inspirados, es para enseñarnos, a nosotros los oyentes, que no son ellos quienes dicen cosas de tanto valor –ellos no son dueños de su razón-, sino que es la divinidad misma quien nos habla y se hace oír por mediación de ellos. Para mí que estos bellos poemas no tienen un carácter humano ni son obra de los hombres, sino que son divinos, y que los poetas no son otra cosa que los intérpretes de los dioses y están poseídos por la divinidad”.

 

En este diálogo, el , Platón describe su concepción de la poesía y del poeta. La poesía no es un arte. La poesía no es el dominio de un conjunto de normas establecidas. Los poetas obran por la gracia de un don que han recibido del dios; un don misterioso del cual no son dueños ni conscientes. Un don que incluso supone la pérdida momentánea de las facultades de la razón y la consciencia. Transportados por el entusiasmo, son poseídos por una voluntad ajena que formula un canto, momentáneamente sin sentido ni orden, pero que se avendrá de manera progresiva con una voluntad esquiva, a la voluntad del poeta.

 

Los dioses, según Demócrito, emiten un soplo sagrado que recibe el alma, exquisitamente sensible, del poeta y que lo mantiene en un estado de entusiasmo, con el hálito sagrado en su interior. Mediante el mecanismo de la respiración, el poeta aspira átomos del soplo sagrado. Así el alma se inflama y, movida a un estado de agitación parecido a la locura, aumenta al máximo su capacidad creadora. A diferencia de Platón, Demócrito no niega la paternidad de sus obras más bellas, aunque su creación reclama la presencia de unas facultades en máxima actividad. Pero estas facultades están condicionadas por el estímulo poderoso de un agente externo sobrenatural que sume al poeta en un frenesí, en un trance parecido al furor divinantium, en que percibe los efluvios de seres y cosas que, en su estado de normalidad psíquica, sería incapaz de percibir.

 

El efecto de la inspiración del dios es de una energía tal que el entusiasmo del poseído se comunica a todos los que le escuchan, de esta manera, dice Platón, se va creando una cadena de inspirados que, como corrientes magnéticas, transmiten el entusiasmo, los nuevos aspirantes reciben a su vez la facultad de transmitirlo a otros. A esta cualidad del hombre inspirado de transmitir a otros el entusiasmo del dios, Nietzsche lo denomina excitación dionisíaca: la multitud que escucha el canto del poeta se transforma en un solo ser que, embrujado por la palabra del dios, pierde completamente el recuerdo de su pasado y se convierte en su servidor y vive fuera de toda época y de toda espera social. Esta excitación dionisíaca es considerada por Platón como una forma de posesión y de locura; dice en Fedro: “Al ocupar las Musas una alma tierna y pura, la lanzan hacia transportes báquicos que se expresan en odas y en todas las formas de la poesía. Pero todo aquel, que sin la locura de las Musas, acceda a las puertas de la Poesía confiando que su habilidad bastará para hacerlo poeta, éste hará de sí un desgraciado”.

 

Pero lo dioses ya hace tiempo que huyeron del mundo de los hombres. ¿Han estado, de verdad, alguna vez entre nosotros? Ya hace tiempo que la presencia de los dioses nos resulta casi imperceptible, y el vacío que han dejado en su huida no puede ser ocupado por ninguna otra cosa. La manifestación de los dioses, paradójica y contradictoria, ha sido sustituida por la razón vigilante, analista, pragmática, amiga de la síntesis. Los vestigios de los dioses, aquellas manifestaciones oscuras que parecen no tener ninguna relación entre ellas, por dispersas y lejanas, pero que en un instante privilegiado se muestran como un todo unitario, como un misterio tremendo; los vestigios divinos que el hombre reconocía en las manifestaciones del universo fueron sustituidos por la lógica argumentación, por la deducción analítica, y perdieron toda relación con el mundo sobrenatural y suprasensible.

 

Esto ya lo dijo el filósofo: Dios ha muerto. Y cuando Nietzsche utiliza el nombre de Dios es para designar el mundo sobrenatural y suprasensible. Dios ha muerto significa que el mundo suprasensible carece de fuerza operativa; el mundo sensible ha dejado de ser una mera apariencia de la realidad sobrenatural, ahora es la única realidad. Las antiguas relaciones establecidas entre la vedad del mundo suprasensible y la esencia del hombre han dejado de tener el valor trascendental que antes tuvieron. Dios ha desaparecido de nuestras perspectivas vitales y las nociones de esencia, sustancia y causa han entrado en crisis.

 

En el lugar de la autoridad divina desaparecida surge la autoridad de la consciencia. Es ella quien asevera la existencia del mundo exterior, independientemente del dios y de las instancias sobrenaturales. La consciencia  es un dominio humano donde lo divino no interviene. Todas las instancias divinas se han secularizado y la autonomía de la consciencia ha sustituido aquella antigua dependencia del hombre respecto a Dios. Si hubo un tiempo en el que los designios de los dioses se confundían con el destino de los hombres, ahora éste se encuentra solo en un mundo infinito y vacío, sólo susceptible de llenarse a instancias de la subjetividad del hombre moderno y de su consciencia histórica. El culto de la religión, aquel sentimiento de relación y unidad entre las criaturas y su creador, ha sido sustituido por el entusiasmo respecto a la creación de una cultura humana. El hombre se reconoce como autónomo e independiente de cualquier instancia superior y se sabe el único responsable de sus decisiones y de sus actos. El creador, en otro tiempo propio y exclusivo de los dioses, se convierte en un distintivo del quehacer humano, en la peculiaridad de sus actos. Crear, voz que sólo los dioses podían conjugar, se convierte en un vocablo y una actividad común a todos los mortales.

 

El espacio que queda vacío por la ausencia y la huida de los dioses fue ocupado por la consciencia y la razón y todos los ámbitos de la vida del hombre registraron esta alteración fundamental de manera trágica. El poeta muda su fundamento de manera trágica. El poeta no es ya el mortal elegido por los dioses para transmitirle su voz y su palabra, sino que es el vigilante, amo de su razón y de su arte. Negado el dios, uno niega también su manifestación. La inspiración divina, esencia y origen de la poesía y de las artes, será también negada o reducida a una simple figura retórica. El orden y la concepción del mundo de lo santiguos ya no son los nuestros y porque la inspiración divina es un hecho incompatible con nuestra idea del mundo, uno negará su existencia. Ningún poder sobrenatural y externo no habla por boca del poeta, sino que es su propia consciencia quien lo hace. La poesía es técnica y disciplina. El mismo Baudelaire decía que la inspiración eran doce horas de trabajo diario, él, un poeta tan frecuentemente visitado por las musas y por la esterilidad más aterradora.

 

No nos asiste ningún dios cuando buscamos la palabra justa, el color adecuado, el sonido indicado, pero ¿cómo denominar ese instante en que de manera inesperada, después de mil instantes inútiles y descorazonadores, aparece la palabra justa, el color adecuado, el sonido indicado? ¿Cómo denominar este ánimo, ciertamente extraño entre nosotros, que felizmente nos atrapa y, sin esfuerzo, nos ofrece su colaboración?

 

“Si uno desterrase al hombre, el ser pensante y contemplador, de la superficie de la tierra, este espectáculo patético y sublime de la naturaleza se convertiría en triste y mudo. El universo callaría, el silencio y la noche sin sentido serían el único espectáculo. Todo se transformaría en una vasta soledad donde los fenómenos no observados pasarían oscura y sordamente. Es la presencia del hombre lo que hace interesante la existencia. ¿Por qué no tendríamos que introducir al hombre en nuestra obra, tal como aquél está colocado en el universo?” Estas palabras de Diderot nos sitúan en la nueva concepción de las relaciones del hombre con el universo: El hombre ocupa el lugar del Creador y el poeta verdadero es aquel que descubre las proporciones y la armonía de la realidad, o su caos; aquel que se da cuenta de la verdad de la naturaleza y del juego de las pasiones.

 

El acto creativo, el momento de inspiración, sucede irreflexivamente, y no es eminentemente lógico, sino la proyección de la subjetividad. El instante privilegiado de la inspiración es aquel que el que el yo siente su fusión con el todo y siente el todo fundirse en la subjetividad. No se trata de intuir pasivamente esta totalidad, esta síntesis oposicional, como una cosa objetivamente existente y fija, sino de la creación y transformación constante del creado, siempre igual e idéntico a él mismo, replegado en el misterio de su ser, origen de los dioses y de la poesía.

 

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