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Cierzo

Antón Pávlovich Chéjov

Antón Pávlovich Chéjov

Estoy temblando por dentro, como aquella vez que contemplé una página de Les flueurs du mâle manuscrita y percibí entre las irregulares líneas y las tachaduras, el alma de Baudelaire. Ahora tengo ante mis ojos un informe médico escrito por Chéjov. Veo su pluma y esa escritura menuda, las líneas perfectamente simétricas y la ligereza del trazado me hacen evocar a un Chéjov desconocido. El maestro del relato corto, el autor de El tío Vania y La isla de Sajalín me parece tan distinto.

La curiosidad despierta me incita a indagar y leo parte de su correspondencia para conocer al hombre que estudió Medicina en la Universidad de Moscú, pero que fue, ante todo, escritor. Voy de sorpresa en sorpresa al descubrir lo mucho que tenemos en común. "Leer detalles de mi propia vida y, aún más, escribir para la imprenta sobre ese particular, constituye para mí un auténtico martirio". Para mí también es un suplicio escribir mi currículo cuando no puedo rechazar la petición de un editor.

Tras su viaje a la isla de Sajalín, a donde había ido para documentar su libro, escribió: "Lamento no ser un sentimental, de otro modo diría que deberíamos ir en peregrinación a lugares como Sajalín, como los turcos van a La Meca. [...] De los libros que he leído y estoy leyendo se desprende que hemos hecho que millones de hombres se pudran en prisión; hemos dejado que se pudran sin razón alguna, sin criterio, de un modo bárbaro; les hemos obligado a recorrer miles de verstas en medio del frío, encadenados; les hemos contagiado la sífilis, los hemos corrompido, hemos multiplicado la delincuencia, y toda la culpa se la echamos a los carceleros borrachos de nariz roja. En la actualidad toda Europa culta sabe que la culpa no es de los carceleros, sino de cada uno de nosotros; no obstante, nada de eso nos importa ni nos interesa". ¿No es lo mismo que podemos decir hoy de Guantánamo, Afganistán, Iraq...?

Que un ateo escriba: "Dios mío, no permitas que juzgue o hable de lo que no conozco y comprendo", da idea de cuánto le importaba qué escribir y cómo hacerlo. "Lo he visto todo; no obstante, ahora no se trata de lo que he visto, sino de cómo lo he visto". "Cuanto más breves sean tus relatos, más a menudo los publicarán. Pero lo esencial es esto: ten los ojos bien abiertos, vigila y suda, reescribe cinco veces el mismo relato, acórtalo, etc". "Lo único que necesito es tener el talento necesario para distinguir las opiniones importantes de las que no lo son, saber presentar a los personajes y hablar con sus propias palabras". "Las personas que escriben, y los artistas en particular, deben reconocer que en este mundo no hay modo de entender nada, como en su momento lo reconocieron Sócrates y Voltaire. La gente cree saberlo y comprenderlo todo; y cuanto más tonta es, más vasto parece su horizonte. Pero si el artista, al que la gente cree, tuviera el valor de afirmar que no comprende nada de lo que ve, demostraría un gran conocimiento y daría un gran paso en el campo del pensamiento". "El artista, por su parte, sólo debe juzgar lo que comprende; su campo es limitado, como el de cualquier otro especialista: es algo que repito y sobre lo que insisto siempre. Sólo quien no ha escrito nunca y no se ha ocupado nunca de las imágenes puede decir que en su esfera no hay problemas, sólo respuestas".

"Tengo en la cabeza un ejército de gente que quiere salir y espera una orden. Todo lo que he escrito hasta ahora me parece torpe en comparación con lo que querría escribir y escribiría con entusiasmo". "Una descripción debe ser ante todo pintoresca, a fin de que el lector, leyendo y cerrando los ojos, pueda representarse de una vez el paisaje descrito". "Lo mejor de todo es no describir el estado anímico de los personajes; hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones". "Puede llorar o gemir con un cuento, puede sufrir con su personajes, pero considero que debe hacerlo de modo que el lector no se dé cuenta. Cuanto mayor sea su objetividad, más fuerte será la impresión". "No pulir, no limar demasiado; hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es la hermana del talento".

Me he limitado a transcribir las frases de Chéjov que yo suscribo, extraídas para mi uso personal, pero pueden resultarle de utilidad a cualquiera que escriba o aspire a hacerlo. Alguien que ha firmado casi 500 cuentos tiene aval suficiente para que sus principios estéticos sean tomados en cuenta. También, una cosa me ha llevado a otra, he leído el relato que de la muerte del autor hace su esposa: la actriz Olga Knipper. La pareja se encontraba en Badenweiller, una localidad de la Selva Negra. Chéjov llevaba años enfermo de tisis y una noche pidió que llamaran a un médico: "Llegó el doctor Schwörer, pronunció un comentario afectuoso y abrazó a Antón Pávlovich, que se incorporó con insólita seguridad, se sentó y dijo con voz fuerte y clara: 'Me muero'. El médico lo calmó, cogió una jeringuilla, le puso una inyección de alcanfor y ordenó que le dieran champán. Antón Pávlovich tomó la copa llena, miró a su alrededor, me dirigió una sonrisa y dijo: 'Hacía mucho tiempo que no bebía champán'. Apuró la copa hasta el fondo y se volvió hacia la izquierda; apenas tuve tiempo de acercarme, de inclinarme sobre el lecho y de llamarle: ya no respiraba, se había quedado dormido como un niño..." Era el 2 de julio de 1904, Chéjov tenía cuarenta y cuatro años. El escritor no se hacía ilusiones respecto a su inmortalidad literaria, pensaba que, siete años después de su muerte, sería olvidado. Pero ya han transcurrido más de cien y todavía le recordamos y le admiramos. Hoy no se concibe el cuento contemporáneo sin compartir su gusto por la precisión.

 

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