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Cierzo
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Mi príncipe

Le conocí en la Red, en el chat estoy-más-solo-que-la-una, y me gustó su nick: eterna erección. Acababa de romper con un eyaculador precoz, era justo lo que necesitaba.

El amor en Internet es fabuloso. Un universo de hombres al alcance de la mano, la única pega es que ese hombre puede vivir al otro lado del planeta, aunque ése no fue mi caso, Dani ¡vivía en mi ciudad!, su perfil era magnífico y su foto una maravilla. Era mi hombre ideal.

Le envié mi retrato en un correo y lo nuestro fue amor al primer byte. Me escribía media docena de mensajes cada día y todos eran apasionados y poéticos. Por la noche al llegar a casa, me encontraba bellísimas cartas que me hacían creer que los cuentos de hadas existen y que yo había encontrado a mi príncipe.

Nos convertimos en ciberamigos y en ciberamantes, hasta que, finalmente, después de mes y medio de virtualidad, nos llamamos por teléfono y quedamos en vernos. Tomamos una copa en un pub y casi de inmediato sentí fluir la "electricidad" entre los dos, aunque me quedé "estática". Mi cerebro enviaba señales de alerta: ¡Peligro, peligro! Desgraciadamente los mensajes no llegaron a la profundidad de mis muslos, donde, por alguna inexplicable razón, todo eran cosquilleos.

¡Qué rayos! Nos fuimos del bar y cuando me acompañó a casa, lo invité a entrar. Él estaba muy excitado, lástima que no fuera por la razón que yo pensaba. Una vez en el dormitorio empezó a jugar, no con mi sujetador, se puso a jugar con mi ordenador. Intenté detenerlo en vano, él iba lanzado. Sabía tocar los botones correctos y mi contraseña cedió enseguida ante su ímpetu.

En un plisplás estaba palpando mi teclado, que yacía expectante. Luego su mano se posó sobre mi ratón. Mis carpetas de documentos se abrieron de par en par y una intensa energía recorrió mi puerto paralelo. Grité: ¡Para, para! Pero Dani siguió adelante, su fluido de datos atravesó mi cortafuegos. Sus ojos miraban intensamente mi monitor. Gemía de placer mientras iba de un chat a otro. Entró en anorgásmicas-frustradas, en acomplejados-alopécicos, en fustígame-fuerte, en angelitos-para-zorritas... Y es que a Dani le encantaba representar otras personalidades, era un as suplantando identidades y haciéndose pasar por cualquiera. Que me lo digan a mí, que me había convencido de que era el príncipe azul, mi príncipe.

Vete, le pedí, estoy a punto de colgarme. Sólo un poco más, suplicó. Termino en un minuto, dijo, introduciendo su disquete en mi disquetera. No te preocupes, no te pasaré ningún virus, llevo protección. Aquello ya era demasié. Agarré su disquete, se lo devolví y lo aparté de mi terminal. Luego lo llevé a empujones hasta la puerta y observé mi pobre terminal violada, le convenía una ducha fría.

A la mañana siguiente recibí un largo correo de Dani disculpándose, no le creí una palabra y lo redirigí a malparidos.com ¿Cómo pude ser tan boba? Los cuentos de hadas son cuentos chinos. Los sapos no se convierten en príncipes cuando los besas, sin embargo, muchos príncipes se transforman en sapos a la primera de cambio. Y yo fui a topar con el peor de la charca.
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