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Cierzo

Discriminación, ni la positiva

El jueves, mientras estaba trabajando, sufrí un calambre del escribano, dolencia típica y dolorosísima que afecta principalmente a aquellos que nos pasamos la vida ante el teclado del ordenador.

Me dirigí a la mutua de accidentes que tiene contratada mi empresa y allí ocurrió algo que me irritó bastante. En la sala de espera había un joven marroquí con cara de estar en las últimas. Le saludé y me senté aguardando mi turno. Al poco, apareció un médico, nos miró a ambos y me llamó a mí. Pasé a la consulta donde se encontrada otro doctor y comentaron entre ellos: “Estaba antes el morito”. “Que espere. Las señoras primero”. Respondió su colega. Me hallaba bajo los efectos de un valium y con las neuronas más atolondradas que de costumbre, por lo que no pude replicar como habría sido mi deseo, pero me sentí molesta.

Luego, cuando ya me iba, los dos médicos me despidieron haciéndome las recomendaciones de rigor: reposo, brazo derecho en cabestrillo durante quince días, pastillazo al canto si el nervio carpiano da guerra... Uno de los médicos reparó en un anorak blanqueado de yeso que había colgado en la consulta. “¿No es suyo ese abrigo?”, me preguntó uno de los galenos. Antes de que pudiera contestarle, se me adelantó su colega: “Por favor, siempre ha habido clases. Esta señora lleva un abrigo elegante. Eso es de un albañil que vino hace un rato”.

Grogui y dolorida, me marché sin decirles que eran dos asquerosos estúpidos por considerarme superior a un moro y a un albañil, que, al igual que yo, habían sufrido un accidente laboral, y que, por descontado, se merecían idéntico trato al que me habían dispensado a mí.
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