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Érase una vez... Gibraltar

Érase una vez... Gibraltar Érase una vez, hace 300 años, España necesitaba un descendiente al trono porque el rey Carlos II (el Hechizado) no había tenido hijos. Su testamento fue forzado por Francia a favor de Felipe de Anjou (futuro Felipe V), nieto de Luis XIV. Este hecho provocó el rechazo por parte de varias potencias europeas (Inglaterra, el imperio austriaco, Holanda, Portugal y algunos estados alemanes) que, reunidas en torno a la gran alianza de La Haya, se pronunciaron a favor del archiduque Carlos de Austria como descendiente del trono de Castilla y Aragón. La razón principal fue el temor europeo al fortalecimiento del eje franco-español en manos de los Borbones. Como era de esperar estalló el conflicto entre los aspirantes: La Guerra de Sucesión (1702-1714).

Los ingleses estaban obsesionados por hacerse con la roca, un lugar estratégico desde tiempos de los fenicios y cartagineses, hasta el punto de que la leyenda cuenta que Hércules había levantado allí una de sus famosas columnas. En 1704, las fuerzas angloaustriacas se dirigieron a Gibraltar desde Ceuta. La armada inglesa, comandada por el almirante sir George Rooke, era impresionante: 61 barcos de guerra; 4.104 cañones; 25.583 soldados y 68 naves de transporte, junto con las fuerzas del príncipe de Darmstad: 3.000 hombres. El asedio y el bombardeo acabaron al día siguiente con la capitulación del capitán Diego Salinas y sus 100 soldados, que componían toda la guarnición de la armada española en el lugar. Sir George Rooke tomó posesión de la plaza en nombre de la reina de Inglaterra María Estuardo y el millar de habitantes de Gibraltar abandonaron la ciudad (solo se quedaron 12) y fundaron el pueblo de San Roque junto a la ermita del santo.

El 13 de julio de 1713, los embajadores de Felipe V, el duque de Osuna y el marqués de Monteleón, acordaron mediante el Tratado de Utrecht la paz y la cesión del Peñón a Inglaterra.

_ Articulo X de El Tratado de Utrecht.

"El Rey Católico, por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillos de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno.

Pero, para evitar cualquiera abusos y fraudes en la introducción de las mercaderías, quiere el Rey Católico, y supone que así se ha de entender, que la dicha propiedad se ceda a la Gran Bretaña sin jurisdicción alguna territorial y sin comunicación alguna abierta con el país circunvecino por parte de tierra. Y como la comunicación por mar con la costa de España no puede estar abierta y segura en todos los tiempos, y de aquí puede resultar que los soldados de la guarnición de Gibraltar y los vecinos de aquella ciudad se ven reducidos a grandes angustias, siendo la mente del Rey Católico sólo impedir, como queda dicho más arriba, la introducción fraudulenta de mercaderías por la vía de tierra, se ha acordado que en estos casos se pueda comprar a dinero de contado en tierra de España circunvencina la provisión y demás cosas necesarias para el uso de las tropas del presidio, de los vecinos u de las naves surtas en el puerto.

Pero si se aprehendieran algunas mercaderías introducidas por Gibraltar, ya para permuta de víveres o ya para otro fin, se adjudicarán al fisco y presentada queja de esta contravención del presente Tratado serán castigados severamente los culpados.

Y su Majestad Británica, a instancia del Rey Católico consiente y conviene en que no se permita por motivo alguno que judíos ni moros habiten ni tengan domicilio en la dicha ciudad de Gibraltar, ni se dé entrada ni acogida a las naves de guerra moras en el puerto de aquella Ciudad, con lo que se puede cortar la comunicación de España a Ceuta, o ser infestadas las costas españolas por el corso de los moros. Y como hay tratados de amistad, libertad y frecuencia de comercio entre los ingleses y algunas regiones de la costa de África, ha de entenderse siempre que no se puede negar la entrada en el puerto de Gibraltar a los moros y sus naves que sólo vienen a comerciar.

Promete también Su Majestad la Reina de Gran Bretaña que a los habitadores de la dicha Ciudad de Gibraltar se les concederá el uso libre de la Religión Católica Romana.
Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender, enajenar de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla".

El artículo deja bien claras las cosas, pero desde aquella fecha ha habido asedios, cierres fronterizos, peticiones de devolución a la ONU... Los españoles no se resignan y siguen empeñados en recuperar Gibraltar. Por si no hubiera bastante con el asunto de la discutida soberanía, el ex presidente de la Generalitat de Catalunya, Jordi Pujol, añadió más leña al fuego. En mayo de 2002 propuso que "si España reclama la recuperación de Gibraltar, Cataluña reclama la recuperación de la cosoberanía o soberanía compartida" que se daba antes de 1714, ya que la pérdida de Gibraltar y de la soberanía catalana son de alguna manera resultado del tratado de Utrecht de 1713: "Si se dice que hay que revisar lo de Gibraltar, nosotros también podemos pedir que se revise más a fondo lo de Cataluña".

Aunque Felipe de Anjou juró las Constituciones en Barcelona (1702), poco a poco fue extendiéndose en Cataluña una corriente de simpatía hacia el pretendiente austriaco. Primero, porque el modelo borbónico era básicamente absolutista y centralista, mientras que el de los Austrias era de "soberanía compartida y compuesta", tal como se había venido ejerciendo en la Corona de Aragón desde la baja Edad Media.

En 1705, se pactó en Génova el alineamiento de Cataluña con la gran alianza a cambio de que Inglaterra se comprometiera a proveer de armas y soldados al Principado y a hacer cumplir al archiduque las leyes y constituciones catalanas, extendiendo esta garantía incluso en el caso de que los Borbones ganaran la guerra. En 1706, el archiduque Carlos entraba triunfalmente en Barcelona y las Cortes catalanas le reconocían como rey. Felipe V consideró el hecho como una traición.

La guerra tuvo diversos avatares para uno y otro bando, hasta que en 1711 el archiduque Carlos heredó el trono austriaco, lo que significaba un giro inesperado en la estrategia de equilibrios europea. Los aliados temieron que se rehiciera el antiguo imperio de Carlos I, e Inglaterra y Holanda cesaron el envío de tropas a Cataluña. Además, la llegada al poder de los "tories", partidarios de una paz económicamente ventajosa, como lo era la oferta de Felipe V de cederles el derecho de establecimientos de negros en América, hizo el resto.

Mediante el Tratado de Utrecht, Inglaterra impone sus tesis para Europa, frena el expansionismo francés y conserva Menorca y Gibraltar, pero abandona a su suerte a sus aliados del Principado, lo que dio pie a una polémica que se conoció en Europa como el caso de los catalanes. El archiduque rechazó la posibilidad de que Cataluña acudiera a Utrecht como "nación interesada" y propuso que se le concedieran los cuatro reinos de la corona catalano-aragonesa o, incluso, establecer una república catalana bajo protección inglesa. Pero el primer ministro británico, Bolingbroke, lo rechazó y se limitó a pedir una amnistía general, con restitución de bienes y honores. El artículo 13 del tratado hace constar el interés inglés a favor de los privilegios catalanes, mientras que Felipe V promete dar a los catalanes la misma consideración que a los castellanos. Una vez ocupada Barcelona (1714) y terminada la guerra, las instituciones catalanas (Corts, Generalitat, Consells Municipals y la Coronela) fueron abolidas con el decreto de Nueva Planta. Los bienes de nobles y militares fueron confiscados, los eclesiásticos fueron privados de sus cargos, las fortalezas derribadas, las universidades cerradas, la lengua prohibida, etcétera.

La polémica sobre Cataluña duró años en Europa. Una comisión creada en Londres propuso condenar al primer ministro Bolingbroke por incumplir los acuerdos con los catalanes y todavía hoy los catalanes le recuerdan al Reino Unido que tiene una deuda con Cataluña.

Todo empezó el 4 de agosto de 1704, cuando la bandera británica se izó en el Peñón y, por ahora, no se vislumbra que el final del cuento sea: ... y fueron felices y comieron perdices.
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