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María Moliner

María Moliner

Había un punto, el de la tarde, en que realmente me sentía vacía, sentía que algo me faltaba y entonces me puse a trabajar en el diccionario con todo entusiasmo. María Moliner

María Moliner nació en Paniza (Zaragoza), el 30 de marzo de 1900. Cuando tenía doce años, su padre, el médico de la Marina Enrique Moliner, se fue de viaje a Argentina para no volver. La familia quedó sola y desatendida en Madrid, donde María realizó sus estudios hasta el bachillerato, luego, en Zaragoza, María Moliner sería una de las seis alumnas que se licenciaron en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la capital aragonesa. Su expediente académico está lleno de sobresalientes y matrículas de honor.

María tenía que aportar dinero a casa y trabajó durante un tiempo en el Estudio de Filología de Aragón, donde se formó como lexicógrafa a la par que colaboraba en la confección del Diccionario Aragonés, subvencionado por la Diputación Provincial de Zaragoza. El Archivo General de Simancas fue su primer destino laboral tras aprobar unas oposiciones al cuerpo de archiveros y de ahí se trasladó a Murcia, donde conoció a su marido, el catedrático de Física, Fernando Ramón.

En 1930, el matrimonio se traslada a Valencia. María trabaja en el Archivo de la Delegación de Hacienda y desarrolla una activa vida intelectual con amigos republicanos y personas con inquietudes similares. Se da cuenta de la precariedad e insuficiencia de bibliotecas en Valencia y apuesta por crear una red de 105 bibliotecas rurales o circulantes, como a ella le gusta denominar, también funda la Biblioteca Escuela en Valencia, pues considera que todos tienen derecho a la cultura.

La guerra civil rompe los proyectos y las ilusiones de María Moliner, que por su afinidad con la República es depurada, junto con su marido: ella queda inhabilitada durante años y a su marido le prohíben ejercer su profesión. La familia sufrió varios exilios hasta que en 1946 se instala en Madrid. Entonces María emprende su gran obra, un diccionario que será instrumento de guía en el uso del español. Asumió este riesgo, aunque la tarea les incumbía a los académicos de la RAE y al final, su Diccionario acabaría midiéndose con el de la Academia, al redactar de nueva planta todas sus entradas. Pero en vez de ahondar en el carácter normativo, Moliner se adentró en la vertiente útil: el uso. Pretendía que el estudiante y el escritor encontrasen la acepción buscada o la idea a la que querían llegar. Como ella explicó, su diccionario estaba pensado para escritores o para quienes trabajan con el idioma. “Además de decir el significado de las palabras, indica también cómo se usan, y se incluyen otras con las que pueden reemplazarse”. Quince años de trabajo y dedicación de esta mujer incansable, tenaz y perfeccionista culminaron con una obra extraordinaria: El Diccionario de Uso del Español, concluido en 1966.

María Moliner fue propuesta para ocupar el sillón B de la academia, pero razones ajenas a sus méritos profesionales impidieron que se convirtiera en la primera mujer académica. Una obra filológica de las dimensiones del Diccionario habría sido más que suficiente para que un hombre ingresara en la RAE. Una mujer sería merecedora de la misma distinción, pero aquellos eran tiempos de un machismo aún recalcitrante. El Nobel Camilo José Cela diría para argumentar su voto negativo que no compartía su “ñoño criterio lexicográfico”.

María Moliner murió en 1981 enferma de Alzheimer, tras una vida dedicada al magno empeño de acercar la cultura y la lengua a todo el mundo.

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