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París era una orgía

El París prerrevolucionario era una orgía continua en la que la alta nobleza y el alto clero se dedicaban a algunas de sus ocupaciones preferidas: la corrupción, la frivolidad y el libertinaje. Y es que los estamentos más poderosos del Antiguo Régimen tenían carta blanca. O casi. Documentos y testimonios de la época nos señalan los excesos de algunos personajes. Como Carlos de Borbón, conde de Charolais, que tenía una afición ciertamente particular: demostrar su buena puntería disparando desde las ventanas de su domicilio contra los viandantes o contra los albañiles que hacían su trabajo sobre los andamios de los edificios próximos. De este conde se cuenta que emborrachó a una de sus amantes: Madame de Saint Sulpice, y a continuación la rocío con alcohol y le prendió fuego con la intención de pasar un buen rato viendo la agonía de la infortunada. El señor conde fue detenido, pero pidió clemencia a Luis XV, el cual, magnánimo, lo absolvió pronunciando una frase que se ha hecho famosa: “Os perdono, pero os advierto que si reincidís perdonaré también a quien os mate”.

 

Pero no toda la nobleza ni todo el clero tenían unas aficiones tan particulares como las del conde de Charolais. La mayoría de los súbditos de sangre azul y vestido negro de su majestad tenían otra diversión más humana y más inocente: el sexo. París era una ciudad repleta de prostíbulos y casas de putas donde un buen número de condes, duques, obispos y cardenales pasaban el rato disfrutando de la compañía femenina, y de la masculina, que había gustos para todo. Diversos archivos, documentos y testimonios de aquel tiempo nos muestran las modas y maneras que los franceses tenían de practicar el sexo; una práctica -por cierto, las madames de los prostíbulos facilitaban a la policía listas de sus clientes más importantes- que según parece tenía bastante de viciosa y degenerada. Tanto es así, que podemos afirmar con rotundidad que obras de Sade como Justine o Los 120 días de Sodoma seguramente eran un pálido reflejo de la realidad. Cuenta el historiador Mercier al tratar las costumbres sexuales de la época que “una joven ha podido vivir tres años en medio de la prostitución sin haber conocido un hombre de manera natural; hay prostitutas que conservan su virginidad aunque están muy lejos de poder ser denominadas vírgenes”.

 

Lo que ocurre es que el vicio y la degeneración no eran una exclusiva de la nobleza y el clero. Poco a poco el Tercer Estado y las denominadas clases populares fueron copiando el comportamiento de los estamentos privilegiados. Los prostíbulos de lujo tuvieron su complemento en unos prostíbulos populares que fueron de lo más frecuentados por una amplia capa de desheredados. ¿Qué hacía la autoridad? Nada. Es decir, sí que hacía un par de cosas: o cerraba los ojos ante las costumbres licenciosas de los súbditos, o protegía “oficialmente” determinados prostíbulos en los que tenía algún tipo de interés económico o personal. De hecho, se sospecha que determinadas cortesanas (no de las que vivían en la Corte) tenían cierta influencia en los asuntos de Estado (o suministraban información sobre los asuntos de Estado) gracias a sus artes amatorias. Un dato curioso a recordar: entre las cortesanas de más prestigio, las artistas y las actrices ocupaban el lugar de privilegio.

 

La sociedad del momento, sin embargo, no cerraba los ojos ante las perversiones dominantes, sino que participaba de ellas frecuentando los lugares de mala reputación. Todavía más: no era raro encontrar algún padre, hermano o tío que ofreciera por libre los servicios de hijas, hermanas o sobrinas. Incluso en publicaciones tan serias como el “Journal de France” se podían leer anuncios donde se ofrecían servicios sexuales de todo tipo. Incluso existía en aquellos días una forma de entender y aceptar el fenómeno de la prostitución según la cual se consideraba que era mejor trabajar en una casa de citas que morirse de hambre y de frío en la calle, buscando un trabajo decente. El resultado de toda esta permisibilidad se puede resumir en un dato que recoge el Tableau de Paris: el año 1790 había en París 40.000 prostitutas. Hay que recordar que la población de la ciudad era de 600.000 habitantes.

 

Pero las prostitutas no eran las únicas “culpables” del vicio que reinaba en París. Las jóvenes familias pudientes también cometían sus excesos y traían al mundo hijos naturales que luego eran abandonados. El procedimiento es digno de ser reseñado. Cuando una joven de familia bien se quedaba embarazada a causa de su liberalismo sexual, se dirigía a una de las maison de acogida que funcionaban en París, allí la joven se retiraba unas semanas antes del parto. Cuando nacía la criatura, la madre salía y el niño se quedaba. Todo era absolutamente normal. Tan normal que estas maisons se anunciaban mediante carteles bastante gráficos como, por ejemplo, aquellos en los que se podía ver la figura de una mujer que tiene un recién nacido en los brazos.

 

Así pues, el marqués de Sade no tuvo que inventar mucho para escribir sus obras, sólo tenía que mirar a su alrededor y describir lo que pasaba. Y es que existían informes policiales en los que con pelos y señales (aquí no es casual el uso de los términos “pelos” y “señales”) se puede leer que no era raro que determinados nobles y frailes se encerrasen, a la fuerza o por gusto, con señoritas en castillos y conventos con la intención de saciar sus instintos sexuales.

 



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