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Cierzo

Démosle una oportunidad a la paz

En la charla, el tema de conversación es obligado. El alto el fuego anunciado por ETA divide a los tertulianos entre los que queremos mirar al futuro con esperanza y cautela y los que creen que nada cambiará sustancialmente en breve.

 

Todos coincidimos en que 817 muertos son demasiados y que algo hay que hacer además de lamentarlo. Una voz indignada se alza para decir que ha de ser ETA, y no el Gobierno, quien haga todas las concesiones, que el comunicado no basta después de ver los estragos que la banda ha causado y teniendo en cuenta que no se ha hablado de entregar las armas, ni del abandono definitivo de la violencia. Por eso, no hay piedad para los terroristas, que no engañan a nadie, ni piden perdón a las víctimas.

 

Mi discurso me erige en portavoz de la opinión contraria y sirve para que me tachen de ilusa por mi sentimiento de alegría y mi deseo de que esta pesadilla acabe.

 

Yo pienso que los ilusos son quienes esperan que ETA se arrodille ante los familiares de sus víctimas para pedirles perdón con lágrimas en los ojos, y que, acto seguido y con el carné en la boca, entregarán las armas y firmarán su rendición absoluta.

 

Soy de Zaragoza, y los zaragozanos conocemos de primera mano de qué son capaces los terroristas. Yo he oído el estruendo de una bomba y es un sonido que nunca se olvida. Esa bomba estalló al paso de un autobús que llevaba a unos militares a la Academia General. Esa mañana, todos salimos a la calle con la cara triste, íbamos en silencio porque la pena nos constreñía el corazón. Yo he visto cómo quedó la casa cuartel de la avenida Cataluña. Un cuartel al que yo acudía siendo niña para buscar a dos compañeros de colegio que eran hijos de guardias civiles. Recuerdo que siempre me tocaba a mí presentarme ante la garita del guardia, pues al resto de los amigos del grupo les daba miedo. A mí también me infundía respeto ese hombre con tricornio, uniforme y un arma en la mano que me preguntaba qué quería. Con siete años, casi no me salía la voz para pedirle que avisara a Javi y a Fernando por si querían jugar a piratas. Invariablemente, el hombre me sonreía y luego transmitía mi petición a un compañero. Luego nos quedábamos frente a frente, aguardando. Una vez, durante la espera, me ofrecieron un caramelo y no me atreví a cogerlo. Siempre me trataron con cordialidad. Ahora, al pasar por las inmediaciones de ese lugar aún siento una punzada de dolor.

 

Claro que el camino será duro; claro que habrá problemas, demoras...; claro que todos tendremos que ceder en algo. La contrapartida bien vale el esfuerzo que supone alcanzar la paz. Entiendo el sufrimiento y el deseo de venganza de quienes han experimentado en sus carnes el zarpazo y la amenaza del terror. Comprendo sus declaraciones fuera de tono, sus exigencias de quedar victoriosos ante unos verdugos derrotados. Pero es hora de mirar hacia delante estando unidos y dispuestos a superar el pasado, para que no se apague la débil llama de esperanza que ha prendido en la sociedad española.

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