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Correspondencia

Correspondencia

Una de las ventajas y uno de los inconvenientes que tiene todo escritor es no saber qué opinan los lectores de su obra. Compras un libro, lo lees hasta el punto final y te suscita una opinión, que el autor ignorará. Con la llegada de Internet, la posibilidad de contacto entre escritor y lector es posible.

Habitualmente recibo correspondencia de lectores de mis blogs que se animan a exponerme sus cuitas. Muchos deciden no hacer público su criterio y en lugar de insertar una opinión, me escriben un correo. Hay comentarios que no me sirven de mucho: “Muy bueno”, “Me ha gustado tu artículo”, “Está muy bien este poema”… Agradecería un argumento, un porqué. Hay otros que me aportan interesantes puntos de vista, que completan la información de que dispongo o que me abren puertas a otros universos, a estos lectores les agradezco sus aportaciones porque me ayudan a ampliar mis conocimientos. Alguna vez, de tanto en tanto, alguien me sorprende. Su interpretación de mi obra es exacta y coincide rigurosamente con la idea que yo intentaba expresar. Mi ego crece al leer estos comentarios, al menos uno de mis lectores ha leído lo que yo he escrito. Excepcionalmente, me llegan opiniones que me dejan perpleja: ¿No se habrán equivocado adjudicándome la obra de otro autor? Yo decía justo lo contrario, ¿tan rematadamente mal me expreso?

A veces, entre esta correspondencia encuentro mensajes que me desconciertan porque no sé muy bien cómo debo tomármelos. Aquí van unos ejemplos.

Una lectora me ha remitido el siguiente correo: “Me extraña su argumento al decir que no cree porque nunca ha visto a Dios. ¿Por qué unos refuerzan su fe y otros la pierden? Sencillamente, porque unos notan en su corazón la presencia divina y otros no quieren saber de Dios o lo buscan fuera, como si no estuviera adentro, que diría San Agustín sobrado de experiencia. Ver a Dios es la bienaventuranza reservada para los limpios de corazón. Ser limpio de corazón es no tener adherido el fango del egoísmo o del dinero, de la codicia o de la hipocresía, es estar adornado de la sencillez de un niño, revestidos de la castidad del alma pura. Dios no es materia y solo lo captan los que saben elevarse sobre ella. Cuando el fango deja de tapar nuestros ojos, lo vemos cara a cara, más claro que nuestro rostro en un espejo. Ni en esta vida ni en la otra puede nadie contemplar a Dios en figura, que es espíritu puro, pero la percepción de su divina esencia amorosa y sublime reconforta el alma de los bienaventurados. Los místicos que la contemplan, morirían de sorpresa y de amor si Dios no lo impidiera. ¿Qué es lo que le impide notar la presencia divina? ¿No es, por ventura, la lujuria, la soberbia, el rencor, el ruido interior o la codicia?”

¿Qué puedo decirle, Rosa? Me alegra sobremanera que sea usted una de esas personas privilegiadas a las que Dios ha mostrado su rostro, permitiéndole gozar de un estatus con el que yo no puedo ni soñar.

Supone que no creo porque nunca he visto a Dios y le aseguro que no es ésta la razón. Jamás he visto un esquimal, un suricata o un billete de 500 euros y no por eso dudo de su existencia, es más, me consta que haberlos, haylos porque me han aportado pruebas tangibles y fehacientes de que existen.

Lamento no saber qué me impide notar la presencia divina, aunque, ni por ventura, ni por desgracia, puede ser la lujuria, la soberbia, el rencor, el ruido interior o la codicia. Me hallo cubierta por el lodo de incontables defectos, pero éstos aún no me han salpicado.

Mi conciencia no pasaría la prueba del algodón, lo admito. No poseo la inocencia de un niño porque soy una persona adulta baqueteada por la vida, sin embargo, tampoco soy un catálogo de maldades.

Por último, solo añadir que mi mente racional y escéptica me lleva a aceptar el siguiente principio filosófico: “Lo que no puede demostrarse que es falso, puede admitirse como verdadero”. Yo no puedo demostrar que Dios no exista, de la misma manera que nadie puede demostrar que Dios exista. Así que convendremos ambas que la existencia de Dios es posible. Yo he decidido no creer en él y, pese a todo, me siento en paz, libre y feliz. ¿Será que tengo a Dios en mi interior y no me he dado cuenta?

Domingo me escribe: “Me dirijo a usted por ser mujer, inteligente y liberal para que me dé su punto de vista sobre lo siguiente. Es un eufemismo denominar violencia contra la mujer el embarazo no deseado fruto de una violación. Podría pasar que la mujer que se siente agredida, arremeta contra su hijo y lo mate. Esto último sí sería una violencia real y física, más bien, es un crimen porque el niño podría llegar a dar pataditas. Una contradicción: Que la ONU se oponga a la clonación del ser humano es positivo, pero le falta una razón que haga esta oposición un poco consistente: no fundamenta adecuadamente la dignidad humana. Sensiblemente rechaza una cosa, pero por política sensiblera se traga otra. Las afectuosas patatitas del niño no nacido en el vientre de su mamá pueden ser entendidas como un juego inofensivo del niño antes de nacer o como la violencia doméstica en su primer estadio, así lo ve la ONU. Por eso, la vida humana defendida en un caso por motivos sentimentales, es atacada en el otro por los mismos motivos. Solución: defender toda la vida humana y en cualquier momento de su desarrollo. Esto se llama coherencia y nos evitaría ser cómplices de tantos asesinatos a inocentes”.

He necesitado leer varias veces el texto para entender qué quiere decir, Domingo, y me temo que no lo he conseguido del todo. Le respondo como persona que soy, al margen de mi ideología o mi sexo femenino, para decirle que su argumento me parece una atrocidad. Deduzco que nunca le han violado y es obvio que jamás llevará una criatura en sus entrañas, así que su opinión sin fundamento se convierte en un insulto para todas aquellas infortunadas mujeres que, además de haber sufrido una violación, han visto crecer en sus vientres la semilla que un cabronazo puso en él haciendo uso de la fuerza. Considera un crimen que el feto no llegue a dar pataditas y se olvida de condenar el crimen que es la violación. ¿Acaso carece de dignidad una mujer violada?

Yo también apruebo la decisión de la ONU que impide la clonación humana, de cierto tipo de gentuza es preferible que no existan duplicados. En cuanto a entender que la ONU considera violencia doméstica en su primer estadio las pataditas de un feto, no haré ningún comentario, su interpretación se descalifica sola.

Defendiendo toda la vida humana en cualquier momento de su desarrollo, somos coherentes porque dejaríamos de ser cómplices de tantos asesinatos a inocentes. Bien. ¿Pero en qué nos convierte el silencio y la pasividad respecto a la mujer cruelmente ultrajada?

 

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