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Vida de Pedro Saputo

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"Vida de Pedro Saputo" la escribe Braulio Foz en 1844. En este año se editan cincuenta y una novelas en toda España, lo que constituye un récord hasta entonces. En estos años el romanticismo va cediendo a una nueva corriente realista. Los orígenes de nuestro personaje no están claramente definidos y andan entre una fuerte tradición oral viva y una figura literaria de héroe aragonés. La situación temporal de los hechos narrados no está determinada, aunque es clara una distancia en el tiempo entre la narración y los sucesos contados. Los pensamientos anticlericales de Braulio Foz los deja traslucir a lo largo de la obra, censurando la condición del clero y religiosos de ambos sexos de una manera persistente. La lengua usada tiene recuerdos de la narrativa del Siglo de Oro ("hablades", "estábades", "hacello", "e" en lugar de "y",...). Por otra parte, Braulio Foz utiliza un estilo ágil, directo, lleno de formas coloquiales que resulta eficaz para presentar y caracterizar a los personajes. También utiliza muchas voces con marcado carácter regional aragonés, empleando frecuentemente rasgos dialectales del habla local.

La gracia atrevida, traviesa y burlesca tiene amplia cabida en su narrativa. Es muy popular la retahíla de improperios que dedica a una anciana indiscreta que interrumpe la actuación de la tuna estudiantil a la que acaba de unirse nuestro personaje Pedro Saputo: "¡Vaya con Dios la elle, piltrafa, pringada, zurrapa vomitada, albarda arrastrada, tía cortona, tía cachinga, tía juruga, tía chamusca, pingajo, estropajo, zarandajo, trapajo, renacuajo, zancajo, espantajo, escobajo, escarabajo, gargajo, mocajo, piel de zorra, fuina, cagarruche, ...., sapo revolcado, jimia escaldada, cantonera, mocholera, cerrera, capagallos,...Y cesó tan alto perenne temporal de vituperios, porque la infeliz despareció de la vista" (lib.2,cap.X).

Nuestro personaje ama profundamente a su tierra, la quiere conocer directamente, visita lugares que la historia ha dejado recuerdos gloriosos (San Juan de la Peña, San Victorián, Sigena, Montearagón, El Pilar,...). El amor que Pedro profesa a su tierra queda patente en numerosas ocasiones en el fuerte sentimiento con el que describe sus paisajes: "¡Oh, montes de mi lugar! ¡Oh, peñas y fuentes, valles y ríos, ambiente, cielos, nubes y celajes conocidos...! ... ;pero halló el mismo amado cielo, el mismo amado suelo, la misma amada campiña, los mismos caminos, avenidas y ejidos que de niño recorrí; y era en fin, su lugar, era su pueblo, era su patria; y allí estaba su cuna y su casa donde se crió dulcemente" (lib2capXV).

La inteligencia del héroe es algo que si empieza en lo fabuloso, se atempera pronto a modos razonables, y si hubo un conato de mitificación inicial, sin entrar en el dominio de lo fantástico, Saputo puede convivir pese a la superioridad de sus grandes dotes, con los demás convecinos, de los que gana la admiración y comparte la vida. De lo que tampoco anda carente nuestro personaje es de sensibilidad, de amor a su tierra, a su paisaje, a su madre, a sus gentes, a sus recuerdos de niño. El final de la obra con la misteriosa desaparición del héroe deja la historia en los límites de lo mítico, la grandeza de Saputo no le permitía tener un final corriente al uso de los mortales.

 

LOS HIGOS DE ALMUDÉVAR

En las afueras de Almudévar había una higuera que nunca jamás había dado fruto, y un año produjo tres higos tan hermosos y extraordinarios, que el ayuntamiento pensó enviárselos al Rey como regalo. Para tal misión nombraron a Pedro Saputo.

Compraron a un cestero la cesta hecha con los mimbres más finos y encargaron a unas bordadoras unos cojines de seda y raso, rellenos de plumas para que los higos no se aplastasen. Una vez colocados los higos en tan lujoso recipiente, le entregaron la cesta a Pedro Saputo y éste se puso en camino hacia Madrid.

Pero iba Saputo intranquilo pensando en la tontería tan grande que era su misión, llevarle tres higos al Rey de España. Sabía que en la Corte se iban a reír de él y esto no lo iba a consentir, así que empezó a pensar el modo en que iba a dirigirse al Rey y quedar lo mejor posible, él y su pueblo.

Pedro Saputo sabía por viajes anteriores que había hecho, que últimamente en la Corte se llevaban mucho las conversaciones ingeniosas, las frases con doble sentido y en general cualquier tipo de agudeza. Así, que discurriendo, fue andando hasta que a mitad de camino se dijo: para lo que tengo pensado, me puedo comer un higo, así que se lo comió.

Cuando llegó a palacio pensó que debía coger fuerzas para enfrentarse al Rey y a sus cortesanos y como para su idea sólo le hacía falta un higo, se comió el segundo.

Pidió audiencia al Rey, diciendo que venía de Almudévar y que traía un regalo que sería comentado y recordado durante toda la historia como la cosa más estupenda que se había visto.

El Rey picado por su curiosidad le recibió en el salón del trono, leyó la nota que enviaba el ayuntamiento de Almudévar donde le contaban la historia de la higuera y le dijo a Saputo: - ¿Así que me traes tres higos? - Sí, señor, aquí están en la cesta. Se la entregó a Su Majestad que la abrió y viendo solamente un higo, dijo: - Aquí sólo hay un higo. - Pues sí, respondió Saputo. - Pero la nota dice tres, dijo el rey. - Lo que ha ocurrido, Majestad, es que antes de llegar me he comido yo los otros dos. -¡Que te los has comido!, exclamó airado el Rey ¿Y cómo has hecho eso?, le preguntó. - Así, respondió Pedro Saputo, y cogiéndole al rey el higo de la mano se lo comió con toda tranquilidad.

Los cortesanos se quedaron horrorizados, pero el Rey respondió con una carcajada a la astucia de Saputo. El hecho le hizo tanta gracia al Rey que colmó de regalos a Pedro Saputo, el cual volvió a su pueblo con la satisfacción del deber cumplido.

Ricardo Paraled, Fragmento extraído de: Historias de los pueblos de Aragón



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