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Historia del vidrio

El testimonio latino más completo en relación con el vidrio corresponde a Plinio el Viejo (Historia Natural XXXI, 191). Nos cuenta su origen cuando atribuye este hecho casual a unos mercaderes fenicios cerca del río Belus:

“Se dice que unos mercaderes de nitro, habiendo anclado la nave, preparaban la comida dispersos por el litoral; al no encontrar ninguna piedra para sostener elevadas las marmitas, utilizaron terrones de nitro de su carga. Éstos se encendieron con la arena extendida por el litoral, y los mercaderes observaron cómo fluían riachuelos transparentes de un líquido desconocido: éste fue el origen del vidrio”.

Esta leyenda, no falta de lirismo, se ha convertido en leyenda gracias a la arqueología. Las conclusiones de los estudios realizados a partir de los diferentes hallazgos arqueológicos, principalmente en Mesopotamia, sitúan los orígenes del vidrio en esa zona, a finales del tercer milenio a. C., en plena Edad de Bronce. Los primeros objetos de vidrio que se elaborados fueron varillas, cuentas de collares, pequeñas perlas que imitaban las piedras preciosas y diferentes objetos de adorno.

A fines del siglo XVI a. C. también en Mesopotamia, se fabricaron los primeros vasos de vidrio imitando formas de productos metálicos o cerámicos. La técnica que se solía usar era la del modelado sobre un núcleo. Consistía en hacer un núcleo de arena y arcilla que, fijado a una varilla metálica, se modelaba con la forma de la pieza que se quería producir. Después este núcleo se cubría con hilos de vidrio caliente. Las técnicas de fabricación conocidas en esos momentos condicionaban las formas y el tamaño de las piezas obtenidas. El vidrio era un elemento caro y escaso, de modo que su utilización quedaba restringida a ornamentos personales, pequeños contenedores y elementos de decoración.

La expansión romana por todo el Mediterráneo permitió abrir el comercio de los productos elaborados en los talleres del área sirio-palestina a todo el mundo romano. Precisamente en esa zona se desarrolló en el siglo I a. C. una nueva técnica de fabricación que supuso una innovación muy importante: el soplado. Consistía en soplar una porción de vidrio fundido en el aire a través de una caña. Una vez lograda una burbuja, ésta se trabajaba haciéndola volar en el aire hasta darle forma.

Poco después apareció el soplado en molde, que permitía ejecutar piezas poligonales o bien vasos con decoración en relieve. Se trataba de soplar una porción de vidrio fundido dentro de un molde. Después se finalizaba la boca, se aplicaban otros elementos externos y se pulía la pieza.

Con estas novedades técnicas era posible producir objetos con mayor rapidez, multiplicar la variedad de formas y lograr piezas de mayores dimensiones. Los objetos de vidrio, hasta entonces limitados a la élite, se abarataron y quedaron al alcance de todas las clases sociales, compitiendo abiertamente con otros materiales como la cerámica o el metal, que durante mucho tiempo habían sido más comunes para la elaboración de vasijas de uso doméstico. El vidrio se utilizó para la fabricación de recipientes de perfumería, cosmética y uso médico. También para hacer pequeñas joyas y amuletos, vajillas de mesa y contenedores. En la arquitectura desempeñó una función muy importante como elemento decorativo y para cubrir ventanas. Podemos decir que en la época romana la industria del vidrio vivió una verdadera eclosión.

Con las invasiones de los pueblos bárbaros, a finales del siglo IV y durante el siglo V d. C. desapareció la unidad que hasta ese momento caracterizaba a todas las provincias del Imperio Romano, tanto en un aspecto tecnológico como ornamental. La producción de vidrio no se interrumpió, pero la inestabilidad política y las dificultades en las rutas terrestres y marítimas limitaron también el intercambio comercial y cultural. Como consecuencia, cada región personalizó sus productos, lo que supuso una mayor diversidad de formas y decoraciones.

En Occidente, los grandes centros productores de vidrio situados cerca del Ródano y del Rin siguieron con sus producciones características. También se fabricaron nuevos modelos más funcionales y menos coloridos. En cuanto a Oriente, el Imperio Bizantino siguió aplicando las técnicas utilizadas ese momento en Occidente: el vidrio soplado el aire o dentro de un molde, las decoraciones aplicadas de hilos o pastillas, la pintura, el esmalte, el grabado, el tallado, las pastas de vidrio para ornamentación, el vidrio de ventana y los cubos de vidrio para hacer mosaicos. Este panorama cambió en el siglo VII d. C. con la expansión del mundo musulmán. En un principio siguieron presentes las modas anteriores, pero con una tendencia a la funcionalidad. Se fabricaban recipientes para perfumería y cosmética, vidrios para uso científico o médico, vasijas de mesa o pequeñas piezas para medir y pesar.

El vidrio es uno de los primeros materiales de síntesis elaborados por el hombre. En su composición intervienen la tierra, el fuego, el aire y el agua, los cuatro elementos básicos de la naturaleza. Más allá de su valor estético, el vidrio goza de unas características que lo hacen único: es inodoro, no altera el sabor, es reutilizable y se recicla fácilmente. Estas cualidades intrínsecas han hecho que, desde su descubrimiento hace unos 5.000 años, hasta hoy, el ser humano lo haya utilizado para satisfacer las más diversas necesidades.


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