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El padre de la poesía moderna

Siempre hemos oído decir que la poesía moderna se inicia con Baudelaire. Se trata de una de esas afirmaciones que solemos aceptar sin más y que, luego, llegada la ocasión, repetimos sin mayores escrúpulos. No obstante, a medida que releemos a los poetas del siglo XIX y que nos informamos con minuciosidad sobre ellos, llega el momento en que no podemos afirmar, sin sentir cierto malestar, la torpe opinión que hace de Baudelaire el padre de la lírica moderna.

Todo depende, claro está, de lo que se entienda por estas dos palabras: “padre” y “moderna”. Respecto a la primera, muy pocos son los poetas posteriores a Baudelaire que no le reconozcan a éste el título de padre o fundador. Por supuesto, no falta quien evoca el nombre de Poe, así como su influencia en el poeta francés. Tampoco hay quien olvide citar a Lord Byron, recordando el hecho de que con este autor el poema se convierte en algo que es dicho por alguien que, a su vez, cuenta con la existencia del lector, el tercer elemento del fenómeno poético, si se me permite la opinión. Sin duda, la posición de padre o fundador es demasiado prestigiosa como para poder acordarla sin suscitar discusiones. ¿No dijo Lorca, en vísperas del célebre Tricentenario, que Góngora era “el padre de la lírica moderna”? Pero, en definitiva, la mayoría de los poetas coinciden en un respeto, rayano a veces con la veneración, hacia Baudelaire. Así, con ocasión del Centenario de la publicación de Las flores del mal, escribió Cernuda:

“Baudelaire no pertenece ya solamente a la tradición poética y literaria de Francia, sino a la de todo Occidente, y es probable que la poesía europea y americana no fueran hoy lo mismo que son si Les fleurs du mal no hubiese existido. Porque Baudelaire no es sólo un gran poeta, sino un gran poeta que además es el poeta moderno, el primer poeta que tuvo la vida moderna; y todos cuantos después de él hemos tratado de escribir versos, seamos del país que seamos, si tenemos conciencia de nuestra tarea, reconoceremos para con él una deuda considerable”.

Y respecto al calificativo de “moderna”… Aquí es donde uno siente la necesidad de matizar algo. Resulta evidente que Baudelaire fue el primero en introducir la ciudad moderna en el ámbito del poema. El espacio urbano se convierte con él en la fuente y el objeto de la poesía. Su visión de París: “Agitada ciudad llena de sueños, donde el espectro en pleno día se agarra al paseante”. Constituye, indiscutiblemente, el comienzo de una nueva sensibilidad: la del hombre moderno que habita las ciudades. El eco de los versos citados resonará, tres cuartos de siglo más tarde, en The waste land (La tierra baldía), donde Eliot dibuja su propia visión de Londres: “Ciudad irreal, bajo la parda niebla de una mañana de invierno”.

Pero, por otro lado, el lenguaje poético de Baudelaire sigue estando excesivamente enraizado en el pasado. A menudo sorprende el acento de Racine en versos como éstos de Femmes damnées: “Vencidos ya sus brazos, caídos como inútiles armas, todo servía, todo a su frágil belleza adornaba”.

Baudelaire es, en efecto, un gran maestro del verso clásico francés. Algo que aprendió directamente de los grandes autores del siglo XVII, aunque también de poetas menos conocidos. Por eso no sorprende que, entre sus discípulos inmediatos –comenzando por Rimbaud-, oigamos reproches contra el maestro por su lenguaje anticuado. Y tampoco ha de extrañar a quienes conozcan las teorías de Ezra Pound, que éste decidiese no incluir a Baudelaire en la nómina de escritores que han renovado el lenguaje poético. En el ABC of reading (ABC de la lectura), breve ensayo en el que Pound nos presenta su trabajo de más de 30 años, encontramos los nombres de Corbière, Laforgue y Rimbaud junto a los de Stendhal y Flaubert; pero buscaríamos en vano al primer poeta moderno.

No hay duda de que Baudelaire merece tal título. Debemos admitir, sin embargo, que el maestro fue incapaz de crear un lenguaje moderno adecuado a la nueva visión y a la nueva sensibilidad del hombre de la ciudad. Esta tarea fue realizada con éxito por sus discípulos Corbière y Laforgue. Dos poetas igualmente importantes en lo que concierne a la renovación del lenguaje poético inglés e, incluso, del lenguaje poético español. Eliot, introductor del habla cotidiana de la ciudad en la poesía inglesa nunca ocultó su admiración por Corbière y Laforgue, a quienes leyó y estudió a lo largo de su vida, Leopoldo Lugones y Ramón López Velarde, en América, así como Manuel Machado, en España, entre otros poetas menos conocidos, leyeron igualmente a Laforgue.

Estos autores: Corbière, Laforgue, Eliot, Lugones, López Velarde y Manuel Machado, son los creadores de un lenguaje poético moderno, ciudadano, deliberadamente prosaico, próximo a la conversación e irónico. Hecho que nos permite considerarlos como los miembros más señalados de una traición poética que bien podría bautizarse con el nombre de “tradición del lirismo y del humor”, remitiéndonos a la célebre fórmula de Flaubert: “le lyrisme dans la blague” (el lirismo en el humor), que el escritor francés uso alguna vez para referirse a su propio proyecto artístico.



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